Elogio de la duda

La imagen mítica que ilustra la duda es la del monólogo de Hamlet, del ser o no ser... En este artículo, la filósofa y psicóloga Magdalena Reyes explica por qué la duda, el cuestionamiento de uno mismo (valores, comportamientos, pensamientos), esa la actitud filosófica por excelencia.
La imagen mítica que ilustra la duda es la del monólogo de Hamlet, del ser o no ser... En este artículo, la filósofa y psicóloga Magdalena Reyes explica por qué la duda, el cuestionamiento de uno mismo (valores, comportamientos, pensamientos), es la actitud filosófica por excelencia.

La duda es ante todo una actitud, un detenerse, un dejar de hacer para poder pensar, una interrupción de ese piloto automático del día a día y una sospecha sobre si lo que estoy haciendo es lo que quiero hacer, lo que me hace feliz, lo que me hace bien y lo correcto. Es darle una oportunidad a la verdad, tener el coraje de la verdad. Esa es la duda filosófica. Nada que ver con la duda paralizante de no saber qué hacer, qué decidir… Al revés. El que duda filosóficamente está activo, buscando. ¿Y qué busca? La belleza, el bien, el bienestar, la felicidad… Pero todo lo hace pensando, porque si uno no piensa, está siendo arrastrado.

En la literatura, la escena que mejor lo representa es la escena de Shakespeare, de Hamlet, el ser o no ser: ¿qué es mejor, vivir o morir? ¿Qué tiene mas sentido? El protagonista reflexiona y en su monólogo decide que morir no tiene sentido y que lo que tiene sentido es vivir, ser y hacer. ¿Hacer qué? Vengar la muerte de su padre.

En la actualidad, ese detenerse que precisa la duda no está muy bien visto. No puedes responder a alguien que te pregunta por lo que hiciste: “Pensé”. ¿Cómo que pensaste? Enseguida genera suspicacias. Porque por contraposición a la certeza, que genera seguridad, la duda denota inseguridad. Esto, que está en la condición humana como seres incompletos, vulnerables que somos, en general no tiene buena prensa. Porque tampoco se nos enseña a dudar, no se nos dice que es bueno. No seguimos a Ortega en las escuelas, en las universidades… Él decía que, si vas a enseñar, lo primero que tienes que enseñar a tus alumnos es a dudar de lo que tú enseñas.

La duda filosófica apunta hacia la verdad, es darle su oportunidad. Está muy lejos de esa duda paralizante de no saber qué hacer, qué decidir…

Como herramienta en la búsqueda de la verdad la duda es muy útil. La usa Descartes cuando dice que él, como filósofo, quiere llegar al conocimiento, a una verdad que sea clara y distinta de la cual pueda estar al 100% seguro. Para eso tiene que dudar de todo lo que sabe. Es fundamental para él, no para los escépticos que se instalan en la duda. Tenerla como método es útil para llegar a la certeza, porque una cosa está clara: queremos certezas, las buscamos, las necesitamos y, por lo mismo, las creamos. Las religiones ofrecen certezas. Las ideologías, los fanatismos también. Nietzsche hablaba de convicciones y decía: “Toda convicción es una cárcel”. Esas convicciones que eximen de la duda o a las que nos aferramos para no pensar o dudar son las grandes ideologías, los grandes ídolos, como los denominaba Nietzsche, capaces de generar posturas y comportamientos dogmáticos. En esas instancias es donde el ser humano se afirma en sus seguridades y evita así el malestar que genera la inseguridad y que puede ser físico, psicológico, emocional… Por eso queremos salir de ella. El problema es que a veces salimos de ella construyendo seguridades que luego demuestran ser falsas y generan todavía más inseguridad.

