Malala Yousafzai: el poder de la educación

Malala Yousalzai en una foto del 22 de octubre de 2015. Publicada por Flickr en dominio público bajo licencia Atribución 2.0 Genérica (CC BY 2.0).
Malala Yousalzai en una foto del 22 de octubre de 2015. Publicada por Flickr en dominio público bajo licencia Atribución 2.0 Genérica (CC BY 2.0).

Quería ir al colegio y estudiar. Y lo pagó caro. El 9 de octubre de 2012, hoy hace seis años, a Malala Yousafzai los talibanes le dispararon tres tiros dentro del autobús escolar en el que volvía a casa después de clase. Uno la alcanzó. Tenía 15 años. Hoy, con solo 21, dedica su vida a cosas tan grandes como la paz y luchar por el derecho a la educación de todos los niños, especialmente de las niñas, el que más está en peligro. Y a seguir estudiando.

Por Amalia Mosquera

¿Pueden la convicción, la decisión y la voz de una persona cambiar el mundo? ¿Y si esa persona es adolescente? ¿Y si es mujer y vive en un mundo machista? “Hace 5 años me dispararon en un intento por impedir que levantara mi voz por la educación de las niñas. Hoy asisto a mis primeras clases en Oxford”, escribía Malala Yousafzai el 9 de octubre de 2017 en su cuenta de Instagram. Durante 800 años los hombres podían ir a la universidad y las mujeres no. Malala Yousafzai se lo explica a un grupo de visitantes de la Universidad de Oxford (Reino Unido), donde ella estudia Filosofía, Política y Economía, en uno de los programas No necesitan presentación, de David Letterman (Netflix). “Este es el primer college para mujeres –les dice–. Se fundó en 1878, unos 800 años después que la universidad. Durante ese tiempo, los hombres podían estudiar y las mujeres no”. Malala Yousafzai, de 21 años, se dedica en cuerpo y alma a que esto no vuelva a suceder nunca más en ningún lugar del planeta. Y no es tarea sencilla, porque en ciertos países y en determinados ambientes la suma niña-mujer + estudiar no puede resolverse; simplemente no existe. En muchos sitios, lo normal, lo que debe ser es imposible. Ella lo sabe demasiado bien.

Pocas cosas han sido “normales” en la vida de Malala, así, a secas, como se la conoce en el mundo entero desde que el terrorista que atentó contra ella subió a aquel autobús y preguntó: “¿Quién es Malala?”. Lo curioso es que lo que sí era supuestamente normal, estudiar, fue lo que la convirtió en alguien especial, la mujer luchadora que es hoy, la niña valiente que fue entonces, y la colocó, con solo 17 años –en 2014–, en la lista de los ganadores de un premio Nobel, el de la Paz. Nada más y nada menos. La persona más joven que ha recibido nunca este galardón, en todas sus categorías.

Lo que era normal para su edad, estudiar, convirtió a Malala Yousafzai en alguien especial y la colocó, con solo 17 años, en la lista de los ganadores de un premio Nobel, el de la Paz

Nacer y vivir en Pakistán en la época que a ella le tocó no era fácil. “Cuando nací, los habitantes de nuestra aldea se compadecieron de mi madre y nadie felicitó a mi padre. Llegué al alba, cuando se apaga la última estrella, lo que los pashtunes consideramos un buen augurio (…). El primer hijo que mis padres habían tenido nació muerto, pero yo nací llorando y dando patadas. Era una niña en una tierra en la que se disparan rifles al aire para celebrar la llegada de un hijo varón, mientras que a las hijas se las oculta tras una cortina y su función en la vida no es más que preparar la comida y procrear. Para la mayoría de los pashtunes, cuando nace una niña es un día triste”, escribe en el libro Yo soy Malala, publicado por Alianza Editorial.

