El filósofo José Antonio Marina nació en Toledo (España) en 1939. Foto original: CC-BY-SA-3.0 Wikimedia Commons.
El filósofo José Antonio Marina nació en Toledo (España) en 1939. Foto original de José Antonio Marina distribuida por Wikimedia Commons bajo licencia CC-BY-SA-3.0.

Hablamos con el filósofo y escritor José Antonio Marina en Sevilla, donde presenta dos libros de la Biblioteca UP (Universidad de Padres, que por ahora son ocho), Los miedos y el aprendizaje de la valentía y El talento de los adolescentes. El entrevistador, profesor de filosofía, acude con una decena de alumnos y, al final, la entrevista se convierte en otra cosa, a medio camino entre una clase particular de filosofía y un diálogo socrático.

Por Gabriel Arnaiz, profesor de filosofía

José Antonio Marina es uno de los filósofos españoles más conocidos de nuestro país, sobre todo en materia de educación, y ha hecho suyo ese proverbio africano que defiende que “para educar a un niño hace falta la tribu entera”. Es imposible no contagiarse del optimismo y la energía que irradia este joven filósofo de 78 años (pues, como diría Ortega, “juventud es precisamente aquella actitud del alma que transmuta en posibilidad la emergencia negativa”). Desde hace varios años está embarcado en uno de sus proyectos más ambiciosos: una Universidad de padres que proporcione recursos útiles para educar inteligentemente a nuestros alumnhijos (como él prefiere llamarlos). Con José Antonio Marina hablamos de filosofía, educación, inteligencia y muchas cosas más.

"La inteligencia fracasada", de José Antonio Marina, editado por Anagrama.
“La inteligencia fracasada”, de José Antonio Marina, editado por Anagrama.

En algunos de sus libros (La inteligencia fracasada, La cultura fracasada) plantea una de las preguntas más importantes que deberíamos hacernos; una pregunta crucial, lacerante, y de urgente resolución: ¿por qué si somos tan inteligentes nos comportamos tantas veces de una manera tan profundamente estúpida?
Esto es una muestra de algo que todo el mundo habla, que yo he escrito mucho, y que no acabo de saber exactamente cuál es su eficacia real. Ya sabéis que a mí me interesa mucho el campo de la inteligencia y es a lo que he dedicado toda mi vida. Durante muchísimos años he estudiado la inteligencia como una facultad individual, pero en un momento determinado me di cuenta de que eso era una situación completamente irreal, una abstracción. En teoría es así, pero cada uno de nosotros vive siempre en un contexto social y es ese contexto social el que expande o restringe la inteligencia individual. Por lo tanto, la inteligencia se parece más a una conversación: hay conversaciones en las que se nos ocurren cosas mejores y hay otras que literalmente nos vuelven estúpidos. ¿Por qué? Porque sólo se nos ocurren tonterías, sólo pensamos en malignidades y en devaluarlo todo.

En cambio, en otras conversaciones estamos como en un estado de tensión, de entusiasmo, y nos aplaudimos unos a otros. Deberíamos hablar de una inteligencia individual y de una inteligencia compartida, que es la que se da cuando varias inteligencias están interaccionando entre sí. A mí me empezó a interesar estudiar esto en dos fenómenos muy concretos: me interesaba la inteligencia de las parejas, porque el fracaso de las parejas es uno de los problemas más endiablados que nos ha dejado el siglo XX. ¿Por qué las parejas no se entienden? Cuando se hacen encuestas, prácticamente todo el mundo (noventaytantos por ciento) está convencido de que unas buenas relaciones de pareja y unas buenas relaciones familiares son imprescindibles para ser felices. Pero a continuación dicen que como no lo vamos a conseguir, ¿para qué nos vamos a empecinar en ello?

Si la inteligencia tiene como función resolver problemas, ¿por qué estamos siendo tan torpes en esto? ¿Por qué dos personas que a lo mejor son muy inteligentes cuando están cada una por su lado, en el momento en el que se juntan (para una cosa que en realidad es un proyecto de felicidad compartida), se desaniman, se irritan y se desajustan con la realidad? Para un teórico de la inteligencia esto es un escándalo. ¿Por qué somos tan torpes en esto? Entonces era uno de los casos que a mí me interesaba estudiar (cómo funciona la inteligencia compartida), y el otro era la inteligencia de las organizaciones, sobre todo de los centros educativos.

