La filosofía es el eje que vertebra la trayectoria plural de Carlos Javier González Serrano. De cómo la filosofía se le impuso y de los caminos por donde le condujo hablamos en esta entrevista.
La filosofía es el eje que vertebra la trayectoria plural de Carlos Javier González Serrano. De cómo la filosofía se le impuso y de los caminos por donde le condujo hablamos en esta entrevista.

Filósofo de amplios intereses, Carlos Javier González Serrano se encontró con la filosofía como “imperativo insoslayable” después de algún titubeo. A la segunda fue la vencida, pero una vez encontrada la verdadera vocación, la filosofía se convirtió en el eje de una trayectoria muy plural; un ejemplo para quienes aseguran que las Humanidades apenas cuentan con salidas profesionales.

Por Pilar G. Rodríguez

Carlos Javier González Serrano siempre fue a lo suyo. Sin el matiz peyorativo que suele incorporar la expresión, él siempre fue a lo suyo; mirada fija en la diana de la filosofía, y Schopenhauer en el centro, desde que descubriera a ambos casi al mismo tiempo un poco por casualidad, un poco por error. Enseguida explica cómo fue ese echar a rodar por el mundo filosófico, pero antes queremos saber quién es este filósofo que –no a pesar de su juventud, sino justo por ella– dirige la SEES (Sociedad de Estudios en Español sobre Schopenhauer) y la revista Schopenhaueriana, mientras se ocupa de su publicación humanística El vuelo de la lechuza y colabora habitualmente en Filosofía&Co., donde tiene un blog, entre otras cosas que recuerda él mismo: “Trabajo como editor y, cuando el tiempo me lo permite, como gestor cultural, docente e investigador”.

Para conocerlo aún más y mejor echaremos la vista atrás y revelaremos un secreto. Las personas que hacemos Filosofía&Co. hacemos filosofía en compañía de Carlos Javier González desde que nos uniera la extinta revista Filosofía Hoy. Hasta aquella redacción llegó un día una invitación para dar una charla sobre salidas profesionales a los alumnos del último curso del Grado de Filosofía de la Universidad de Valladolid. En esos momentos Carlos Javier González Serrano no era quien ahora es ni hacía todas las cosas que ahora hace –y de hecho estaba bastante preocupado por su futuro laboral–, pero tenía la misma confianza, esa mirada fija con vistas a la filosofía y a las Humanidades, aparte de esa vocación mandona, “imperativa” en sus palabras, que hacía de él el mejor candidato para explicar que tanto la filosofía como las Humanidades son, y sobre todo están, en todas partes y cada vez con mayor urgencia van a ser reclamadas desde todos los rincones, los laborales incluidos. Y el tiempo parece darle la razón.

Su relación con la filosofía no llegó de forma directa, sino después de
algún rodeo. ¿Cómo fue ese encuentro? ¿Fue paralelo al descubrimiento de Schopenhauer?
Mi auténtica (aunque no definitiva) vocación filosófica nació en mis últimos años de colegio, mientras estudiaba Bachillerato de Ciencias Sociales, tras leer, con mucha atención, la Historia de la filosofía de Julián Marías, que ha ayudado tanto y a tantos jóvenes a la hora de iniciarse en el estudio de las ideas. Superada la prueba de acceso a la universidad, decidí entonces, siguiendo un muy equivocado criterio pragmático, estudiar Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad Carlos III de Madrid, aunque por poco tiempo. Sin desmerecer estas disciplinas, el temario me resultaba insuficiente y sentí la necesidad de ahondar en asuntos que se estudiaban solo en la superficie. Fue la asignatura de Teoría del Derecho (en otras facultades llamada Filosofía del Derecho) la que me recondujo y me colocó, de nuevo, en la senda de mi verdadera vocación por la filosofía. Tras una inolvidable conversación con mis padres, que siempre me apoyaron en la decisión, retomé mis estudios universitarios el siguiente curso, pero esta vez en la Universidad Complutense de Madrid y en la Licenciatura en Filosofía. Si la vocación es auténtica, se convierte en un imperativo insoslayable.

