Isidoro Reguera es filósofo, traductor, ensayista y lugareño de Malpartida, donde vive (parcialmente):
Isidoro Reguera es filósofo, traductor, ensayista y lugareño de Malpartida de Cáceres, donde vive básicamente bien. Y lo explica: "Se vive bien en el pueblo, sobre todo cuando se vive poco en él; cuando se viaja mucho, el tiempo da más de sí y la psicología lo agradece. La soledad del pueblo es retiro, clausura, melancolía, la de la urbe es aislamiento, abandono, desamparo, incomunicación, tristeza. ¿O no? Eso me parece ahora, que me he convertido en un santón cateto, que roza ya la verdadera sabiduría del no-saber socrático".

Respetuoso y fiel con los textos, pero siempre más con él mismo, la versión traductora de Isidoro Reguera reivindica su derecho a picarse con los traducidos, a callar cuando no tiene nada mejor que decir y que sean otros quienes hablen. En eso encuentra sosiego, placer y cierta diversión.
En su versión filosófica… Seguro que la sola expresión ya le causa grima. Porque Reguera reivindica una filosofía y unos autores “con algo que decir a la gente que los compra, los lee y los entiende”. Hablamos con él de este tipo de autores, de ese tipo de filosofía y de lo importante: “Del tiempo, el paisaje o la vida…”. Ahora se explica por qué es tan larga esta charla. 

Por Pilar G. Rodríguez

En Filosofía&co. nos gustan los traductores. Qué le vamos a hacer… Bueno tampoco es que haya que hacerle algo “más” que pensar en ellos de vez en cuando y en las alegrías que nos dan en forma de libros. A muchas de esas lecturas, de las que nos gustan y que consideramos imprescindibles en nuestra vida o formación, quizá no habríamos llegado de no ser por sus palabras. Les estamos agradecidos por ello, así, en general y a granel. Y muy en particular a los que se enredan con textos filosóficos. Nos hemos fijado en uno de ellos por traductor, por filósofo (no en ese orden) y por establecer con uno de sus traducidos, también filósofo –Peter Sloterdijk, uno de los grandes nombres del pensamiento contemporáneo– una relación que perdura, se matiza y se enriquece a golpe de libro. Hablamos de Isidoro Reguera. Su currículo formal habla de que nació en León, 1947; estudio en Madrid y acabó como catedrático de filosofía en la universidad de Extremadura… Qué triste e injusto resulta este tono cuando quien habita esas líneas posee el dominio y el brío del lenguaje. Anda y que lo explique él… “Me vine a Cáceres de Madrid porque saqué una de las últimas oposiciones (creo que la última de filosofía) a catedrático al antiguo modo centralista, duro, auténtico, oposición literal y de verdad, inacabable. Soy catedrático de pata negra, como se decía. Resulta rancio volver a decirlo ahora, que además a nadie le importa, ni a mí, pero recordar esta chufla me hace verdadera gracia: me recuerda que no soy el producto de esta fábrica de hacer churros en que se ha convertido, con ayuda de la papelera ANECA, la universidad española, endogámica ad nauseam. Sí, jeje, hay que reírse un tanto de la vida y de uno mismo –y de paso de la masterizada Cifuentes–, gastarse ironía de la buena por si acaso te puede la melancolía mala, el humor negro…”.

Isidoro Reguera se inició en la traducció por casualidad, a instancias de Pradera y en compañía de Jacobo Muñoz.
Isidoro Reguera se inició en la traducción con el “Tractatus” de Ludwig Wittgenstein (Alianza Editorial). Fue por casualidad, a instancias de Javier Pradera y en compañía de Jacobo Muñoz.

¿No resulta mucho más prometedor de esta manera? Solo un par de apuntes antes de dejar hablar por extenso a quien normalmente lo hace por voz (o textos) de otros. Entre las figuras filosóficas que le han interesado: el poco o mal conocido Jacob Böhme, Karl Popper y Ludwig Wittgenstein. Los tres con el punto en común de haber alumbrado nuevos mundos filosóficos a base de inaugurar nuevas formas de nombrarlo. Peter Sloterdijk, y sus manías con el lenguaje, bien podría añadirse a esa lista con toda tranquilidad. De palabras, idiomas, giros, traducciones y traducidos hablamos con Isidoro Reguera, alguien que más que llegar al oficio, se encontró con él. Alguien que recuerda así los comienzos: “Alguien te propone un día traducir y comienzas a hacerlo, sin más. En mi caso fue Javier Pradera. Yo era entonces PNN (profesor no numerario) en la Complutense. Todavía lo recuerdo perfectamente, redactando y corrigiendo una vez y otra los editoriales de El País por las mañanas en su despacho de director de Alianza y hablando contigo a la vez, casi sin mirarte, la mirada y la atención perdida en los papeles: “¿Podéis mejorar la traducción de Tierno Galván del Tractatus de Wittgenstein? Hazme un informe.” Se refería a Jacobo Muñoz y a mí… Era buena gente. Así de simple. Y mientras tanto llevas ya casi treinta libros traducidos, exactamente 28, comienzo el vigésimo noveno cuando acabe esto: Después de Dios, el último de Sloterdijk (creo que será el último, porque nunca se sabe muy bien, dada su manía publicitaria)”.

