Grandes anécdotas de la filosofía (que no son inocentadas)

Sus pensamientos han influido tremendamente en nuestro mundo y nuestra forma de vida, pero esa inteligencia no les libró de cometer errores, ni tampoco de vivir experiencias curiosas.
Sus pensamientos han influido tremendamente en nuestro mundo y nuestra forma de vida, pero esa inteligencia no les libró de cometer errores o de vivir experiencias curiosas.

La filosofía va mucho más allá de la teoría. A veces parece que los filósofos son seres divinos, superiores, pero son personas como nosotros, tan dados a protagonizar anécdotas como cualquiera. Repasamos algunas de las más llamativas –ya adelantamos que no son bromas ni inocentadas– para humanizar a estos genios y de paso sonreír o sorprendernos un rato.

Por Jaime Fernández-Blanco Inclán

Además de haber puesto su granito de arena para descubrirnos al resto de mortales los grandes secretos del mundo, los filósofos han aportado otras cosas: historias, diálogos y, en algunos casos, estupendas anécdotas. Unas anécdotas que, por lo general, llaman la atención por la peculiar personalidad de sus protagonistas. Los filósofos han sido tradicionalmente personajes extravagantes, que vivían de manera diferente al resto y también con un puntito de seriedad –tal vez excesiva– que convierte estos sucesos en experiencias muy llamativas. Hemos querido reunir en este texto algunas de las mejores (imposible contarlas todas en un único artículo; eso podría llenar un libro) anécdotas de los grandes filósofos de la historia. Pero sí hemos seleccionado nuestras favoritas. Algunas están claramente demostradas por los historiadores; otras nos han llegado como leyendas populares… Y estas hemos querido contarlas también porque, la verdad, son muy entretenidas.

Los filósofos han sido tradicionalmente personajes peculiares, que vivían de manera diferente al resto y también con un puntito de seriedad que convierte estos sucesos en experiencias muy llamativas

Dentro de la historia de la filosofía, Grecia lo es todo, y en este aspecto que nos ocupa, también. La mayoría de ellas las cita Diógenes Laercio en sus Vidas y opiniones de los filósofos ilustres, publicado por Alianza, aunque otras las hemos recogido de otras fuentes, como Filosofía para bufones, de Pedro González Calero, editado en Booket, o rebuscando entre diferente documentación.

Sócrates y familia

"Vidas y opiniones de los filósofos ilustres", de Diógenes Laercio con traducción de Carlos García Gual (Alianza Editorial).
“Vidas y opiniones de los filósofos ilustres”, de Diógenes Laercio con traducción de Carlos García Gual (Alianza Editorial).

No podía faltar, en esta lista, uno de los nombres propios más célebres de la historia: el gran Sócrates. Dice la leyenda que ningún esclavo quería ser tratado como se trataba Sócrates a sí mismo. Pero parece que esa exigencia consigo mismo no hacía falta que se la impusiera él, pues la tenía en casa. Su esposa, Jantipa, ha pasado a la historia como una mujer de gran carácter que no dudaba en poner firme al filósofo cuando su conducta no le gustaba. No debía ser fácil convivir con un hombre como Sócrates… aunque no deja de parecer excesivo lo que cuenta la anécdota más famosa de ella. En cierta ocasión, enfadada con Sócrates por algo que este había hecho, le vació un orinal en la cabeza. Sócrates era uno de los hombres más ecuánimes y se limitó a decir: “Después del trueno viene la lluvia”. No obstante, los últimos estudios en torno a su figura parecen demostrar que esa actitud no era la norma en su esposa. Madre de los tres hijos que tuvo con el filósofo (Lamprocles, Sofronisco y Menexeno), fue una mujer que quedó arrasada por el dolor tras la condena a muerte de su esposo.

Diógenes y Aristipo: tanto monta, monta tanto

Pero si hablamos de anécdotas, hay dos nombres imprescindibles en nuestra lista: Aristipo de Cirene y Diógenes de Sínope. Algunas de ellas, de hecho, los tuvieron a ambos como protagonistas, de ahí que nos encontremos la misma historia contada desde los dos puntos de vista.

