Imagen hecha a partir de una ilustración de Descartes de 1890. Fuente: Popular Science Monthly Volume 37. De dominio público, distribuida por Wikimedia Commons.
Imagen hecha a partir de una ilustración de Descartes de 1890. Fuente: Popular Science Monthly Volume 37. De dominio público, distribuida por Wikimedia Commons.

“Pienso, luego existo”. Esa es la única certeza que parecía tener el francés. Descartes usó la duda como arma de destrucción masiva de las certezas sobre las que descansaba el conocimiento en su época. Esta es la biografía de un filósofo a la búsqueda de la verdad.

En el libro de Paul Strathern –de su exitosa serie Filósofos en 90 minutos– dedicado a Descartes, afirma el autor con la rotundidad y el desparpajo habituales que “Descartes no hizo ni el más mínimo trabajo útil en toda su vida”. Se enroló con diversos ejércitos –más para satisfacer su curiosidad e instinto viajeros que con ánimo batallador–; y se dedicó con intensidad a sus muchas aficiones y pasiones como las matemáticas, la física, la anatomía, la óptica, la ingeniería y, cómo no, la filosofía. Pero realmente vivió de la moderadamente buena cuna en que había nacido y de vender a los 25 años algunas propiedades familiares heredadas. “Su inclinación juvenil hacia una vida ociosa y placentera se convirtió pronto en rutina; vivía de sus ingresos privados, se levantaba de la cama al mediodía y viajaba un poco cuando le apetecía. Y eso era todo. Nada de dramas, ni esposas, ni triunfos (ni fracasos) públicos”, prosigue Strathern. Y además, cuando tuvo algo parecido a un trabajo –es decir, cuando la joven reina Cristina de Suecia se empeñó en incorporarle a su Corte para que le enseñara filosofía y tenía que levantarse a las cuatro de la mañana y cruzarse la ciudad en pleno invierno escandinavo para comenzar las sesiones a las cinco– cogió un resfriado que se convirtió en neumonía y murió.  

Pero para entonces, a sus cincuenta y pocos años, el genial holgazán de la vida había demolido las bases de un conocimiento que consideraba obsoleto y prejuicioso y las había vuelto a construir encumbrando a la razón al lugar de privilegio que, en la historia del pensamiento moderno, ha ocupado desde entonces.

Años de formación

El bebé Descartes nació el último día del mes de marzo de 1596 en La Haye en-Touraine (hoy La Haye-Descartes), Francia, en una familia acomodada cuyos hombres se habían dedicado a la medicina (el abuelo), a la abogacía (el padre)… La madre murió un año después de nacer su cuarto hijo, por lo que Descartes creció al cuidado de su abuela y su aya. El futuro diseñado para él era llegar a ser un hombre de leyes, de modo que el padre no escatimó esfuerzos en su formación. A los ocho años le envió a estudiar interno en el mejor colegio de la región, La Flèche, de los jesuitas. Ahí comenzó su vida privilegiada, ya que el rector del centro era amigo de la familia y René contaba con un régimen distinto al del resto de alumnos que le permitía una gran libertad lejos de la disciplina a la que debían someterse sus compañeros. Allí, mientras aprendía latín, griego, literatura, retórica, física, metafísica, teología…, empezaron a fraguarse las peculiaridades de un carácter ciertamente outsider con tendencia a la introspección (los jesuitas fomentaban mucho el examen de uno mismo), a la soledad y a hacer, en definitiva, lo que le viniera en gana, eso sí, sin molestar jamás a nadie.

Pronto comenzó a fraguarse el carácter peculiar del joven Descartes, ciertamente outsider y con tendencia a la introspección

A la búsqueda de vocación

En 1614, siguiendo los planes de su padre, abandona La Flèche para comenzar la carrera de leyes en Poitiers. Tiene éxito en los estudios y, sin embargo, Descartes sigue indeciso respecto a su futuro. Le parece que el proyecto de su padre no es adecuado para él y decide ganar tiempo, marcharse a Breda y alistarse en el ejército a las órdenes de Maurice de Nassau. Gracias a ello conoce a una de las personas que serán más influyentes en su vida: el científico e ingeniero Isaac Beeckman. Este investigador formaba parte de un círculo de “sabios” que intentaban aplicar y poner en práctica sus invenciones y descubrimientos. “Sólo tú fuiste capaz de sacarme de mi estado de indolencia”, le escribió agradecido un deslumbrado Descartes. Y es que el aprendiz de filósofo había mostrado siempre cierto desprecio hacia las enseñanzas establecidas, básicamente todo lo que había aprendido en La Flèche, pero la rama práctica del saber le atraía profundamente.

