El Cid, la mesura como valor heroico

El Cid histórico vivió en el siglo XI en Castilla (España). El libro
El Cid histórico vivió en el siglo XI en Castilla (España). El libro "Cantar de Mio Cid" se escribió cien años después.

El Cantar de Mio Cid, una de las primeras obras de la literatura castellana, retrata a un nuevo héroe comedido para la nueva sociedad de la época, el final del siglo XII o inicios del XIII. Recorriendo su texto repasamos la sociedad de aquella Edad Media, las relaciones humanas, la política, la economía, la religión…

Por Luis Fernández Mosquera, filólogo

Es posible que todavía persista la idea de que el Cantar –o Poemade Mio Cid es la primera obra de la literatura castellana. Conviene aclarar cuanto antes, por si acaso, que esa idea es falsa. El Cantar de Mio Cid es la obra literaria más antigua conservada, pero consta que antes hubo una amplia tradición oral, tanto lírica como épica, y es imprescindible atender a ella para comprender la singularidad de esta obra.

Sobre venganzas y el poder femenino

Hasta principios del siglo XIV (no es posible determinar con exactitud la fecha inicial), los poemas épicos o cantares de gesta, recitados por juglares, fueron unos de los principales entretenimientos del pueblo castellano. Aunque se han perdido casi por completo, más allá de algunos versos sueltos y alguna reelaboración posterior, es posible seguir su huella a través de crónicas históricas que los utilizaron como fuente de información y de ciertos romances que se desgajaron de algún episodio especialmente exitoso. Así se puede tener una idea bastante precisa de su argumento. Por ejemplo, en el Poema del infante García, que es asesinado, su viuda se venga del asesino matándolo a su vez y paseándolo por Castilla con los ojos y las manos cortados. La acción de Los siete infantes de Lara es parecida. Uno de estos siete hermanos asesina a un criado de su tía doña Lambra durante la celebración de sus bodas con Ruy Velázquez; este facilita la venganza de su reciente mujer avisando a los musulmanes para que tiendan una emboscada a los infantes, que mueren, y enviando al padre de estos, Gonzalo Gustioz, como emisario al califa de Córdoba con una carta en la que dice que se ejecute al mensajero. El califa se apiada de él y le deja en semilibertad. Durante su cautiverio en Córdoba tiene un hijo con una mujer mora, Mudarra, hermano de padre de los infantes. Cuando crece, Mudarra venga a sus hermanos matando a Ruy Velázquez y a doña Lambra.

El Cantar de Mio Cid es la obra literaria más antigua conservada, pero consta que antes hubo una amplia tradición oral, tanto lírica como épica

Valgan estos dos casos para ejemplificar las principales características temáticas de la primitiva épica castellana: la importancia fundamental de la traición y la venganza y el papel protagonista de los personajes femeninos, enormemente activos y violentos, algo que posiblemente sea herencia de la épica germánica (pensemos, por ejemplo, en Krimilda en el Cantar de los nibelungos). Pues bien, nada de esto aparece en el Cantar de Mio Cid.

Un personaje comedido que huye de la ira y la injusticia

"Cantar de Mio Cid", obra anónima, en edición de Castalia.
“Cantar de Mio Cid”, obra anónima, en edición de Castalia.

Esta obra es con seguridad más tardía, y todo indica que fue compuesta en los últimos años del siglo XII o primeros del siglo XIII. En ella se narran los esfuerzos del Cid, un guerrero perteneciente a la baja nobleza, por ganarse la confianza del rey Alfonso VI, que lo ha desterrado y al que envía parte importante del botín como agasajo cada vez que obtiene una victoria. Conseguido este propósito con la conquista de Valencia, el rey casa a sus hijas con los infantes de Carrión, unos grandes nobles de Castilla que, a la primera oportunidad, las maltratan dejándolas gravemente malheridas. El Cid los lleva a juicio ante el rey y consigue su condena; finalmente sus hijas obtienen un casamiento aún más ventajoso con los príncipes de Navarra y de Aragón.

