Epitafios: filosofía de la despedida

En esta entrada te planteamos como ejercicio filosófico redactar tu propio epitafio. No para regodearnos en la muerte, sino todo lo contrario: porque queremos pensar en y para la vida.
En esta entrada te planteamos como ejercicio filosófico redactar tu propio epitafio. No para regodearnos en la muerte, sino todo lo contrario: porque queremos pensar en y para la vida.

Pensar en la propia muerte es un ejercicio filosófico clásico, un reajuste existencial muy útil a la hora de afirmar nuestra posición en el mundo de los vivos. Proponemos una versión: redactar nuestros epitafios, un resumen en dos líneas de lo que fuimos –es decir, de lo que somos o queremos ser ahora– y os damos ejemplos memorables de pensadores que lo hicieron.  

Por Pilar G. Rodríguez

Da igual que seas filósofo o jamás esta idea haya rondado tu cabeza, que te intereses por la filosofía o no sepas quién dijo “solo sé que no sé nada”. En la vida hay situaciones que abocan a las preguntas, al desconcierto, a la extrañeza, a la reflexión finalmente. Todo eso tiene que ver con la filosofía. Quizá el encuentro con la muerte, su posibilidad, sea una de las situaciones más explícitamente filosóficas de la vida, cuando paradójicamente ya no pertenece a esta. Este hecho lo formuló bien Epicuro en su conocida máxima: “La muerte nada es para nosotros, porque, mientras nosotros existimos, la muerte no está presente, y cuando está presente, somos nosotros los que no estamos. Por tanto, la muerte no tiene nada que ver con los vivos ni con los muertos, justamente porque no tiene nada que ver con los primeros, y los segundos ya no existen”.

En la vida hay situaciones que abocan a las preguntas, al desconcierto, a la extrañeza, a la reflexión. El encuentro con la muerte es una de ellas

Un “selfie” a la propia muerte

Un autor más reciente, el filósofo francés Roger Pol-Droit, en un libro publicado por Blackie Books, intenta hacernos pasar por el aro de Epicuro y para ayudarnos propone como ejercicio filosófico “pensar que nos morimos”. Comienza recordando que nunca sabemos cuándo vamos a morir –y que, si la causa va a ser un accidente, puede estar esperándonos a la vuelta de la esquina–, pero que llegue más tarde o más temprano se trata de una certeza, de modo que… imaginemos. Pol-Droit se pone muy explícito con su imaginación, pero al final, como los cuentos de hadas, el relato acaba bien. La imaginación es la vida, pertenece a la vida al igual que la filosofía. ¿Y la muerte? La muerte para los muertos.

Imaginar que nos morimos (con detalles)

101 experiencias de filosofía cotidiana, de Roger Pol-Droit (Blackie Books).
101 experiencias de filosofía cotidiana, de Roger Pol-Droit (Blackie Books).

Es la tarea número 20 del libro 101 experiencias de filosofía cotidiana, de Roger Pol-Droit y con ilustraciones de Olga Capdevila. Las instrucciones precisan lo necesario: 5-10 minutos y ningún material. Solo se requiere una mente dispuesta a hacerse un memento mori personalizado y detallado. ¿Te animas?

“(…) tienes que imaginar tu propia desaparición, que es infalible. Intenta imaginar tu agonía, tu cadáver, tu entierro, cómo se pudre tu cuerpo, tu esqueleto. Visualiza la tumba, los líquidos inmundos. Sé consciente de que no volverás a ver la luz del día (…). Es posible que estas ideas te produzcan tristeza. Seguramente te aliviará saber que esta desazón es absurda y, en realidad, carente de objeto (…). No podemos imaginarnos muertos. Siempre será un pensamiento de persona viva. Toda nuestra imaginación está en la parte de la vida. Aunque sea morbosa, sepulcral, vampírica, aunque esté llena de telarañas y ataúdes bajo tierra, la imaginación no tiene ninguna relación con la muerte.

Redacta tu propio epitafio

Sigamos los caminos de la imaginación que proponía Pol-Droi, que son los de la vida, y pensemos en una frase o unas pocas líneas con las que querríamos ser recordados a nuestra muerte. Su contenido nos pone en la pista de por dónde se anda nuestra vida, qué es importante y qué descartable, cuáles son nuestras prioridades. ¿Queremos ser recordados por los éxitos laborales o esto ni lo mencionaríamos a la hora de la verdad y solo nos acordaríamos de las personas que amamos? ¿Elegiríamos quizá una cita de otro autor o preferiríamos elaborar una nosotros mismos? ¿Haríamos hueco al humor en semejante trance?

De todo hay escrito y reflejado en las frases que se leen en las tumbas de escritores y filósofos. Otras veces no llegaron a materializarse, sino que se quedaron en aforismos tan solo pensados o escritos que soñaron con un futuro tallado en mármol. Repasamos algunos de los epitafios más conocidos, sabiendo que ni la filosofía –y menos la muerte– son patrimonio de profesión alguna. De hecho, uno de los más eficaces y repetidos es anónimo, el recordatorio por excelencia: “Aquí hoy yo; mañana tú”.

