Por Jaime Fdez-Blanco Inclán

Tradicionalmente, el cómic ha sido visto como una forma de arte menor, con minúscula, como si el mismo fuera únicamente un medio de entretenimiento para niños y jóvenes de un sector muy específico y particular. Gracias a Dios, esa visión está cambiando, y me gustaría explicarles el porqué…

Son cada vez más quienes ven en la viñeta, en el cómic –tal y como demuestra maravillosamente la colección la otra h, de la editorial Herder- un modelo maravilloso para acercarse a la literatura, sin dejar por ello de deleitarse con las grandes ideas y autores de la historia de la misma.

A lo largo de la años se ha fomentado en las escuelas la lectura de grandes clásicos, tratando así de desarrollar el hábito en los más jóvenes, si bien estos, muchas veces, se encontraban a años luz de poder absorber y apreciar esas obras tal y como merecen. No seré yo quien llame error a esa práctica, pero es innegable el hecho de que, en demasiadas ocasiones, ha tenido el efecto contrario, alejando a los más jóvenes de la palabra escrita.

Permítanme ilustrar la cuestión bajo mi propia experiencia, pues un servidor estuvo a punto de tirar la toalla allá por primaria, cuando el maestro de turno decidió meternos con calzador las “Coplas a la muerte de su padre”, de Jorge Manrique, y “La Celestina”, de Fernando de Rojas. Obras maestras, sin duda alguna, pero a años luz de resultar atractivas para un joven de mi tierna edad. No estaba mal el libro escogido, sino el tiempo de ponérmelo delante. Y me consta, son muchos los que compartieron mi parecer.

Por suerte el cómic vino en mi rescate. Lo que empezó con risas con Mortadelo y Filemón, pasó a aventuras superheróicas con Spider-Man y Lobezno, para saltar de ahí al mundo del manga de la mano de Akira Toriyama, Rumiko Takahasi, Masakazu Katsura o Masamune Shirow. Poco después me enfrenté a Stephen King y el Capitán Alatriste, tropezando por el camino con Ana Frank, y así, poco a poco, los Cervantes y Shakespeare, Dumas y Tolstoi, Conrad y Zweig, Platón y Aristóteles, y muchos más, dejaron de ser para mí aburridos e inaccesibles para convertirse en una fuente inagotable de placer y sabiduría.

Decía Lao Tsé, el sabio chino, que “Un viaje de mil millas comienza con un primer paso”. Para mí, ese paso inicial fue la viñeta y es por ello que escribo este elogio a la misma, influencia ineludible que ha marcado como pocas otras quién soy y a dónde voy.

Son muchas las personas que dicen que no les gusta leer, más yo nunca las he creído. Decir eso es lo mismo que decir que no les gusta el cine y estaremos de acuerdo en que aquellos no abundan. Es simplemente gente que no ha encontrado aún el autor, el género o el libro que haga saltar la chispa que comience el incendio y no se me ocurre -y lo digo de todo corazón- mejor combustible para ello que el cómic, especialmente a edades tempranas.

Si a eso le añadimos iniciativas como ésta de Herder de poner en este formato algunas de las grandes obras de la historia de la literatura, la filosofía y la ciencia, no podemos más que desear en encontrarnos un futuro maravilloso en el que, picados por la curiosidad y las ganas de saber más, pasemos de estos mangas a las obras en que están basados, y de ahí a otros autores e ideas, de manera que nos convirtamos, cada vez más, en una sociedad más culta y formada. Con las ventajas que eso conlleva.

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