“Cada uno de nosotros vive siempre en un contexto social y es ese contexto social el que expande o restringe la inteligencia individual”

Ha hablado incluso de ciudades inteligentes, de empresas inteligentes…
Imaginaos una facultad, un colegio o un centro de educación todos los que están funcionando allí son inteligentes. Hay centros que por la manera que tienen de colaborar obtienen resultados estupendos y otros en los que hay recelos, envidias, bloqueos, etc. En ese centro todos serán muy inteligentes, pero el centro en sí es estúpido. Cuando hay una organización inteligente, igual que cuando hay una pareja inteligente, es porque unas personas que tal vez no sean extraordinarias, por el hecho de estar relacionadas, pueden producir resultados extraordinarios. ¿Y ese plus de dónde viene? De cómo están funcionando entre ellas. Si consiguiéramos atrapar el secreto de esa inteligencia compartida, ¡sería fantástico! En muchísimos sitios se está trabajando sobre ello. Por ejemplo, la NASA está investigando sobre la inteligencia colectiva y el Instituto Tecnológico de Massachusetts (que es el no va más en investigación puntera) está escribiendo un libro sobre los sistemas wiki de inteligencia colectiva. Vamos a ver: ¿podemos hacer filosofía en grupo o es que la filosofía es una cosa tan sumamente individual como la literatura?

"Aprender a vivir", de José Antonio Marina, publicado por Ariel.
“Aprender a vivir”, de José Antonio Marina, publicado por Ariel.

En la tradición socrática, la filosofía es una actividad que se hace en grupo, dialogando. ¿Cómo podríamos pasar de unas conversaciones que nos desmoralizan a otras conversaciones que nos estimulen? Y estoy pensando en esos compañeros de trabajo que están todo el día quejándose de lo mal que va todo y que te contagian su desánimo en lugar de otras personas que consiguen animarte, insuflarte energía y optimismo e incitarte a actuar, a cambiar las cosas.
Igual que tenemos muchos procedimientos para ver cómo desarrollamos la inteligencia individual, lo que hay que ver ahora es cómo podemos desarrollar la inteligencia compartida, teniendo en cuenta que es en la inteligencia compartida donde se va a fundar la convivencia social, pues si vivimos en sociedades muy estúpidas va a ser muy difícil no volverse estúpido. ¡Eso es lo que hay! Pongamos un ejemplo: la cantidad enorme de timadores que uno ve en la televisión: los quirománticos, los que adivinan el pensamiento… ¿Cómo es posible que haya tanta gente que se gaste su dinero en estas cosas? ¡Es que no te lo explicas! Y cuando hay tantos canales ofreciendo lo mismo, será porque funciona. ¿Por qué se ha extendido tanto la credulidad sobre cualquier cosa? Estamos diciendo que el pensamiento crítico es fundamental para evitar que nos engañen. El primer principio de la filosofía consiste en que cuando alguien nos diga algo, hay que preguntarle: “¿Y usted cómo lo sabe?”. ¡Por favor, no me diga que se lo ha dicho un angelito! Eso es muy poco fiable. Y si no me dice usted cómo lo sabe, ¡no hay que hacerle ni caso! Porque estamos padeciendo una especie de sobrevaloración de las opiniones. Voy a haceros una pregunta complicada: ¿Creéis que todas las opiniones son respetables?

Lidia, una de mis alumnas, le responde que no, que lo que debemos respetar es a las personas, no sus opiniones. (Lidia no es una alumna adolescente, es una mujer, casada y con dos hijos, que estudia por las noches el bachillerato de adultos porque no quiere ser ama de casa y porque es una apasionada de la educación y estudiar un grado en Educación Infantil).
Es una cosa que cuesta un poco de trabajo explicar. Cada opinión tiene sus propios criterios de evaluación, de manera que una opinión matemática debe someterse a unos criterios de evaluación matemáticos, no a unos criterios de evaluación ética. Y respecto a las personas, no. Todas las personas tienen derecho a expresar su opinión, pero también para decir a continuación: “La opinión que has explicado antes es una imbecilidad”. ¿Por qué? Te lo voy a explicar, y entonces es cuando las cosas se van colocando cada una en su sitio. Sobre cada una de las cosas que pensamos tenemos que intentar decirnos, primero, por higiene personal: “¿Y por qué pienso yo esto?”, que es algo más complicado de lo que parece. Porque todos tenemos un sistema de creencias que muchas veces ni sabemos cuál es. ¿Os acordáis de lo que eran las premisas del razonamiento? Son aquellos antecedentes sobre los que se basa la conclusión.

