Os presentamos el artículo de Francesco Occhetta S.I. publicado en el nº 3 de La Civiltà Cattolica Iberoamericana, el cual nos habla de cómo Zygmunt Bauman interpretaba la filosofía moderna y cuál era su pensamiento sobre la felicidad, la política, la vida y el amor. El filósofo de origen judío y profeta del posmodernismo Zygmunt Bauman, es conocido sobre todo por su obra, en la que acuña el término de “modernidad líquida“. Bauman lo utilizaba para explicar el paso de las sociedades modernas a las contemporáneas, y cómo los fenómenos sociales de la era moderna habían dejado de ser patrones definidos de larga duración que nuestros abuelos seguían (como el matrimonio o el trabajo), y se habían convertido en fenómenos sociales caracterizados por ser cambiantes y de corta duración.

Francesco Occhetta S.I.

El 9 de enero de 2017 falleció Zygmunt Bauman, sociólogo polaco de ciudadanía inglesa, uno de los más conocidos intérpretes de la modernidad. La noticia fue dada por el diario polaco Gazeta Wyborcza. Bauman tenía 91 años, una vida «llena de días», según la Escritura, no solamente por su cantidad, sino también por la profundidad con la que fueron vividos. Con su muerte cae el telón frente a uno de los principales intelectuales contemporáneos, fecundo en ideas hasta el fin de su vida. Las muchas arrugas esculpidas en su rostro hablaron más que cualquier palabra acerca de los muchos capítulos del libro de una vida difícil y agitada.

Nacido en Poznań, el 19 de noviembre de 1925, de origen judío, Bauman se refugia en la URSS en 1939 para enrolarse en el ejército soviético y luchar contra la invasión nazi de Polonia. Después de la guerra estudia Sociología en la Universidad de Varsovia. De 1944 a 1953 es oficial del ejército polaco, dependiente de los soviéticos. En 1946 pasa a ser miembro del Partido Comunista. De 1953 a 1968 enseña Filosofía marxista y Sociología. En 1968, como consecuencia de la oleada antisemita del régimen comunista, que le revoca la cátedra, se traslada a Israel con su esposa Janina y sus tres hijas.

En Tel Aviv no comparte el sionismo de su padre y, a partir de 1971, emigra a Leeds, una pequeña ciudad inglesa a unos 300 km al norte de Londres, donde encuentra una casa y una cátedra. Allí echó raíces, extendió las ramas y produjo los frutos de su pensamiento, que han hecho debatir a Occidente durante cerca de medio siglo.

La felicidad (moral) y el fin de la vida pública

Como ya se ha escrito, en una sociedad huérfana del papel del padre, «Bauman fue un padre». Voces autorizadas, como la del cardenal Carlo Maria Martini, lo definieron como un «no creyente pensante», porque, gracias a su propensión a la filosofía, al psicoanálisis y a la antropología, buscó la confrontación con los hombres de fe sobre las preguntas últimas y su sentido, que la investigación a menudo ignora. A pesar de haber vivido las tragedias y los fracasos del siglo XX —nazismo, Holocausto, Hiroshima, comunismo—, en sus escritos emerge un optimismo de fondo frente a la vida, considerada un don, pero también una responsabilidad. Bauman decía de sí: «Soy pesimista a corto plazo, aunque optimista a largo plazo».

Sus intuiciones fueron un puente que ayudó a la cultura a pasar de la orilla de la Modernidad, con sus valores y sus certezas, a la de la posmodernidad, el tiempo del miedo y de la precariedad.[1] La cultura contemporánea hereda de su pensamiento una brújula que orienta el camino del ser humano: en efecto, Bauman nunca perdió la ocasión de señalar la dirección para que no nos dejemos engañar por los falsos caminos.