¿Y ahora cuál es su relación con la traducción?
La traducción para mí no es oficio, es decir, ocupación habitual, cargo o profesión. Ni beneficio, desde luego. Es, en primer lugar, pasatiempo y catarsis: traducir sosiega, escribir tensa, traduciendo trasladas serena y olímpicamente a tu mundo uno diferente, no te desentrañas trabajosamente echando fuera tu relato de las cosas; incluso si cansa o aburre a veces, eso es catártico en el mismo sentido. Traducir representa, además, una importante obra sociocultural: se trata de aumentar con los mejores relatos internacionales el acervo cultural de tu país y de tu lengua, nada menos que la segunda lengua materna del mundo, hablada por más de 500 millones de personas, lectores potenciales. Y, en definitiva, traducir corresponde en mi caso a una convicción personal: después de una docena de libros propios sabes que has cumplido de sobra la función académica y responsabilidad profesional por las que los has escrito; llega un momento en que sabes que no tienes nada que decir o que no merece la pena perder tiempo en ello: hay tantos libros y tantas opiniones… Mejor traducir y ver cómo hacen el ridículo otros, jeje, burlarse un tanto del negocio intelectual, de ese afán incomprensible por mostrar lo listo que uno es o lo bien que escribe.

“Traducir sosiega, escribir tensa, traduciendo trasladas serena y olímpicamente a tu mundo uno diferente”


¿Hay que ser filósofo para traducir a un filósofo? ¿Es mejor serlo?
Sí, creo que sí. No solo es mejor serlo, creo que hay que serlo. Tras años de ejercicio conceptual los filósofos tenemos una cabeza característica que hay que entender. Lo que no hay que entender son las locuras y petulancias de ciertos filósofos, pero sí tomarse en serio una cabeza ejercitada honestamente en el manejo de lo abstracto, en un saber que no es nada ni de nada, un saber sobre la posibilidad del propio saber, en tal caso, que es además consciente de ese su inevitable bucle: que muestra en su ejercicio socrático que en realidad no hay saber ni nada que saber excepto saber eso. Pero, mientras y de paso, el análisis filosófico va aniquilando todo concepto establecido, prejuicio, superstición, asentados en las cabezas de los vivientes y vividos en esta historia más que bimilenaria nuestra, la occidental, llena de fantasmas y otros mundos: la historia de un error, decía Nietzsche en este sentido. Y con ello procura la claridad necesaria para cualquier discurso con sentido: se trata de discurrir con la consciencia, por ejemplo, de que antes de saber si es verdadero o falso lo que decimos, hay que saber si siquiera decimos algo cuando hablamos.

Aparte de traducciones, Reguera tiene una ingente producción propia sobre los autores que más le han interesado. "Los fantasmas de la cabaña noruega", editado por Athenaica, reúne ensayos sobre Wittgenstein.
Aparte de traducciones, Reguera tiene una ingente producción propia sobre los autores que más le han interesado. “Los fantasmas de la cabaña noruega”, editado por Athenaica, reúne ensayos sobre Wittgenstein.

Y bien, traducir en un campo así no es un traducir normal… Desde luego no es traducir politiqueos, conversaciones de negocios o burocracia oficial. Eso está claro, pero da más que pensar: ¿para traducir novela, por ejemplo, hay que ser novelista? No creo, mejor no, incluso, porque corres el riesgo de contar la tuya propia y a tu estilo. ¿Y para traducir poesía? No sé, probablemente tampoco. Y tampoco probablemente en el caso de la ciencia: para traducir ciencia o técnica lo que hace falta es un buen diccionario. Para traducir filosofía casi sobran todos, todos son malos. ¿Es que la maquinaria traductora no puede solo con la filosofía? Pues a lo mejor… En fin, da igual, solo me lo planteo por su pregunta. (Y el caso ideal de traductor, desde luego, es el de un autotraductor como Beckett.)

