Cómo ser Javier Sádaba

Retrato de Javier Sádaba en la portada de
Retrato de Javier Sádaba en la portada de "Memorias desvergonzadas", publicadas por Almuzara.

Una excavación en las Memorias desvergonzadas, que el filósofo ha publicado en Almuzara, para conocerlo más, mejor e incluso tener claro qué hay que hacer para ser Javier Sádaba. Y ya de paso enterarse de algunos hechos de la política, la filosofía y la historia reciente del país –entendiendo por esto lo que a cada uno le salga del corazón–. Este es un relato sin pretensión alguna de objetividad, con filtro grande y explícito: el de la mirada y la lengua libre de Javier Sádaba.

Por Pilar G. Rodríguez

Ahora que fácilmente ya hace veinte años de muchas cosas también los hace (casi) de la película Cómo ser John Malkovich. La dirigió Spike Jonze bordeando al nuevo siglo y trataba de cómo un titiritero encontraba, en el lugar donde acababa trabajando de forma accidental, una pequeña puerta, un túnel que daba acceso a la mente de John Malkovich. Un argumento delirante para la época que en vista de cómo avanza la tecnología ya no lo es tanto.

Portada de las "Memorias desvergonzadas" de Javier Sádaba en Almuzara.
Portada de las “Memorias desvergonzadas”, de Javier Sádaba, en Almuzara.

¿Y qué tiene que ver esto con el libro titulado Memorias desvergonzadas, editado por Almuzara, que en estos días el filósofo Javier Sádaba anda presentando? Pues no mucho, pero podemos echar mano de algo que el filósofo repite en varias ocasiones en su libro: que hace y dice lo que le da la gana. Pues bien, un artículo titulado Cómo ser Javier Sádaba igual podría recuperar ese espíritu y hasta debería, de modo que la relación con la película es porque sí, primero, y luego porque un libro titulado “memorias”, que lo son, supone una buena puerta de entrada –mira, como en el filme, qué casualidad– a la mente de quien lo escribe. Sobre todo si quien escribe es un Javier Sádaba con ganas de hablar y de contar. Y tiene ganas, sí, pero sobre todo tiene ganas de hablar de su tiempo y de su país –tomándose este en la extensión que cada uno sienta o considere oportuna– y de sus paisajes vitales y de sus paisanajes y personajes sin rehuir los nombres propios. Al final, él mismo lo reconoce, “no en vano los Sádaba tenemos un punto exhibicionista”.

Memorias desvergonzadas es una buena manera de conocer a Javier Sádaba, a un Javier Sádaba con ganas de hablar y de contar, de “volver al pasado  y hacerlo público”

Lo bueno de ser Javier Sádaba es que se es siempre Javier Sádaba, así que los amigos del autor se pueden abstener de leer el libro porque ya se lo saben. Pero que no se alarmen los editores ante esta recomendación porque el de Portugalete tiene muchos no-amigos y quizá también un número no desdeñable de enemigos que disfrutarán, sin duda, encontrándoselo “como en el Oeste”, dice, “a solas, cara a cara y a muerte”.

Alguna utilidad política

Y es que han sido muchos años de hablar, escribir, de defender, atacar y debatir en medios, conferencias, cursos, charlas y los más variados formatos. “Piensas que alguna utilidad política puede tener lo que dices y haces. De ese objetivo no dimití nunca”. La política siempre ha estado presente. Su ideario se parece mucho al de otra de las figuras que han inspirado su existencia: Noam Chomsky. Si hay que ponerle una etiqueta, que sea la de libertario, anarcoide para más señas. ¿Algún detalle más? “La concepción chomskiana de la actividad política es para mí la más aceptable que conozco. Desconfía de la política de partidos tal y como se ha instalado en las llamadas democracias occidentales y en donde los políticos están al servicio de los grandes intereses económicos. Y absorben todas las instituciones del Estado que teóricamente deberían ser independientes, pero que realmente son sus servidores. Las elecciones se convierten en una noria que da vueltas sobre sí misma y nada cambia, salvo que pueda ir a peor. Y los cantos de sirena de que este sistema es el menos malo (…) suena a cuento chino”.