Bueno, pues muchas veces tenemos unas creencias básicas de las que no somos conscientes, pero que actúan como premisas de una capacidad que tenemos (fantástica, pero peligrosa) de producir razonamientos. Un ejemplo: cuando nos despierta el despertador nos decimos: “¿Para qué te vas a levantar si no vas a aprender nada? ¿Para qué te vas a levantar si estás un poco acatarrado y es mucho mejor que hoy te quedes aquí en la cama, tranquilamente, en lugar de estar toda la semana enfermo? ¿Para qué…?”. Hasta que llega un momento en que te levantas. Tenemos mucha capacidad de generar razonamientos automáticos, porque hemos nacido así. Un niño, antes de un año, es capaz de prever el movimiento de un objeto. Hay una prueba muy bonita que se le hace a un niño de ocho meses: se le pone un juguetito que se mueve y el niño mira hacia el otro lado esperando a que salga; y si no sale, hace gestos de sorpresa. ¿Y dónde ha aprendido el niño eso? Venimos de fábrica con un sistema modular de causalismo. Entonces, si tenemos como premisa de esa función del razonamiento cosas que no controlamos, al final sacamos unas consecuencias que nos parecen muy evidentes.

“El pensamiento crítico es fundamental para evitar que nos engañen”

¿Nos puede poner algún ejemplo que ilustre este mecanismo mental?
Mejor aún. Os voy a poner un ejemplo de cómo se descubrió esto. Hay un gran psiquiatra americano, Aaron Beck, que se extrañaba de algo que pasaba en su consulta. Muchas mujeres que acudían allí con depresión después de un fracaso familiar en el que habían sido las víctimas tenían además profundos sentimientos de culpabilidad que agravaban la depresión. Él se decía: “Pero ¡esto no es lógico! ¿Por qué van a tener sentimientos de culpabilidad si ellas son las víctimas?”. Después de investigar sobre ello, se dio cuenta de que todas estas personas tenían una especie de creencia básica no consciente que les decía: “Si das amor, recibirás amor” o “Si eres suficientemente lista, te querrán”. Imaginaos: si yo tengo esa premisa y lo que recibo como segunda premisa es que no me quieren, ¿cuál es la conclusión? Pues que soy yo el culpable. Es decir: si hubieras sido suficientemente buena y cariñosa, te habrían querido. ¡Eso es radicalmente falso!

Entonces, ¿cómo era su terapia? Beck pensó que si conseguía cambiar de alguna manera estas creencias básicas, cambiaría la conclusión. Y efectivamente funciona. Por ejemplo, ¿por qué aparecen los fenómenos de anorexia? Porque se tiene la siguiente creencia extraña: «Si no eres delgada, no es sólo que no vas a gustar a nadie, sino que además eres culpable de no ser de otra manera». Hay que tomárselo con un poco más de calma. ¿De dónde viene esto? ¿Por qué esta creencia se ha metido dentro de nosotros y nos está produciendo un malestar y unos desajustes absolutamente estúpidos? ¿Qué es lo que pasa aquí? Entonces, descubrir las creencias que están funcionando en nosotros y que muchas veces nos están haciendo la Pascua, es tarea de la filosofía. Porque ¿quién va a descubrir cuáles son las creencias que están funcionando en nosotros? No hay otra ciencia: tiene que ser la filosofía. La filosofía es la ciencia de vanguardia, la más avanzada. Los filósofos somos gente de frontera, que estamos colonizando terrenos que aún no se conocen, y por eso estamos en riesgo. Cuando ya hemos colonizado un territorio, entonces sale en parte fuera de la filosofía. ¿Y dónde va? A las ciencias. De manera que todas las ciencias se han ido constituyendo una vez que la filosofía ha hecho el trabajo complicado de exploración. La química, las matemáticas, todo eso era antes filosofía, y desde el momento en que ya tienen unos límites determinados, pasan a ser ciencias y nosotros seguimos hacia adelante. Y por eso tiene la filosofía un cierto grado de riesgo, de intrepidez.

“La filosofía es la ciencia de vanguardia, la más avanzada”

Hay una frase de John Dewey que cita en la Inteligencia ejecutiva que se aplica perfectamente a lo que está haciendo con los libros y los cursos de la Universidad de Padres: “A veces pienso que dejaré de enseñar directamente filosofía para enseñarla por medio de la pedagogía”. Y en La educación del talento hace suya también otra cita: “La educación es la culminación de la filosofía”.
Los filósofos tenemos una mala costumbre, que es empezar todo por los presocráticos, pues todo tiene su genealogía. Así que lo diré en una sola frase, como hacían ellos: la gran inteligencia es la inteligencia práctica, no la inteligencia teórica. En eso se equivocaba Platón. La inteligencia teórica, que es la que se dedica a conocer la verdad, es una de las posibilidades de la inteligencia práctica, que es la que dirige a la acción. Y dice él: “¿A qué voy a dirigir mi acción? A conocer la ciencia”. De acuerdo; esa es una de las partes; y otra, a hacer feliz a mi mujer, esa es otra de las partes; y otra, a organizar la res pública, etc.

"Tratado de filosofía zoom", de José Antonio Marina, publicado por Ariel.
“Tratado de filosofía zoom”, de José Antonio Marina, publicado por Ariel.