“Si la vocación es auténtica, se convierte en un imperativo insoslayable”

"Historia de la Filosofía", de Julián Marías inició a Carlos Javier González Serrano en el camino de esta disciplina. Curiosamente González Serrano acabó trabajando en Alianza, la editorial que publicó aquel libro.
“Historia de la Filosofía”, de Julián Marías, inició a Carlos Javier González Serrano en el camino de esta disciplina. Curiosamente acabaría trabajando en la editorial que publicó aquel libro: Alianza.

En aquellas páginas de Julián Marías, sencillas e iniciáticas pero deslumbrantes para alguien que por primera vez se acerca a la historia del pensamiento, di con dos filósofos cuyas convicciones me asombraron: Immanuel Kant y, especialmente, Arthur Schopenhauer. Aquel, por su empuje moral; este, por la fuerza atronadora de sus oscuras (pero tan reales) convicciones. Lo similar atrae lo similar, dice el viejo dictado latino, y así fue. Mi natural temperamento taciturno encontró en Schopenhauer no solo una justificación, sino un consuelo y, más aún, un instrumento con el que poder comprender un mundo que me parecía, de base, incomprensible, inabordable. Al contrario que otros filósofos que habían construido sistemas más sesudos y coherentes, pero menos originales y viscerales, Schopenhauer siempre tuvo a la experiencia directa con el mundo como la herramienta más certera para construir una cosmovisión sobre el funcionamiento del universo y, más concretamente, para lanzar una explicación del comportamiento humano. Muy influido por nuestro Baltasar Gracián (a quien mucho leyó y estudió, y a quien incluso tradujo al alemán), Schopenhauer nos aboca sin anestesia sobre el fango de los asuntos humanos y nos explica que la única solución para convivir a diario con tanto despropósito es un paulatino desengaño que, al fin, nos conduzca a una sana resignación y, acaso y finalmente, a la negación de nuestra voluntad.

En el espíritu de un adolescente –en quien todo es vida, pasión desbordada e inquietud irrefrenable, y más si cabe en un adolescente como era yo (nervioso, inquieto, hiperactivo, pero a la vez un tanto melancólico)– este controvertido pensamiento (el de que hay que negar, precisamente, la vida para llegar a vivir plenamente) solo podía sembrar la semilla de la curiosidad. Desde entonces, nunca me he podido separar del influjo de Schopenhauer (aunque discuto permanentemente con él) y, mucho menos, del de la filosofía.

“Mi natural temperamento taciturno encontró en Schopenhauer un consuelo y un instrumento con el que poder comprender un mundo que me parecía incomprensible”

¿Cree que tiene sentido hablar de la filosofía como destino? ¿Como destino inevitable?
Depende del sentido en que empleemos el término. La filosofía, como cualquier otra disciplina académica, puede sortearse, incluso despreciarse (como se ha hecho e incluso se hace, en no pocas ocasiones, desde el púlpito de la política). A todos nos pintan esta materia, en un primer momento, como un acercamiento a la historia de las ideas, que nos enfrenta a enrevesados y voluminosos mamotretos que poco o nada tienen que ver con nuestra vida, con lo cotidiano. Sin embargo, cuando un lector o lectora se acerca con ojos curiosos a un texto filosófico, y si ese acercamiento se produce, además, bajo la guía de un docente que sepa (y quiera) estimular esa natural curiosidad que posee cualquier joven o adolescente, ese mismo texto cobra una entidad nueva, portentosa, muy poderosa: porque la filosofía se ocupa del Todo, de lo que en cualquier circunstancia acontece, aconteció y acontecerá. Es muy probable que algún día podamos poblar otros planetas, que habitemos otros mundos, que avancemos prodigiosamente técnica y científicamente; pero el hombre o la mujer que lleguen a esos otros mundos se darán cuenta, una vez allí, de que, a su vez, existe otro mundo que siempre les acompañará, del que jamás podrán desprenderse y del que siempre tendrán que ocuparse: el sí mismo, nuestro insidioso yo (Schopenhauer lo llamaba leidige Selbst, fastidioso yo), que inquiere sin descanso sobre lo que le rodea, le inquieta, le atemoriza.