Falta la sangrienta venganza de Mudarra. Lejos de ese tipo de modelos, el Cid es un héroe mesurado, comedido, algo que se destaca con llamativa insistencia. En lugar de dejarse llevar por los impulsos y la mala sangre, el Cid sopesa gravemente las decisiones: “Una grand ora pensó e comidió; / alçó la mano, a la barba se tomó”, y huye siempre de la cólera y de la injusticia. Recién desterrado, por ejemplo, llega con su mesnada o pequeño ejército a una venta y, pensando descansar, golpea furiosamente la puerta; le responde una asustada niña de nueve años rogándole que pase de largo: el rey ha prohibido que se dé alojamiento al Cid y a sus caballeros: “En el nuestro mal”, le dice, “vos non ganades nada”. El Cid lo piensa y retoma silenciosamente el camino.

La mesura del Cid tiene también repercusiones en el modo de guerrear, que se vuelve muy disciplinado y calculado:Quedas sed, mesnadas [Estad quietos, soldados], aquí en este logar, / no derranche [ataque] ninguno hasta que yo lo mande”. Cada vez que consiguen un botín, este se reparte entre las tropas conforme a derecho y con registro oficial, con una mentalidad económica y burocrática muy moderna. Incluso cuando el Cid gana la espada Tizona, que debería estar por encima de cualquier precio, el poeta se cuida de decirnos cuánto vale (imaginemos a Merlín explicando al rey Arturo cuánto podría conseguir por Excalibur en el mercado). Todo ello es enormemente antiépico, pero muy mesurado.

Cada vez que consiguen un botín, el Cid lo reparte entre las tropas conforme a derecho y con registro oficial, con una mentalidad económica y burocrática muy moderna

La autoridad del rey

¿Por qué esta insistencia en la anticlimática mesura como valor heroico? Conviene considerar su importancia desde el punto de vista político para comprenderlo. En lugar de tomarse la justicia por su mano, el Cid reconoce siempre la autoridad del rey: por ejemplo, cuando respeta la prohibición de darles cobijo de la que le informa la niña de nueve años. Pese a las enormes injusticias que Alfonso comete con él, incluso cuando quiere hacerle bien con el matrimonio de sus hijas, el Cid se mantiene leal e invoca su autoridad contra los infantes de Carrión en lugar de buscar la venganza. “¡Qué buen vasallo –dicen los burgaleses al verle salir al destierro– si hubiese [tuviese] buen señor!”. De este modo, la autoridad del rey se impone sobre la tendencia aristocrática a resolver los problemas al margen de las instituciones.

A finales del siglo XII, esta situación no estaba nada clara, y de hecho, no se decantó definitivamente en España hasta los Reyes Católicos, pero el Cantar toma partido claramente por la autoridad de la Corona. Quizás sea más exacto decir “Corona” que “rey”, porque lo importante es la institución: pese a las simpatías y desavenencias personales que puedan concurrir, el juicio a los infantes de Carrión es justo y el Cid es debidamente recompensado con un fabuloso ascenso social de infanzón o bajo noble a padre de reinas, en un final feliz fundamental para mostrar a los oyentes que el nuevo sistema que se propone es mejor. Y que, por cierto, contradice la verdad histórica, ya que el Cid murió sin perdón; aquí era inexcusable cambiar el final para mantener el honor del Cid y para que el rey no fuera, pese a todo, una figura negativa. Así pues, el mesurado Cid es el nuevo modelo de héroe que necesita la nueva sociedad castellana: leal, reflexivo, justo, buen vasallo… y muy poco épico. El cambio político conlleva un cambio psicológico, y viceversa.