Lo que sí creo es que ser filósofo es más importante que ser traductor de escuela para traducir filosofía. En general, las escuelas no son buenas para casi nada, en este caso enseñan a traducir algo que no existe, podíamos decir: el lenguaje. No existe el lenguaje, hay innumerables juegos de lenguaje, uno de ellos es el filosófico. A no ser las superespecializadas, que no las hay que yo sepa, las escuelas de traductores no enseñan más que algo conceptualmente irrelevante, algo así como una traducción automática, que para casos como el de la filosofía vale de bien poco. Claro que conseguir oficio por libre cuesta mucho y mucho tiempo, y mientras tanto puede que las traducciones no sean las mejores, pero eso pasa siempre; y por eso es mejor no ojear las hechas: a mí nunca me gustan las mías, aunque en general menos otras, claro. Las escuelas quizá hagan perder con el profesionalismo la inmediatez, la casi ingenuidad o pureza de miras del simple afán de transmitir algo porque sí, porque te gusta y consideras que también podría gustar a otros. (Yo solo he traducido y traduzco cosas que me gustan o que han acabado gustándome.)

“En general, las escuelas no son buenas para casi nada, en este caso enseñan a traducir algo que no existe, podíamos decir: el lenguaje. No existe el lenguaje, sino juegos de lenguaje; uno de ellos es el filosófico”

Entre sus traducciones, Sloterdijk tiene un lugar muy destacado y es un filósofo con el que a menudo se está en profundo acuerdo o desacuerdo. ¿Le ha pasado? ¿Cómo lo resuelve? Y si nos da algún ejemplo…
Comencé con Sloterdijk por casualidad. Jacobo Siruela, por consejo del gran Safranski, amigo de Sloterdijk, había adquirido en la feria del libro de Frankfurt los derechos de los tres tomos de Esferas y me habló de la desmesurada empresa de esa traducción. Tras algunas dudas y pruebas comencé con ella: el bellísimo prólogo al primer tomo, el niño que hace pompas de jabón en el balcón, la “comuna exhalada”, fue un tremendo esfuerzo introductorio. Después de traducir eso puedes con todo. Hasta que te acostumbras al lenguaje de Sloterdijk, luego resulta llevadero, nunca fácil. Y, de todos modos, ese primer tomo de Esferas, Burbujas, es el libro más difícil de traducir de todos los de Sloterdijk, y con mucho, es también el mejor y el más profundo. Con él comencé yo con este autor, digo, menos mal que ya no era un principiante… Toda traducción es imposible, se ha dicho muchas veces y será verdad: sí, sí, pero unas más que otras.

"Esferas", la trilogía de Sloterdijk publicada por Siruela y traducida por Reguera.
“Esferas”, la trilogía de Sloterdijk publicada por Siruela y traducida por Reguera.

Nunca se aburre uno traduciendo a Sloterdijk, es una mente muy ágil y brillante como su lenguaje y recurre siempre al arte, la literatura y otras mil cosas para superar con el colorido de cercanía al mundo y a la actualidad de su escritura esa enfermedad yatrógena, dice, que asola la filosofía desde su nacimiento: la teoría, la distancia a lo real, la torre de marfil en las nubes, enfermedad modélica en las “ausencias socráticas”, sus famosas estancias en la inopia, raptos, pensando en las musarañas. Él fue el último sabio todavía, se le puede perdonar, pero tras él es ridícula esa tonta y aburrida superioridad al mundo, descomprometida con lo real, del filósofo. El arte es más cercano a lo real, y más divertido, por lo que importa. La filosofía ha de acercarse a él.

Sloterdijk habla poco y pocas veces de filosofía académica, incluso cuando dedica páginas o artículos a autores concretos como Heidegger o Derrida en este su último libro traducido al castellano, ¿Qué sucedió en el siglo XX?, por ejemplo. Y lo que él hace, a su vez, muchos puristas no lo consideran filosofía porque dicen que no hay razonamiento suficiente. Una especie de literatura conceptual, cuando más, conceden. En todo caso, y pese a ellos, se trataría de una literatura siempre más bella, atractiva, incluso más sabia, que el insufrible y vano discurso filosófico académico. Los almacenes de los servicios de publicaciones de las universidades están repletos de mohosos libros que no se han publicado más que para llenar un par de líneas de currículo, nadie los ha leído ni los leerá nunca, y las pobres editoriales privadas que publican cosas así o desaparecen pronto o nunca llegan a superar la miseria. Las obras de Sloterdijk (y de gentes de su talante, como Richard David Precht o Byung-Chul Han en Alemania: autores que hay que leer a la fuerza, por cierto) se traducen a todos los idiomas cultos y se venden muy bien y sobre todo tienen algo que decir a la gente que los compra, los lee y los entiende: lo demás es poco más que bazofia académica, banal engolamiento. Casi siempre el pensar ha estado fuera de los claustros universitarios y de sus discusiones: Sils Maria, Sjolden, Todnauberg… Grignan-Nyons, en la Provence, en el caso de Sloterdijk.