En este sentido, la filosofía sí es un destino. Y como cualquier destino, un destino inevitable. Cualquiera que quiera enfrentarse a los más hondos interrogantes humanos, pero también a los más superficiales (puesto que no hay hondura que no nazca de la conciencia de que existe una superficie que se puede horadar), da por necesidad con la filosofía, que es un esfuerzo por explicar los fundamentos de cuanto nos rodea y, en términos metafísicos, un ahínco por comprender lo incomprensible (lo “incondicionado”, escribía Novalis. Sin esta constatación, sin embargo, resulta difícil llegar a la filosofía; por eso es imprescindible contar con profesores (y con progenitores) que fomenten la natural tendencia inquisitiva de cualquier ser humano que llega al mundo: el niño no pregunta por gusto, pregunta porque quiere saber. Son ese querer y ese saber los elementos fundamentales de la filosofía, de la filosofía como destino: una voluntad que, para desarrollar sus deseos, para entenderlos y explotarlos, se exige a sí misma saber, conocer, escrutar e investigar. En una definición radical que ahora se me ocurre, podría decirse que la filosofía no es más que la voluntad de encaminar el espíritu hacia el saber. Un saber universal, omniabarcante. Un saber de lo Absoluto. Eso sí: que ha de ocuparse también, como apuntaba Hannah Arendt, de los asuntos humanos.

“La filosofía no es más que la voluntad de encaminar el espíritu hacia el saber sin desatender los asuntos humanos”

Desde instituciones como la SEES y la revista Schopenhaueriana, usted realiza una gran labor por la extensión y el mejor conocimiento del filósofo alemán.
Desde luego, la finalidad principal de la Sociedad de Estudios en Español sobre Schopenhauer (SEES) y de la revista Schopenhaueriana es la de difundir, estudiar y desarrollar el pensamiento de Schopenhauer en el ámbito académico. Pero la vocación de fondo que se esconde tras esta institución y tras la revista es que la filosofía, como disciplina no solo académica, sino también como impulso humano, siga viva.

El número 2 de la revista Schopenhaueriana dedicado a la relación del filósofo alemán con la ciencia.
El número 2 de la revista Schopenhaueriana dedicado a la relación del filósofo alemán con la ciencia.

En cuanto a mi labor como presidente y director, solo pretendo devolver, a través de mi trabajo y dedicación, un mínimo de cuanto Schopenhauer me ha mostrado a lo largo de estos años de estudio de su obra. Es mucho lo que, con un contacto tan directo y tan cotidiano, se aprende de los escritos de un pensador tan contundente como Schopenhauer. No fue un filósofo prolífico, incluso si contamos sus cartas y diarios, si lo comparamos con otros autores como Leibniz, Marx o Rousseau. Sin embargo, fue un “único pensamiento” (einzige Gedanke) lo que plasmó en todas sus obras, de maneras diferentes y con la intención de que pudiera ser entendido por todos sus lectores y lectoras. Ese único pensamiento dice que el mundo es, por una parte, enteramente representación y, por otro, enteramente voluntad. Es decir, por un lado es solo lo que conocemos de él, a través de nuestro aparato cognoscitivo, siempre sometido a limitaciones (“El mundo es mi representación”); y, por otro, es voluntad, un impulso que subyace a toda realidad, orgánica a inorgánica, y que impele a todo cuanto existe a perseverar en la existencia.