El Cid es el nuevo modelo de héroe: leal, reflexivo, justo, buen vasallo… y muy poco épico. El cambio político conlleva un cambio psicológico, y viceversa

Otro tipo de mujer

Frente a doña Lambra o a la viuda del infante García palidecen la mujer del Cid, doña Jimena, y sus hijas, doña Sol y doña Elvira. Las segundas apenas tienen más papel en la obra que ser azotadas por sus maridos y la primera se queda completamente desorientada y desprotegida cuando su marido marcha al destierro (“Dadnos consejos, por amor de Santa María”, le dice llorando desesperada). Es una esposa amantísima y totalmente sometida a su marido, un ejemplo perfecto del tipo de matrimonio que propugnaba la Iglesia y que no puede estar más alejado del modelo germánico que representan las heroínas anteriores. Una huella, en definitiva, de la ideología eclesiástica presente en el Cantar de Mio Cid.

Guerra Santa y guerra secular: convivencia de las tres religiones

¿Hasta qué punto llega la influencia de la Iglesia en esta obra? Desde luego, el catolicismo está presente en toda la obra, e incluso es posible que el famoso Per Abbat, cuyo nombre aparece en el manuscrito, fuese el autor de la obra y, literalmente, un abad; con todo, no conviene exagerar su importancia.

En su destierro, el Cid –tanto el histórico, que vivió en el siglo XI, cien años antes, como el literario– guerrea contra musulmanes y contra cristianos y tiene igualmente amigos cristianos y musulmanes, como el moro Abengalbón. El héroe del poema tiene una visión muy desapasionada de la guerra, a la que se dedica sencillamente para sobrevivir. Veamos lo que dice cuando los musulmanes intentan recuperar Valencia: “En sus tierras somos y fémosles [les hacemos] todo mal, / bebemos so vino y comemos el so pan; / si nos cercar vienen, con derecho lo fazen”. Es diferente, en cambio, la visión del obispo don Jerónimo, que absuelve de antemano de sus pecados a cualquier guerrero que muera defendiendo Valencia de los musulmanes. En efecto, la idea de la Guerra Santa parece haber entrado en España tardíamente desde Francia y por influencia de la Iglesia. Se fortaleció en los siglos XIV y XV, pero en tiempos del Cid no tenía demasiada importancia y cristianos y musulmanes convivían más o menos en paz en lo tocante a la religión. Otra cosa eran las guerras entre los distintos reinos y caudillos…

El antisemitismo en el Cid está lejos de parecer radical. Quizá sea reflejo de un antisemitismo socioeconómico o de clase, más debido a la práctica de la usura que al hecho de profesar una religión distinta

En cuanto a los judíos, es innegable cierto antisemitismo en el Cantar, concentrado en el episodio de los usureros Rachel y Vidas, personajes caricaturescos hasta el punto de actuar al unísono como Hernández y Fernández (“Rachel y Vidas en uno estaban amos [ambos]”), a los que el Cid engaña dándoles en prenda por un cuantioso préstamo unas arcas llenas de arena. En todo caso, el antisemitismo del pasaje está muy lejos de parecer radical, ya que el Cid les engaña solo por necesidad y sin sentirse orgulloso en absoluto de su proceder y les recompensa al final del poema. Posiblemente, como señaló un estudioso de la obra, haya aquí un reflejo de un antisemitismo socioeconómico o de clase, más debido a la práctica de la usura que a la profesión de una religión distinta. De nuevo, ese problema llegó más tarde y en el Cid no hay un encono especial contra los judíos: mucho más despreciables que Rachel y Vidas son, por ejemplo, los cristianos infantes de Carrión.

Así pues, el Cantar de Mio Cid es una interesante ventana a la sociedad castellana de principios del siglo XIII: cristianos, moros y judíos convivían en perfecta inarmonía, pero no por cuestiones religiosas, sino por conflictos seculares en los que cualquiera podía intentar sacar provecho de cualquiera independientemente de su fe; se aboga claramente por el cumplimiento de la ley y el acatamiento de la justicia, pero al tiempo se reconoce la autoridad suprema e inviolable de una Corona que intenta hacerse fuerte frente a los nobles… Y en esto, un aventurero representante de la nueva mentalidad, aunque convenientemente adaptado para los propósitos de la ficción, se convierte en el héroe nacional, en el modelo de buen castellano.

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