“Las obras de Sloterdijk (o de Richard David Precht o Byung-Chul Han) se traducen y se venden muy bien. sobre todo tienen algo que decir a la gente que los compra, los lee y los entiende: lo demás es poco más que bazofia académica, banal engolamiento”

No se puede estar en desacuerdo con Sloterdijk, puede caer mal o bien por su talante, pero él no afirma ni niega taxativamente nada con lo que se pudiera estar o no de acuerdo: propone irónicamente… Y no critica, simplemente explica (des-vela, des-cubre) las cosas con retranca neoescéptica, quínica (cínica en el viejo, sano, original sentido). Basta desnudar las opiniones para mostrar sus vergüenzas (no hace falta perder tiempo en censurarlas, esa es ya la mayor crítica). Su explicación peculiar de las cosas, nunca reflexión, que desprecia (como desprecia cualquier revolución, que nunca han cambiado nada, simplemente sustituyen un amo por otro), supera acuerdos o desacuerdos, se escabulle de ellos como agua entre los dedos, no hay nada firme que juzgar: te gusta su modo de pensar o no.

El último libro de Peter Sloterdijk publicado en Siruela "¿Qué sucedio en el siglo XX?". Traducción de Isidoro Reguera.
El último libro de Peter Sloterdijk publicado en Siruela, “¿Qué sucedió en el siglo XX?”. Traducción de Isidoro Reguera.

Sloterdijk “se inventa las cosas”, como usted misma bien dice en su recensión de este libro, añadiendo que su mecanismo intelectual es: “Toma un término, lo lleva a los orígenes, lo descarga de su significado habitual, lo radiografía, lo llena con sus propias teorías y lo lanza a su auditorio o a sus lectores. A ver qué pasa”. Efectivamente. Así que te puede parecer un disparate lo que escribe, pero poco más. A ver qué pasa… Provoca tanto como desconcierta o sorprende. Su irreverencia le coloca fuera de cualquier discusión normal, ridiculiza a priori todo intento de juzgarle desde pautas normales… Es brillante más que lógico, creador más que hermeneuta, y cuando interpreta inventa sus glosas, utiliza conscientemente metáforas más que conceptos, proposiciones más que enunciados, está libre de la caspa profesoral, del aburrimiento que los académicos confunden con seriedad.

Hay gente que le envidia, él de todos modos es un provocador, entre otras cosas porque sabe eso, así que se mofa soberanamente de envidias y envidiosos azuzándolos. Como cuando contestó en el FAZ (Frankfurter Allgemeine Zeitung de Frankfurt, el mejor periódico de Alemania, con permiso del Süddeutsche Zeitung de Múnich) al delfín de la más que moribunda escuela de Frankfurt tras la polémica que levantó por su propuesta de impuestos voluntarios en Alemania en 2009: “Váyase al cuerno, Profesor, cuando lea unos cuantos de miles de páginas mías entonces podremos hablar…”. Axel Honneth no volvió a chistar. Tampoco su padre espiritual Habermas se atrevió a discutir con Sloterdijk diez años antes, con ocasión de las ideas de Normas para el parque humano, que tanto molestaron a su logos comunicativo. Jeje.

Segunda entrega de la trilogía "Esferas", de Peter Sloterdijk. Traducida por Reguera y publicada en Siruela.
Segunda entrega de la trilogía “Esferas”, de Peter Sloterdijk. Traducida por Reguera y publicada en Siruela.

En ¿Qué sucedió en el siglo XX?, le hace una objeción al autor, cuando este habla de la retroalimentación positiva en el arte que culminó en los siglos XVI y XVII: Sloterdijk menciona a Tiziano, Caravaggio y Rembrant y usted se queja en una nota del olvido de España en toda la obra de Sloterdijk (incluso cuando habla del descubrimiento de América) y concluye que lo de no citar a Velázquez aquí al menos “resulta más que sorprendente”. ¿La sumisión es una virtud en la traducción? O de otra manera ¿puede un traductor salir “respondón”?
No le di ningún ejemplo en la pregunta anterior, y en esta me recuerda usted misma el mejor que puedo ofrecerle de desacuerdo mío formal, no conceptual, con Sloterdijk, efectivamente… Sí, más que sorprendente, es algo que roza a veces el desaire o la desinformación, lo primero no creo y lo segundo sería demasiado burdo para ser verdad en alguien de un saber universal como Sloterdijk, cuya obra algunos comparan con la de Spengler. Entonces, entonces… No sé. Además, es que ese olvido de lo español se repite en muchas ocasiones: a lo largo del muy largo capítulo último del segundo tomo de Esferas, en toda la primera parte de El mundo interior del capital, donde cuenta la aventura americana a la que usted se refiere, y puntualmente en algunos casos como los dos que acuso en este libro, libro que, sin embargo, sí cita a Gracián y a otros españoles. En fin, tampoco importa tanto, allá él, yo dejo constancia de mi cabreo, el lector que haga lo que quiera.