A partir de esta doble constatación, Schopenhauer erige un sistema cerrado, no exento de problemas que ponen en juego su coherencia, en el que el ser humano aparece como el único ser que puede pensar el mundo y, a la vez, darse cuenta de que en el universo rige una misma (y despiadada) ley: la ley de una irracional voluntad. Es esta certeza la que hace que cualquier lector o lectora de Schopenhauer se vea subyugado por sus hondas y certeras apreciaciones sobre el comportamiento humano (y animal en general). Como más tarde apuntaría Freud, Schopenhauer constata que no somos dueños en nuestra propia casa.

A través de entidades como la SEES o la revista Schopenhaueriana, Carlos Javier González Serrano quiere “devolver, a través de mi trabajo y dedicación, un mínimo de cuanto Schopenhauer me ha mostrado a lo largo de estos años de estudio de su obra”

El legado schopenhaueriano es inmenso, y, desde su aparición, influyó (y sigue influyendo) sobre toda una pléyade de pensadores, artistas y literatos. El mérito principal de Schopenhauer fue el de atreverse a hablar de irracionalidad en un mundo en el que todos los pensadores estaban convencidos de que, precisamente, era la racionalidad (la Idea, el Absoluto, Dios) la que dominaba el mundo de principio a fin. Schopenhauer enseña, ante todo, eso: que la única certeza sensata que podemos tener a la vista de este mundo es el de que la racionalidad no es más que una ficción necesaria para explicar sucesos que apuntan a un fundamento irracional. 

Carlos Javier González Serrano y “sus muertos”

Carlos Javier González Serrano en su particular biblioteca, con sus "queridos muertos".
Carlos Javier González Serrano en su particular biblioteca, con sus “queridos muertos”.

Sus queridos muertos, porque la parte que más aprecia de su casa es la que alberga sus libros, su tesoro; la biblioteca. Trata los libros como hijos y no les pone nombre, que nombre ya tienen, pero los marca con un sello, un ex libris que le recuerda que han pasado por sus manos: “Aunque –sobre todo por trabajo, y a veces con placer– suelo leer textos de autores contemporáneos, lo cierto es que la mayor parte de mi tiempo de ocio lo paso con “mis muertos”, como suelo llamarlos, embebido en la muy bien nutrida biblioteca de mi casa. De alguna manera, cada uno constituye con sus lecturas la memoria de sus auténticos antepasados, que no son solo los biológicos, sino también y sobre todo los literarios, científicos y culturales. Son estos antepasados los que uno elige, y no a los que quedamos constreñidos por la inevitable herencia biológica”.

¿Qué diría que Schopenhauer ha hecho por usted, qué le ha enseñado o dado?
Quien lee y gusta de leer confecciona un universo intangible que repercute en su manera de pensar y actuar. Leer es aventurarse en el arriesgado intento de conocerse a uno mismo. Una empresa del todo peliaguda, excitante, pero también, en ocasiones, dolorosa e inquietante. La lectura, sobre todo la de los grandes clásicos de Grecia y Roma (sin desatender nunca la herencia oriental), así como la de todos aquellos que recogieron su legado (como Schopenhauer, por ejemplo), provoca una suerte de lucidez no siempre agradable o satisfactoria en términos de felicidad. Sin embargo, esa misma lucidez que arrebata la posibilidad de una dicha plena también permite enfrentarse al mundo con armas intelectuales que consuelan e, incluso, fortalecen el ánimo. Leer es adentrarse en uno mismo en busca de las preguntas adecuadas, para después salir al mundo y, quizá, dar con alguna respuesta, siquiera tentativa, puntual, nunca definitiva, pero sí necesaria. Todos necesitamos certezas para seguir adelante, y la lectura proporciona las herramientas para poder buscar en el lugar adecuado. Saber cómo y dónde buscar cuanto necesitamos saber: podría ser otra definición de la filosofía o, en general, de las Humanidades.