Aristipo fue el fundador de la que se conoce como escuela Cirenaica, la más famosa defensora de lo que solemos llamar hedonismo. Defendía el placer físico como la base de la felicidad, siempre que uno fuera capaz de no dejarse dominar por él. Y lo cierto es que fue muy coherente con su forma de pensar. Era un asiduo visitante de las prostitutas (hetairas), en especial la cortesana Lais de, al parecer, gran belleza y éxito. En cierta ocasión, le preguntaron a Aristipo por qué pagaba a una mujer que no tenía problema en otorgar sus favores y su cuerpo a otros, a lo que Aristipo respondió: “Es que yo le pago para que duerma conmigo, no para que no duerma con otros”.

En otra ocasión acudió a casa de una de estas mujeres acompañado de un joven discípulo. El joven, azorado por la situación y la vergüenza, se resistió a entrar y su maestro le calmó con la siguiente frase: “Lo malo no es entrar, sino no poder salir”. Perfecto resumen de la filosofía cirenaica. Y contaremos otra muestra más de la fina ironía de Aristipo. Un día, mientras viaja en barco, se desató una peligrosa tormenta que hizo que el filósofo pasase verdadero terror. Esa actitud despertó las burlas de los marineros y el resto de los pasajeros, por lo que uno le preguntó: “¿Cómo es que tú, un hombre sabio, teme perder la vida, mientras que un ignorante como yo no tiene miedo?” Y Aristipo le respondió: “La explicación es, como tú mismo reconoces, que tenemos vidas muy distintas que salvar y a mí no me importaría perder la vida si fuera como la tuya”.

“Lo malo no es entrar, sino no poder salir”. Aristipo, a su joven discípulo, acerca de su pudor en la puerta de una casa de prostitutas

Ya hemos contado anécdotas de Diógenes en otros textos, por eso aquí hemos escogido una en la que coincidió con Aristipo, pero contándola desde la perspectiva del cirenaico. Aristipo solía adular a los ricos para enriquecerse. Un día pasaba cerca de Diógenes, que estaba comiendo unas gachas. Diógenes le dijo: “¿Te das cuenta de que si comieras gachas no necesitarías adular a los tiranos?”. A lo que Aristipo contestó: “¿Te das cuenta de que si supieras tratar con la gente no tendrías que comer gachas?”.

Heráclito o la misantropía

Pero no solo estos dos filósofos tenían anécdotas destacables en la antigua Grecia. Otro que tenía un comportamiento peculiar era el gran Heráclito de Éfeso. Como gran misántropo que era, Heráclito decidió retirarse a vivir al monte, donde subsistía a base de comer hierbas y frutos. Esa alimentación no debía ser la mejor para su salud o, al menos, no ayudó a la hidropesía (acumulación de líquido en el organismo) que padecía. En lugar de buscar remedios o ayuda de médicos, empezó a pensar su propia manera de reducir su dolencia y decidió que lo mejor era enterrarse en estiércol, convencido de que el mismo absorbería el líquido de su cuerpo. Huelga decir que no funcionó en absoluto, empeorando tanto la enfermedad que murió de ella.

Crisipo, el colmo de un estoico

No es la única muerte curiosa de la historia de la filosofía. De hecho, el título a la muerte más peculiar –por no decir estúpida– debería dársele a Crisipo de Solos, por lo rocambolesco de su historia, máxime siendo él una de las grandes figuras del estoicismo, filosofía que desconfiaba profundamente de las pasiones emocionales. Y no les faltaba razón, visto lo visto.

Cuenta la leyenda que Crisipo vio a un burro comiendo higos y, a falta de agua, alguien pensó que era razonable darle al animal un poco de vino para pasar los higos (ya se sabe que eso de comer a palo seco…). Ver al burro bebiendo vino causó en el filósofo un ataque de risa tal que acabaría muriendo, lo cual no deja de tener guasa: un estoico muriendo por culpa de una emoción. Suspenso para Crisipo.

Crisipo, según la leyenda, murió de una ataque de risa al ver a un burro beber vino

Voltaire, el “Oscar Wilde” de la filosofía

"Filosofía para bufones", de Pedro González Calero, editado por Booket.
“Filosofía para bufones”, de Pedro González Calero, editado por Booket.

