Diotima y el papel de las mujeres en la sabiduría

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En "El banquete", de Platón, un grupo de hombres hablan sobre qué es el amor, ¿es para siempre o solo por un tiempo? ¿Es un dios o un semidios? Diotima entra en escena por boca de Sócrates para indicar que el amor desea lo que no tiene.

Arranco este blog con la certeza de que se puede filosofar en femenino, como Diotima. En este espacio me propongo declinar, desde distintas voces, el tema del feminismo y la filosofía.

Diotima es un nombre para plantear cuál es la posición de las mujeres en su peculiar vínculo con la sabiduría. De acuerdo, pero ¿de quién estamos hablando? Diotima es una mujer mencionada por Sócrates en uno de los diálogos de la “época literaria” de Platón: El banquete. Un grupo de hombres quedan para cenar en casa de un escritor conocido llamado Agatón, en la antigua Atenas. Sócrates se suma en el último momento. Por casualidad, encuentra a un amigo que le pide acompañarlo a casa de Agatón. Una vez ahí, como están un poco aburridos, deciden no emborracharse y despedir a la flautista para ponerse a charlar, mejor dicho, a soltar una serie de monólogos muy suyos.

En “El banquete”, de Platón, un grupo de hombres quedan para cenar en casa de un escritor conocido llamado Agatón. Sócrates se suma en el último momento. Allí cuenta que todo lo que sabe sobre el amor y otras cosas se las enseñó una mujer llamada Diotima

"Cenar con Diotima. Filosofía y feminidad", de Anna Pagès, publicado por Herder.
“Cenar con Diotima. Filosofía y feminidad”, de Anna Pagès, publicado por Herder.

La filósofa italiana Adriana Cavarero hablará del “autismo autorreferencial masculino” para definir este narcisismo de las ideas que a veces predomina en ambientes de pensadores encantados de haberse conocido. El tema del que hablan estos hombres es el amor (Eros). ¿Qué es el amor? ¿Es para siempre o solo por un tiempo? ¿Es un dios o un semidios? ¿Es un amor hacia un solo objeto o hacia muchos? Cuando llega su turno, Sócrates (para variar) afirma que no sabe nada sobre el amor, pero que todo lo que sabe, y además “otras muchas cosas”, se lo enseñó una mujer llamada Diotima. Aquí entra ella en escena por boca de Sócrates para indicar que el amor desea lo que no tiene. Construimos nuestra relación con el saber a partir de una falta: algo no sabemos y quisiéramos buscar, incluso encontrar.

Diotima y Sócrates tienen eso en común: no se asustan de las cosas por pensar o por ver; son un poco Sherlock Holmes en su indagación sobre qué pasa con las pistas, los atajos, lo indecible o imperceptible. Buscan lo que aparentemente no está, para ponerlo en evidencia bajo la modalidad de un relato. En la conversación con Diotima, Sócrates descubre que algunas grandes preguntas de la filosofía son al fin y al cabo una especie de cuento. Diotima relata el mito del nacimiento de Eros, hijo de Pobreza y de Porós, el que tiene recursos. El amor, por una parte, no posee nada y, por la otra, encuentra la manera de ir a por ello, rebuscando y preservando lo que otros han dejado como miguitas de pan después de un opíparo banquete.

Diotima precede a las mujeres filósofas porque, a diferencia de la cena en casa de Agatón, a la que no fue invitada y en la que Sócrates fue su portavoz, nosotras estamos aquí hoy, hemos tomado la palabra, participamos en El banquete de los hombres filósofos, aunque no siempre nos escuchen con atención, porque nuestras preguntas inquietan demasiado las vanas certidumbres de lo universal, y no siempre seamos mayoría en los foros académicos al uso. La inclusión del punto de vista femenino en el escenario general de la filosofía no deja indemne: afecta en lo más íntimo cualquier aproximación que pase por alto el detalle, la pequeña huella, la imperceptible sombra de lo que se trata. Por eso las mujeres no gustan de llamarse “filósofas” como si una esencia mítica las determinara previamente. Las mujeres como Diotima más bien “hacemos filosofía”, resquebrajando el discurso o monólogo de los que saben para demostrar, como Sócrates, que el saber radica en el suelo que pisamos cada día, en la fruta que pelamos, en el saludo al amigo o al vecino, en el malentendido y la espera. Un poco como la criada tracia que en El Teeto de Platón se puso a reír a carcajadas del pobre Tales, enfrascado en contemplar el firmamento sin apercibir el hoyo que tenía en las narices. Diotima, como la criada tracia, como todas nosotras, es la carcajada que compartimos para dejar fluir las ideas, acercarlas y plantearlas desde una perspectiva tal vez más libre y sentida.

He abordado este tema en mi nueva publicación en Herder Editorial: Cenar con Diotima. Filosofía y feminidad (2018).

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