Lo que Schopenhauer enseña

Carlos Javier González Serrano ha hecho la selección y traducción de "Parábolas y aforismos" de Schopenhauer que edita Alianza.
Carlos Javier González ha hecho la selección y traducción de “Parábolas y aforismos” de Schopenhauer que edita Alianza.

Ni siquiera para uno de sus máximos conocedores se agota la figura de Schopenhauer. Casi al revés, la relación se enriquece y multiplica en la proyección sobre otros autores: “Schopenhauer me ha enseñado el valor de los clásicos, de acudir siempre a las fuentes. Sus textos son un filón inacabable de referencias a Ovidio, Homero, Hesíodo, Terencio, Tácito, las Upanishads, Agustín de Hipona, Tucídides, los grandes trágicos (Sófocles, Esquilo, Eurípides), y, más adelante, el Maestro Eckhart, Angelus Silesius, Jacob Böhme, Kant, su admirado Baltasar Gracián… La lista es inagotable”.

Pero sus textos son también un filón en sí mismos que se renueva con cada lectura, con cada interpretación. El último tándem que Carlos Javier González ha hecho con Schopenhauer ha tenido como resultado el libro Parábolas y aforismos, editado por Alianza. En él, como explica el propio compilador, “lejos de lo que suele afirmarse equivocadamente, la filosofía de Schopenhauer no pretende crear una pléyade de compungidos sufridores. Más bien al contrario. Parábolas y aforismos (…) muestra cómo el pesimismo puede contener una faceta extrañamente redentora”.

Se define como un alma del XIX pero desde siempre ha sido muy activo
en internet con la revista El vuelo de la lechuza y con unas redes sociales
potentes. ¿Qué papel cree que juegan estas últimas en cuanto a la
difusión/perversión de la filosofía?
Mi inclusión “anímica” o “sentimental” en el siglo XIX responde a un criterio de supervivencia. Sospecho que no sería capaz de existir en un mundo –como el nuestro– que marcha tan rápido, que no conoce la pausa, si no existiera un tiempo pasado en el que poder refugiarme. Todo lo que ocurre, en este instante, se convierte en pasado bajo la terrible dictadura del aceleracionismo, que no ha hecho sino dañar nuestra concepción de la experiencia del ahora. Resulta imposible vivir el ahora con tranquilidad, sin prisa, porque se nos impone hacer muchas cosas a la vez y rápidamente; es decir, se nos impele a no centrarnos en nada, a no parar mientes en nada, para que las prisas nos impongan una necesidad distinta a cada instante, lo que responde, finalmente, a un criterio económico neoliberal: no es persona quien no puede consumir los productos que dan altura a lo que hoy se considera la “experiencia humana”: aparatos tecnológicos de vanguardia, tuits que se leen en apenas dos segundos, smartphones que impiden ejercitar la memoria o tener una conversación… Todo nos impele a seguir hacia delante en una marcha frenética, ansiosa, desenfrenada e insana. Porque no hay meta sino la de consumir. Consumir un tiempo que, de esta manera, no aprovechamos, no exprimimos. Son las experiencias las que nos consumen sin que seamos conscientes de que las llevamos a cabo.

“Parece no ser persona quien no puede consumir los productos que dan altura a lo que hoy se considera la ‘experiencia humana’: tecnología de vanguardia, tuits que se leen en segundos, smartphones que impiden la conversación…”

La filosofía, así como también las Humanidades y las ciencias de base (la investigación), nos enseñan que existe un tiempo distinto: el tiempo de la espera, de la calma, del disfrute. El tiempo de la copa de vino (de disfrutar de su sabor, de su color, de lo que nos evoca, de su origen, etc.), el tiempo de un buen libro (de olerlo y tocarlo, de observar la tinta impresa sobre el papel, de acudir a comprarlo a la librería, de leer cada línea…), el tiempo de una enriquecedora conversación, de hacer un experimento y esperar (¡esperar!) resultados, de una clase magistral o una conferencia de un tema que nos apasiona, de escuchar una pieza de Brahms… El valor de estos tiempos es que son, precisamente, tiempos muertos que se inmiscuyen, furtiva y necesariamente, en nuestro vertiginoso tiempo cotidiano, tan acelerado, tan despiadado. Hay que pensar más en pasar tiempo con el tiempo que en hacerlo pasar.