En último término, lo importante de la inteligencia es dirigir bien mi comportamiento. ¿De qué manera? Depende del comportamiento que sea: si el comportamiento es científico, consiste en dirigir bien la actividad científica; si es el comportamiento ético, será dirigir bien el comportamiento ético; si es la convivencia familiar, será dirigir bien el comportamiento familiar. Y eso es la gran inteligencia. Y por eso yo repito mucho lo siguiente: la gran creación de la inteligencia no es la ciencia, no es el arte, no es la técnica, es… la ética. ¿Por qué? Porque es el conocimiento que se enfrenta con problemas más arduos, más universales, más dramáticos, que tienen que ver con la felicidad del individuo o con la dignidad de la convivencia; y eso es complicadísimo. ¿Por qué exige más inversión de conocimiento la inteligencia práctica que la teórica? Por la índole de los problemas a los que tiene que enfrentarse. Un problema teórico se resuelve cuando conozco la solución. Un problema práctico no se resuelve cuando conozco la solución, sino cuando la pongo en práctica, y ahí es cuando aparecen las complicaciones, porque al ponerla en práctica surgen los componentes de dificultad de la realidad: mis intereses, mis miedos, los miedos del otro, etc. Había un político americano que decía: “¿Por qué dar tantas vueltas al enfrentamiento entre judíos y palestinos si la solución es facilísima? Basta con que se comporten todos como buenos cristianos”. Pero es que ni los judíos son cristianos, ni los palestinos son cristianos, así que empezamos mal. De manera que la inteligencia práctica es la gran creación de la inteligencia, cosa que ya dijo Platón. 

“La gran inteligencia es la inteligencia práctica”

En el mito del auriga, Platón explica que el alma humana es como un carro tirado por unos caballos potentísimos (que son las pasiones) y un conductor que se encarga de intentar dirigir el carro por un sitio o por otro. El conductor simboliza la razón, pero no se refiere a la capacidad de hacer razonamientos, sino a la capacidad de dirigir los comportamientos y de intentar ver qué hacemos con las pasiones. Eso se perdió después, porque Aristóteles convirtió la lógica en la ciencia del razonamiento, y perdió esa capacidad de la razón de controlar las pasiones, y yo creo que ahora debemos recuperar esa idea. La gran inteligencia es capaz de dirigir el comportamiento en todas las cosas que hacemos. Hay comportamientos inteligentes en ciencia, comportamientos inteligentes en la vida práctica, comportamientos inteligentes en cómo hago una comida, etc. Entonces a mí me pareció que había dos saberes muy universales (universales porque tenían que aprovechar lo que nos dicen las ciencias para intentar aplicarlos a campos muy amplios): en el ámbito teórico era la filosofía y en el ámbito práctica, en la educación. De manera que la educación es el cuerpo armado de la filosofía, por decirlo de alguna manera. La filosofía piensa, pero la educación ejecuta. Además, la educación es el fenómeno que permite el mantenimiento de la especie humana.

La Universidad de Padres

Uno de los proyectos más ambiciosos que ha puesto en marcha José Antonio Marina fue la creación en 2008 de la Universidad de Padres, que incluye una colección de libros (la Biblioteca UP) dirigidos a padres y educadores, para enseñarles las capacidades básicas que deben conocer si quieren educar convenientemente a sus alumnijos y donde fusiona las aportaciones más importantes de la psicología, la neurología y la pedagogía de las últimas décadas. Los libros están estructurados en tres partes (una más teórica, otra más práctica y otra compuesta sólo por diálogos) y el autor ha desarrollado además una web donde se amplía la información que allí aparece y se complementa con más de cien vídeos en los que resume el contenido de los capítulos y contesta a las dudas de sus lectores. El cerebro infantil, La educación del talento, Los secretos de la motivación, La inteligencia ejecutiva, Escuela de parejas, El aprendizaje de la creatividad, Los miedos y el aprendizaje de la valentía y El talento de los adolescentes resumen de una manera muy atractiva el resultado de las investigaciones que este filósofo pedagógico (o viceversa) ha llevado a cabo durante toda su vida y reiteran de otra forma los principios que ha estado repitiendo desde hace décadas.

"La educación del talento", de José Antonio Marina", publicado por Ariel.
“La educación del talento”, de José Antonio Marina”, publicado por Ariel.

Usted ha acuñado algunas frases lapidarias que tienen la belleza y el fulgor de los mejores aforismos presocráticos. En La educación del talento afirma que “la humanidad se reinventa en cada niño” y en El cerebro infantil, que “la educación es una operación metafísica”.
Cuando un niño nace, lo hace con un cerebro en el que su última mutación tuvo lugar hace doscientos mil años, de una historia evolutiva que lleva seis millones de años dando vueltas, y que es la de nuestros antepasados australopitecos. Y, de repente, hace doscientos mil años, aparece un ser moderno (el homo sapiens) que tiene una inteligencia capaz de comprender lo que hacen los otros y con muchísima rapidez para aprender.