En sus escritos gustaba de subrayar que la riqueza de un país no produce felicidad, más aún, que «el PIB lo mide todo excepto lo que hace que valga la pena vivir la vida».[2] Para vivir la vida como una obra de arte, escribe Bauman, «como los artistas de cualquier arte, debemos plantearnos retos que sean —al menos en el momento de establecerlos— difíciles de conseguir a bocajarro».[3] Considera que «el arte de la vida» consiste en crear y recrearse a sí mismo, y el mundo circundante, a través de caminos de sufrimiento, de dolor, de investigación, de renuncia y de satisfacciones. En la crítica —a veces excesiva— que dirige a las nuevas generaciones, replegadas en sí mismas, Bauman está menos interesado en profundizar en la responsabilidad de las generaciones de los padres, los verdaderos responsables de la «liquidez».

Bauman enseñó a desconfiar de las fórmulas de felicidad que recompensan «los atajos, proyectos que puedan completarse en poco tiempo, objetivos que puedan alcanzarse inmediatamente»[4] y recordó los dos modelos de felicidad propuestos por la filosofía: las narraciones del mito del superhombre y la del hombre débil y humillado. Es decir, o bien escoger, para ser felices y vivir como poderosos excluyendo la propia debilidad, según el pensamiento de Friedrich Nietzsche, o bien comprometerse a vivir «la felicidad de ser para», como enseñara uno de sus modelos de referencia, Emmanuel Lévinas. El grado de felicidad depende de una elección, del modo en que el sujeto llega a ser para los demás, puesto que «“ser” y “ser para los otros” son sinónimos».[5]

En el volumen titulado Ética posmoderna[6] se delinean los atisbos fundamentales de su pensamiento: la vida feliz se basa en la calidad de la vida moral fundada en la estima y en la confianza, en la amistad y las relaciones correctas, en una vida sobria y solidaria. La levadura de la vida son los lazos de amistad, «nuestro único “convoy [social] a través de las aguas turbulentas” del mundo líquido moderno».[7] Un amigo fiel es «lo que las islas ofrecen a los náufragos potenciales o los oasis a los perdidos en el desierto».[8]

Más compleja es en Bauman la idea del fundamento de la moral social. Con el ocaso de las «grandes narrativas» y de las ideologías del siglo XX, la moral posmoderna ha visto la fragmentación de las verdades absolutas y de la posibilidad de reafirmar una moral social compartida. Por eso en sus escritos la moral nace como «la entrega total del yo al tú».

El sociólogo Mauro Magattio subraya en un comentario a este tema que en Bauman «es la dimensión moral originaria y presocial del individuo la que funda la sociedad, y no viceversa».[9] Se trata de una elección libre, individual, frágil y que ha de renovarse siempre. Un acto libre y personal de vivir en el seno de una sociedad. La moral social es totalmente irracional y es la suma de los actos individuales, porque el impulso a ser «para el otro», a regalarse al otro, no es un acto racional. Así nace para Bauman la sociedad democrática.

Cuando en sus obras utiliza el término «persona» no lo hace según la gran línea de pensamiento occidental de la tradición personalista de Jacques Maritain y Emmanuel Mounier. Para esta corriente de pensamiento, que inspiró la Carta de Naciones Unidas y muchas constituciones europeas, la persona debe entenderse como «ser en relación»: no se basta a sí misma, depende de otro y tiene necesidad de una comunidad para crecer, en cuanto es portadora de derechos innatos e indisponibles que el Estado tiene la tarea de reconocer y de promover. Para Bauman, en cambio, la «persona» es una máscara que desempeña un papel, hasta tal punto que la identidad es la suma de todos los papeles que el individuo desempeña.

Hay, por tanto, una instancia ética individual que precede a la formación de la sociedad y de la cultura. Desde el momento en que uno se abre al otro, se hace posible la vida social. La moral que nace de un impulso irracional y libre elude una pregunta: en sociedades complejas y plurales, que tienen necesidad de reglas, ¿puede haber una moral común compartida? Bauman no responde explícitamente a esta pregunta, pero enseña que la participación en la vida pública y la formación de una ética universal que no se someta al poder de los más fuertes comienzan por la inclusión de la diversidad y por la escucha del «yo moral».[10]

La política en el pensamiento de Bauman

El adjetivo que hizo célebre a Bauman fue «líquido». La formación comunista y la deuda cultural con Gramsci lo llevarán en más de una ocasión a ser «un pensador solitario», malentendido por la izquierda y criticado por la derecha. Según el sociólogo, lo que cambió fue el objeto del marxismo, no sus razones: la producción debió ceder el lugar al consumo, verdadero chivo expiatorio del ocaso de las ideologías.

