Manuel Cruz es catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona y actualmente diputado y portavoz del PSOE en la Comisión de Educación y Deporte. 
Manuel Cruz es catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona y actualmente diputado y portavoz del PSOE en la Comisión de Educación y Deporte. 

Cuando se juntan un profesor de filosofía, acostumbrado a explicarla a diario, y un filósofo que lidia a pie de Congreso con la política y la actualidad, solo puede salir algo bueno, interesante, reflexivo; mucho pensamiento, pero bien comunicado y argumentado. Filosofía en la calle y para todos. Esto no es exactamente una entrevista; es una charla entre dos colegas. Y así la recogemos. La conversación y las ideas van fluyendo sin preguntas ni cuestionarios. Como en el libro que ambos autores han publicado recientemente al alimón: Pensar en voz alta. Luis Alfonso Iglesias, el profesor, toma la iniciativa y se encarga de dar forma a esta entrevista-no entrevista al filósofo-político Manuel Cruz.

Por Amalia Mosquera

Para Platón, pensar es el diálogo del alma consigo misma, así que, si tomamos por cierta su definición, podríamos deducir que pensar en alto será dialogar en público, ante los demás y para los demás. Esto propone el libro Pensar en voz alta, publicado por Herder, y esta ha sido su intención: abrir las puertas y sacar de la intimidad una conversación sobre filosofía, política, educación, amor, historia, el futuro… y otros temas entre dos expertos que miran a su alrededor para opinar pensando en la realidad que viven, que todos vivimos, cada día. Así que, en este caso, ese diálogo en alto es también con los demás, porque no se trata de un monólogo, de una exposición del pensamiento de un autor, sino de una charla entre dos: Manuel Cruz y Luis Alfonso Iglesias.

"Pensar en voz alta", conversaciones sobre filosofía, política y otros asuntos entre Manuel Cruz y Luis Alfonso Iglesias, editado por Herder.
“Pensar en voz alta”, conversaciones sobre filosofía, política y otros asuntos entre Manuel Cruz y Luis Alfonso Iglesias, editado por Herder.

Manuel Cruz es catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona, autor de más de una treintena de libros, colaborador habitual en prensa, director de la colección “Pensamiento Herder” en esta editorial y, en los últimos años, actor y espectador de primera fila a la vez del (complicado) mundo de la política: es diputado y portavoz del PSOE en la Comisión de Educación y Deporte. Luis Alfonso Iglesias es profesor de filosofía en el Instituto de Enseñanza Secundaria Escultor Daniel, de Logroño, licenciado en Historia Contemporánea, ensayista y poeta.

Los juntamos para que hablen sobre esos conceptos cotidianos de los que charlan en su libro, donde los someten a una revisión filosófica pensando en alto sobre lo que nos pasa. Y esta es la conversación que sale de ese encuentro.

Luis Alfonso Iglesias: Pensar en voz alta como título para este libro que supone el número 50 de una colección de pensamiento me remite no solo al volumen, sino a la calidad del pensamiento en estos tiempos de la cultura “a pantallazos” en los que pensar es, en cierto modo, resistir frente a las acometidas del inhóspito presente.

Manuel Cruz: Estamos donde estamos por culpa de los que corresponda, que sin duda no somos los pobres ciudadanos. Aunque está claro que la existencia de ciudadanos conscientes, libres y reflexivos también es muy deseable, precisamente para que no estemos a merced de los poderes, que en estos momentos son, sobre todo, económicos. Es muy importante que la sociedad ofrezca resistencias y creo que hay indicios de que nuestra sociedad las ofrece. La contribución de la filosofía a este respecto es la de introducir una cuña de escepticismo en el curso de la realidad.

Manuel Cruz: “La existencia de ciudadanos conscientes, libres y reflexivos es muy deseable para que no estemos a merced de los poderes, que en estos momentos son, sobre todo, económicos”

Luis Alfonso Iglesias Huelga, autor del libro "España, la Ilustración pendiente", nos habla en este artículo sobre su contenido y su intención.
Luis Alfonso Iglesias Huelga, profesor de filosofía en Logroño, charla con Manuel Cruz sobre pensamiento, política y más temas en el libro “Pensar en voz alta” y en este artículo.

L. I.: Por supuesto, por eso el libro comienza con la conocidísima cita de Karl Popper de que “Todos los hombres y todas las mujeres son filósofos; o si ellos no son conscientes de tener problemas filosóficos, tienen, en cualquier caso, prejuicios filosóficos”. La discusión sobre el cometido del filósofo y el papel de la filosofía acompaña al pensamiento filosófico desde sus inicios; me parece muy actual en un momento en que el pensamiento crítico parece estar en retirada.