Sin embargo, me parecería inocente, e incluso estúpido, negar la realidad, y también el atractivo (si se emplean con buen criterio), de las redes sociales y de las posibilidades que nos ofrece la red, que empleo para poder difundir el estudio e interés por las Humanidades. Son constantes los mensajes y correos que recibo en agradecimiento por la labor que llevamos a cabo; resulta una perogrullada, pero no parece fuera de lugar incidir una vez más en el hecho de que el problema no son las redes sociales, sino el uso que de ellas se hace. Si se emplea con inteligencia y profesionalidad, la tecnología puede llegar a convertirse en una herramienta muy potente para empresas culturales, así como para instituciones que se dedican a la enseñanza. Ninguna universidad de prestigio prescinde de un community manager que gestione sus cuentas de promoción. La cultura también puede difundirse a través de las redes y de internet, pero, eso sí, hay que tener en cuenta que el acceso al conocimiento puede (y debe) democratizarse, pero quien está detrás, quien ofrece esa información, ha de provenir de personal cualificado. Es la resignificación de las élites intelectuales a las que se refería Ortega y Gasset: todos tenemos derechos a aprender, pero no todos podemos enseñar. En otro caso, corremos el riesgo, como ya sucede, de que Internet se convierta en un vertedero de información falsa.

“Hay que pensar más en pasar tiempo con el tiempo que en hacerlo pasar”

Tras el último cambio de gobierno publicó en sus redes un texto crítico sobre la separación del Ministerio de Ciencia y Universidades del de Cultura. Se trata de una excepción, pues usted no acostumbra a hablar de política. ¿Por qué? ¿Puede un filósofo permitirse no hablar de política?
Hacer filosofía es, inevitablemente, hacer política. La filosofía precisa de un espacio íntimo en el que pensar y estudiar, pero necesita de otro, del espacio de la polis (de la ciudad, de lo político, allí donde todos nos mezclamos y actuamos), para actualizarse. Un pensamiento que no cobra vida es un pensamiento huero, vacío, muerto e incluso falsario. En este sentido, cualquier filosofía tiene una vocación política. El ejemplo paradigmático en este caso es el de Platón, quien, a pesar de fundar su Academia para poder formar a sus discípulos al margen de los asuntos de la ciudad, no dudó en posicionarse políticamente en su República; o Hannah Arendt, en La condición humana, donde asegura que no hay pensamiento al margen de lo político, puesto que lo político es el escenario en el que se constituye la acción humana; o pensadores más píos, como Agustín de Hipona o Tomás de Aquino, mientras disertaban sobre la naturaleza del alma o la inmortalidad apostaban, a la vez, por un tipo u otro de sociedad seglar, humana, aquí abajo en la tierra. Pensar es el acto más propiamente humano, pero nadie piensa al margen del lugar en el que vive y se desarrolla: un lugar que se constituye por y con el contacto con los otros, por el choque de unas libertades con otras.

Por eso, me parece que el hecho de que no me mezcle en discusiones políticas no significa que mi labor quede al margen de la política. Más bien al contrario. Todo cuanto publico a diario tiene que ver con lo que ocurre en el escenario político: intento encontrar una correspondencia con textos del pasado, con autores y autoras que pueden venir a contarnos algo relevante, y lo comparto. En este sentido, procuro poner en liza distintas voces que nos permitan, precisamente, politizar nuestra acción. Esto no significa decantarse por un partido o por otro, lo cual me produce cierta indiferencia o incluso repulsión, sino tener la conciencia de que cada una de nuestras acciones, por muy íntimas que parezcan, se decantan de una u otra manera hacia lo común. Nada de lo que hacemos es apolítico; quien piensa lo contrario intenta eximirse de una responsabilidad inevitable, que es la de contribuir, en nuestras posibilidades, al mejoramiento (o empeoramiento) de nuestro mundo.