Como que cite a Heidegger tanto, y nada o casi nada a Wittgenstein, cuando incluso tendría ocasión clara, casi obligación de hacerlo… Yo le he dicho ambas cosas, respecto a la primera no me contestó nada más que, con una sonrisa casi burlona, algo así como: bueno, los portugueses fueron los primeros, y sobre todo en cartografía. Con respecto a Heidegger/Wittgenstein, nada, tampoco hubo ocasión porque se lo dije simpáticamente en público en junio pasado, durante una laudatio mía a él en la solemne celebración de su setenta cumpleaños ante amigos suyos de todo el mundo en el ZKM de Karlsruhe, laudatio en la que no había coloquio, como a mí me gusta.

¿Sumisión? No creo que se trate en absoluto de sumisión al traducir, sino de fidelidad textual sin más, el responsable de lo que el libro dice es el autor, el traductor lo es de decir lo dicho, nada más, ni mejor ni peor, simplemente en otro idioma. Y esto que usted cita es un enfado amistoso ocasional mío: Sloterdijk es muy libre de hacer lo que quiera, faltaría más, pero yo también de picarme por ello, faltaría menos. Y en el juego de lenguaje en que se basan las relaciones mías con Sloterdijk no tiene sentido alguno el uso de la palabra “respondón”, por tanto tampoco significa nada.

“El responsable de lo que el libro dice es el autor, el traductor lo es de decir lo dicho, nada más: Sloterdijk es muy libre de hacer lo que quiera, faltaría más, pero yo también de picarme por ello, faltaría menos”


¿Y la fidelidad, es una virtud? Aunque hubiéramos tenido que empezar hablando de si es posible una fidelidad “fiel” al 100%…
Sí, creo que sí, yo procuro ser literalmente fiel al texto, insisto. A pesar de lo que he dicho antes o unido a ello, el problema, si es el caso, está en ennoblecer, incluso embellecer, esa literalidad en tu idioma (que la retórica es el vehículo de convicción de la dialéctica y el traductor quiere siempre en cierto modo el bien del traducido) o al menos en no desmerecer de la original, no en encontrar subterfugios: hay que ser bellamente literal, digamos, el castellano da para mucho si rebuscas en él. Se pueden utilizar sinónimos, en tal caso, pero no perífrasis, circunloquios, rodeos, que creo que no llevan más que a ambigüedades. En la literalidad está el meollo de la traducción: en encerrarse a cal y canto en ella, permitiéndose todas las libertades sin embargo. Y si no se es fiel al cien por cien no se es fiel, en esto como en cualquier cosa en la vida.

Casos prácticos: ¿qué término, expresión o concepto le ha costado más traducir? ¿De cuál se siente más orgulloso?
De “dúplice unicidad”, por ejemplo… Los conceptos de Sloterdijk son a veces muy raros, pero no difíciles de entender (los conceptos no se traducen), él los adereza además con imágenes de todo tipo, en ocasiones resultan borrosos, pero nunca confusos. Él piensa que todo intelectual ha de medirse con lo inconmensurable, con “lo monstruoso”, dice, que lo demás no merece la pena. Y poner medida y forma conceptual a lo hasta ahora desmedido e informe es tarea ardua: las ideas de Sloterdijk a veces no caben en conceptos usuales, los desdibujan porque no entran en su corsé, pero por eso, no porque no tenga claras las cosas, sino porque no pueden serlo a la medida del cacumen que se gasta el acostumbrado diálogo colegial. No, no son difíciles nunca, simplemente son imposibles a veces.