Cuando un niño nace, nace con ese cerebro (que es un cerebro del pleistoceno), y a los 12 años ha adquirido ya un cerebro moderno. ¿Y qué ha hecho ese niño en esos 12 años? Una operación absolutamente prodigiosa: ha rediseñado su cerebro aprovechando lo que la humanidad ha tardado doscientos mil años en inventar. Primero: el lenguaje. Cuando aparece, la especie humana no tiene lenguaje. ¿Cómo lo inventó? Pues todavía es un misterio; aún no lo sabemos. Ahora los niños vienen preparados para el lenguaje, pero tienen que aprenderlo. Segundo: tienen que aprender a controlar de alguna manera sus emociones, cosa que no hacen los animales. Tercero: tienen que aprender a controlar su propia conducta, lo que tampoco hacen los animales. ¿Y cómo se controla esta conducta? Por contenidos ideales. Cuando una mamá dice a su niño no y el niño obedece a ese no. ¡Eso es fantástico! El niño aprovecha una orden lingüística, ese niño que todavía no sabe hablar humanamente, y de repente le dicen no y sabe qué hacer al respecto. Y cuando tiene cuatro o cinco años, vuelve a hacer una operación absolutamente maravillosa: ahora que ya ha aprendido a obedecer lo que le dice su mamá, empieza él a darse órdenes a sí mismo. Si tenéis hermanos pequeños, veréis que cuando tienen alguna dificultad, se hablan mucho en voz alta. Y es porque se están dando instrucciones ellos mismos. ¿Habéis estudiado ya algo sobre el lenguaje? El lenguaje tiene un emisor. ¿Qué más hay? Un receptor…

Y Lidia, la alumna, le responde: “el canal”. Y otro alumno, Alejo, añade a continuación: “y el código”.
¡Fenómeno! Entonces explicadme una cosa: ¿por qué nos estamos siempre hablando a nosotros mismos? ¿Quién es el emisor? Yo. ¿Quién es el receptor? Yo. ¿Quién sabe el código? Yo. ¿Os hacéis preguntas? Pero, ¿por qué?

“La educación es el cuerpo armado de la filosofía”

Rocío, otra alumna, contesta: “Porque es una manera de reflexionar sobre nosotros mismos”.
Eso tiene mucha enjundia. Reflexionamos o es una manera de buscar información que tenemos en la memoria. Cuando me pregunto “¿Qué hice ayer?”, estamos utilizando procedimientos lingüísticos porque reflexionamos sobre nosotros mismos, porque nos permite dirigir la memoria, hacer planes… Había un novelista inglés muy famoso, Edward Foster, que decía una frase que la gente se la tomaba a broma y que a mí me parece fantástica: “¿Cómo voy a saber yo lo que pienso sobre esto si todavía no lo he dicho?”. ¡Hombre, ya lo sabría! Sí, seguro que lo sabía, pero hasta que no lo he dicho no sé de verdad si lo sabía o no. Si pregunto ahora: “¿Cuántos sentimientos hay en español?, ¿cuál sería vuestra respuesta?”. Seguramente: “Yo qué sé». Pero pensadlo un momento. Yo digo el primero: furia.

Y mis alumnos enumeran: envidia, egoísmo, amor, cobardía, aburrimiento, tristeza, honestidad, valor, melancolía…
Aquí hemos mezclado las virtudes con los sentimientos. Fijaos en que está la cólera, la ira, la envidia, el resentimiento, la furia, el miedo, el asco, la sorpresa… Si empezáramos a pensar, nos diríamos: “Pero ¡si esto ya lo sabía!”. Lo que nos está costando mucho es pasar de una cosa que sabíamos a una cosa de la que somos conscientes que no sabemos

"El aprendizaje de la creatividad", de José Antonio Marina, editado por Ariel.
“El aprendizaje de la creatividad”, de José Antonio Marina y Eva Marina, editado por Ariel.

Es lo que llama “educar el inconsciente” en El aprendizaje de la creatividad...
Cuando estamos hablando, por ejemplo, de que el talento no está al comienzo, sino al final de la educación, y que a todos nos gustaría tener muy buenas ideas: ser más graciosos, más ingeniosos, más rápidos… ¿Y qué hago yo? Porque a mí no se me ocurren en el momento oportuno. ¿De dónde vienen las buenas ideas? Pues sólo hay una fuente: todas las buenas ideas nos suelen venir de la memoria, porque es lo único que tenemos. ¿De cualquier memoria? No, de una memoria que produce muchas cosas