Entonces, con la cantinela de lo menos malo y lo único posible, en España hizo su entrada en escena la Transición, “que debería llamarse Continuación y hasta tampoco le vendría mal el nombre de Traición”. ¿Traición a quién, de quién? Varios frentes. “Antes de nada, amedrentar al pueblo, quitarle la palabra. Todo se hizo a sus espaldas. Lo que se hizo, se hizo a dedo, y metiendo miedo”. Después, un fenómeno: “El franquismo y una condescendiente izquierda se dieron la mano”. La consecuencia la observó Javier Sádaba recién venido de Estados Unidos, donde había disfrutado de una beca Fullbright. Parece Rodríguez de la Fuente hablando del medio natural y de adaptación al mismo: “Al llegar a Madrid lo que más me llamó la atención fue cómo la gente, y conocidos colegas en particular, se habían recolocado a una velocidad supersónica. Y casi todos, obviamente, oscilando a la derecha. Se había pasado del en otro tiempo ensalzado idealismo al ahora, se decía, maduro realismo. Los que iban de trotskistas, radicales, críticos de los comunistas por su moderación o anarquistas llenos de celo libertario, estaban ya si no el PSOE, sí en sus aledaños”.

Sobre la Transición, Javier Sádaba cree que “debería llamarse Continuación, y hasta tampoco le vendría mal el nombre de Traición”

A Javier Sádaba siempre le han preguntado por la “cuestión vasca” o el “tema vasco”. Ahora le preguntan por la “cuestión catalana”. La respuesta es la misma por lo que se decía al principio: Javier Sádaba es casi siempre el mismo. Él defiende el derecho a la autodeterminación de los pueblos; en último término no es más que un traslado en conjunto de la autodeterminación de cada individuo. Con reglas, claro –es lo que tienen los grupos–, para no dañar a “aquellos que no estén de acuerdo con la independencia. No es cuestión de dar un portazo. Como en las separaciones matrimoniales, se negocia”. ¿Alguna cosa más? Para ser Javier Sádaba hay que reírse o cabrearse y, en cualquier caso, estar hastiado de los unionistas, capaces de copiar idéntica y miméticamente todo aquello que critican a los que critican.

La buena muerte y la buena vida

Para ser Javier Sádaba hay que saber de religiones. Y hay tarea, pues hay unas pocas… Él dice que no es teólogo, que es licenciado en teología, y se declara agnóstico. Es un buen currículo para hacer algo de lo que está razonablemente orgulloso. Considera novedosa su investigación sobre la filosofía de la religión. Como sucede con las demás “filosofías de”, se trata de empezar a reflexionar, a criticar de forma exhaustiva y radical (en el sentido kantiano) el siempre difuso concepto de religión. “Finalmente digamos que la filosofía de la religión debería ser una defensa del laicismo, una actividad intelectual racional propia de una sociedad democrática que se rige por sus propias normas y no por voces que vengan de lo desconocido”.

“Cuando alguien me dice que es creyente le pregunto: de qué religión. Me suelen mirar extrañados. Les recuerdo que hay miles”

Hablando de lo desconocido, a Javier Sádaba le interesa mucho todo lo que tenga que ver con la investigación científica, la tecnología, el poder de la inteligencia artifical, el transhumanismo. Se comprende dado su interés por la bioética. Quien no sepa bien de lo que hablamos cuando hablamos de bioética se puede autoayudar echando mano de la lógica más rudimentaria… Ética, mal que bien, se comprende; bio–bios–vida, ética de la vida o para la vida o en la vida. Para profundizar en ese jardín habría que saber de lo uno y de lo otro, de ética y de biología, siguiendo con el razonamiento básico. Pues no está tan claro; desde su nacimiento en los 70, “el integrismo cristiano se ha metido por todos los flancos bioéticos (…). Es muy duro para el creyente religioso, y especialmente para su jerarquía, que metan otros los dedos en lo que sería su monopolio: la gestión de la vida y la muerte”. Especial atención en este capítulo merece su defensa de la eutanasia y de ese nombre, no de otros sucedáneos, para hacer que una buena muerte (o la mejor posible o la que decida cada uno) forme parte de una vida buena.