Hija de un maestro, el profesor Ziauddin, que le inculcó la necesidad de formarse, sufrió ataques continuos por defender su derecho a la educación, como los niños varones, derecho que le negaban los radicales. Los talibanes habían tomado el control del valle de Swat, al norte de Pakistán, donde vivían Malala y su familia. El grupo Tehreek-i-Taliban Pakistan prohibió todo y sacó a las mujeres de la vida pública. Prohibida la televisión, prohibida la música, prohibida la educación de las niñas. Quemó cientos de escuelas. Pero Malala Yousafzai se negaba a renunciar a sus derechos y a la construcción de su vida. Apoyada y animada por sus padres, con solo 11 años empezó a escribir un blog para el servicio en urdu –lengua oficial de Pakistán– de la BBC. Bajo el pseudónimo de Gul Makai, escribía denunciando los problemas de las niñas en Pakistán y sobre la lucha de su familia a favor de la educación de las menores en su comunidad. Malala estaba en el punto de mira de los talibanes. Hasta que, dispuestos a acabar con su vida, le pegaron un tiro de tres en el autobús del colegio. Era una niña, tenía 15 años.

El 9 de octubre de 2012 subió a ese autobús como cada día. Un hombre armado entró y preguntó en voz alta: “¿Quién es Malala?” y ya nada volvió a ser igual. El hombre la apuntó con la pistola y le disparó tres veces. Una de las balas le dio en la cara. Quedó inconsciente y en estado crítico.

"Yo soy Malala", de Malala Yousafzai y Christina Lamb, publicado por Alianza Editorial.
“Yo soy Malala”, de Malala Yousafzai y Christina Lamb, publicado por Alianza Editorial.

“Hace un año salí de casa para ir a la escuela y no regresé –cuenta en el libro Yo soy Malala–. Me dispararon una bala talibán y me sacaron inconsciente de Pakistán. Algunas personas dicen que nunca regresaré a casa, pero en mi corazón estoy convencida de que volveré. Ser arrancado del país que amas es algo que no deseo a nadie (…). Aquel hombre llevaba un gorro que se estrechaba hacia arriba y un pañuelo sobre la nariz y la boca, como si tuviera gripe. Tenía aspecto de universitario. Entonces se subió a la plataforma trasera y se inclinó sobre nosotras. ¿Quién es Malala?, preguntó. Nadie dijo nada, pero varias niñas me miraron. Yo era la única que no llevaba la cara cubierta. Entonces es cuando levantó una pistola negra. Más tarde supe que era un Colt 45. Algunas niñas gritaron. Moniba me ha dicho que le apreté la mano. Mis amigas dicen que disparó tres veces, una detrás de otra. La primera bala me entró por la parte posterior del ojo izquierdo y salió por debajo de mi hombro derecho. Me desplomé sobre Moniba, sangrando por el oído izquierdo. Las otras dos balas dieron a las niñas que iban a mi lado. Una hirió a Shazia en la mano izquierda. Otra traspasó su hombro izquierdo y acabó en el brazo derecho de Kainat Riaz”.

Fue hospitalizada en Rawalpindi, al sur de Islamabad, la capital pakistaní. Una semana después, la trasladaron en un avión ambulancia al hospital Queen Elizabeth de Birmingham, en el Reino Unido, donde estuvo ingresada durante tres meses.

A los 11 años empezó a escribir un blog para el servicio en urdu –lengua oficial de Pakistán– de la BBC, bajo pseudónimo, denunciando los problemas de las niñas en Pakistán

