Primo Levi, Ruth Klüger, Etty Hillesum, Elie Wiesel Jorge Semprún forman parte de este reportaje que no quiere ser una enumeración ni una lista. Quiere que se reconozca el dolor singular de quienes pasaron por los campos de concentración nazis. Por delante tenían la difícil tarea que recordaba otra de las víctimas, Jean Améry: “Tuvo que pasar mucho tiempo antes de que reaprendiésemos el lenguaje cotidiano de la libertad”.
Primo Levi, Ruth Klüger, Etty Hillesum, Jorge Semprún forman parte de este reportaje que no quiere ser una enumeración ni una lista. Quiere reconocer el dolor singular de quienes pasaron por los campos de concentración nazis. Por delante tenían la difícil tarea que recordaba otra de las víctimas, Jean Améry: “Tuvo que pasar mucho tiempo antes de que reaprendiésemos el lenguaje cotidiano de la libertad”. En ese aprendizaje, balbuceos, avances y fracasos del que forman parte los distintos modos de ser víctima, aquí recogidos, con sus nombres. © Ana Yael

Antes del siglo XX las víctimas existían, pero ¿quién reparaba en ellas? Existían porque existían las desgracias, pero su presencia no era cuestionada ni debatida. Y llegó la II Guerra Mundial y su maquinaria para la producción exclusiva de víctimas y todo cambió. No fue rápido: tras levantar el velo a los campos de exterminio, el mundo se sumió en un silencio resacoso del que fue difícil hacerlo despertar. Lo hicieron, de distintas formas, las víctimas que alzaron la voz o la pluma a favor de un nuevo imperativo categórico: nunca más.

El 25 julio de 1967 el poeta de origen judío Paul Celan visitó al filósofo Martin Heidegger en su refugio, la cabaña de Todtnauberg, en la Selva Negra alemana. Se sabe que Heidegger era un profundo admirador de la poesía (especialmente de la de Hölderlin, a quien consideraba un dios no solo de la poesía, sino del pensamiento) y que respetaba y estimaba la obra de Celan. Se sabe también que Celan conocía bien la figura de Heidegger: había sido un punto de discusión importante en las conversaciones con su amada, la también poeta Ingeborg Bachman, quien le había dedicado a Heidegger una sorprendente y crítica tesis doctoral. Celan y Heidegger no eran amigos ni lo iban a ser, pero igual tenían algo que decirse. Y probaron a verse por si de la admiración y respeto mutuos salía algo que los uniera de una forma más cálida, más cercana, más humana al fin. No fue así. Heidegger siguió encerrado en su pertinaz silencio, mientras Celan continuó su repliegue sobre sí mismo.

La anécdota de aquel encuentro, de la ocasión marrada, es reveladora de lo ocurría en Europa tras el ocaso del nazismo y el desmantelamiento de los campos de exterminio. Lo que pasaba es que no pasaba casi nada. Un plácido silencio se había instalado sobre los hechos jaleado a izquierda y derecha (del mapa) por potencias empeñadas en que Alemania mirara hacia delante. Y hasta ahí, bien, pero eso no excluía echar la vista atrás: había que dar cuenta del horror que sí había tenido lugar, aunque la mayoría lo obviara y algunos incluso estuvieran dispuestos a matizarlo o incluso a negarlo, en su versión más enferma. Las víctimas fueron los motores que rompieron ese muro o manto de silencio con sus recuerdos, sus charlas, sus libros, sus distintas actitudes y, sobre todo, su persistencia. Abrimos este recorrido por las maneras de ser víctima de los sobrevivientes a los campos de exterminio partiendo de la imagen potentísima y reveladora del encuentro entre Paul Celan y Martin Heidegger: una poeta llamando a la cabaña del silencio donde se refugia un filósofo de pasado nazi.

El silencio que no consiguieron vencer el poeta Paul Celan y el filósofo Martin Heidegger en su encuentro en el 67 se parece al que se había asentado en Europa después del desmantelamiento de los campos. Las víctimas con sus distintas expresiones y maneras y con su persistencia fueron las encargadas de romperlo 

Paul Celan: “¡Silencio! Hinco la espina en tu corazón”

Paul Celan había nacido en 1920, en la zona de la Bucovina, una región que hoy forma parte de Ucrania, en una familia judía cuyo padre se empeñó en educarlo en la ortodoxia, mientras su madre, a base de lecturas, hizo del alemán el idioma de la infancia. Ahí estaba el germen de un desgarro que iba a tomar forma cuando en 1942 Celan pierde a sus padres en campos de exterminio: el padre de tifus y la madre de un balazo en la cabeza. De repente el idioma de la niñez, aquel en el que recordaba la voz de su madre, el mismo en el que escribía versos –y escribió algunos de los más bellos y, sin duda, de los más profundos en lengua alemana– era el idioma de los asesinos. Pero ¿cómo podía ser? A la pregunta clásica de Adorno sobre la imposibilidad de la poesía después de Auschwitz, Celan sostiene (lo escribió al escritor Margul-Sperber): “No hay nada en el mundo por lo que un poeta haya de seguir escribiendo, no desde luego si el poeta es un judío y la lengua de sus poemas es el alemán”. Celan aspirando al silencio. Celan invocando un silencio al que no se podía someter porque la palabra poética siempre fue más fuerte. Desde ella combatía las imágenes de nieve, de sangre, de humo, de sombra que la culpa había grabado en su cerebro. ¿Cómo es que los demás podían y eran capaces de soportar el silencio? ¿No sentían la lucha de la palabra por ser restaurada, rehabilitada de su pasado asesino y de su presente mudo? No, claro; hay que ser poeta y poeta excepcional. En el discurso que dio en Bremen (1958) al recibir el Premio de Literatura de la ciudad parece querer analizar su propia lucha y ofrecer algún tipo de explicación: “Quedaba la lengua, sí, salvaguardada, a pesar de todo. Pero hubo entonces que atravesar su propia falta de respuestas, atravesar un terrible mutismo, atravesar las mil espesas tinieblas de un discurso homicida. Atravesó sin encontrar palabras para lo que sucedía. Atravesó el lugar del Acontecimiento, lo atravesó y pudo regresar al día enriquecida por todo ello. Es ése el lenguaje en el que, durante esos años y los años siguientes, he tratado de escribir mis poemas”.

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