José Carlos Ruiz (Córdoba, 1975), doctor en filosofía y profesor en la Universidad de Córdoba (España), es especialista en pensamiento crítico.
José Carlos Ruiz (Córdoba, 1975), doctor en filosofía y profesor en la Universidad de Córdoba (España), es especialista en pensamiento crítico.

¿Cómo pueden los grandes filósofos estimular nuestro pensamiento crítico? El profesor José Carlos Ruiz se ha hecho esta pregunta y la respuesta nos la da en forma de libro: El arte de pensar. ¿Y ese arte cómo se conquista? Conociendo las circunstancias que nos rodean y sabiendo interpretar el contexto. Y para ello, dice, la filosofía –con más de 2.000 años de historia– y sus maestros pueden ayudarnos mucho. Si se logra, el resultado merecerá la pena: las decisiones que vayamos tomando en la vida tendrán más probabilidades de éxito.

Por Luis Alfonso Iglesias, profesor de filosofía

"El arte de pensar", de José Carlos Ruiz, en edición de Berenice.
“El arte de pensar”, de José Carlos Ruiz, en edición de Berenice.

“El éxito tiene un factor determinante que no se puede controlar y que se llama suerte y un elemento incontrolable que son los otros”, nos dice José Carlos Ruiz en un momento de la entrevista. Será ese éxito que ha hecho que este doctor en filosofía y profesor en la Universidad de Córdoba (España) vaya en muy poco tiempo por la tercera edición de su libro El arte de pensar, publicado por Berenice. Será… Pero tiene que haber algún elemento clave que haya aportado y controlado el propio autor… Seguramente, aplicar la filosofía a lo cotidiano, al hoy y el ahora (por ahí aparecen perfectamente relacionados el mito de la caverna de Platón e Instagram, por ejemplo), o quizá también la idea de que la cultura y la filosofía crean herramientas para domar nuestra fiera interna, para aprender a desarrollar el pensamiento crítico por nosotros mismos, desde nuestras circunstancias, y ese pensamiento crítico nos ayudará a tomar las decisiones que más convengan en cada momento. De todo esto van el libro y el pensamiento de José Carlos Ruiz y de ello hablamos con él.

Un ensayo sobre el arte de pensar que ya va por su tercera edición. Quizás tenga que ver con esa afirmación de Victoria Camps con la que inicia el libro que dice que, aunque la cultura no es una garantía para vivir mejor ni tener planes de vida más razonables, despreciarla es carecer de armas para enfrentarse a la brutalidad que todos llevamos dentro…
Pues la verdad es que no sé muy bien a qué se debe que llevemos tres ediciones en apenas cinco meses, pero puestos a conjeturar creo que responde más a una demanda social latente que a un acierto propio. Tengo la sensación de que la gente poco a poco empieza a despertar del letargo intelectual en el que estamos imbuidos, bien por saturación emocional, bien por desesperación o por necesidad. El caso es que cada vez es más complicado entender los rudimentos de esta sociedad, la complejidad del mundo y la desorientación personal que sufrimos de manera que buscamos las respuestas en cualquier lugar que nos sirva, ya sea un terapeuta, un retiro espiritual, incluso en un ensayo filosófico. Y al respecto de la cita de Victoria Camps, la intención es la de predisponer al lector a lo que se iba a encontrar, un ensayo que tiene como objetivo la cultura entendida como cultivo, como semilla que pretende germinar a lo largo de los capítulos de modo que cuando el libro acabe podamos sentir que aflora el pensamiento crítico.