Turismo militar

Gracias a las posibilidades que ofrecía la vida militar, y manteniendo el contacto postal con Beeckman y sus amigos, Descartes decide seguir viendo mundo, esta vez bajo las órdenes del ejército católico de Maximiliano I. Fue durante esta época cuando tuvieron lugar los trascendentes sueños del 10 de noviembre de 1619. Esa noche mágica, en esa caldeada habitación de Baviera, tras una serie de sueños y visiones que interpretó como una señal divina, Descartes resolvió su futuro: se dedicaría a la búsqueda de la verdad, pues esa era su verdadera vocación. Resulta así que el padre del racionalismo nació de una experiencia mística y muy poco racional.

El que llegaría a ser considerado padre del racionalismo decidió dedicarse a buscar la verdad después de un episodio muy poco racional

De los años siguientes de la biografía de Descartes, no existen demasiados datos. Se sabe que viajó por toda Europa a veces formando parte de diversos ejércitos y otras por libre, pues, al parecer, había hecho promesa de visitar el  santuario de Nuestra Señora de Loreto, en Italia, en agradecimiento a Dios por sus visiones. El caso es que, además de Italia y Francia, anduvo por Alemania, Polonia, Dinamarca, Holanda… El único incidente violento que se encuentra en la biografía de Descartes –curioso, dado que ejerció como soldado, un soldado muy peculiar, eso sí, pero soldado, al fin y al cabo– es que, de viaje por las islas frisias, los marineros del barco que lo acompañaban lo tomaron por un rico mercader y planearon en holandés matarlo y quedarse con su equipaje. Pero Descartes sabía el suficiente holandés como para entender lo que pretendían y tuvo que defender su vida y sus pertenencias con la espada. Le debió salir bien porque los marineros, sorprendidos, se echaron atrás.

De profesión, rentista

No era verdad, como creían los piratas, que Descartes fuera un rico mercader, pero sí, que se había apañado para vivir sin trabajar dedicado a sus labores del pensamiento y a sus viajes. Lo había conseguido gracias, en primer lugar, a su nula ambición, y en segundo, al buen manejo de las rentas que le había proporcionado la venta de diversas propiedades familiares. Entre 1625 y 1628, Descartes hizo –para su nivel– algo así como establecerse, es decir, pasar temporadas largas en París. Había encontrado allí a un antiguo conocido de La Flèche que había seguido la carrera eclesiástica. Pero el padre Mersenne era, además, un sabio inquieto que, desde su celda, estaba en contacto con las mejores mentes matemáticas y filosóficas del continente. Y Descartes se contaba ya entre esa nómina.

Camino de la libertad

Descartes era un hombre de profundas convicciones religiosas. Pero, de nuevo, estas eran bastante peculiares. Para él, la búsqueda de la verdad era la búsqueda de Dios mismo. Las verdades eternas, las verdades matemáticas, por ejemplo, habían sido sentadas por Dios y de él dependían. Este pensamiento, excéntrico para casi todos sus contemporáneos, era además incomprensible para muchos cristianos y blasfemo para otros, que tomaban el interés desmesurado de Descartes por las cosas del mundo como una muestra de orgullo, una especie de desafío a Dios que merecía ser castigado. En 1624, el Parlamento francés reduce drásticamente la libertad de expresión en materia religiosa. Eso, junto con los rumores sobre la suerte de Galileo y sus teorías, hacen que Descartes tome la decisión de marchar a Holanda, donde el clima de las libertades era más benigno.

