La figura de Karl Marx como persona –como personaje, mejor dicho– ha sido objeto de diversas obras literarias, artísticas... En este artículo examinamos algunas de ellas de la mano de sus autores (como Ronan de Calan, que firma un cuento para niños sobre el pensador, o el escultor Ottmar Hörl) o de quienes estuvieron cerca de ellos, como el periodista Joaquín Estefanía, que presentó la novela de Juan Goytisolo llamada
La figura de Karl Marx como persona –como personaje, mejor dicho– ha sido objeto de diversas obras literarias, artísticas... En este artículo examinamos algunas de ellas de la mano de sus autores (como Ronan de Calan, que firma un cuento para niños sobre el pensador, o el escultor Ottmar Hörl) o de quienes estuvieron cerca de ellos, como el periodista Joaquín Estefanía, que presentó la novela de Juan Goytisolo llamada "La saga de los Marx". © Ana Yael

Aunque no se ocupó directamente del arte, este sí se ha ocupado en los últimos tiempos de Marx y en distintas manifestaciones. Recuperamos algunos ejemplos destacados con la ayuda de sus protagonistas y repasamos lo que Marx tuvo que decir sobre literatura y arte, aunque su relación con ellos no fuera más que ocasional, pasional y nada sistemática…

"La saga de los Marx", de Juan Goytisolo, en edición de Galaxia Gutenberg.
“La saga de los Marx”, de Juan Goytisolo, en edición de Galaxia Gutenberg.

En una de las escenas memorables que recrea la novela de Juan Goytisolo La saga de los Marx una nómina de expertos se reúnen en un plató a ver un documental sobre la materia (la materia es la vida de los Marx y el título La Baronne Rouge) y comentarlo. A los mayores de 40 les sonará el formato que en el libro es explícito: sí, es el programa La clave, de José Luis Balbín. Recostados en los sillones, tras la proyección, cada uno de los presentes lanza su breve opinión sobre el mismo. Allí está un catedrático de Oxford; un filósofo; una feminista y sexóloga venida de California; un historiador de la facultad de Ciencias sociales de Bombay; un miembro de la CNT combatiente en la Guerra Civil y refugiado político en Holanda; un exiliado polaco docente en Misuri… Todos hacen una lectura en función de sus intereses, todos sientan a Marx a la grupa de sus caballos, de modo que no hay intercambio, menos acuerdo y el debate apenas es posible. Todos quieren a Marx de su lado o cerca al menos (aunque sea para alcanzarlo con un guantazo), todos se miden con él, se enzarzan y le reprochan no haber hecho demasiado hincapié en esto o lo otro: en lo suyo, vaya. El filme les parece “una película que refuerza los estereotipos sexistas y cimientos de la sociedad patriarcal”; o un reflejo de “la visión eurocéntrica del mundo” o “lo que el viento se llevó”. ¿Qué es lo que pasa?

En una escena memorable de La saga de los Marx, de Juan Goytisolo, una serie de expertos se reúnen para debatir en torno a la vida del pensador: todos hacen una lectura en función de sus intereses, de modo que no hay intercambio ni acuerdo y el debate apenas es posible

Marx fue una de las personalidades más grandes del siglo XIX. Le dio una “vueltita” al pasado y a su presente que iba a revolucionar –nunca mejor dicho– el futuro que vendría. Como los grandes filósofos de la Antigüedad, quiso explicar el mundo en su totalidad buscando a la vez (por la propia lógica de la explicación) configurar un ideal al que acudir para solventar el dolor y las injusticias que mostraba su explicación. A diferencia de los filósofos antiguos, esta especie de renovado Platón contaba con ventaja: el mecanicismo, la matemática, la estadística y un valioso Sócrates/ Aristóteles in situ para enmendarle los desvaríos: ese era Engels. Lo que ambos descubrieron es bien sabido y lo repiten de una y mil maneras en los numerosos escritos que dejaron. ¿Algún ejemplo? En el prólogo a la edición alemana de 1883 del Manifiesto comunista, un Engels huérfano o viudo de su compañero de ideología y escritura resume: “Que la producción económica y la estructura social que se deriva necesariamente de ella en cada época de la historia constituyen el fundamento de la historia política e intelectual de esa época; que, en consecuencia (…), la historia entera ha sido una historia de lucha de clases”.