Y sí, precisamente por lo que digo, hay muchos, muchísimos, términos o expresiones (de conceptos) difíciles de traducir en la obra de Sloterdijk, en el primer tomo de Esferas, sobre todo, insisto, que está lleno de ellos. Difíciles por desacostumbrados o nuevos también en alemán, Sloterdijk crea muchas veces lenguaje para poder expresarse, como crea conceptos. O lo retuerce, como Heidegger, aunque con menos petulancia y más sentido que él. No todos los alemanes entienden ni pueden entender a Sloterdijk, no porque sea conceptualmente difícil de entender, que no lo es, insisto, sino porque es raro en ese sentido y porque terminológicamente tiene su propio lenguaje y naturalmente un lenguaje en general elevado y poco o nada corriente. Los autores especiales y originales tienen su lenguaje propio y original. Así ha sucedido con Nietzsche, Wittgenstein, Heidegger, por citar a los más grandes entre los últimos filósofos alemanes y para que se me entienda (los solitarios a que aludía antes por sus lugares de soledad). El lenguaje y el pensamiento son la misma cosa: un pensamiento único tiene que encontrar un medio de salida diferente al normal, como es lógico.

“Los autores especiales y originales tienen su lenguaje propio y original. Así ha sucedido con Nietzsche, Wittgenstein, Heidegger… El lenguaje y el pensamiento son la misma cosa”

Aparte de expresiones difíciles, típicamente sloterdijkianas, hay términos normales intraducibles que fastidian mucho porque no encuentras casi nunca la palabra adecuada en el contexto que en ese momento traduces, a pesar de que su significado es obvio, cotidiano. Por ejemplo: Einsicht, Leistung, Träger, bei... Cosas normalísimas, clarísimas y repetidísimas, y por ello más irritante el no dar casi nunca con la expresión perfecta para ellas, en Sloterdijk o en cualquiera.

Y a cierto nivel y costumbre ya, los diccionarios, debido también, por añadidura, a la facilidad y rapidez de su uso en la red, casi no sirven más que para encontrar rápidamente la palabra que tienes en la punta de la lengua pero no sale, o un sinónimo de la que te sale pero no te gusta, en cierto modo favorecen la vagancia y aniquilan el pensar con el lenguaje, el jugueteo con él, tan entretenido como valioso cuando traduces. (Antes, cuando resultaba más trabajoso consultarlos en papel, bucear en ellos era un menester casi sagrado, la espera de una revelación, ahora cumplen la función de un trasto virtual más.) En casos como estos no ayudan para nada, los has consultado mil veces y mil veces dicen lo mismo, claro, aunque tú esperas absurdamente que hayan cambiado por arte de birlibirloque o que no te hayas fijado bien antes. No hay traducción buena como no hay diccionario bueno, quizá tenga que ver una cosa con otra, ambas imposibles.

Isidoro Reguera es traductor e introductor en España de la obra de Richard David Precht, uno de los representantes de una nueva generación de filósofos "con cosas que decir". De Precht Siruela publicó en 2012 "Amor. Un sentimiento desordenado".
Isidoro Reguera es traductor e introductor en España de la obra de Richard David Precht, uno de los representantes de una nueva generación de filósofos “con cosas que decir”. De Precht, Siruela publicó en 2012 “Amor. Un sentimiento desordenado”.

¿Algún término con el que haya tirado la toalla o haya estado a punto?
A punto de hacerlo, con muchos. Además, si dejas algo sin traducir se enteran los correctores de pruebas, antes al menos, que trabajaban mejor y las editoriales se gastaban más en ellos. Desde luego hay frases que te desesperan, no dicen nada y además lo dicen imposible. Por eso no las entiendes en principio, no porque sean demasiado difíciles, sino demasiado tontas: no puedes imaginar que no digan nada y además digan mal lo que no dicen. Suele ocurrir muy pocas veces, aunque depende de a quién traduzcas, claro, imagino, en los buenos se ve que son meros despistes o malos momentos. En Sloterdijk puede haber alguna, no recuerdo, pero en Wittgenstein, como máximo ejemplo, ninguna, es inimaginable.

Hasta que encajen las cosas hay veces que se pierden horas con una palabra o una frase o con una página. Y la paciencia… Pero de todos modos sigue valiendo lo que decía antes: la traducción tranquiliza; no se trata de crear nada, eso es el horror, sino de dar forma a algo creado; no se trata de dar forma a las oscuridades de tu espíritu, sino a un lenguaje ya hecho; no se trata de dar forma a lo informe (desconocido, oscuro, etc.) dentro de ti, sino a algo de responsabilidad ajena, ya conformado y ya estructurado en una gramática equiparable. (Ya sé que me repito, pero esto es más importante que oficios, tristezas y escuelas: para mí es lo esencial de esta ocupación mía sin oficio ni beneficio.) Y estos impasses son meros contratiempos pasajeros, que, por otra parte, te hacen aprender mucho del idioma y de los conceptos, poniendo a prueba a la ínclita RAE o al más sabio y cercano doctor Google.

