Walter Benjamin: repensar el tiempo histórico

Jaime Rodríguez Uriarte

Walter Benjamin (1892-1940). Imagen de Daniele Prati distribuida por Flickr bajo licencia creative commons CC BY 2.0.
Walter Benjamin (1892-1940). Imagen de Daniele Prati distribuida por Flickr bajo licencia creative commons CC BY 2.0.

En 1940, pocos meses antes de morir en Portbou huyendo de la sombra fascista que se extendía por toda Europa, Walter Benjamin (1892-1940) envió a su amiga Hannah Arendt el texto que contenía su tesis Sobre el concepto de historia. Esta, a su vez, lo haría llegar hasta Estados Unidos a Theodor Adorno, quien sería el responsable de su publicación dos años más tarde como parte de un pequeño volumen en memoria de su ya difunto autor.

Por Jaime Rodríguez Uriarte, filósofo de la historia y editor

En las pocas páginas que componían el texto, formado por dieciocho tesis y dos breves apéndices, Benjamin condensaba y sistematizaba en su habitual estilo a la vez contundente, críptico e incisivo el hilo rector que había estructurado toda su producción filosófica a lo largo del turbulento periodo de entreguerras. Fundiendo de manera original y única la influencia del misticismo judío por un lado y la recuperación de un marxismo libre de las desviaciones que habían llevado hasta el estalinismo por otro, las tesis planteaban la imperiosa necesidad de repensar la teoría y la práctica de la interpretación del tiempo histórico. Y configuraban también, según sus propias palabras, el armazón teórico de su Obra de los pasajes, ese proyecto laberíntico que fue alimentando sin cesar a lo largo de sus últimos años de vida.

Anticipándose al pesimismo y el desencanto que seguirían al horror de la Segunda Guerra Mundial (cuya más célebre cristalización filosófica habría de ser probablemente la Dialéctica de la Ilustración que el propio Adorno publicara junto con Horkheimer), las líneas que Benjamin escribió en París poco antes de la proclamación de la República de Vichy suponían, si tal vez no el acta de defunción de la historia tal y como había sido entendida de forma mayoritaria hasta el momento, al menos su sentencia de muerte.

Claro que esta muerte, eso sí, tendría muy poco que ver con esa otra que unos cincuenta años más tarde proclamaría Francis Fukuyama en su célebre ¿El fin de la historia? Para Fukuyama, el fin de la historia implicaba no la destrucción, sino la culminación de la concepción del tiempo histórico que Occidente había elaborado sobre la base de la doctrina de la salvación cristiana (como tan bien puso en evidencia Karl Löwith). El resultado era, por tanto, la articulación del tiempo según grandes relatos (cristianismo, liberalismo, socialismo, etc.), configurados como la unión de dos puntos –principio y fin– ya fijados de antemano: el único camino posible formado por la recta trazada por el tránsito entre A y B. Y este era, precisamente, el dispositivo que Benjamin trataba de desactivar con sus tesis. Pues en la complicidad con este tipo de discurso histórico encontraba Benjamin las razones del triunfo del fascismo, propiciado por el fracaso de una socialdemocracia que se había rendido a la confianza ciega en el futuro propia de la ideología liberal reinante (“la opinión según la cual iban a nadar con la corriente”). Para él se trataba de acabar con la fe, en buena parte de herencia ilustrada, en que la historia de la humanidad supondría por sí sola un progreso infinito y continuado.

En la complicidad con el discurso histórico encontraba Benjamin las razones del triunfo del fascismo, propiciado por el fracaso de una socialdemocracia que se había rendido a la confianza ciega en el futuro propia de la ideología liberal reinante

Esta forma de entender el tiempo histórico, impuesta en un proceso él mismo histórico y, por tanto, no exento de tensiones y contradicciones, seguía en su estructura el modelo básico de la teleología, esto es, la idea de que la historia seguiría un plan predefinido tendente a un fin concreto. De modo que el transcurso del tiempo no sería más que el camino ya marcado que habríamos de recorrer hasta llegar a un destino virtuoso. Lo que justificaría, en aras de ese bien final y supremo, que la historia fuese dejando a su paso un reguero de víctimas, ya fuesen medios para llegar a ese destino o meros obstáculos a sortear. Fue en este molde en el que fue tomando forma la conciencia histórica occidental a medida que se iba desarrollando, hasta cristalizar en el historicismo decimonónico como su expresión más representativa.

Frente a este modelo, la conciencia mesiánica propia de la tradición hebraica presentaba una estructura libre de ese tipo de ataduras: puesto que su mesías aún no ha llegado, puede hacerlo en cualquier momento, y la historia puede tener así su comienzo y su fin a cada instante. Lo que Benjamin pretende al romper con esta lógica, despojando a la historia de su armazón teleológico para reivindicar en su lugar la brusca potencia redentora del mesianismo, es rescatar a las víctimas de este progreso, las flores pisoteadas al borde del camino de las que hablara Hegel. Antes que fijar su mirada en un destino glorioso, Benjamin se vuelve hacia atrás, hacia el pasado, para contemplar las ruinas que la historia ha dejado a su paso, extrayendo de ellas la fuerza redentora, nutriéndose “de la imagen fiel de los ancestros que habían sido esclavizados, y no del ideal de los liberados descendientes”.

Se trata, por tanto, de recuperar la memoria de los vencidos, y, para ello, frente al relato cerrado del historicismo, Benjamin nos propone abrir el tiempo histórico para desplegar sus infinitas posibilidades. Pues abriendo un punto del tiempo se abren todos: abrir el presente significa poner en cuestión el relato que explica cómo se ha llegado hasta él, lo que a su vez implica poner de nuevo sobre la mesa todos los tiempos negados, toda aquella posibilidad histórica que se cerró pero pudo perfectamente haberse hecho realidad. Y esto abre también, por supuesto, el futuro, pues si todo pasado pudo ser, todo futuro podrá también ser. Del mismo modo que para los judíos “cada segundo constituía la pequeña puerta por la que el Mesías podía penetrar”, cada instante posee el potencial mesiánico de redimir a toda la humanidad, de romper con el relato histórico hegemónico y abrir las infinitas posibilidades que laten atrapadas en su seno.

