¿Puede una mala persona ser un buen médico?

Hoy las relaciones entre filosofía y medicina pasan por las neurociencias, pues estas estudian nuestra forma de pensar, conocer, comprender, reaccionar y actuar.
La ética médica es fundamental. Actualmente las relaciones entre filosofía y medicina pasan por las neurociencias, pues estas estudian nuestra forma de pensar, conocer, comprender, reaccionar y actuar. Foto médico: publicdomainpictures.net

Hablamos de filosofía y medicina. Y de ética. Y de la relación entre ellas. La filosofía y la medicina son como los viejos buenos amigos: con épocas en las que no se ven mucho o se sienten más distantes, pero, al final, lo importante es que su relación perdura a través de años y vaivenes.

Nacieron de la mano. Con el tiempo siguieron sus caminos, pero se llevan bien, les gusta verse, tienen mucho que contarse… Este es un rápido recorrido por algunos de sus puntos de encuentro y de conflicto.

A poco que se hayan leído algunos de los textos clásicos filosóficos, es muy posible haberse topado con el nombre de Hipócrates. El llamado padre de la medicina aparece en numerosos libros, por ejemplo, de Platón, como Gorgias, La República, Las Leyes y, sobre todo, en Fedro. Ahí, por boca siempre de Sócrates, Platón suma hábilmente a Hipócrates a su “panda” de estudiosos de “el todo”, de las naturalezas complejas, interrelacionadas:

Sócrates: ¿Crees que es posible comprender adecuadamente la naturaleza del alma, si se la desgaja de la naturaleza en su totalidad?
Fedro: Si hay que creer a Hipócrates el de los Asclepíadas, ni siquiera la del cuerpo sin este método.
Sócrates: Y mucha razón tiene, compañero.

La independencia de la enfermedad

Bastante alejado de los métodos actuales basados en el estricto tándem diagnóstico-tratamiento, Hipócrates estudiaba y anotaba en su época los síntomas de la dolencia (fiebre, dolor, color, pulso) y otros periféricos como la historia familiar, la dieta, el ambiente… Ideó una teoría según la cual gran parte de las afecciones eran debidas a desequilibrios entre cuatro humores: flemático, melancólico, sanguíneo y colérico, y defendía las terapias generalizadas. Para la historia de la filosofía, su relevancia se centra en que fue capaz de profesionalizar la medicina al separar la labor de esta de otras disciplinas con las que se había asociado tradicionalmente como la filosofía y la religión. En este sentido es muy valioso su texto Sobre la enfermedad sagrada, donde manifiesta la total independencia de la dolencia: “En nada me parece que sea algo más divino ni más sagrado que las otras, sino que tiene su naturaleza propia, como las demás enfermedades, y de ahí se origina. Pero su fundamento y causa natural lo consideraron los hombres como una cosa divina por su ignorancia y su asombro, ya que en nada se asemeja a las demás. Pero si por su incapacidad de comprenderla le conservan ese carácter divino, por la banalidad del método de curación con el que la tratan vienen a negarlo. Porque la tratan por medio de purificaciones y conjuros”.

Para Hipócrates, la enfermedad se debía a desequilibrios

Platón, Aristóteles y la medicina

La inseparable pareja de filósofos clásicos también ejerce en este campo de aunar filosofía y medicina. Con frecuencia, como señala el historiador Geoffrey Ernest Richard Lloyd, ambos establecen en sus textos analogías entre la moralidad del individuo, la justicia del Estado y un cuerpo sano, por ejemplo, y al revés; el desorden en el Estado y en la psique son enfermedades que necesitan cura y profesionales que las realicen. “La medicina, pues, tiene un papel absolutamente central en la recomendación platónica de que existe una verdad objetiva en los terrenos político y moral, que existen expertos en esos terrenos y que el profano, o el corriente idiota, debería seguir sus consejos y someterse a sus tratamientos”. Lo mismo que Aristóteles al plantear sus ideas y paralelismos sobre salud, moralidad y buen gobierno. Se piensa que Aristóteles pudo ir incluso más lejos en su interés y bosquejar un tratado sobre salud y enfermedad.

En su obra Pensadores griegos, Theodor Gomperz analiza las influencias entre medicina y filosofía y cita como especial nexo de unión, como  “lo realmente importante”, el espíritu y el método de la investigación. Divide a los médicos-filósofos griegos en dos grupos: aquellos para los que la filosofía es prioritaria y previa, yendo de la idea al hecho, de la teoría a la praxis, como Parménides, Heráclito o Empédocles y Anaxágoras; y un segundo grupo más científico, genuinamente hipocrático, que, a partir de la observación de los hechos, origina la reflexión teórica. Su camino sería de la praxis al logos. Aristóteles y Platón discurrirían por su senda.

En cualquier caso, como escribe el filólogo Werner Jaeger en el capítulo titulado La medicina griega como paideia (Paideia. Los ideales de la cultura griega), lo esencial fue que “la medicina griega sólo se convirtió en un arte consciente bajo la acción de la filosofía jónica de la naturaleza (…). Jamás habría llegado a convertirse en una ciencia sin las indagaciones de los primeros filósofos jónicos de la naturaleza, que buscaban una explicación natural de todos los fenómenos”. Así empezó todo. Enseguida vendrían importantes matices.