La ruptura de la recíproca dependencia entre capital y trabajo —«fordista»— hizo surgir la «segunda modernidad», en la cual las personas cambian de trabajo muchas veces y se convierten en consumidores de identidad, de opciones, de pertenencias —de clase, de género, de fe, de origen—, que podrán asumir un significado determinado pero también su contrario. «Bauman explora un mundo en el cual se ha inveterado la profecía de Marx que quiere el capitalismo como condición en la que todo lo que es sólido y estable se disuelve en el aire, todo lo que es sagrado es profanado».[11] La comunidad, el partido, la asociación, la parroquia, se han debilitado a causa de la fragilidad de las elecciones y de la velocidad de los consumos.

Con mirada de águila, Bauman fue capaz de enfocar desde una gran distancia lugares, personas y objetos de la política. Sus análisis sobre la realidad tocaron numerosos ámbitos: la incertidumbre social e individual, ligada sobre todo al trabajo y a la estabilidad para realizar proyectos; los lazos, cada vez más frágiles y cambiantes; las ciudades, por muchos aspectos alienantes a causa del tráfico y de la soledad. Y, además, las migraciones, la relación hombre-máquina y las guerras, la globalización.

Bauman no se cansaba de repetirlo: «la vida líquida es una vida precaria y vivida en condiciones de incertidumbre constante».[12] Esa precariedad es la que genera el miedo social y esa sensación de ser tomados por sorpresa y de quedarse atrás. Lo que cuenta parece ser la velocidad de los consumos, no la profundidad y el sentido de lo que hacemos y somos.

¿Qué efectos tiene esto en la vida política? Primero, el deslizamiento de la democracia hacia formas de gobierno oligárquicas: «La sociedad actual está tornando de forma lenta y constante en una sociedad oligárquica en la que la clase política, cada vez más autorreferencial, en lugar de hacerse cargo de los problemas de la sociedad y de interesarse por aquellos que tienen más necesidad de ayuda y de asistencia, sigue garantizando la posibilidad de que la riqueza se acumule en manos de unos pocos».[13]

En el espacio público las personas han perdido la capacidad de traducir los problemas privados en cuestiones públicas, y viceversa; los lugares actualmente considerados como ágoras no constituyen más el punto de encuentro entre la esfera pública y la esfera privada: «Las historias personales basadas en la autoafirmación están sembradas de peligros y destinadas a la derrota. […] No hay soluciones individuales a problemas que son de naturaleza social».[14]

Para el sociólogo polaco, el diagnóstico posible es del todo claro: lo que ha cambiado es la relación entre poder y servicio. La desaparición de esta condición en la relación entre sociedad y política ha debilitado la dimensión del servicio y potenciado la del poder desnudo, que no sirve a los ciudadanos, sino que se sirve a sí mismo. Los partidos europeos corren el peligro de transformarse en trampolines para los líderes y grupos de interés, en megáfonos para los populismos, en lugares de ambiciones personales, en instrumentos de demagogia electoral que condensan «la comunidad de soledades». La cura para esto es la promoción de la justicia.[15] Y, además, «vivimos la crisis de la separación entre poder y política: los poderes se liberan del control de la política y la política pierde así el más importante de los presupuestos para la producción de acciones efectivas».[16] Según Bauman, las instituciones deben ser sometidas a una profunda reforma a partir del espíritu que anima a las democracias. Pero la política debería detenerse a reflexionar e invertir la moda de «usar y tirar» los lazos sociales. Para el sociólogo es paradigmática la invitación del presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, al día siguiente del atentado contra las Torres Gemelas, a «volver a salir de compras». Por el contrario, las culturas necesitan partir nuevamente del «principio esperanza», que Bauman profundiza en las obras de Ernst Bloch.[17] Hay que partir nuevamente de la construcción de ágoras en las que sea posible encontrarse, conocerse, recomponer la diversidad de intereses, promover estilos de vida sobrios, invertir en políticas ambientales, sin alimentar ilusiones de crecimiento de consumo superfluo.