Si hablamos de anécdotas curiosas, otro nombre que no puede faltar es del François-Marie de Arouet, más conocido entre el gran público por su pseudónimo, Voltaire. El francés fue un filósofo peculiar que carecía de esa introversión, prudencia y moderación que suele atribuirse a los filósofos. Su carácter provocador y rebelde le llevó a tenerlas de todos los colores con nobles, reyes, clérigos y filósofos de toda Europa, algo que, por otra parte, ayudó a que su fama creciera enormemente, hasta el punto de dar hoy nombre a una ciudad: Ferney-Voltaire, en la frontera franco-suiza, donde residió durante varios años.

Una de las mejores anécdotas del francés fue su encontronazo con el Conde de Chabot, Guy Auguste Rohan. Al parecer, ambos tuvieron un roce a la salida de un teatro por disputarse la atención de una mujer, y el joven Voltaire le espetó: “Señor, yo estoy haciéndome un nombre, pero usted está a punto de perder el suyo”. Rohan no hizo caso a la amenaza e ignoró al filósofo, pues consideraba que no era elegante enfrentarse a un hombre de menor clase social. Eso, al menos, de cara a la galería, pues pocos días después, invitó a Voltaire a su casa. Voltaire acudió, pensando que sería una buena ocasión para enterrar el hacha, pero nada más lejos de la intención del Conde de Chabot: nada más entrar, sus guardias dieron una paliza a Voltaire, quien retaría a duelo a Rohan para poder matarlo con sus propias manos. El noble se valió de sus contactos para encerrar a Voltaire en prisión, pero esos siete meses entre rejas no lograron su objetivo, pues al salir el filósofo seguía obsesionado con hacer pagar caro a Rohan su actitud. El asunto terminó alcanzando tal intensidad que Voltaire tuvo que exiliarse de Francia, renunciando a su deseo de matar al conde.

Otra de las cosas que no suelen mencionarse es que, a diferencia de otros filósofos, Voltaire fue tremendamente rico en vida. Pero se comenta menos aún la razón principal de esa riqueza, que era fruto de su picardía y la de sus amigos. Tuvo gran éxito con sus obras literarias y filosóficas, es cierto, además de buen ojo para los negocios y las inversiones, pero esas ganancias con las que empezó a invertir le habían llegado de otra manera… En una cena, Voltaire coincidió con otro de los grandes genios de la Ilustración, Charles Marie de la Condamine, por aquel entonces un matemático desconocido. En esos años, la economía francesa estaba en crisis y, para ahorrar dinero, la Corona redujo las tasas de interés de los bonos de deuda, lo que hizo que también disminuyera su valor en el mercado. Eso hacía que la economía del país perdiera la confianza de los inversores tanto nacionales como internacionales, por lo que el entonces ministro de finanzas, Le Pelletier-Desforts, tuvo una idea para compensar: los propietarios de esos bonos podrían participar en una lotería especial, pudiendo comprar boletos que, si salían premiados, les darían un premio de nada menos que 500.000 libras francesas (una fortuna, cuando las personas más adineradas tenían rentas cercanas a las 30.000 libras anuales).

De la Condamine vio rápido el truco. Pese a que los billetes de lotería valían más o menos en función del bono adquirido, la realidad es que todos los boletos tenían las mismas posibilidades de salir premiados, por lo que, comprando muchísimos bonos de deuda baratos (que estaban muy devaluados) era muy posible ganar la lotería no una, sino muchas veces. En cuanto Voltaire escuchó el plan se metió de cabeza, junto a un selecto grupo de inversores y algún que otro notario (que eran los encargados de expedir los boletos), y todos ellos empezaron a comprar grandes cantidades de bonos (con su respectivo boleto de lotería) cada mes… Y los premios empezaron a llover de manera continua.

Cuando desde el ministerio se dieron cuenta de lo que ocurría, demandaron a Voltaire y sus compinches, pero tuvieron que aceptar la realidad: Voltaire y De la Condomine no habían hecho nada ilegal, simplemente habían sido más listos que el sistema, y así lo vio el juez.

Gracias a su astucia, Voltaire y sus amigos se hicieron millonarios con la lotería. Acabaron ante el juez

Todos los implicados se hicieron millonarios y, para cuando se canceló la lotería (y se despidió al ministro de finanzas), Voltaire y los suyos habían ganado, cada uno, más de medio millón de libras. Dicen que el que tiene un amigo tiene un tesoro, y en el caso de Voltaire con De La Condamine, eso fue cierto al cien por cien.