El mejor médico es también un filósofo

Galeno aplicó a la medicina los parámetros que solían aplicarse a la filosofía: lógica, física y ética.
Galeno aplicó a la medicina los parámetros que solían aplicarse a la filosofía: lógica, física y ética.

Galeno, médico y pensador nacido en Pérgamo en el siglo II, dio un empujón fuerte y durante mucho tiempo definitivo a la medicina. Sus descubrimientos fueron numerosísimos y trascendentales (identificó los nervios craneales, las funciones del riñón y la vejiga, describió las válvulas del corazón…). Y su influencia se extendió a lo largo de 10 siglos. Sólo que en el tema de las relaciones de su ya consagrada profesión con la filosofía enredó un poco: se le ocurrió escribir un texto titulado El mejor médico es también un filósofo, aplicando a la medicina los parámetros que tradicionalmente se aplicaban a la filosofía: lógica, física y ética. De ese modo, el médico habría de ser un profesional capaz de conocer los métodos del razonamiento lógico y científico, de dominar los fenómenos de la naturaleza y la física y también de trabajar la ética con el fin de llegar a ser bueno. En este punto se desatan las preguntas, los problemas morales: ¿un médico debe ser siempre bueno? ¿Qué pasa si no lo es? ¿Puede un buen médico ser una mala persona? ¿Puede dejar que sus inclinaciones personales se mezclen con las profesionales? Muchos años después se inventó una disciplina –la ética clínica– que trata si no de dar respuesta a este tipo de preguntas, sí de lidiar eficazmente con ellas.

Descartes estableció la separación entre cuerpo y alma. Los problemas del cuerpo los solucionaban los médicos y los del alma, Dios

Cuerpo y alma, juntos y separados

Durante muchos siglos (que duraban aún más –y duran– dependiendo de la geografía), estas problemáticas cuestiones o no existían o existía una respuesta genial que las respondía y aniquilaba: todo era así porque Dios, uno o varios, bajo una u otra forma, así lo quería/n. La divina providencia era al final la que decidía quién debía morir y quién debía sanar. Las razones, en numerosas ocasiones incomprensibles para familiares y conocidos, solo Dios las sabía. Y como solo Dios basta, que diría la ilustre Teresa de Jesús… La labor del médico era hacer todo lo que estaba en su mano, pero al final resultaba que las manos que valían eran las de Dios.

Una herramienta muy útil al servicio de esta causa fue separar las cosas del cuerpo y las del alma; las primeras, pertenecían al ámbito de los seres humanos, y su arreglo era asunto de los médicos; las del alma pertenecían a Dios, con pequeñas parcelas de participación y sometimiento reservadas al ser humano. Descartes inventó este dualismo radical y su influencia fue extensísima en el tiempo. Pero al triunfador, le salieron algunas réplicas interesantes como la de Spinoza, quien tuvo una intuición genial: algo debió ver el afinador de lentes que le hizo pensar que aquello no era así y que el alma estaba en el cuerpo, y el cuerpo en el alma, y que ambas cosas iban de la mano, o mejor, eran lo mismo.

En la "Nueva filosofía de la naturaleza del hombre", de 1587, Oliva Sabuco le plantaba cara al dualismo de descartes. (CC-BY-SA 3.0). Con permiso de NIH-DC
En la “Nueva filosofía de la naturaleza del hombre”, de 1587, Oliva Sabuco le plantaba cara al dualismo de descartes. (CC-BY-SA 3.0). Con permiso de NIH-DC.

Antes que él, la desconocida Oliva Sabuco de Nantes había publicado un texto titulado Nueva filosofía de la naturaleza del hombre en el que también le plantaba cara a Descartes y donde, además, llamaba la atención sobre el hecho y el beneficio que el optimismo reportaba al cuerpo. Las sugerentes intuiciones supusieron una pasarela a la modernidad. Hoy día, confirmadas ya científicamente ambas suposiciones, siguen suscitando todavía un sinfín de estudios y están en el núcleo de la investigación de científicos y, sobre todo, neurocientíficos como Antonio Damasio, que ha dedicado su esfuerzo a la investigación de las emociones en relación con el cerebro.

Neurociencias y neurofilosofía

Hoy día las relaciones entre filosofía y medicina pasan por las neurociencias, pues estas estudian nuestra forma de pensar, conocer, comprender, reaccionar y actuar. Algo de lo que comenzó ocupándose la filosofía. Los últimos descubrimientos ahondan, en ocasiones sorprendentemente, en las relaciones entre lo puramente físico y el pensamiento. Un ejemplo bastante reciente: cómo las bacterias que conviven con nosotros, especialmente en el intestino, tienen una comunicación directa y privilegiada con el cerebro. Su influencia repercute en el comportamiento social del individuo –en aspectos tan insospechados como la elección de pareja– y son capaces de modificar la memoria, el aprendizaje, el estado de ansiedad y el depresivo.

