En el blog de Pedro Jorge Romero podemos leer una extensa reseña sobre la versión manga del Así habló Zaratustra de Nietzsche donde habla ampliamente sobre la trama del libro (con algunos pequeños spoilers, por si alguno es sensible con este tema):
Llámenme lento, pero hasta ahora no había caído en que la declaración “Dios ha muerto” no es equivalente a “Dios no existe”. La segunda es una afirmación ontológica. La primera, una declaración de principios, la constatación de que una idea (independientemente de si se correspondía o no con un ente realmente existente) ha perdido la validez que hubiese podido tener. Ya no es útil.
De eso va fundamentalmente Así habló Zaratustra, el cómic versión libre (ante la imposibilidad de adaptar el libro en sí) de la famosa obra. Como no he leído el libro (más que algún capítulo hace muchos años), no puedo decirles hasta qué punto han tenido éxito. Lo que en cierta forma es una suerte, porque me obliga a tratar este cómic en sí mismo.
Y como apunté en el primer párrafo, la historia va de la muerte de Dios y de qué hacer cuando esa idea resulta ser innecesaria. Es decir, cuando el armazón antiguo ya no sirve, ¿sobre qué se construye la existencia? El yo y el eterno retorno, fundamentalmente, y por supuesto una nueva moral que trascienda la antigua. Se requiere, por tanto, un nuevo ser humano, otro tipo de ser. Debe ser el superhombre.
La historia concierne a la familia de un párroco, y en concreto a sus dos hijos, Álex y Zaratustra. Una serie de revelaciones iniciales les obliga a replantearse su lugar en el mundo y en la sociedad. La reacción de Zaratustra es pensar que si aquel detalle era falso ¿qué otros detalles lo son también? Para Álex, la respuesta radica en refugiarse cada vez más en Dios, pero siendo Dios una idea caduca, en el contexto social de la historia donde se cree en Dios por pura conveniencia, Álex es cada vez más religioso alejándose paradójicamente (o quizá no tanto) de los principios de la religión.
Pero en el mundo de Zaratustra hay pocas esperanzas. Sus dos pilares, el yo y el eterno retorno, son pesadas cargas. Especialmente el segundo. En un momento dado, uno de los personajes comete el error de confiar en el eterno retorno como medio para lograr una segunda oportunidad. Pero se trata de una trampa, porque el eterno retorno implica la ejecución exacta de lo que ya fue y volverá a ser. La única liberación posible es abandonar ese ciclo de repeticiones. Ésa es la meta de Zaratustra que termina el cómic sin haberlo logrado. Más que nada, porque la esperanza es otra trampa y lo única posible es el proyecto.
Digamos que Zaratustra es el protagonista de la historia, pero no necesariamente el héroe. Para dejárnoslo claro, está la misteriosa Salomé que no duda en burlarse de él en todo momento. Siendo un ser claramente superior, no duda en espolear a Zaratustra desde su posición privilegiada. Y es preciso que así sea, porque el viaje de Zaratustra implica el abandono progresivo de las antiguas ideas. Aparentemente lo más importante es ese camino por andar.
Por tanto, el único pilar que queda es el del propio yo, algo de lo que Zaratustra está completamente seguro (siendo una carga, porque el yo absoluto implica también una responsabilidad total). Su posición es por tanto la de un egoísmo absoluto, o quizá mejor una autosuficiencia absoluta: Zaratustra se basta él solo para controlar su vida. Y uno se pregunta por qué. Después de todo, habiendo abandonado tantas convicciones anterior, ¿a qué arrastrar esta última? ¿Qué tiene el yo de especial excepto el hecho de que creemos sentirlo? Es como si jugando a replanteárnoslo todo, nos parásemos justo antes del final en lugar de preguntarnos ¿y si el yo también ha muerto?
No es habitual encontrarse un cómic que plantee así abiertamente cuestiones de este tipo (se me ocurre, por ejemplo, Logicomix). Es decir, tratar más o menos de forma subrepticia temas complejos es habitual, ponerlos directamente en la primera página, ya no tanto. Además, se usan muy bien los recursos del manga. Por ejemplo, eso de eliminar las caras en ciertos momentos se ajusta muy bien a ciertos temas. Y por no hablar del diseño de los personajes, Salomé en concreto, que choca directamente con el contexto social pero no desentona en un manga. E incluso las referencias, La naranja mecánica, se corresponden con lo tratado.
Esta no es una obra para todo el mundo. Evidentemente, está destinada a un público joven y el uso del manga se debe precisamente a facilitar esa labor. Que es fácil de leer lo puedo garantizar. Incluso estoy seguro de que dará para pensar, porque las ideas y la ejecución chocan (deliberadamente) entre sí. El resultado final me parece divertido, porque se trata de una de esas situaciones donde te preguntas cómo a alguien se le pudo ocurrir algo así y a la vez te alegras de que a alguien se le haya ocurrido. En suma, es una apuesta por cierta forma de acercar ideas, haciéndolas lo más explícitas posibles de la forma también más entretenida.
Ya dije, cuando lo puse como recibido, que de niño leí una versión en cómic de El manifiesto comunista. Es un truco que puede funcionar, siempre que no nos pongamos puristas y pensemos que las ideas son lo único importante. Para profundizar, siempre queda el libro original.

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