A 400 alumnos les pedí que hicieran un ejercicio… Había visto que Louis Aragon, un novelista francés, decía: “Cuando empiezo una novela, la empiezo porque de repente se me ocurre una frase y a partir de esa frase continúo”. La frase era así: “Nadie se rió cuando Carlos llamó papá a Don Mauricio”. Les dije a mis 400 alumnos: “Vais a escribir todos un cuento que tiene que empezar con esta frase”. ¡Cómo protestaron!. “Pero no se nos ocurre nada!”, me decían. Y yo insistí. Todos lo escribieron. Pasó una semana y les dije otra vez: “Ahora vais a tener que escribir un cuento diferente que empiece con la misma frase que la otra vez”. “¿Qué empiece igual?”, protestaron. Pasó otra semana y les dije: “Tenéis que escribir otro cuento diferente que empiece con la misma frase”. Ya los gritos se oían en la clase de al lado, pero, a pesar de todo, lo escribieron. Y podrían haber llegado hasta diez, porque tenemos una memoria de aproximadamente unos diez formatos de cuentos. Se trata de ponerse a ello. ¿Os habéis dado cuenta de la cantidad de canciones que guardáis en la memoria y que, si os dicen el comienzo, podéis continuarlas?

Todas las actividades que hace nuestro cerebro son inconscientes; solo conocemos una parte de sus resultados. ¿Habéis estado en la luna? ¿Verdad que no? ¿Habéis tenido dificultad en contestarlo? Habéis tardado unos cien milisegundos, que es muy poco tiempo. Perfecto. Ahora viene la pregunta del millón: ¿Cómo habéis sabido que no habéis estado en la luna? “Porque no tengo recuerdo de eso”, responderéis. Habéis revisado todos los recuerdos que tienes. ¡Y eso es la leche! Tú tienes una relación de todos los sitios donde has estado, luego introduces luna y se produce un proceso que se llama emparejamiento: si encuentras una pareja, has estado, y si no lo encuentras, no. ¿Hemos hecho algo así? No lo sabemos, pero algo hemos tenido que hacer. Lo hemos hecho, pero no sabemos cómo lo hemos hecho, pero sí sabemos el resultado: no has estado. Es en ese sentido en el que decimos que nuestro cerebro funciona con muchísima rapidez, además de manera muy paralela, pero no sabemos cómo lo hace exactamente. Y una parte importante de lo que hace no es consciente para nosotros. Lo guardo y, de repente, asoma la patita de vez en cuando. La gente tiende a equivocarse muchas veces al elegir pareja. Siempre se cometen los mismos errores: por ejemplo, cuando una persona que no ha podido aguantar a su pareja porque él era dominante y ella era sumisa, al cabo de tres años, dice “¿Pero si he vuelto a estar otra vez con una pareja dominante?”. Es decir, hay una serie de actividades que mi cerebro hace (cuando selecciona, cuando relaciona…) que no sabemos cómo lo hace. Por eso la gran tarea de la educación es educar el inconsciente, es decir, educar el origen de nuestras ocurrencias, porque no sabemos cómo se han hecho.

"Despertad al diplodocus", de José Antonio Marina, publicado por Ariel.
“Despertad al diplodocus”, de José Antonio Marina, publicado por Ariel. “Es una llamada a la acción, una invitación a sumarse a una conspiración para despertar a un sistema educativo que se encuentra dormido. La revolución que persigue busca promover una Sociedad del Aprendizaje a todos los niveles”, explica el propio Marina.

También hace hincapié en la evaluación: si generamos muchas ocurrencias y no tenemos criterios para poder elegir las mejores, entonces somos igual de tontos que un ordenador.
En todos los niveles necesito criterios de evaluación. Eso que tengo es casi lo más importante que hacemos: cómo selecciono las cosas qué voy a hacer o cómo selecciono mis decisiones, o mi pareja. Porque como elija un mal criterio de evaluación, me voy a equivocar continuamente¿Cuál es el cambio que hay entre el periodo de enamoramiento y el periodo ya consolidado de una pareja? ¿Cuál es la diferencia entre el noviazgo y la vida familiar? Pues que en el noviazgo damos valor a todas las cosas y todo nos parece muy interesante para ser contado. “¿Qué has hecho hoy en la oficina?”. “Fíjate, pues nada, resulta que estaba trabajando y entonces ha venido don Fulgencio, que es un chinche, que viene siempre con esa gabardinita que tiene, y entonces el jefe venía de tomar un café y ha tropezado, y le ha manchado la gabardina; vaya un lío que se ha montado. Al final ya no sabíamos qué hacer con la gabardina”. Es la Ilíada y la Odisea de las oficinas. Quince años después: “¿Qué has hecho hoy en la oficina?”. “Nada”. ¿Qué es lo que ha pasado aquí? Hay un momento de las relaciones en que todo resulta muy significativo y en otro momento las cosas dejan de ser interesantes. No se nos ocurren cosas. Sería fantástico que pudiéramos educar buenas ocurrencias, es decir, poder aprender ese fulgor que tienen las cosas cuando uno está enamorado. ¿Por qué no se va a poder mantener? ¿Qué rara alquimia hay ahí? Ojalá lo supiéramos. Es pura filosofía (ya veis, la filosofía está en todos los tinglados).