La vida es un emigrar de sí y hacia otras tierras

El principio esperanza es el verdadero antídoto para el miedo, del mismo modo que el suero cura el veneno de la víbora: «Nuestro mundo contemporáneo no vive una guerra orgánica sino fragmentada. Guerras de intereses, por dinero, por los recursos, por gobernar a las naciones. No la llamo guerra de religión: son otros los que quieren que sea una guerra de religión».[18] El miedo hunde sus raíces «en las ansiedades de las personas y, aunque tenemos situaciones de gran bienestar, vivimos en un gran miedo. El miedo de perder posiciones. La gente tiene miedo de tener miedo, aunque sin darse una explicación sobre el motivo. Y este miedo tan móvil, no expresado, que no explica su fuente, es un capital óptimo para todos aquellos que quieren utilizarlo por motivos políticos o comerciales. Hablar así de guerras y de guerras de religión es solo una de las ofertas del mercado».[19]

Bauman no ofrece recetas preconcebidas a los temas calientes de la política, sino que deja en herencia un método y un horizonte. Propone las condiciones para un diálogo entre las diferencias, un diálogo que supere las fronteras de los Estados nacionales y tenga como interlocutores las culturas y los centros reales del poder, como, por ejemplo, los grandes grupos financieros, los que controlan la Red, las grandes multinacionales, etc. El diálogo es «enseñar y aprender», porque en el diálogo «no hay perdedores, sino solo ganadores». Decir «política» significa para el sociólogo construir «identidades sólidas». La alternativa, la de sobrevivir apáticamente en la sociedad líquida, es sentirse «en todas partes […] a gusto, aunque (o porque) no está en ninguna parte ese lugar que considero propio».[20] Se puede salir de la crisis invirtiendo en cultura y en un nuevo humanismo basado en la cooperación y en la solidaridad, en la que los procesos deberían ser guiados por élites culturales preocupadas por «cultivar personas» y no por «seducir clientes».

Zygmunt Bauman recomendó a los jóvenes, hasta el final, que no perdieran la memoria histórica. Hitler justificó una enésima masacre porque, a solo treinta años de distancia de los sucesos, decía «¿quién recuerda el genocidio de los armenios?». Y, sin embargo, este genocidio había exterminado a cerca de un millón y medio de personas. ¿Dónde estaban la sociedad y los hombres morales? ¿Por qué en aquellos años se había adormecido la memoria? Terminada la guerra, Alemania logró, a través de los medios, hacer memoria como país. Su futuro cambió: se tornó en uno de los países más importantes del mundo. Bauman siempre tuvo miedo del mal. Como afirmaba Anders, «todo puede suceder de nuevo, porque ya ha sucedido».[21] El Holocausto siguió siendo para él una herida que nunca dejó de sangrar. Gracias a su mujer, Janine, el volumen titulado Modernidad y Holocausto[22]reconstruye aquella dramática experiencia, en la que también otras personas decentes, con su silencio, se han hecho corresponsables de tanto mal.

También estuvo atento al tema de las migraciones: «Un día Lampedusa, otro Calais, el otro Macedonia […] Ayer Austria, hoy Libia. ¿Qué “noticias” nos esperan mañana? Cada día se cierne una nueva tragedia de rara insensibilidad y ceguera moral. Son todas señales: nos estamos precipitando de manera gradual pero imparable en una suerte de cansancio de la catástrofe».[23] Bauman ha examinado en la sociedad europea la conciencia social sobre los grandes cambios que están en curso: «Estos migrantes, no por elección sino por atroz destino, nos recuerdan qué vulnerables son nuestras vidas y nuestro bienestar […]. Nos reducimos a descargar nuestra rabia sobre aquellos que llegan para aliviar nuestra humillante incapacidad de resistir a la precariedad de nuestra sociedad. Y, entretanto, algunos políticos —o aspirantes a tales—, cuyo único pensamiento son los votos que recibirán en las próximas elecciones, siguen especulando sobre estas ansias colectivas, aunque saben muy bien que no podrán mantener nunca sus promesas. Pero una cosa es segura: construir muros en lugar de puentes y cerrarse en “habitaciones insonorizadas” no llevará a otra cosa que a una tierra desolada, de recíproca separación, que solo agravará los problemas».[24] En sus análisis del tema Bauman acuñó la expresión «cultura del descarte», anticipándose así al papa Francisco, a quien reconoció como la principal autoridad moral en el escenario internacional.