“Aquí hoy yo; mañana tú” es la idea básica que transmiten todos los epitafios, pero cada autor imprime su sello personal. Algunos son graves, muchos poéticos y también hay quien ni bajo tierra abandona el humor

Algunos ejemplos inspiradores

Tomás Moro escribió poco más o menos la historia de su vida. Al final del relato, como lo que quería era descansar eternamente junto a las mujeres que lo habían hecho feliz, concluyó su largo epitafio con estos versos sorprendentes:

Aquí yace Juana, querida mujercita de Tomás Moro;
sepulcro destinado también para Alicia y para mí.
En los años de mi mocedad estuve unido a la primera:
gracias a ella me llaman padre un muchacho y tres chicas.
La otra fue para con ellos –cosa rara entre madrastras–
madre cariñosa, como si de hijos propios se tratara.
De igual modo vivo con ella como viví con la anterior:
difícil es decir cuál de las dos me es más querida.
¡Ay, qué gran suerte sería estar juntos los tres!
¡Ay, qué dicha si lo permitieran la religión y el destino!
Por eso pido al cielo que esta tumba nos cobije unidos,
concediéndonos así la muerte lo que no pudo la vida.

John Locke también preparó a conciencia su epitafio. Es bastante extenso y le da para hacer un repaso a su vida y sus logros en diálogo con un interlocutor imaginado:

Detente, viajero. Aquí yace John Locke. Si te preguntas qué clase de hombre era, él mismo te diría que alguien contento con su medianía. Alguien que, aunque no fue tan lejos en las ciencias, sólo buscó la verdad. Esto lo sabrás por sus escritos. De lo que él deja, ellos te informarán más fielmente que los sospechosos elogios de los epitafios. Virtudes, si las tuvo, no tanto como para alabarlo ni para que lo pongas de ejemplo. Vicios, algunos con los que fue enterrado. Si buscas un ejemplo que seguir, en los Evangelios lo encuentras; si uno de vicio, ojalá en ninguna parte; si uno de que la mortalidad te sea de provecho, aquí y por doquier.

David Hume fue muy breve, pero se abrió al futuro y a la sorpresa: “Nacido en 1711. Muerto en 1776. Que la posteridad añada el resto”

Quevedo, al grano: “Qué mudos pasos traes, ¡oh! muerte fría, pues con callados pies todo lo igualas”.

De Goethe, sorprendentemente, existen varias posibilidades: “Era un hombre; Luz, más luz; y también, Despreocupaos, no fui feliz”.

Críptica hasta el final y más allá, en la tumba de Emily Dickinson se lee: “Nació 10.12.1830. “Called back” 15.05.1886”. Ese inédito de vuelta o regresó se ha traducido habitualmente como Me llaman.

El epitafio de Virginia Woolf pertenece a una de sus obras inmortales, Las olas, y dice: “Contra ti me alzaré invicta e implacable, ¡oh muerte!”.

Zelda y Francis Scott Fitzgerald reposan finalmente juntos y en su lápida se lee una frase de la obra más conocida de El gran Gatsby: “Y así vamos adelante, botes que reman contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado”.

“Incluso en medio de las llamas feroces se puede plantar loto dorado” se lee en la tumba de Sylvia Plath. La frase, aunque con resonancias del poema Epitafio para el fuego y la flor, no es suya. Se encuentra en el libro titulado Monkey, escrito por Wu Ch’Eng-En.

Miguel de Unamuno tenía intención de que esta frase: “Solo le pido a Dios que tenga piedad con el alma de este ateo” acompañara sus restos. Pero en su lugar se inscribió: “Acógeme, Padre Eterno, en tu seno, misterioso hogar, que aquí vengo cansado y deshecho del duro bregar”

“…Y cuando me vaya, quedarán los pájaros cantando” se supone que era lo que Juan Ramón Jiménez quería que apareciera en su tumba. No fue así.

Las últimas palabras de Wittgenstein, “Diles que mi vida ha sido maravillosa”, se han interpretado en ocasiones como su epitafio.

Enrique Jardiel Poncela llevó sus experimentos con el humor en la literatura hasta el final. En su propio tumba se lee a modo de epitafio: “Si queréis los mejores elogios, moríos”.

A veces los mejores epitafios no vienen de uno mismo, sino de los demás. En la tumba de Julio Cortázar, en el cementerio francés de Montparnasse, París –una especie de bazar donde a menudo hay notas, lápices, dibujos, flores, pintalabios…–, apareció escrito un día la inscripción: “Aquí yace el cronopio mayor”. Como buen cronopio, seguro que salió corriendo después.

Aquello que le marcó en vida marca también la tumba de Primo Levi en el cementerio italiano de Turín. Junto a los años de nacimiento y muerte se ha grabado el número de prisionero que le dieron en su paso por uno de los campos de exterminio: “174517”.

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