Inteligencia y estupidez expandidas

"El bosque pedagógico", de José Antonio Marina, editado por Ariel.
“El bosque pedagógico”, de José Antonio Marina,
editado por Ariel.

¿Vivimos llenos de problemas… o sin apenas ninguno? ¿Cómo debe adaptarse la educación a la realidad que vivimos actualmente, a las herramientas que manejamos hoy? Escribe el filósofo José Antonio Marina: “Nos movemos entre apocalípticos, que ven solo los problemas, e integrados que no ven problema alguno. Ambos simplifican las cosas. La potencia de las nuevas tecnologías plantea un enorme reto a nuestras ideas sobre inteligencia y educación porque, en paralelo con la “realidad expandida”, nos permiten hablar de “inteligencia expandida” y también de “estupidez expandida”. Por ello es imprescindible que la educación, en vez de quejarse o dejarse llevar, estudie seriamente las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías y diseñe los nuevos aprendizajes.” El bosque pedagógico, editado por Ariel

Usted ha escrito Pequeña historia de la pintura, que ha ilustrado Mingote. Me interesa mucho cómo enseñar esa poética de la cotidianidad de la que tanto habla. ¿Por qué no nos cuenta la fabulosa anécdota de las alcachofas?
Lo de las alcachofas es una historia que me gusta mucho. A todos mis alumnos les he recitado un poema de Pablo Neruda, de un libro muy especial que se llama Odas elementales, en el que hay una Oda a la alcachofa: “La alcachofa, de tierno corazón, se vistió de guerrero”. A mí me pareció una metáfora muy bonita, porque la alcachofa tiene una especie de escamas, como si fuera una cota de malla. La primera vez que se lo conté a mis alumnos no lo entendieron. Luego comprendí que es que sólo conocían las alcachofas de lata y con este tipo de alcachofas esta metáfora no funciona. Así que cada vez que iba a recitar el poema en clase acudía con una alcachofa (lo que para mí no era muy complicado, pues tengo una huerta en casa). Al final, acabé siendo el profesor de la alcachofa, cosa que me producía una gran satisfacción.

¿Y por qué este poema? A mí me interesaba que mis alumnos tuvieran una visión poética de la realidad, porque la visión poética descubre tesoros ocultos en las cosas. Es capaz de encontrar cosas muy interesantes donde otros no ven cosas tan interesantes; es como si, de repente, uno ve un muro y se da cuenta de que en las grietas de ese muro hay minúsculos jardines, que no se ven a primera vista: pues tienes que fijarte. Y, entonces, si pensamos que la experiencia poética, que es una experiencia que amplía nuestras posibilidades, solo se va a dar en una playa, o en primavera, o cuando se está enamorado, o en el crepúsculo, podemos pensar: “¡Oye, es que a lo mejor a mí no me sucede nunca!”. Yo quería recalcar que la experiencia poética puedes tenerla al entrar en la cocina, porque has visto una alcachofa, o un tomate, o una cebolla. 

"El cerebro infantil: la gran oportunidad", de José Antonio Marina, editado por Ariel.
“El cerebro infantil: la gran oportunidad”, de José Antonio Marina, editado por Ariel.

En El cerebro infantil afirma que “lo que hacemos esculpe nuestro cerebro” y que “educar es el único trabajo cuya finalidad es cambiar el cerebro cada día”, y se basa para ello en el trabajo de varios neurólogos y psicólogos, como Stanislas Dehaene, quien afirma que la lectura produce cambios anatómicos en nuestro cerebro.
La neurología es una ciencia muy optimista que nos está diciendo que nuestras capacidades son mayores de las que creíamos y que tenemos la posibilidad de esculpir nuestro propio cerebro, físicamente. Cada vez que aprendemos algo estamos abriendo conexiones distintas, estamos literalmente cambiando nuestro cerebro, y hay algunas actividades que tienen una especial importancia en el rediseño del cerebro (porque incluyen a todo el cerebro): la música y la lectura. La música es un fenómeno muy misterioso; lo que nos produce es un fenómeno muy raro; la lectura es diferente, porque nuestra inteligencia es estructuralmente lingüística, porque pienso con palabras, recuerdo con palabras y nos estamos haciendo los planes el uno al otro con palabras: reflexionamos con palabras. Hay unos experimentos muy llamativos, que llevó a cabo un Premio Nobel que se llama Roger Sperry. 