Prudencia, cobardía y autocensura

Estatua de descartes en La Haya (Países Bajos). Foto de JohannesJ bajo licencia CC BY-SA 3.0.
Estatua de Descartes en la plaza de Newton de La Haya (Países Bajos) realizada por Émilien de Nieuwerkerke. Foto de JohannesJ bajo licencia CC BY-SA 3.0.

Hasta ese momento, Descartes había dedicado sus mayores esfuerzos a encontrar el mejor método para pensar. Un método que había basado en dos mecanismos privilegiados: la intuición y la deducción. Pero a partir de ese momento, el filósofo abrirá sus ojos hacia el mundo y se dedicará durante tres años a estudiar meteorología, óptica, geometría, anatomía… La leyenda cuenta que Descartes era un asiduo visitante de los mataderos donde veía los animales desollados o donde los compraba para diseccionarlos en su propia casa y que una vez coincidió allí con un pintor… “Vuestra filosofía nos quita el alma, yo la devuelvo en mis pinturas”, le dijo un joven Rembrandt que se afanaba ante el cadáver de un buey.

El Tratado sobre el universo de Descartes fue el fruto del arduo trabajo de tres años. Estaba a punto de enviárselo a Mersenne cuando llegaron las noticias de la condena de Galileo. Entonces Descartes cambió de estrategia y le pidió al padre que le enviara una copia de la obra de Galileo. Su lectura confirmó lo que había intuido: que muchas de las conclusiones a las que había llegado Galileo coincidían con las suyas. En vista del riesgo y las complicaciones que conllevaría una supuesta publicación de su obra, Descartes decidió no hacerlo: “No querría publicar un discurso que contuviera una sola palabra que la Iglesia pudiera no aprobar, de modo que prefiero suprimirlo todo antes que publicarlo mutilado”.

Descartes prefirió autocensurarse a publicar un libro que pudiera “molestar” a la Iglesia y censurarlo: le dio igual, sus obras acabaron en el Índice de libros prohibidos

Producción y reproducción

Todas las precauciones que Descartes había tomado en su vida académica para evitar controversias, todo el celo con el que defendía su intimidad, se desvanecieron cuando nació una niña, Francine, hija de su criada Hélène. Algunas fuentes dicen que la reconoció como su hija y otras, que la hacía pasar por su sobrina. Lo que es seguro es que amó a esa niña con emoción y alegría sinceras y que su muerte, a los cinco años, fue uno de los momentos más amargos de la vida del filósofo.

Intelectualmente también la época fue intensa. En 1637 aparece su Discurso del método. En el libro aprovechaba gran parte del contenido del autocensurado Tratado sobre el universo. Pero lo más original, sin duda, es la introducción, en primera persona y en francés, escrita con la intención de que el mayor número de personas posible fuera sensible a las claves de su pensamiento y se convenciera de que era posible pensar por sí mismos.

“Pero enseguida advertí que, mientras de este modo quería pensar que todo era falso, era necesario que yo, quien lo pensaba, fuese algo. Y notando que esta verdad: yo pienso, por lo tanto soy, era tan firme y cierta, que no podían quebrantarla ni las más extravagantes suposiciones de los escépticos, juzgué que podía admitirla, sin escrúpulo, como el primer principio de la filosofía que estaba buscando”.

En su “pienso, luego existo” –cogito ergo sum–, Descartes resume su principio filosófico fundamental: mi pensamiento y mi existencia son indudables. Y a partir de esa base se pueden establecer nuevas certezas.

La fama y sus consecuencias

El Discurso lo hizo conocido entre un público mucho más amplio que su acostumbrada y refinada audiencia de científicos y filósofos. Con la fama llegó la controversia: él se había afanado en dar argumentos que probaran la existencia de Dios, pero sus detractores le acusaban de ser un sofista diabólico y proporcionar argumentos falsos o endebles que conducían a la conclusión de que Dios no existe. Así las cosas, Descartes se vio abocado a justificarse de alguna manera y concibió las Meditaciones, en latín y con forma de seis ejercicios espirituales a la manera que acostumbraban los jesuitas. Como suele ser norma, los ánimos se enconaron con la segunda publicación y la sospecha de Descartes como ateo enmascarado se extendió todavía más.