Un ministerio ¿sin lugar para la cultura?

En la publicación a la que hace referencia la pregunta, González Serrano explicaba que le parecía intolerable que los administradores de lo público separen, de una manera tan equivocada y explícita, el ejercicio de la cultura del ejercicio de la universidad, “más si cabe –abunda en esta entrevista– cuando se adscribe de manera unilateral la ciencia a la universidad. ¿Dónde quedan el resto de disciplinas? ¿Dónde quedan las Humanidades (filologías, filosofía, historia, historia del arte, bellas artes, estudios literarios, enseñanzas musicales…)? ¿Dónde quedan, incluso, la ciencia base, la ciencia de investigación (biología, física, matemáticas, bioquímica…), teniendo en cuenta que el apelativo de “ciencia” suele emplearse en los círculos políticos para designar la ciencia aplicada, es decir, la tecnología, es decir, aquella parte de la ciencia que tiene que ver en exclusiva con ingenierías? España es un claro ejemplo de ignorancia a este respecto, donde miles de jóvenes investigadores, en ciencia base y humanidades, están saliendo del país en busca de oportunidades de empleo. Resulta peligroso, y muestra un alto grado de irresponsabilidad, excluir nominalmente a las Humanidades y a las ciencias de base de la universidad, pues han sido estas, precisamente, las que siempre han impulsado que el movimiento universitario resulte indemne en un mundo acelerado. La educación no puede venderse al mejor postor; la educación (y la educación pública, hay que decir) es lo que nos permite seguir vivos intelectualmente. La universidad ni puede ni debe venderse al ruido del dinero, a lo “crematístico” (como ya explicó Aristóteles). La universidad es patrimonio de quienes estudian y de quienes no; de las mentes del pasado, del presente y del porvenir; de la Humanidad en su esfuerzo por preservar el conocimiento, fomentarlo y desarrollarlo”.

Volvemos al principio: a la filosofía y a los rodeos antes de acabar en ella. ¿Qué le diría a alguien que piensa incorporarla a su currículo, a su vida? ¿Alguien que decide que la filosofía es importante para él/ella aunque no sepa qué hacer con ella?
Si la filosofía es un destino, y un destino inevitable, para quien se encuentra con ella, como comentamos antes, no podrá haber vuelta atrás. Puede sortearse académicamente por criterios prácticos (a mí mismo me sucedió, aunque ya he dicho que fue toda una equivocación), pero una vez que alguien ha topado con la filosofía y ha sido herido por ella, solo existe una posible cura: la propia filosofía.

A quien elige este itinerario de estudios hay que animarlo (y admirarlo), lejos de cuestionar su decisión. No resulta fácil, y casi diría que es algo heroico en estos tiempos, decantarse por el estudio de la filosofía, que suele verse como un complemento, como un condimento, pero no como un estudio principal. Nada más lejos de la realidad. Además de la vía investigadora y docente, existen múltiples caminos para quien elige la filosofía como compañera de estudios. Yo mismo soy un ejemplo de ello. La mirada global, amplificadora, que ofrece la filosofía es una característica muy atractiva para numerosas empresas e instituciones públicas.

“Una vez que alguien ha topado con la filosofía y ha sido herido por ella, solo existe una posible cura: la propia filosofía”

Pero no debe ser este el criterio, aunque puede tranquilizar a los padres del alumno de turno. Los altibajos a lo largo del camino no son despreciables. Pero ¿quién no los tiene? Además de ofrecer un poso de cultura brillante, la carrera de filosofía permite enfrentarse con solvencia y madurez a lo que la vida nos va poniendo por delante. La filosofía no solo cuestiona, como suele decirse, sino que ayuda a construir certezas, aunque resulten puntuales, coyunturales.

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