Si hay un nombre, junto al de Albert Einstein, que aglutina en nuestra mente la ciencia y la fama, ése es el de Sigmund Freud. El neurólogo austríaco y padre del psicoanálisis sigue siendo a día de hoy una figura polémica, lo mismo que sus teorías respecto al inconsciente, pero lo que nadie duda es de que sus propuestas fueron absolutamente revolucionarias, marcando un punto y aparte en la forma de mirar y analizar la mente humana.

Nacido en Freiberg, Moravia (actual Příbor, República Checa), en 1856, Sigmund Freud terminaría siendo con el paso de los años el mayor innovador en el campo de la investigación de la conducta humana y la técnica terapéutica. Centró sus investigaciones más tempranas en el estudio de la histeria y la neurosis, llegando a la conclusión de que las mismas son producidas por “reminisencias” albergadas en nuestra mente que han de ser sacadas a flote (es decir, expresadas y analizadas) para poder ser superadas.

Hemos de destacar que Freud ofreció un modelo de la mente por capas, haciendo una clara diferenciación entre la consciencia y el inconsciente. Este último, mayor y más complejo que la primera, sería su gran campo de estudio. Según nuestro protagonista, es en el inconsciente donde se almacena la mayoría de la información que alcanzamos por los sentidos, así como el lugar donde recluimos aquello que la consciencia ha olvidado. Es decir, ciertos traumas o sucesos importantes pueden ser eliminados de la mente consciente, pero eso no hace que desaparezcan de nuestro cerebro, sino que se almacenan en otro lugar, el inconsciente, desde donde pueden desarrollar todo tipo de emociones y trastornos. Es por tanto una parte fundamental de quiénes somos y de la salud mental que tenemos.

Estas teorías supusieron una revolución al mostrar al ser humano como una disociación en sí mismo, con una parte de su intelecto a la que ni siquiera tiene acceso y la razón presentada como una herramienta limitada, incluso respecto al conocimiento de uno mismo. Fueron además un grito contra la moral encorsetada de la época y un aviso de cómo esas represiones emocionales y físicas (por ejemplo respecto al sexo, al que Freud daba una importancia capital) podían ser muy perjudiciales para la salud mental. Huelga decir que estas reflexiones de Freud, plagadas de parafilias de índole sexual y comportamientos muy alejados de la moral tradicional, supusieron un mazazo para la sociedad de la época, despertando tanto pasiones como odios enormes.

Con el fin de solucionar los problemas que esas emociones y traumas reprimidos podían ocasionar, Freud inventó un nuevo tipo de terapia enfocado a liberar a sus pacientes. Denominó a su método Psicoanálisis y lo que trataba de conseguir era que esas ideas perdidas en el inconsciente ascendieran a la consciencia, de modo que se produjera una catarsis en el paciente que, al conocer y comprender ese sentimiento dañino, pudiera superarlo y curarse.

El método favorito de los psicoanalistas para conseguir dicho resultado pasaba por la libre asociación. Esto es, el terapeuta se mantiene alejado y en silencio respecto al paciente, sin atosigarlo con preguntas u ofreciendo opiniones. Su labor es permitir que el paciente se enfrasque en un interminable monólogo, de modo que en algún momento salgan a la luz esos traumas que alberga su psique.

Las clasificaciones y conceptos que inventó y desarrolló Freud (como el Yo, el súper Yo, el ello, el deseo, las pulsiones, etc.) cayeron como una bomba sobre la psicología y la psiquiatría y enseguida empezaron a aparecer tanto detractores como seguidores. Los primeros criticaban el psicoanálisis como una pseudociencia basada en premisas falsas, mientras que, para sus contrarios, las tesis freudianas suponen el primer paso hacía una verdadera comprensión del funcionamiento de la mente humana. Tal y como lo defendía su amigo y admirador, el escritor Stefan Zweig:

“Sólo gracias a él, miles y cientos de miles han comprendido por primera vez la vulnerabilidad del alma humana -en especial del alma infantil- y, a la vista de las heridas por él descubiertas, han empezado a intuir que todo gesto brusco, toda intervención brutal en esta materia hipersensible, dotada de una misteriosa fuerza memorística, puede destruir un destino (…) El respeto a la personalidad es lo que Freud a introducido, cada vez más profundamente, en la conciencia de hoy (…) Este arte de la comprensión mutua, el más importante en las relaciones humanas y el más necesario entre las naciones, el único que nos puede ayudar a construir una humanidad mejor, no ha sido promovido tanto por ningún método psíquico de nuestro tiempo como por la personalidad de Freud; gracias a él nos hemos dado cuenta por primera vez de la importancia del individuo, del valor único e insustituible de toda alma humana.”

Ante el avance imparable del nazismo, Freud, como muchos otros judíos, tomó la decisión en 1938 de huir de Viena, la ciudad en la que había vivido casi toda su vida. Moriría un año después en Londres, víctima de un cáncer que ya le había consumido durante años. Aparte de su labor psiquiátrica, es hoy uno de los científicos y pensadores más notables del mundo y forma, junto con Marx y Nietzsche, lo que se ha dado en llamar “los filósofos de la sospecha”. Tres pensadores que interpretaron que la conciencia, en su conjunto, es falsa. En el caso de nuestro protagonista, por la represión sobre el inconsciente que ejerce y buscando su cura en la aceptación del principio de realidad.

Si queréis indagar más en la vida y la obra de este genio, os recomendamos iniciar con la lectura fácil y entretenida del manga Introducción al psicoanálisis, una de las muchas obras de referencia que se incluyen en la colección La otra H, de Editorial Herder.

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