Moderación y placer

Una relación muy bonita es la de la duda, la de esa actitud de sospecha, con la moderación. Nos lo enseñaron los griegos, para quienes el cuestionamiento implica o procura esa moderación, mientras que las certezas apuntan hacia los extremos. De esa manera el equilibro estaría preservado a través de la pregunta, de la actitud de sospecha. Frente a esa postura deseable surgen varios inconvenientes: el tiempo, la falta de tiempo, la dispersión, la sobreabundancia de estímulos que hacen que no nos concentremos en las preguntas, en nuestro propio cuestionamiento. Se trata de condicionantes externos, pero hay uno interno que quizá sea el más importante o el definitivo. Se trata de una especie de excusa interior que nos damos a nosotros mismos para no pensar, porque sencillamente es más cómodo, pero el malestar más pronto o más tarde aflora.

Y algo más. Sin esa actitud hacia uno mismo uno se pierde el placer de pensar. Hay placer en cuestionarse, en dudar, en sospechar. Es un placer sentir que mediante ese proceder uno se hace cada vez más libre y autónomo: una persona más dueña de su propia vida que decide quién es, qué hace y por qué. Si no te permites, o te das, esa posibilidad estás renunciando a ese bienestar.

Una actitud de sospecha libera de comportamientos extremistas y además procura placer, el placer de volverse más libre y más autónomo pensando por sí mismo

A través del dolor

Pero no iba a ser fácil. Esa actitud, ese proceso de cuestionamiento es como una terapia. Me recuerda una leyenda de Diógenes, el padre de la escuela cínica (muy en boga en toda la literatura filosófica que se publica ahora junto con los estoicos). Diógenes, a pesar de vivir como un pordiosero, era un filósofo muy respetado. Hablamos del siglo III a. C. Dice la leyenda que fueron a buscarlo para pedirle consejo sobre a qué filósofo erigir una estatua y él les preguntó: “¿Pero por qué van a levantar un monumento a un filósofo que nunca puso triste a nadie?”.

Y es que no hay sanación, no hay liberación, si no pasamos por la experiencia del dolor, de la tristeza o del sufrimiento. Es como un parto también. De eso sabía mucho Sócrates, que era hijo de una partera y decía que tenía el mismo oficio que su madre, pero en vez de ayudar a las mujeres a parir a sus hijos, él ayudaba a sus discípulos a dar a luz a sus ideas. Pero ambos procesos son dolorosos y al final de ambos también hay una iluminación, una liberación.

El cuestionamiento es una especie de terapia. No hay iluminación, ni liberación, sin pasar por el dolor o la tristeza

El valor de la razón

La filosofía, como ejercicio y práctica de la razón, es una buena herramienta para atravesar ese proceso y salir de la duda. También la intuición, pero entendida como un razonamiento inconsciente. Esta es la definición de intuición que me convence. Se abusa mucho hoy del sentimiento, de lo de agarrarse a las tripas, a la panza. Y sí, pero tú a eso que sientes ahí le has de dar un sentido con tu capacidad para pensar. Frente esas afecciones exteriores siempre existe la posibilidad, como sujetos racionales que somos, de pensar y ser libres y no de ser algo arrastrado por las circunstancias. A partir de la posmodernidad la razón ha estado muy vapuleada, manoseada, y yo pienso que hay que revalorizar el pensamiento y la capacidad de hacernos dueños de nuestra propia vida, ganar autonomía y en libertad. Porque es verdad que se puede dejar a un lado eso de “es que no lo puedo evitar porque así lo siento”. No, mira; a veces nos hundimos en pozos profundos porque un sentimiento nos arrastra ahí, pero los sentimientos son interpretables y también dependen del sentido que nosotros le damos. Podemos ver el sufrimiento como algo que me arrastra a la cama para no levantarme. Y podemos verlo también como algo capaz de fortalecerme. Está claro que sufrir no le gusta a nadie, pero cuando viene, el dolor se puede enfrentar e interpretarlo como una oportunidad para aprender y hacerme más fuerte.

A veces nos hundimos en pozos profundos porque un sentimiento nos arrastra ahí, pero los sentimientos son interpretables y también dependen del sentido que les demos


Voces por la duda

Desde distintos ámbitos, los filósofos, los científicos, los escritores han reclamado el poder de la duda. Estos son algunos ejemplos sacados de esas disciplinas: 

"Elogio de la duda", de Victoria Camps, publicado por Arpa.
“Elogio de la duda”, de Victoria Camps, publicado por Arpa.