Otro ejemplo de cómo la salud o su contrario, la enfermedad, modelan la percepción es el cambio de prioridades y objetivos vitales: no es la edad, sino la enfermedad lo que hace que enfermos jóvenes compartan un ideario similar al de los ancianos y desde luego mucho más cercano a ellos que al de jóvenes sanos de su misma edad. Lo explica bien el libro Ser mortal, del cirujano Atul Gawande: “Cuando, en palabras de los investigadores, se acentúa la fragilidad de la vida, las metas y los móviles de la gente en su vida cotidiana cambian por completo. Lo que más influye es la perspectiva, no la edad”.

Ser mortal, de Atul Gawande: bienestar hasta el final

"Ser mortal", de Atul Gawande, en Galaxia Gutenberg.
“Ser mortal”, de Atul Gawande, en Galaxia Gutenberg.

El poder de la medicina en las últimas décadas ha revolucionado la vida y la perspectiva del ser humano. Sus logros, impensables, hasta hace poco, han alargado y mejorado la vida de millones de personas. Pero también ha creado un grupo de nuevos desheredados, de parias, que constituyen un inmenso fracaso; los pacientes, normalmente viejos o moribundos de todas las edades, a quienes las nuevas técnicas no pueden aliviar. Pacientes o bien abandonados o todo lo contrario; sometidos a frenéticos tratamientos que no hacen sino aumentar el sufrimiento de pacientes y familiares. En esos casos ¿cuál es el papel del médico y de las terapias? ¿Cuándo hay que parar? Sobre ese inmenso grupo de personas, sobre ese vacío y ese fracaso escribe el cirujano norteamericano Atul Gawande. Su libro, Ser mortal, está plagado de casos que, en último término, remiten a la pregunta por el sentido de la vida. Es crítico con la situación porque la situación es crítica y se ha perdido mucho tiempo: “Nos hemos equivocado respecto a cuál es nuestra tarea. Creemos que nuestra misión consiste en garantizar la salud y la supervivencia. Pero es mucho más que eso. Consiste en hacer posible el bienestar”. El doctor analiza la situación, diagnostica el problema y también propone remedios que supondrán un alivio: olvidar el cómodo modelo de médico informativo que carga al paciente con la responsabilidad de las decisiones, preguntar a este por sus expectativas y miedos, conversar sobre el final de la vida… No hay por qué esperar a una crisis para plantear estas posibilidades. Una buena muerte forma parte de una buena vida de modo que es nuestro turno y es ahora: ¿qué estamos dispuestos a soportar para tener la posibilidad de seguir vivos, y hasta dónde el hecho de seguir vivos nos resultaría tolerable?

Por otro lado, la evidencia de las relaciones entre salud y pensamiento, como suele suceder, no ha pasado inadvertida para oportunistas que cayendo en simplificaciones establecen peligrosos paralelismos. Proliferan libros y talleres que prometen bienestar con el esfuerzo mínimo de “pensar positivamente” en esta o cual cosa. No es así y nunca lo fue ni lo será. La enfermedad exige seriedad. Mucho respeto. Estaba aquí antes que el ser humano y siempre lo doblegará. Es una ficción (y una ficción muy reciente) creer que el estado normal es el bienestar, la salud, durante la mayor parte de la vida.

Proliferan libros y talleres que prometen bienestar con el esfuerzo mínimo de “pensar positivamente” en esta o cual cosa. No es así y nunca lo será. La enfermedad exige seriedad. Mucho respeto. Estaba aquí antes que el ser humano y siempre lo doblegará.

La frase encierra no uno sino dos engaños. El primero, el mencionado, creer que la enfermedad es un estado de excepción cuando es natural –si no consubstancial– al ser humano; la segunda, exigirla como un derecho durante unas seis o siete décadas de nuestra vida olvidando que hasta hace poco más de un siglo la duración de esa vida se limitada a justo la mitad, cuarenta años eran suficientes para morir de viejo. Más valdría no perder de vista las reflexiones de Montaigne en sus siempre actuales ensayos:

¡Qué ilusión la de esperar morir de la falta de fuerzas, que a la vejez extrema acompaña, y la de creer que nuestros días acabarán sólo entonces! Esa es la muerte más rara de todas la menos acostumbrada, y la llamamos natural, como si tan natural no fuera morir de una caída, ahogarse en un naufragio, sucumbir en una epidemia o de una pleuresía, y como si nuestra constitución ordinaria no nos abocara todos los días a semejantes accidentes. No confiemos en  esas esperanzas; el que se realicen es cosa siempre rara; antes bien debe llamarse natural a lo que es general, común y universal. Morir de viejo es una muerte singular y extraordinaria, mucho menos frecuente que las otras; es la última y extrema manera de morir, y cuanto más lejos estamos de la vejez, menos debemos esperar ese género de muerte”.

Sabia lección esa de no perder la perspectiva, a la hora de manejarse, dominar y buscar siempre y a toda costa la buena vida, ya sea en la salud o la enfermedad.

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