M. C.: Filósofo es el que en un momento dado detiene el celuloide de la realidad y se para a pensar. Se trata de mirar las cosas con detenimiento, con atención, con escepticismo, para hacerse la pregunta clave: ¿estás seguro? Introducir en el discurso, como hacía Sócrates, una cuña de sabia incertidumbre. No deja de ser curioso, porque los filósofos están muy presentes en la vida cotidiana, en los medios de comunicación, especialmente en Europa. Siendo optimista, la función del filósofo realmente es la de incomodar, ser un elemento discordante que sabotea los tópicos. El filósofo tiene que intervenir y dejar oír su voz en la plaza pública sobre aquellos asuntos que interesan a la mayoría.

L. I.: Como la educación, el asunto que trata de “lo más preciado”. Empiezo a cuestionarme si continúa vigente el aserto kantiano de que “somos lo que la educación hace de nosotros” o hay que replanteárselo en la era digital en la que nos ha tocado vivir…

M. C.: En la actualidad, el referente “educación” ya no es tan inequívoco como antes y debemos someterlo a una profunda redefinición para evitar que pueda servir como vehículo ya no a las concepciones del mundo más retardatarias (como temía Kant), pero tal vez sí a perpetuar un orden existente necesitado de radicales mejoras. Además de por ello, la educación tiene que ser reconsiderada por otros motivos. No en vano hoy podemos hablar, con todo el sentido del mundo, de analfabetos funcionales, de analfabetos digitales u otras expresiones similares, para referirnos a aquellos que, a pesar de haber cursado determinados estudios, carecen de conocimientos o destrezas en ámbitos que han pasado a resultar indispensables en el mundo actual.

L. I.: Sin olvidarnos de la utilidad como uno de los valores de la enseñanza estableciendo como fin principal del proceso educativo el éxito social y económico. En cuanto valor y precio comienzan a asemejarse, la insolidaridad y el individualismo se convierten en categorías sociales de primera línea.

Luis Alfonso Iglesias: “La discusión sobre el papel del filósofo y de la filosofía acompaña al pensamiento filosófico desde sus inicios; me parece muy actual en un momento en que el pensamiento crítico parece estar en retirada”

M. C.: ¿Y tú crees que es eficiente una sociedad de individuos educados en la insolidaridad y el individualismo? ¿Puede funcionar adecuadamente en el ámbito que le corresponda (aunque este sea el de las finanzas o el puramente tecnológico) quien no dispone de criterios mínimamente generales para interpretar y valorar las situaciones? ¿Cómo va a entender correctamente y actuar de manera adecuada en su sociedad un ciudadano que utiliza con una absoluta ligereza y una falta de rigor total términos como “fascista”, “opresión”, “dictadura” y similares? ¿Qué democracia puede defender quien, pongamos por caso, todo lo que cree saber sobre su contenido es que consiste en introducir una papeleta en una urna?

L. I.: Son cuestiones interesantísimas y muy necesarias para intentar discernir a qué modelo social aspiramos o podemos aspirar. Existe la sensación de que la sociedad contemporánea ha engendrado un tipo de individuo incapaz de “hacerse cargo” que ha ido sustituyendo la identidad como responsabilidad por otras identidades más cómodas en las que el formato devora la voluntad. La pérdida de sensibilidad en la sociedad líquida se manifiesta en la banalidad de la vida cotidiana, la ceguera moral que expresa Zygmunt Bauman a partir del concepto de “adiáfora”, esa actitud de indiferencia frente a lo que pasa porque todo se diluye en la prisa con la que transcurren nuestros actos.

El filósofo Manuel Cruz conversa con Luis Alfonso Iglesias sobre filosofía, historia, amor, el futuro que nos espera...
El filósofo Manuel Cruz, que en esta charla conversa con Luis Alfonso Iglesias sobre filosofía, historia, amor, el futuro que nos espera…

M. C.: Ese parece ser, en efecto, el escenario al que estamos abocados. Magnus Enzensberger, en su librito Perspectivas de guerra civil, aludía a una situación que con los años ha terminado por adquirir carta de naturaleza. Tanto se ha generalizado la tendencia a la des-responsabilización –comenta Enzensberger– que hoy día, si apareciera entre nosotros un nuevo Eichmann (o cualquier otro criminal semejante), probablemente reclamaría asistencia terapéutica a cargo de la Seguridad Social. Otros autores han hecho afirmaciones similares (aunque a veces menos provocadoras): el victimismo generalizado en el mundo de hoy puede interpretarse como la rendición absoluta frente al sinsentido. El individuo no se hace cargo de nada y se convierte únicamente en un reclamante ontológico por esos daños, presuntamente absurdos e injustificados, que provienen –siempre, por definición– del exterior. Es precisamente eso lo que convierte en urgente la reclamación de responsabilidad, como un primer antídoto contra tales males.

L. I.: Otro antídoto es el amor, un tema al que se le dedica la necesaria extensión en el libro Pensar en voz alta y al que se le envuelve en la expresión de “campo de minas”. Platón, Agustín, Abelardo y Eloísa, Lou Andreas-Salomé y Friedrich Nietzsche, Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, o el caso de Hannah Arendt y Martin Heidegger indican que los filósofos no anduvieron exentos de audacia para transitar ese terreno tan peligroso.

