Rosa Parks: ¡hasta aquí hemos llegado!

Rosa Louise McCauley (1913-2005) cambió su apellido por el de su marido, Raymund Parks, al casarse con él, en 1932.
Rosa Louise McCauley (1913-2005) cambió su apellido por el de su marido, Raymund Parks, al casarse con él, en 1932.

El 1 de diciembre de 1955, en Estados Unidos, Rosa Parks, una mujer negra, sube al autobús para volver a casa después del trabajo. Toma asiento y se niega a levantarse cuando el conductor le da la orden de que se lo ceda a un hombre blanco que acaba de entrar. Mañana se cumplen 63 años de aquel “no” que supuso un gran “sí” para la raza negra.

Por Amalia Mosquera

“Cuanto más obedecíamos, peor nos trataban. Ese día yo estaba fatigada, muy cansada. Y harta de ceder”, escribía años después Rosa Parks en sus memorias. Sobre todo eso, harta de ceder. “No tenía más cansancio físico de lo normal al fin de un día de trabajo. No estaba vieja. No, lo que estaba era muy cansada de ceder y ceder”, explicaba ella misma pasado el tiempo. Un “hasta aquí hemos llegado” en toda regla. Desde 1950, Rosa Parks estaba unida al movimiento contra el racismo y por aquel diciembre de 1955 era secretaria de la Asociación Nacional para el Avance del Pueblo de Color. ¿Qué mejor oportunidad que aquella de actuar con fidelidad a esos ideales que defendía? Y el resultado de esa hartura y esa convicción fue un “no” que se convirtió en el golpe en la mesa definitivo que impulsó el Movimiento por los Derechos Civiles en Estados Unidos y que llevó a terminar, mucha lucha más tarde, con la discriminación de los negros.

Recuerdos de discriminación

Rosa Louise McCauley había nacido el 4 de febrero de 1913 en Tuskegee, Alabama. Vio y vivió de cerca el rechazo racial desde pequeña. “Recuerdo irme a la cama cuando era niña y sentir que pasaba el Ku Klux Klan por la noche, escuchar un linchamiento y tener miedo de que la casa empezara a arder en llamas”.

“No tenía más cansancio físico de lo normal al fin de un día de trabajo. No estaba vieja. No, lo que estaba era cansada de ceder y ceder”

En 1932 se casó con Raymund Parks, de quien tomó el apellido con el que pasó a la historia por aquel jueves 1 de diciembre de 1955 en un autobús en la ciudad de Montgomery, en el estado de Alabama. Una mujer de 42 años, costurera, afroamericana, negra, hija de un carpintero y una maestra, está esperando en la parada y se sube. Se llama Rosa Parks y vuelve a casa después del trabajo. Paga su billete, como todo el mundo, y se sienta. Elige uno de los asientos centrales que está libre.

En los Estados Unidos de 1955 los blancos y los negros no se mezclaban. El transporte público estaba dividido: la zona de delante, para los blancos; los negros, detrás. Parks se sentó en el centro del autobús, en las primeras filas reservadas para los negros. Pero en esa parte central tenían prioridad también los blancos. O sea, entre tú y yo, tengo preferencia yo a la hora de sentarnos si yo soy blanco y tú eres negro. Junto a Rosa Parks, sentadas, otras tres personas de su misma raza, un hombre y dos mujeres. Cuando el autobús se llenó, el conductor les ordenó que se levantaran y cedieran sus asientos a un chico blanco que acababa de subir. Los otros tres se levantaron; Parks no se movió. El conductor llamó a la policía, que la detuvo acusada de perturbar el orden público y actuar en contra de las leyes de segregación racial del país. Y le puso una multa de 14 dólares, una importante cantidad para la época y para una costurera. “Yo estaba sentada donde se suponía que debía hacerlo; el joven blanco que estaba de pie no había pedido el asiento; fue el conductor el que decidió crear un problema”, explicaba Rosa Parks pasados los años recordando aquel episodio.

El principio del fin

La cosa no se iba a quedar ahí. A raíz del incidente de Rosa Parks, un pastor de la Iglesia baptista de 26 años, por entonces todavía desconocido, llamado Martin Luther King organizó una serie de protestas de la población negra contra la segregación en los autobuses públicos de Montgomery. Duraron 382 días. Participaron 30.000 afroamericanos que evitaban el uso del transporte público e hicieron marchas de hasta 9 km. Cuando les preguntaban cómo se sentían, respondían: ‘Mis pies, cansados. Mi alma, ¡liberada!’. La cantidad de pasajeros que cogía los autobuses descendió tanto que, con el tiempo, la empresa prácticamente quebró. Las autoridades acabaron eliminando la separación entre razas en su interior.

Hasta 30.000 afroamericanos evitaban el uso del transporte público e hicieron marchas de hasta 9 km. Cuando les preguntaban cómo se sentían, respondían: ‘Mis pies, cansados. Mi alma, ¡liberada!’

El escritor Antonio Muñoz Molina hacía referencia a la figura de Rosa Parks en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, México, en el 60 aniversario del incidente en aquel autobús, destacando la importancia de las acciones individuales como motor del progreso. “Hay que hacer cosas prácticas –decía Muñoz Molina–. Cosas que la gente vea que sirven. Como en la huelga de autobuses de Montgomery, en la que ni siquiera se pedía que los negros pudieran entrar por la misma puerta que los blancos. Pedían poder sentarse en los asientos que quedaban libres. Los cambios son graduales”.

Rosa Parks luchó toda su vida contra el racismo, lo que hizo que en 1999 recibiera la Medalla de Oro del Congreso de los Estados Unidos, que le entregó el presidente Bill Clinton. Murió el 24 de octubre de 2005, a los 92 años, en la ciudad de Detroit, con Alzheimer, que le habían diagnosticado un año antes. Cruel esta enfermedad, como siempre lo es, con una mujer con tanto que recordar, pero incapaz de borrar el recuerdo de Rosa Parks en la mente de los demás. El presidente Barack Obama la homenajeaba en febrero de 2013 al descubrir una estatua en su honor instalada en el Capitolio, en Washington, la primera escultura de cuerpo entero de una afroamericana en este lugar. “Yo estoy aquí por ella”, dijo Obama. “Su gesto sirvió para cambiar Estados Unidos y para cambiar el mundo”.

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