El cerebro tiene dos hemisferios que están unidos por una especie de gran masa de vías de unión que se llama cuerpo calloso. En unos casos en los que se daban unos tipos de epilepsia que no se podían controlar (pues se daban en las dos partes del cerebro) y aún no tenían cura, Espizberg se preguntó: “¿Qué pasaría si aislamos un hemisferio del otro?”. Pero, ¿cómo vas a separar la mitad del cerebro de la otra mitad? Sperry lo hizo y en teoría no produjo ningún efecto pernicioso; lo único que descubrió es que la mitad del cerebro no se enteraba de lo que decía la otra: lo que se le presentaba al hemisferio izquierdo, el hemisferio derecho no se daba por enterado. Y que de lo que éramos conscientes es de lo que procesaba el hemisferio lingüístico. Es decir, el lenguaje es la herramienta que tenemos para hacernos conscientes de lo que está pasando en nuestro cerebro. Por tanto, el lenguaje es la educación básica y por eso deberíamos de estar muy preocupados en la enseñanza del lenguaje, porque es la estructura básica de nuestro cerebro. Pensamos con él, recordamos con él, nos relacionamos con él, nos damos ordenes con él (la voluntad es una manera de darnos ordenes lingüísticas sobre lo que vamos hacer) y además es el que nos da acceso a la cultura.

El acceso a la cultura no se da por imágenes, se hace por conceptos y, por tanto, nuestra relación con la cultura es a través del lenguaje: sin comprensión lectora no tenemos comprensión del mundo. Estamos ya hablando de otro nivel de educación, un nivel que no se puede comparar con nada, el de la educación básica y el de la educación lingüística. Por eso cuando hablamos de la lectura, no estamos hablando de “anda, qué divertido, cuánto vas a disfrutar”, pues hay personas que disfrutan más bailando el tango; la lectura no es para eso. La lectura es lo que está organizando, en primer lugar, nuestra inteligencia, y, en segundo lugar, nuestra convivencia, porque nuestra convivencia también es lingüística (porque no sabemos lo que sentimos si no leemos una palabra). Lo que nos pasa es que lo que está informe permanece inarticulado: no sabemos nada hasta que no le damos un significado lingüístico, ni lo que sentimos, ni quiénes somos; por eso es tan importante el lenguaje. Daos cuenta del papel que tiene el lenguaje dentro de nuestra inteligencia, en nuestra vida, en nuestro comportamiento; no se parece en nada a lo demás, es una categoría especial, y todo lo que aprendemos lo aprendemos a través del lenguaje. Una niña de ocho años me decía hace poco: “Estoy muy segura de que comprendería las matemáticas si entendiera las palabras con las que me la explican”. Pues tiene toda la razón: yo no entendería la filosofía si no entendiese las palabras que me la explican; y lo que tenemos que hacer es saber explicarlo, o saber explicarlo de manera que nos entendamos nosotros mismos (algo tremendamente complicado) y que nos permita comunicarnos con los demás, porque esa es nuestra vida.

“El lenguaje es la educación básica, porque es la estructura básica de nuestro cerebro

Y aquí termina nuestra charla con el filósofo, pues tenía que impartir una conferencia en el Ateneo de Sevilla. Me escribe una dedicatoria en la que es él quien me agradece a mí la “extraordinaria experiencia educativa” que le he brindado al acudir a la entrevista con mis alumnos y donde me insta a no perder el entusiasmo (intentaré no olvidarlo). Lo comento aquí porque dice mucho sobre la calidad humana y el talante de este “megalómano educativo” (como él mismo se autodenomina). Y es que es  prácticamente imposible no contagiarse de la pasión que irradia este “filósofo del entusiasmo”. 

La filosofía como servicio público

"Crear en la vanguardia", de José Antonio Marina, publicado por Libros de Vanguardia.
“Crear en la vanguardia”, de José Antonio Marina, publicado por Libros de Vanguardia.

Marina se concibe a sí mismo como una especie de detective cultural que investiga los problemas que preocupan a sus conciudadanos y los expone de una manera atractiva y seductora. Continúa así la senda emprendida por pensadores como Bergson, Russell, Sartre (todos galardonados con el Nobel de Literatura) u Ortega (que no lo recibió, pero lo merecía), que, además de grandes filósofos, fueron también grandes escritores y supieron hacer accesible la filosofía al gran público. Igual que Alain u Ortega, Marina se ha esforzado por introducir la reflexión filosófica en los periódicos y ha recopilado sus artículos en distintos volúmenes, como Crónicas de la ultramodernidad (Anagrama), Memorias de un investigador privado (La esfera de los libros) y Crear en la vanguardia (Libros de Vanguardia), uno de los mejores textos para iniciarse en la lectura de este gran divulgador filosófico.

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