M. C.: El amor es uno de los elementos que más nos mueve a pensar, porque es una de las experiencias más abarcadoras que tiene el ser humano; precisamente porque nos sacude por entero. No creo en absoluto que estos sean los mejores tiempos para el amor, sino más bien al contrario. Creo que las transformaciones que se vienen produciendo en nuestra sociedad, en nuestro mundo, en nuestra manera de vivir, han hecho que se haya puesto cada vez más cuesta arriba amar.

Manuel Cruz: “Siendo optimista, la función del filósofo es la de incomodar, ser un elemento discordante que sabotea los tópicos”

L. I.: “Acabas de cumplir ochenta y dos años. Has encogido seis centímetros, no pesas más de cuarenta y cinco kilos y sigues siendo bella, elegante y deseable. Hace cincuenta y ocho años que vivimos juntos y te amo más que nunca. De nuevo siento en mi pecho un vacío devorador que solo colma el calor de tu cuerpo abrazado al mío”. No puede haber palabras más hermosas para hablar del amor entre los cuerpos que las que el filósofo André Gorz dedica a su esposa enferma…

M. C.: El tema del deseo en la relación amorosa en la historia del pensamiento occidental tiene varios puntos de inflexión claros. Hay que empezar diciendo que en Platón la relación estrictamente carnal no es algo que sea condenado como malo, sino que es algo que es condenado por insuficiente. Lo que él dice es que aquella persona que en la relación amorosa simplemente se quede en el goce del cuerpo de la amada no está haciendo realmente todo el recorrido del amor; el amor pasa por allí, y está bien que así sea, pero tiene que ir más allá y tender hacia la belleza.

L. I.: … en la que el mismo Platón incluía las buenas acciones que nos sitúan en el territorio del conocimiento y de la política en su sentido más venerable. Creo que urge retomar ese concepto precisamente ahora que se repite constantemente la palabra “diálogo” como el término al que se debe regresar para recuperar el prestigio de la política y sus actores. Estamos hablando nada más y nada menos que del futuro, ese lugar en el que pasaremos el resto de nuestra vida.

M. C.: Pero en el futuro nos aguarda menos libertad de la que querríamos. En este sentido, creo que la filosofía le vendría muy bien a la política. La política es inmediatez. Es hoy, incluso antes de que suceda saber qué va a decir algún político. Estamos fagocitados por la inmediatez.

Luis Alfonso Iglesias: “La pérdida de sensibilidad en la sociedad líquida se manifiesta en la ceguera moral que expresa Zygmunt Bauman a partir de esa actitud de indiferencia ante lo que pasa: todo se diluye en la prisa de nuestros actos”

L. I.: Hablando de lo inmediato, afirma el escritor e historiador José Álvarez Junco que los sentimientos no pueden discutirse, pero sí respetarse, y lo que está sucediendo en Cataluña es, en efecto, una cuestión de sentimientos, lo que nos lleva de nuevo a pensar en la dualidad de un problema emocional frente a una solución racional.

M. C.: Es que no se trata de oponer maniqueamente seres cosmopolitas, fríamente racionales, a provincianos apasionados. Hoy ya no se puede decir que el nacionalismo se cura viajando. Algunos de nuestros soberanistas son muy viajados, pero eso solo les sirve para mirarse en el espejo de sus iguales extranjeros. Lo cómodo de los sentimientos es que permiten acoger cualquier contradicción, sin que tenga demasiado sentido que a alguien se le pueda reclamar nada por el hecho de que el sentimiento que en un momento dado pueda albergar case mal con alguna otra dimensión de su vida.

L. I.: Creo que incluso se habla del futuro en términos más emocionales que racionales, como un destino inevitable en el que ya no caben los grandes cambios, porque, como en la obra de Balzac Las ilusiones perdidas, los héroes modernos están condenados al olvido. “Dios ha muerto, Marx ha muerto y yo ya no me encuentro muy bien”, rezaba una de esas pintadas míticas de mayo del 68 en París. Hay una sensación de que la relación entre el pasado y el futuro está definitivamente rota porque ya no se percibe ese vínculo tan obvio y trascendental. Me pregunto si afrontamos el futuro con esperanza pero con convencimiento, como afirmaba el gran poeta Ángel González.

M. C.: En esto soy muy clásico: en lo que más confío es en una nueva, diferente y mejor socialización de los individuos, porque ahí se juegan elementos extremadamente importantes. Iba a decir educación, pero el término puede dar lugar a equívocos y dar a entender que si transformamos la escuela, el aparato educativo, todo entraría en vías de solución, y de eso ya hemos hablado. La verdad es que no soy optimista en el sentido de pensar que vaya a aparecer de un día para otro una legión de gente con fuerza y ganas de transformar, pero sí me atrevo a afirmar que este mundo, tal como lo estamos viviendo y sufriendo, es infinitamente menos compacto y consistente de lo que insisten en decirnos. En el fondo, es extraordinariamente frágil. Y me parece que tenemos que estar alerta para intervenir en esa fragilidad.

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