Como los grandes filósofos de la Antigüedad, Marx quiso explicar el mundo en su totalidad, buscando a la vez configurar un ideal al que acudir para solventar el dolor y las injusticias que mostraba su explicación

Para llegar a semejantes conclusiones tuvieron que investigar tan amplia y radicalmente, abarcar tantísimo, que el reproche que se le hace de forma más o menos velada –y que ejemplifica magistralmente esa escena de la novela de Goytisolo– es que no lo abarcara todo. Porque, ya puestos… Las kellys, los segadores, los anarquistas, los jugadores, los sibaritas, los fontaneros, los poetas lo observan de cerca a ver qué fue lo que de ellos pensó, dijo o escribió o manifestó de cualquiera de las maneras Karl Marx. Obviamente no tuvo palabras ordenadas y expresas para todos los gremios y grupos, que siguen revolviendo entre sus notas a la búsqueda de párrafos dedicados, pero sí para muchos. Los artistas y su peculiar tarea son uno de ellos. Un ejemplo muy particular, porque ¿cómo encajar tan peculiar modo de creación/producción en un sistema? ¿Cómo compaginar y encajar su trabajo individualista por naturaleza con el grupo, con el conjunto de una sociedad con ambición de igualdad? Explorar esta relación llena de contradicciones y excepciones es el propósito de este artículo y también constatar cómo curiosamente Marx y no su legado, ni sus libros, ni su producción en cualquiera de sus formatos, sino él mismo, con su rostro, su biografía, su icónica figura, han sido objeto de interés y apropiación artísticas por parte de creadores que han construido diversas manifestaciones artísticas alrededor de su persona/personaje. Nos centramos en tres de ellas que analizamos de la mano de sus autores o de personas cercanas a los mismos.

Goytisolo, el adelantado

"La saga de los Marx", de Goytisolo, en versión de El Aleph.
“La saga de los Marx”, de Goytisolo, en versión de El Aleph.

El primero que lo vio venir fue Juan Goytisolo. Le ayudaba la distancia física que puso con España, pero también la distancia metafórica que tomó respecto de cualquier tipo de ideología. De una buena combinación de ambas nació por ejemplo el desencanto temprano con la revolución cubana: menos de una década, la de los 60, necesitó para pasar de la aprobación y el regocijo a ver que algo no era tan hermoso en la hermosa isla. Para cuando los regímenes soviéticos en Europa del Este se desmoronaron firmándose en el 91 la extinción de la Unión Soviética, él ya había pasado pantalla. Había tomado unas notas contextuales sobre el batiburrillo ideológico, derrumbes, saldos y souvenires y había vuelto al principio, al origen, a la figura desenfocada que apenas se vislumbraba al fondo de aquellas revoluciones: ahí estaba Marx. ¿Alguien se acordaba de él? Juan Goytisolo se acordaba: lo estudió y lo hizo protagonista, junto con su familia, de una extraña novela publicada en 1993 por Mondadori: La saga de los Marx. “Juan Goytisolo había bebido del marxismo –nos explica el periodista Joaquín Estefanía, que presentó el libro junto con el autor en la FNAC de Madrid en diciembre de 1993–, pero cuando escribe La saga de los Marx ya era muy crítico con lo que, en su nombre, había dado lugar. En ese momento ya era el Goytisolo maduro que duraría hasta su muerte. Su gran confrontación ideológica con los postulados de su juventud tuvo lugar con el encantamiento, y luego desencanto, con la revolución cubana. ¿Qué por qué elegiría ese momento? Creo que porque expresaba una de las grandes contradicciones de esos años: un gran grupo de ciudadanos albaneses (por lo tanto, miembros del grupo de países comunistas de Europa del Este) pretende entrar en el “infierno capitalista” de Occidente, a través de las costas italianas. Marx, sentado en un sillón y fumando un puro –creo recordar– los ve a través de la televisión”. Esa es la escena con la que arranca la novela y esa es la tesis. En palabras de Estefanía, “Marx era testigo de la degeneración práctica a que sus ideas habían llevado en el antiguo glacis de la Unión Soviética y China. Son unas imágenes de gran expresividad en la novela: el lector parece estar viéndolas al mismo tiempo que Marx, e interrogándose como él”.

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