¿Alguno término o traducción del mismo que haya suscitado una buena discusión filosófica con el autor u otros compañeros?
Yo no discuto ni dialogo con nadie más que del tiempo, el paisaje o la vida, en tal caso. Eso de discusión filosófica da grima, buena o mala es igual, ninguna vale de nada, los grandes han hecho su pensar solos, en diálogo consigo mismos y en su cabaña, insisto, habría que aprender de ellos, lo demás es mercadeo academicista y, desde luego, pérdida de tiempo. (Si al menos fueran diálogos divertidos…).

“Yo no discuto ni dialogo con nadie más que del tiempo, el paisaje o la vida, en tal caso. Eso de discusión filosófica da grima, buena o mala es igual, ninguna vale de nada”

A pesar de nuestro buen entendimiento y casi amistad (aunque hemos estado juntos muchas y largas veces en diferentes partes, no nos vemos lo suficiente para tenerla) nunca le he preguntado a Sloterdijk nada sobre su traducción. No sé, sería algo un tanto cutre, demasiado casero. No se crea ambiente de preguntas ni de discusión entre nosotros, creo que nada nos interesa tanto como para ello: con la vida misma basta, sin rollos sobre ella, que no son vida, y si lo son ¡mala cosa!

He dado conferencias, cursos y seminarios sobre Sloterdijk, y aparte de pedir aclaraciones, nadie me discute nada, ni le discute nada ante mí, es como si su pensamiento no entrara en marcos discutibles, se compone de fogonazos que inspiran y se quedan en una conmoción del espíritu, mala o buena, pero muda o casi sin palabras. Gustan o no, pero no son discutibles. ¿Qué hay que discutir en su marciana propuesta de impuestos voluntarios, por ejemplo? Si antes se lee Has de cambiar de vida y alguna otra cosa suya (Ira y tiempo, por ejemplo), donde aparezca su reivindicación de las virtudes fuertes (la ira, el orgullo, el amor a sí mismo, la autoconciencia, el autorrespeto, el timós en general, todo lo contrario de la moderación e hipocresía cristianas, la responsabilidad cívica, el mecenazgo, el duro y constante ejercicio de elevación en cualquier sentido, antes especialidad de santones, hoy de virtuosos de otro tipo, etc.) se verá además que ni está loco, ni es para nada un idealista, ni su afán es simplemente épater le bourgeois (cosa que no está nada mal, por otra parte, y que por sí sola ya merecería la pena: revolver las conciencias de sumisos y humillados contribuyentes con el supuesto escándalo de una idea así, supuestamente peregrina). 

Gredos publicó en este volumen el Tractatus y las Investigaciones filosóficas de Wittgenstein con el estudio introductorio de Isidoro Reguera.
Gredos publicó en este volumen el “Tractatus” y las “Investigaciones filosóficas” de Wittgenstein acompañados por el estudio introductorio de Isidoro Reguera.

Aquello de lo que no se puede hablar… ¿cómo se va a traducir?
Si se habla de ello a pesar de todo, se traduce sin más: es lenguaje; y si no se habla, resulta imposible: el silencio es silencio. Como sucede modélicamente con el Tractatus de Wittgenstein, sí: perfectamente traducible a pesar de que el autor, justo por lo que escribe, no debería haber escrito prácticamente nada de lo que escribió en él. Allá él, y tampoco lo arregla con esa última frase… Topamos con un límite de la razón: para guardar silencio hay que perderla, olvidarse de ella; y del lenguaje: si hay que callar ni siquiera podríamos decir eso.

Pero hay que decirlo: si no eres mudo hay que hablar para decir que no se puede. No puedes no pensar aunque quieras, es imposible, como no puedes no hablar (aunque quieras) si quieres decir algo. Eso, el éxtasis, el ideal de siempre de toda religión como ejercicio espiritual, o de toda filosofía, como recordábamos, sólo lo consiguen los verdaderamente sabios, los serios santones del no-pensar o del silencio, en los demás es pose o actitud más bien ridícula. Y eso es nada menos que la esencia del Dios místico, de ese Dios básico al que pedía el maestro Eckhart que le librara de Dios (del Dios chicharachero de la religión, jerarquías y dogmas, que habla hasta por los popes). Se puede traducir todo lo que es lenguaje, no el silencio místico. ¿Qué traducir en la panza del Buda sereno y feliz? Hay una manía traductora en Occidente, irrespetuosa con lo profundo, con lo primordial, como bien dice Julia Kristeva, que no hay en Oriente: no hay por qué poner en palabras todo, pero si lo ponen… (Allá ellos, ya digo.)

Aparte de los que cita, Reguera también se ha fijado en el pensador melancólico e iluminado Jacob Böhme a quien dedico este libro.
Aparte de los autores que cita, Reguera también se ha fijado en el pensador melancólico e iluminado Jacob Böhme a quien dedicó este libro publicado por Siruela.