Por la radicalidad de sus argumentaciones no han faltado voces críticas hacia su pensamiento. Algunos estudiosos lo consideran centrado solamente en las categorías de la producción y del consumo; para otros, ha estado poco inclinado a considerar la bondad de la economía de mercado y del liberalismo, con sus lógicas y sus fines sociales.[25]

Lo que permanece es el amor

Cuando a finales de 2009 muere Janina, a los 83 años, tras 62 años de matrimonio, Bauman define así el amor, citando al filósofo alemán Franz Rosenzweig: «Nos hace desear estar de a dos, tener “a alguien con una boca, para que se lo pueda escuchar, a alguien con quien conversar para que algo pueda ocurrir”». Para el sociólogo polaco, el amor es una realización y una promesa, no una experiencia que haya que realizar: «La que ha pasado de moda es la perspectiva de envejecer, identificada con una disminución de las posibilidades de elección y con la ausencia de “novedades” […]. Tendemos a no tolerar la rutina, porque desde la infancia estamos habituados a perseguir objetos de “usar y tirar”, que se reemplazan rápidamente. No conocemos más la alegría de las cosas duraderas, fruto del esfuerzo y de un trabajo escrupuloso».[26] Este es el antídoto al amor líquido, que impulsa a buscar historias siempre nuevas. En efecto, «el amor líquido es justamente esto: un amor dividido entre el deseo de emociones y el miedo al vínculo».[27]

Bauman nos entrega dos imágenes icónicas para fundar sobre ellas la vida: la del turista ansioso de realizar experiencias sin conocer su sentido, y la del peregrino que, a través del sacrificio, se pone en movimiento partiendo de un lugar para alcanzar su meta.

El sociólogo polaco también miró a los ojos al tema de la muerte, sin querer exorcizarla: «El vuelo de la vida nos conduce inevitablemente —y literalmente— al encuentro con la tierra». Él batalló su «buen combate» con las armas de la mansedumbre y del diálogo, mientras procuró articular de muchas maneras la palabra «amor»: en altruismo, solidaridad, fraternidad, responsabilidad, generosidad. «La vida no es una competición», afirmaba. Solo de este modo puede vencerse el exceso de competición. De esta y de muchas otras enseñanzas le es deudora la cultura contemporánea.

[1] Cf. Z. Bauman, Mortalidad, inmortalidad y otras estrategias de la vida, Madrid, Sequitur, 2014.

[2] Z. Bauman, El arte de la vida, Buenos Aires, Paidós, 2009, p. 14, citando a Robert Kennedy.

[3] Ibíd., p. 31.

[4] Ibíd., p. 95.

[5] Ibíd., p. 147.

[6] Z. Bauman, Ética posmoderna: sociologíay política,Siglo XXI, Madrid, 2004.

[7] Z. Bauman, El arte de la vida, op. cit., p. 157, con cita de Niels Ålerstrøm.

[8] Ibíd., p. 158.

[9] En la presentación del volumen de Z. Bauman, Una nuova condizione umana, Milán, Vita e Pensiero, 2004, p. 9.

[10] Gracias al enorme conocimiento que Bauman tenía de la filosofía en sus textos acerca del tema no faltan comentarios y citas suyas tomadas de Sartre, Lacroix, Marcel, Nietzsche, Lévinas, Gadamer, Sennett, Offe y otros autores con los que él entró en diálogo.