“La gente poco a poco empieza a despertar del letargo intelectual en el que estamos imbuidos, bien por saturación emocional, bien por desesperación o por necesidad”

Me parece un maravilloso atrevimiento identificar el pensamiento crítico con la belleza oculta de la felicidad. Sin embargo, como usted mismo se pregunta en el libro, ¿por qué no cuidamos de nuestro pensamiento crítico de igual modo que hacemos con nuestro cuerpo?
Esa identificación es una convicción profunda basada en una comprensión de la felicidad como un elemento radical, una felicidad enraizada y profunda que implica un modo de ser, una cosmovisión que se puede aprender poco a poco. Y esta felicidad solo es alcanzable usando el pensamiento crítico. No cuidamos el pensamiento crítico porque en primer lugar no sentimos que sea necesario. La vorágine en la que vivimos nos tiene sometidos a tal hiperactividad que la acción le ha ganado la batalla a la reflexión y, por lo tanto, no caemos en la cuenta de lo necesario que es educar el pensamiento crítico para llevar una vida equilibrada. Y en segundo lugar, porque hacerlo requiere tiempo y esfuerzo en algo que aparentemente no es productivo, de manera que es más sencillo dedicar ese tiempo a satisfacer emocionalmente los estímulos que nos bombardean que a cultivar el pensamiento crítico.

Defiende además una especie de curiosidad teledirigida, muy distinta de la de la infancia, en la que el pensamiento crítico juega un papel muy importante para conformar nuestra vida satisfactoriamente.
Más que un curiosidad teledirigida es una curiosidad humanística. La curiosidad es una actitud vital que traemos de serie pero con el paso del tiempo, y sobre todo, con la hiperestimulación a la que nos sometemos, va desapareciendo. La curiosidad del niño tiene que educarse de cara a convertirse en un cuestionamiento que le genere una necesidad por saber. Si no encauzamos esta curiosidad se convertirá en algo meramente anecdótico que eclosionará al mismo tiempo que surja, aportando una actitud pasiva en lugar de convertirse en el motor activo del progreso personal.

Utiliza una metáfora, la del césped y el árbol, para hablar de dos tipos diferentes de felicidad: la inmediata y externa frente a la progresiva y profunda. ¿Nos lo puede explicar?
Es una metáfora que me sirve para explicar tanto el modelo de felicidad como la forja de una identidad estable y equilibrada. Creo que esta sociedad se está decantando por el modelo “césped” de cara a educar y a promocionar un tipo de felicidad fácil. Al igual que el césped, se pregona un modelo de felicidad ligero, fácil de adquirir (fácil de plantar), de resultados inmediatos (el césped crece muy rápido) y masificado (el césped requiere de muchos iguales para adquirir sentido), pero que es exteriormente bonito y resultón. Pero este modelo sufre mucho con el mínimo “cambio meteorológico” (un poco más de lluvia, un poco más de sol o unas pisadas de más…), es decir, a la mínima eventualidad que aparezca entrará en crisis. Sin embargo, una felicidad enraizada, estable, que vaya creciendo poco a poco y que además sea autónoma, lleva años de trabajo, al igual que el árbol, pero una vez lograda será muy difícil derrumbarla, solo una catástrofe podrá echarla abajo.

“Esta sociedad está promocionando un tipo de felicidad fácil, de resultados inmediatos y masificado. Pero este modelo, a la mínima eventualidad que aparezca, entrará en crisis”

“Todo el mundo piensa” es para usted una verdad grande y vacía a la vez, porque, dice, una cosa es pensar y otra es razonar, un proceso secundario si lo comparamos con el de pensar. Además, entra en juego también la parte emocional…
Sí, porque la gente suele confundir razonar con pensar. El pensamiento es un proceso mucho más complejo que el razonamiento. Podemos tener personas que sean capaces de usar una lógica aplastante en sus argumentaciones, pero que son auténticos inútiles para enfrentarse al día a día. Yo he tenido alumnos que han sabido aplicar las reglas de la lógica y los silogismos a la perfección, podríamos decir que razonaban decentemente, y sin embargo, cuando se trababa de analizar los problemas cotidianos esa lógica no terminaba de servirles. Pensar bien requiere manejar la razón y la emoción a partes iguales. Y para eso tenemos que hacer eso que está tan de moda en el mundo pedagógico actual: la educación de las emociones a la vez que cuidamos el proceso de pensamiento racional.