Benjamin nos propone abrir el tiempo histórico para desplegar sus infinitas posibilidades. Abrir el presente significa poner en cuestión el relato que explica cómo se ha llegado hasta él, lo que a su vez implica poner de nuevo sobre la mesa todos los tiempos negados. Y esto abre también el futuro

Frente al camino cerrado y fijado del historicismo, la historia sería el lugar del “tiempo-ahora” (Jetztzeit), esos instantes cargados de astillas del tiempo mesiánico, capaces de interrumpir la forzada continuidad de la historia reuniendo episodios históricos separados por cientos de años en un abrazo revolucionario. Es decir, que la historia puede salirse a cada paso del camino que el historicismo ha fijado para ella, puede romper con su curso establecido, retorciéndose sobre sí misma o avanzando en una dirección inesperada –o, incluso, de forma paradójica, haciendo las dos cosas a la vez–. Así obró la Revolución Francesa al apropiarse del imaginario romano y reactivarlo, liberando potencialidades que permanecían dormidas entre el peso muerto de la historia al enlazarlas con acontecimientos separados de ellas pero con los que entraban en constelación: esto es, establecían una relación distante pero fuerte, móvil al tiempo que firme.

Aunque todo esto pueda sonar muy extraño, se trata en realidad de una práctica más bien común, puesta en evidencia por ejemplo en la relación que establecemos con aquellas obras literarias o artísticas que consideramos clásicas: nunca envejecen porque desde cada presente estamos siempre reactualizando su contenido, poniéndolo en relación con nuestro tiempo, interpretando a este desde aquellas y viceversa. Por ello la principal tarea del historiador o el filósofo (en palabras de Benjamin: el “materialista histórico”) deberá ser “cepillar la historia a contrapelo”, pues cada bien cultural está inmerso en un proceso de transmisión que lo encadena al relato de los vencedores, convirtiéndolo así en cómplice de sus crímenes, del olvido de todas las víctimas dejadas atrás; pues “no hay documento de cultura que no lo sea al tiempo de barbarie”.

Lo que debe hacer entonces el filósofo –y con él el historiador, el crítico literario, el artista, etc.– es tomar cada instante, cada objeto histórico (y este cada objeto debe tomarse en sentido estricto, pues “nada que haya acontecido se debe dar para la Historia por perdido”), como mónada, es decir, como un punto temporal en el que se hayan cristalizadas todas las tensiones del curso de la historia al completo, de modo que contiene el potencial de actuar como reflejo de la totalidad del tiempo histórico. Y, con ello, de alterar, del mismo modo, todo su decurso, haciendo posible con ello la redención de todas sus víctimas. Si cada momento es el resultado de un complejo equilibrio de fuerzas históricas, el frágil equilibrio resultado de la tensión entre pasado, presente y futuro, la alteración de cualquiera de esas coordenadas tendrá que afectar necesariamente al resto, que deberán reorganizarse de acuerdo con ese cambio.

La historia puede salirse a cada paso del camino que el historicismo ha fijado para ella, puede romper con su curso establecido, retorciéndose sobre sí misma o avanzando en una dirección inesperada

Pues, como decíamos al comienzo, la propuesta de Benjamin es a la vez teórica y práctica, concierne a la vez al filósofo y al revolucionario, que habrán de ser, en definitiva, lo mismo; las tesis son, por tanto, al mismo tiempo un programa teórico y un programa político, esa unión de teoría y praxis siempre perseguida por la filosofía. Si el requisito fundamental de la idea de progreso era la existencia de “un tiempo homogéneo y vacío”, una vía despejada por la que el desarrollo pudiese seguir sin sobresaltos su camino, Benjamin nos dice que todo tiempo está siempre lleno, pleno, cargado de contenido, pues cada época histórica está dotada de “una débil fuerza mesiánica” que puede desplegarse a cada instante, cuando nuestra época entra en constelación con tiempos pasados que abren nuevos futuros posibles, fragmentando el curso cerrado de la historia para abrirla a la posibilidad del instante revolucionario.

La destrucción de ese tiempo histórico impostado, de ese “progreso” pre-supuesto y pre-definido, sería al mismo tiempo la redención de todas sus víctimas, de todas las ruinas por él producidas. Pues la verdadera revolución solo será aquella que libere a las generaciones pasadas a la vez que a las presentes y futuras, rasgando el tejido histórico que les ha sido impuesto a todas ellas. La tarea es, por supuesto, hercúlea, ya que “significa apoderarse de un recuerdo que relampaguea en el instante de un peligro”: ese instante en que la revolución puede vencer o ser vencida, en que la historia puede elevarse hasta los infiernos o descender hasta el terreno común de la humanidad. Benjamin creyó vivir en ese instante, y parece cabal pensar que probablemente así fuera. Y, tal vez, que ninguno hayamos dejado de hacerlo desde entonces.

Sobre el autor

Jaime Rodríguez Uriarte es graduado en Historia por la Universidad Complutense de Madrid, máster en Filosofía de la Historia por la Universidad Autónoma de Madrid y editor. Son estos tres ejes los que dan sentido y articulan su labor teórica y práctica: la aspiración a aunar el pensamiento filosófico e histórico que caracteriza su formación con la preocupación, propia de la labor editorial, por intervenir en su tiempo comunicando y difundiendo la cultura.

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