Ludwig Wittgenstein, el genio extravagante

Otro que tal bailaba era Ludwig Wittgenstein, uno de los intelectuales más geniales de su generación. Como muchos otros grandes pensadores de la historia, su capacidad intelectual era directamente proporcional a su fuerte carácter, que le llevó a protagonizar algunas de las anécdotas más curiosas de la filosofía contemporánea y a llevar una relación de amor/odio con quien fue su “padrino filosófico”, Bertrand Russell.

Nacido en una de las familias más ricas de la Austria de la época, el dinero nunca tuvo ninguna importancia para él. Tanto es así que, cuando murió su padre, renunció a cualquier tipo de herencia, obligando a sus hermanos a prometer que nunca, jamás, recibiría su parte.

El carácter de Wittgenstein era tal que logró ser insoportable para la mayor parte de sus compañeros de Cambridge, donde estudió y ejerció como profesor. Defendía sus posturas con tal vehemencia y arrogancia que no fueron pocos los que concluyeron que era una completa pérdida de tiempo discutir con él, pues no escuchaba ni prestaba atención a ninguna de las opiniones en contra. Wittgenstein tenía una pasión filosófica equivalente a la de Beethoven con la música.

Wittgenstein defendía sus posturas con tal vehemencia y arrogancia que se hizo insoportable en Cambridge

Durante la Primera Guerra Mundial, en la que participó en el bando alemán trasladando heridos, Wittgenstein dio varias muestras de gran valor, tanto que parecía sorprendente para quienes le rodeaban. No parecía temer a la muerte. Es más, casi parecía que la buscaba. Y es que, en efecto, parecía haber perdido el deseo de vivir, siendo a lo largo de su vida recurrentes los periodos en los que tanteaba la idea de suicidarse. Durante el conflicto, leyó la obra de Tolstoi Breve explicación del Evangelio, en la que el escritor ruso afirma que la felicidad no puede ser alcanzada por la razón, sino por la fe. Este libro se convirtió para él en un fetiche que llevaba a todas partes, pero también en una fuente de dolor, pues era consciente, por su mente especialmente racional, de que él nunca podría “creer por creer” y, por tanto, nunca podría ser feliz.

Especialmente famosa fue su discusión con otro peso pesado de la filosofía contemporánea, Karl Popper. Sucedió el 25 de octubre de 1946. Por aquel entonces, los postulados de Wittgenstein y Popper era completamente distintos. Para el primero, no existían problemas filosóficos propiamente hablando, sino que solo existían acertijos, puzles y adivinanzas, siendo la misión principal del filósofo la de limpiar el lenguaje de impurezas psicológicas y convicciones religioso-ideológicas que lo enturbiaban. Contrario a eso era Popper, quien pensaba que eso convertiría a la filosofía en una mera rama de la lingüística. Para él, el deber del filósofo era otro: buscar respuestas y explicaciones para las angustias y problemas que asediaban a la humanidad.

Aquella noche, Wittgenstein presidía una reunión en el Club Moral de la Universidad de Cambridge, a la que había sido invitado Popper, con un debate en torno al tema que los enfrentaba: ¿hay problemas filosóficos? Durante la exposición de Popper (quien defendía que sí había problemas propiamente filosóficos), Wittgenstein interrumpió gritando, lo que hizo que Popper subiera aún más la voz. Para acentuar su postura, Wittgenstein tomó un atizador de chimenea y blandiéndolo ante su compatriota (ambos eran austríacos) exigió: “¡Deme usted un ejemplo de regla moral!”. Popper respondió, tranquilamente: “No se debe amenazar a un conferenciante con un atizador”. Tras esto se hizo el silencio, seguido de un torrente de risas entre los asistentes que provocó que Wittgenstein, rojo de ira, abandonara la sala dando un portazo.

Esos locos geniales

Podríamos citar decenas de historias más, pero esta pequeña muestra debería cumplir su objetivo: demostrar que los filósofos eran –y por supuesto son–personas como las demás. Sus pensamientos han influido tremendamente en nuestro mundo y nuestra forma de vida, pero esa inteligencia no les libró de cometer errores, ni tampoco de vivir experiencias curiosas. A veces demasiado endiosados como seres que vivían a otro nivel, los filósofos no vivieron en una realidad paralela. Eran como tú y como yo: inteligentes a ratos, cómicos en ocasiones y patosos de cuando en cuando. Es lo que tiene ser humano.

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