El subtítulo de su libro es Cómo los grandes filósofos pueden estimular nuestro pensamiento crítico. ¿De verdad pueden hacerlo?
Sí, y mucho. No se trata de que lleguemos a pensar como filósofos, sino de ver cómo ellos han dado distintas respuestas a los problemas que tenemos todos. Cuando lees por ejemplo cómo los estoicos encaraban el sufrimiento, o analizaban las cosas que dependen de nosotros y pueden ser fuente de preocupación, y las cosas que no dependen de nosotros y por lo tanto tenemos que evitar angustiarnos por ellas, esto puede resultarte útil para ir adquiriendo aquellos modelos de pensamiento que desde tus circunstancias pueden servirte como ayuda para ir elaborando un proyecto de persona equilibrada.

“Tenemos que educar las emociones a la vez que cuidamos el proceso de pensamiento racional”

Spinoza, Lipovetsky, Victoria Camps, Kant, Pirrón de Elis, Pascal, Montaigne, Aristóteles, Ortega y Gasset, Diógenes de Sínope, Sócrates, Bertrand Russell, Séneca, Epicteto… ¿Cuál ha sido el proceso selectivo para escoger aquellos que nos pueden hacer pensar?
Primero pensé en los temas que quería abordar. Me preocupa mucho el análisis de las problemáticas actuales y quería darle prioridad a las mismas; de hecho me planteé ponerle como subtítulo al libro Manual para afrontar el siglo XXI. Y una vez que hice la selección de temas, acudí a los filósofos como muleta en la que sostener mis teorías. Cuatro ojos ven más que dos, y si encima puedes apoyarte en la visión de todos esos grandes pensadores de la historia, entonces la tarea es mucho más sencilla.

Me llama la atención que entre los nombres anteriores se cuela el de Amancio Ortega asociado al virus de la falsa esperanza. ¿Es, entonces, imposible la movilidad social o sigue existiendo la lucha de clases aunque los ricos vayan ganado?
Bueno, el virus de la falsa esperanza es ese que te entra en el organismo y te convence de que tú también puedes ser Amancio Ortega, Steve Jobs o Zukerberg, por ejemplo. Al principio parece inocuo y te alienta a que creas que, independientemente de tus circunstancias, de tu clase social, de tus amistades, de tu familia, de tu educación, incluso de tus talentos, si te esfuerzas mucho, si pones mucho entusiasmo y no desistes, entonces puede que alcances el éxito y subas en ese ascensor social. Pero habría que preguntarse cuál es el porcentaje real de personas que han logrado subir en ese famoso ascensor social. Y, si me apuras, yo te preguntaría: ¿dónde está ese ascensor? ¿Qué empresa lo ha construido? ¿Qué capacidad tiene? ¿Quién se encarga de su mantenimiento? Los problemas llegan cuando se baja la defensa, porque después de tanto esfuerzo y trabajo por entrar en el ascensor, de tanto sacrificio en torno a esas ilusiones que el virus te ha inoculado, caes en la cuenta de que, tras seguir todas las instrucciones y entrar en el ascensor, te dicen que está averiado, que las plantas superiores están reservadas y te piden que te bajes por las escaleras de servicio.

“El virus que te convence de que tú también puedes ser Amancio Ortega o Steve Jobs parece inocuo y te alienta a subir en ese ascensor social. Los problemas llegan cuando, después de tanto esfuerzo y sacrificio, te dicen que las plantas superiores están reservadas y te piden que te bajes por las escaleras de servicio”

Expresa, no sin cierta pasión, que es preciso tomar el control de nuestras vidas, una obviedad, pero una obviedad urgente que se plasma tanto en liberarnos de la tiranía de la hiperactividad como en construir un “yo sólido” frente al “mundo líquido” postulado por Zygmunt Bauman.
Es una obviedad, pero creo que es ahora es más urgente que nunca, sobre todo porque los aliados del sistema se han encargado de teledirigir nuestras vidas y estamos perdiendo todo el control sobre ellas. Las pantallas nos controlan la atención, las redes sociales nos imponen las tendencias, el reloj nos dice cuántos pasos tenemos que dar, qué tenemos que comer y beber… Estamos perdiendo el timón de nuestra vida.