[11] G. Sciortino, «Èmorto Zygmunt Bauman, il teorico della“societàliquida”», 9 de enero de 2017, en http://www.ilsole24ore.com/art/cultura/2017-01-09/e-morto-zygmunt-bauman-teorico-societa-liquida-174144.shtml.

[12] Z. Bauman, Vida líquida, Barcelona – Buenos Aires – México, Paidós, 2010, p. 10.

[13] De un escrito de Z. Bauman publicado el 13 de octubre de 2016 en Avvenire: https://www.avvenire.it/agora/pagine/bauman-cari-top-manager-siate-piu-giusti.

[14] Z. Bauman, «La sociologíadi fronte a una nuova condizione umana. Intervista a Zygmunt Bauman», enUna nuova condizione umana, op. cit., p. 71.

[15] Cf. ibíd., p. 44.

[16] F. Scaglione, «Bauman: contro l’Europa del sospetto», 13 de julio de 2016, en https://www.avvenire.it/agora/pagine/bauman-contro-europa-sospetto-intervista.

[17] En este sentido, Bauman también es heredero de la Escuela de Frankfurt. Además, está de acuerdo con la crítica del progreso elaborada por Mann y Spengler, Nietzsche y Heidegger, cuando considera que la enfermedad de Occidente consiste en la imparable invasión de la técnica en el horizonte cada vez más violentado de la naturaleza.

[18] Entrevista de S. Falasca, «Bauman: “Il dialogo è la vera rivoluzione culturale”», 20 de septiembre de 2016, en https://www.avvenire.it/chiesa/Pagine/parliamoci-vera-rivoluzione-culturale.

[19] Ibíd.

[20] Z. Bauman, 44 cartas desde un mundo líquido, Barcelona, Paidós, 2011, p. 84.

[21] Cf. Íd, «A natural history of evil», en Bauman, Z., Collateral damages. Social Inequalities in a Global Age, Cambridge, Polity Press, 2011,pp. 128-149, en especial la p. 142 [trad. cast.: Daños colaterales: desigualdades sociales en la era global, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 2011].

[22] Z. Bauman, Modernidad y Holocausto, Madrid, Sequitur, 2011.

[23] A. Guerrera, «Zygmunt Bauman: “I migranti risvegliano le nostre paure. La politica non può rimanere cieca”», 29 de agosto de 2015, en http://www.repubblica.it/esteri/2015/08/29/news/zygmunt_bauman_i_migranti_risvegliano_le_nostre_paure_la_politica_non_puo_rimanere_cieca_-121836110/.

[24] Íd., «È morto Zygmunt Bauman, filosofo della società liquida», ref. cit. Para profundizar en el tema véase Z. Bauman, Extraños llamando a la puerta, Barcelona, Paidós, 2016.

[25] Bauman debe comprenderse sobre todo a través de su importante trilogía de obras: Modernidad y Holocausto (1998, orig. 1989), Ética posmoderna (2004, orig. 1993), y Modernidad líquida (2002, orig. 2000).

[26] R. de Santis, «Bauman: “Le emozioni passano, i sentimenti vanno coltivati”», 20 de noviembre de 2012, en http://www.repubblica.it/speciali/repubblica-delle-idee/edizione2012/2012/11/20/news/bauman_le_emozioni_passano_i_sentimenti_vanno_coltivati-47036367/

[27] Ibíd. Queda, además, la advertencia que toca ante todo los afectos, más que la razón: «El mercado ha olfateado en nuestra desesperada necesidad de amor la oportunidad de enormes beneficios. Y nos atrae con la promesa de poder tenerlo todo sin fatiga: satisfacción sin trabajo, ganancias sin sacrificio, resultados sin esfuerzo, conocimiento sin un proceso de aprendizaje. El amor requiere tiempo y energía. […] Y aunque podemos comprar casi de todo, no podemos comprar el amor. No hallaremos el amor en un negocio. El amor es una fábrica que trabaja sin descanso, las veinticuatro horas del día y siete días a la semana». Cf. Z. Bauman, 44 cartas…, op. cit.

 

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