Victoria Camps y su Elogio de la duda. Si os habéis fijado en las librerías, los libros de filosofía suelen están arrinconados en una esquinita, pero los estantes de manuales de autoayuda andan abarrotados. ¿Por qué? Porque ofrecen certezas, mientras que los otros te trasladan a la duda. Lo explicó muy bien la filósofa Victoria Camps en su libro Elogio de la duda, donde defendía muchas de las cosas de las que hemos tratado aquí como, por ejemplo, el valor del pensamiento frente al sentimiento: “Anteponer la duda –dice ella– a la reacción visceral. Es lo que trato de defender en este libro: la actitud dubitativa, no como parálisis de la acción, sino como ejercicio de reflexión, de ponderar pros y contras…”. Y en otro párrafo: “Dudar, en la línea de Montaigne, es dar un paso atrás, distanciarse de uno mismo, no ceder a la espontaneidad del primer impulso. Es una actitud reflexiva y prudente (…) la regla del intelecto que busca la respuesta más justa en cada caso”. Eso es filosofía y pensamiento en acción y no duda paralizante y vacía.

"La lógica de la investigación científica", de Karl Popper, en Tecnos.
“La lógica de la investigación científica”, de Karl Popper, en Tecnos.

Karl Popper y la teoría de la falsabilidad. A caballo entre filosofía y ciencia, Karl Popper fue uno de los intelectuales más influyentes del siglo pasado. Su gran aportación fue establecer una oposición a quienes pensaban que la ciencia era el territorio de las verdades absolutas, indiscutibles. Frente a eso, en el campo –en principio hostil– de la ciencia, Popper encumbra la duda y formula la llamada teoría de la falsabilidad. En ella plantea que una teoría científica solo lo es si es refutable. Si llega a una verdad absoluta sin posibilidad de ser refutada, falseada, entonces deja de ser científica. De este modo, el buen científico es el que busca falsear la teoría, el que la cuestiona permanentemente. Por ejemplo, si existiera una teoría que afirmara que todos los cisnes son blancos, el buen científico sería el que dudara, el que sospechara, buscando un cisne que no lo fuera. Así es como avanza la ciencia, porque cuando lo encontrara, esa teoría sustituiría a la anterior, dando cuenta de una realidad de forma más fidedigna, más completa y verdadera.

"De profundis", uno de los textos más filosóficos de Oscar Wilde. Aquí en versión de Siruela.
“De profundis”, uno de los textos más filosóficos de Oscar Wilde. Aquí en versión de Siruela.

Oscar Wilde y las necesidades que inventamos. Destacamos dos de sus frases. Con la primera no puedo estar más de acuerdo: “Creer es muy monótono. La duda es apasionante”. Y otra que hace hincapié en algo interesante: “Vivimos en una época en la que las cosas innecesarias son nuestras únicas necesidades”. Además de ser muy actual llama la atención sobre la exigencia de ciertas necesidades. ¿Lo son realmente? ¿O disfrazamos de necesidad aquello que en realidad queremos o nos apetece? Wilde nos invita a reflexionar, a dudar sobre si realmente necesito todo eso que digo que necesito, porque muchas de esas necesidades nos las creamos nosotros mismos, y de pronto nos vemos tomando decisiones absurdas o que atentan contra nosotros mismos por necesidades no genuinas, sino artificiales, que lo único que hacen es convertirnos en esclavos.

Por último, una llamamiento muy sencillo. Hay que dudar, hay que pensar. Deberíamos fomentar el valor de ambas cosas, el valor de utilizar esa capacidad que tenemos como seres racionales, que por algo la tenemos, y que está en la base de la libertad. Porque si no pensamos y no dudamos tenemos muchas más posibilidades de ser arrastrados por creencias, fanatismos, necesidades impuestas, autoimpuestas, dejando así de ser libres y autónomos.

* Texto a partir de la columna radiofónica que Magdalena Reyes tiene en el programa Quién te dice (Del Sol). Puedes escuchar el audio completo aquí. 

DEJA TU COMENTARIO

Por favor, introduce tu comentario!
Por favor, introduce tu nombre