No le haré elegir entre papá y mamá, pero sí entre Wittgenstein y Sloterdijk. Y por qué, claro.
¿Por qué elegir entre esos dos? ¿Y qué hago con los demás que he traducido: Nietzsche, Heidegger, Morgenstern, Kant, Welsch, Rosenzweig, Blumenberg, Precht y quizá alguno más? ¿O con los que he leído, o con aquellos sobre los que he escrito? Pero bueno, sí, esos dos son mis preferidos.

Aunque no tengo que elegir, porque no son comparables: Wittgenstein está ya en la historia como el más grande del siglo XX, el más grande después de Nietzsche, creo, que cambió la filosofía y por dos veces, caso único en la historia (al que además se le llama el último filósofo, y lo es, dado que la segunda vez no se sabe si la cambió o la destruyó para siempre), y ejemplo único también de decencia intelectual solo comparable en ello con Sócrates en la historia de la filosofía, etc. Sloterdijk se reconoce de algún modo, o lo reconocen, como (díscolo) discípulo de Heidegger, el parejo oscuro de Wittgenstein en importancia (en fama, no en honradez ni en luminosidad conceptual) del siglo veinte, pena que no lo fuera de este… Se trata, pues, de dos generaciones y dos tipos de grandeza. Hoy ya no tendrían nada que decir Wittgenstein y Heidegger desde sus filosofías, lo que dijeron es lo que ha creado justamente el hoy. Sloterdijk sí tiene algo que decir hoy y mucho, da gusto leerlo. Wittgenstein es historia, Sloterdijk todavía no, y no se puede saber si entrará en la historia o será aniquilado por ella…

Isidoro Reguera vive (parcialmente, porque viaja mucho) en un pueblo de Cáceres, en una casa muy particular cuya historia cuenta así: “La responsable de que yo viva en Malpartida es la casa de la Ronda de Muñoz Torrero (un gran extremeño de la Cortes de Cádiz, y qué bonito suena, ¿verdad?), una casa de pueblo que me gustó nada más verla. Se la compré a Michael Wewerka, que era y es post mortem el galerista de Vostell en Berlín y gran amigo suyo, artista él mismo, aunque su verdadera ocupación sea el rastro más antiguo y más grande de Berlín (el Trödelmark de la Strasse des 17. Juni en el Tiergarten) que él creó y que él y su equipo organizan cada fin de semana… En el paredón del patio hay una fuente de una docena de caños, que salen de él, obra de Vostell. Yo me llevé muy bien con él, vivíamos cerca, a cien metros, él, majestuoso, creando sus locuras en su palacete, y yo en esta casona, como ánima en pena mosconeando por ella…”.

En este curioso libro, Reguera comparte algunas impresiones del viaje que Sloterdijk hizo por Extremadura en 2008. Lo edita la Fundación Ortega Muñoz.
En este curioso libro, “El reino de la fortuna”, Reguera comparte algunas impresiones del viaje que Sloterdijk hizo por Extremadura en 2008. Lo edita la Fundación Ortega Muñoz.

Terminamos esta entrevista con otro caso práctico e imposible: la de traducir uno de esos términos de pueblo, sabrosos, que no se comprenden con la cabeza, sino con los sentidos, a golpe de piel o de oído. Isidoro Reguera, ¿cómo se dice “remostoso” en alemán?
De “remostoso” no hay traducción ni en castellano. Los que lo dicen de verdad no saben muy bien lo que dicen o no saben explicarlo, los demás intuimos más bien su significado, nada más, y dudamos al usarlo, y como el uso es el significado… ¿Es remostoso, pringoso, pegajoso? Sí, pero no exactamente. En fin, en alemán: algo así como schmierig o klebrig, o incluso pappig, que no es tan remostoso pero suena bien.

Nos despedimos (y esta vez es la buena) con alegría y con pesar; nos quedaríamos a vivir en el pueblo… “Se vive bien en el pueblo, sobre todo cuando se vive poco en él; cuando se viaja mucho, el tiempo da más de sí y la psicología lo agradece, la soledad del pueblo es retiro, clausura, melancolía, la de la urbe es aislamiento, abandono, desamparo, incomunicación, tristeza. ¿O no? Eso me parece ahora, que me he convertido en un santón cateto, que roza ya la verdadera sabiduría del no-saber socrático como saber supremo, de la consciencia de la tontería de casi todo, hasta de decir esto y todo lo que le he dicho antes”.

DEJA TU COMENTARIO

Por favor, introduce tu comentario!
Por favor, introduce tu nombre