Primerísimo primer plano

Y del plano teórico al más personal. A Javier Sádaba le partió por la mitad la muerte de su compañera de toda la vida en 2015. Fiel a su costumbre de hablar de todo con franqueza, también lo hace del gran dolor sin mayores dificultades que la emoción, cuando lo hace en público, y el recuerdo que no cesa, en privado. Gracias a esa costumbre tenemos algunas cuantas frases de las de enmarcar (“vivir en pareja ha de ser un lujo y no una necesidad”, o “lo que deseamos en nuestra efímera vida es querer y que nos quieran”) y sabemos la concepción del filósofo sobre el amor; deíctica (de deíxis). Un palabro que necesita inventarse otro palabro mayor para explicarlo: “dedíctico” (de dedo, supuestamente). Y es que esa es la respuesta mejor a la pregunta por lo que es el amor o lo que significa: levantar la mano–señalar–tú o esta o aquella. Aquella era Elena.

Acabamos de inventar una palabra (o palabro). A Javier Sádaba le gusta mucho el lenguaje, estudiarlo y jugar con él. Y valora mucho también los idiomas como marca de generosidad al otro, como intento de cercanía y comprensión, por muy básico que pueda ser cambiar tres o cuatro palabras en la lengua de turno. A los 20 años, Sádaba leyó el Tractatus de Wittgenstein: “Comprendí que el eje de mi vida pasaba por la filosofía”. Y también pasaba por el filósofo austriaco que, en dicha obra, se ocupaba del lenguaje habitual, del de la ciencia, de los límites, de sus mil ramificaciones.

Tras leer el Tractatus con 20 años, “comprendí que el eje de mi vida pasaba por la filosofía”. También pasaba por Wittgenstein

Para ser Javier Sádaba hay que encontrar cierto placer en las palabras de tres o más sílabas y que están llenas, a rebosar, de significados, como la muy actual y debatida “populismo” u otras como “deriva” o “problemática”. El súmmum de la oralidad sería para él una frase que comenzara: la problemática de la deriva del populismo… Una caricia para sus oídos.

Claridad, incorrección y alguna morcilla

A Javier Sádaba le gusta mucho hablar, eso ya se ha podido deducir, y cuando lo hace intenta –nunca se agradecerá lo suficiente– “ser claro en mis exposiciones (…). Pero de vez en cuando, y va en mi carácter, me gustaba meter una morcilla que se dice, una frase con segunda intención o un chiste que no sea de los manoseados. Normalmente ni se enteraban”. Así despierta al auditorio y, de paso, se divierte un poco. Y como esas ganas no son exclusivas de Javier Sádaba, para ir acabando y comprobar el grado de “ser Sádaba” alcanzado, también se ha colado por aquí una morcilla, o una gran mentira directamente, entre las aseveraciones anteriores. A ver si adivinais cuál es. Y si no, comprar el libro siempre es opción. Allí no podía faltar uno de los males de nuestro tiempo contra el que Javier Sádaba ha emprendido cruzada personal: la corrección. Sería anecdótico si no fuera porque “no es inocente. Alguien se aprovecha”, avisa. Y prosigue: “Está a favor de una falsa homogeneidad, imposibilita pensar con libertad y nos convierte en infantiles ciudadanos que solo han de cuidar lo que dicen. Hagan lo que hagan. A la derecha o a la izquierda”.

Hablando del libro –y para terminar–, para ser Javier Sádaba hay que ser amigo de Platón, pero más de la verdad (que diría Aristóteles). Tomando su ejemplo cabría decir que la edición de Almuzara es mejorable: sus negritas son desconcertantes, no hay uniformidad a la hora de poner tilde (o no) a los mismos nombres propios ni actualización cuando se trata de hablar de figuras como Íñigo o Forges, que parecen que siguen estando vivos. Pero no pasa nada, somos optimistas como lo es Javier Sádaba, o como dice que es a la colaboradora de Filosofía&co. Irene Lozano, a quien, en una reciente entrevista en La Ser, le aseguraba: “Soy pesimista en los hechos, en las probabilidades, pero optimista en aquello que uno podría conseguir”. Pues bien, este libro puede conseguir y merece más y mejores ediciones. Y las habrá.

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