Vivimos para el éxito y no parece que esa forma de vida pueda tener marcha atrás. En efecto, un éxito de limitado recorrido en su definición, pero de ilimitado recorrido en el tiempo, ¿no cree?
El éxito al que me refiero es el que depende del reconocimiento social y por lo tanto no es un proceso que podamos controlar. El problema se genera cuando consumimos esos modelos de éxito virtualizados y los sentimos como cercanos de manera que diseñamos la vida en torno a ellos con el consiguiente sufrimiento y sensación de fracaso que se experimenta cuando no se logra. No paro de encontrarme con jóvenes que quieren ser youtubers o influencers por el éxito que tienen. Pero el error está en el motivo por el que se toman las decisiones. Si te gusta grabar vídeos, grábalos; si te gusta cantar, canta; si te gusta cocinar, cocina…, independientemente de si a los demás les gustan tus vídeos, tus canciones o tu comida. Porque el éxito, y esto es lo que olvidan decirnos, tiene un factor determinante que no se puede controlar y que se llama suerte, y un elemento incontrolable que son “los otros”. De modo que tenemos que empezar a educar en hacer un buen análisis de los motivos que nos animan, a emprender un proyecto donde la motivación no dependa de agentes externos (aprobación social en forma likes), sino de evaluaciones internas.

“Las pantallas nos controlan la atención, las redes sociales nos imponen las tendencias, el reloj nos dice cuántos pasos tenemos que dar… Estamos perdiendo el timón de nuestra vida”

Por otro lado está la pantalla global, lo que Lipovetsky llamaba “omnipantalla” que, como bien dice usted, nos rodea permanentemente. Más que un Gran Hermano ya es una Gran Familia, el mito de la caverna perfeccionado con pantallas de última generación.
Esto pone de manifiesto que el mito/alegoría de la caverna es atemporal, que ya Platón sabía que la imagen condiciona gran parte de la vida de las personas y que el control de la misma es uno de los elementos más poderosos del planeta. Solo así se explica el creciente éxito y aumento de Instagram frente a las otras redes sociales, una red social que se basa en imágenes, imágenes que van directamente al córtex sin criba alguna. Yo reclamo la urgencia de trabajar un pensamiento crítico visual específico, una educación de la mirada por encima de cualquier otra educación, sobre todo porque el número de horas frente a las pantallas aumenta exponencialmente y nuestros jóvenes no tienen criterios visuales para consumirlas apropiadamente.

Bertrand Russell proponía la admiración como antídoto frente a la envidia y la infelicidad. A él se refiere cuando asegura que tenemos que centrarnos en nosotros y en las cosas buenas que nos pasan. ¿Cómo conseguirlo en estos tiempos de externalización permanente?
Es cierto, no es fácil, sobre todo cuando tenemos delante un mundo tan estimulante como el que nos ha tocado vivir. La mala envidia, la tóxica, la que nos contamina, se suele dar entre iguales, entre personas que tienes cercanas, y surge porque llegamos a sentir que la balanza de la justicia, la meritocracia y la suerte se ha roto; creemos que la persona envidiada no merece lo que posee y, por lo tanto, necesitamos que se lo quiten, o quitárselo, para creer de nuevo en esa supuesta justicia que llevamos dentro. Para evitar que esta envidia “cochina” nos intoxique, la mejor solución pasa por hacer dos cosas: la primera es preguntarte por qué lo envidias y analizar si el objeto de tu envidia realmente te proporcionaría a ti felicidad; es necesario mirarse a uno mismo para ver si el hecho de que tú poseas o alcances lo mismo que la otra persona te proporcionará la misma felicidad que has visto reflejada en ella. En el caso de que la respuesta sea afirmativa, entonces el segundo paso es examinar cómo esa persona, a la que consideras un semejante, ha logrado sus objetivos y tratar de convertir la envidia en un estímulo para ti, en un modo de admiración intelectual.

Entonces, aplicar la filosofía. ¿Y esto para qué?
Filosofía para llevar a cabo una buena vida.

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