Cinco años más tarde, el 12 de julio de 2017, convertida en una gran activista defensora de los derechos civiles, especialmente de las mujeres, Malala Yousafzai decidió celebrar su cumpleaños en un parque de atracciones… que no eligió al azar. Aquel parque de atracciones era mucho más que un lugar de diversión y ocio, era un símbolo: era el parque de Mosul (Irak), ciudad que acababa de ser liberada del Estado Islámico después de tres años de horror donde toda diversión estaba prohibida. Hasta allí voló Malala. Aprovechó su viaje para visitar uno de los campos de refugiados donde las niñas estaban empezando a estudiar de nuevo. Luego se las llevó a disfrutar en los coches de choque y el tío vivo. “Elegí pasar mi cumpleaños en Irak para encontrarme con niñas como Nayir, de 13 años. Cuando los extremistas ocuparon Mosul, ella estuvo tres años sin poder ir al colegio. Su familia escapó de la ciudad en abril cuando su padre fue capturado por el ISIS. No han vuelto a saber de él”, escribió el año pasado en su blog. “Mientras esté en Irak, me reuniré con niñas que comparten mi historia. Todas estas niñas (iraquís, kurdas, cristianas, sirias…) han sufrido la violencia y el miedo en sus cortas vidas”.

Pero el sueño de Malala era volver a su país. “Sé que regresaré a Pakistán, pero cada vez que le digo a mi padre que quiero regresar, busca excusas. ‘No, todavía no has acabado el tratamiento’, me dice, o ‘Estos colegios son buenos, deberías quedarte aquí y aprender todo lo que puedas para utilizar tus palabras con el mayor efecto'”, escribía un año después de su atentado en el libro Yo soy Malala.

En marzo de 2018, dentro de un coche blindado y con fuertes medidas de seguridad, Malala Yousafzai volvió a recorrer las calles de su tierra. “Durante los últimos cinco años he soñado con regresar a Pakistán”, dijo entre lágrimas de emoción en un discurso desde la oficina del primer ministro, Shahid Khaqan Abbasi, que sus compatriotas pudieron ver a través de la televisión. “Hoy es el día más feliz de mi vida porque he regresado a mi país, he pisado el suelo de mi nación otra vez y estoy entre mi gente (…) Me fui del valle del Swat con los ojos cerrados y ahora vuelvo con ellos abiertos (…) La situación de la educación ha mejorado mucho desde el año 2012, pero leí que casi la mitad de los niños siguen sin estar escolarizados en la provincia. Tendremos que trabajar muy duro para que todos vayan al colegio”, dijo. “El mayor recurso que tenemos son los jóvenes. Espero que todos podamos unirnos en esta misión para mejorar Pakistán, para que nuestra generación futura pueda recibir la educación adecuada y las mujeres puedan empoderarse, trabajar, levantarse por sí mismas y ganar para sí mismas. Ese es el futuro que queremos ver”.

El pensamiento de Malala

“Tan solo soy una persona comprometida y tenaz que quiere que todos los niños reciban una educación de calidad, que quiere que las mujeres tengan los mismos derechos que los hombres y que quiere que haya paz en cada rincón del mundo”.

“Un país es fuerte por su alfabetismo, no por su número de soldados”.

“Tomemos nuestros libros y nuestros lápices. Son nuestras armas más poderosas. Un niño, un maestro, un libro y un lápiz pueden cambiar el mundo”.

“Cuando se educa a las mujeres ellas forman parte de los recursos del país y ayudan a contribuir a la economía. Al educar a la niña, ayudamos a la familia a salir de la pobreza, porque así ella puede salir a trabajar también después y ayudar a su familia, y así no será una sola persona la que lo haga, que suele ser el marido. También podemos luchar contra matrimonios a edades muy tempranas y contra que las niñas trabajen cuando no deben trabajar (…). Las ventajas son muchas y es bueno seguir recordando a nuestros líderes y políticos que esto no es solo educar a una niña individual, sino que también es un gran beneficio a largo plazo para toda la sociedad”.

“Yo no hablo por mí, sino por aquellos cuya voz no puede ser oída. Aquellos que han luchado por sus derechos. Su derecho a vivir en paz. Su derecho a ser tratados con dignidad. Su derecho a la igualdad de oportunidades. Su derecho a la educación”.

“Las mujeres también pueden ser superhéroes, empresarias… Necesitan ejemplos”.

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