El Discurso del método sirvió para que cada bando se reafirmara en sus opiniones sobre Descartes: quienes creían que era un hereje lo confirmaron; quienes lo consideraban un genio quedaron deslumbrados

Pero estas son las consecuencias negativas de la fama; las positivas es que Descartes se convirtió en un sabio reconocido, cuya presencia u opinión eran reclamadas incluso desde la Corte. Con la princesa Elisabeth de Bohemia inició una intensa relación epistolar sobre dilemas y cuestiones filosóficas que cristalizó en dos obras: Principia Philosophiae y Las Pasiones del Alma. Pero Cristina de Suecia fue, sin duda, la más vehemente y la más persistente en su propósito de convertir a Descartes en su preceptor personal, hasta el punto de enviar un buque de guerra a recogerle. Descartes rechazó el ofrecimiento una vez, pero más no pudo. En 1649 se embarcó hacia Estocolmo y hacia su fin.

Dudas después de la muerte

Mientras Descartes recibió el encargo de componer versos a los que se pondría música, la cosa iba bien, pero llegó el día en que las sesiones de filosofía con la reina debían comenzar en palacio… a las cinco de la mañana. Descartes, contraviniendo la costumbre de toda su vida de no empezar a trabajar ni levantarse de la cama antes de las 11 o las 12, debía espabilarse a las 4. Y no duró mucho. A los pocos meses de haber llegado a Estocolmo, en febrero de 1650, murió. De la sorpresa se pasó a la sospecha de que los protestantes, temerosos de que el filósofo le hiciera cambiar a la reina su punto de vista religioso, le envenenaron. Y de hecho la reina se convirtió al catolicismo pocos años después. Otros dicen que siguió cambiando compulsivamente de casa y que en realidad no murió, sino que siguió con su vida de ocultación… Lo que es seguro es que su fama continuó aumentando una vez muerto: en 1663 la iglesia le dio el espaldarazo definitivo (camino a la posteridad) colocando sus obras en el Índice de libros prohibidos, justo lo que durante toda su vida Descartes había tratado de evitar por todos los medio.

Descartes murió cuando por primera vez en su vida tenía un trabajo al uso. Siendo preceptor de Cristina de Suecia, que le obligaba a levantarse muy temprano, agarró una pulmonía. Fin.

Rehabilitada pronto su memoria, Francia reclamó sus restos para que fuera enterrado en su país de origen a finales del XVII. Tras una propuesta para que acabara en el Panteón de hombres ilustres, el cuerpo de Descartes tiene una morada más discreta que a él le hubiera parecido mucho mejor: reposa en la iglesia de S. Germain des Prés, en el bario latino. Strathern, con quien abríamos este relato, afirma que su tradición de “levantarse de la cama al mediodía se mantiene firme hasta el día de hoy”.

Palabra de Descartes

“Pienso, luego existo”

“Vivir sin filosofar es, propiamente, tener los ojos cerrados sin tratar de abrirlos jamás”

“Sentir no es otra cosa que pensar”

“No hay nada repartido de modo más equitativo en el mundo que la razón: todo el mundo está convencido de tener suficiente”

“Sería absurdo que nosotros, cosas finitas, tratáramos de determinar las cosas infinitas”

“Hasta una falsa alegría suele ser preferible a una verdadera tristeza”

“La lectura es una conversación con los hombres más ilustres de los siglos pasados”

“Apenas hay algo dicho por uno cuyo opuesto no sea afirmado”

“Dos cosas contribuyen a avanzar: ir más deprisa que los otros o ir por el buen camino”

“Para investigar la verdad es preciso dudar, en cuanto sea posible, de todas las cosas”

“Daría todo lo que sé por la mitad de lo que ignoro”

“No basta tener buen ingenio; lo principal es aplicarlo bien”

“La razón y el juicio son las únicas cosas que nos hacen hombres y nos distinguen de los animales”

“Un estado es mejor gobernado si tiene pocas leyes y esas leyes son minuciosamente observadas”

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