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Cómo podemos explicar la supervivencia de minorías cristianas en diferentes países musulmanes? Rastoin nos da la clave de la discriminación religiosa, realizando un repaso a lo largo de la historia para explicar los motivos por los cuales los cristianos desaparecieron en algunos países, y en otros aún estando presentes, son una minoría en declive.

Los cristianos han ido desapareciendo, estadísticamente hablando, de países como Egipto, Siria o Líbano, donde ejercieron una función fundamental en la vida política, económica y cultural, a causa de la marginación religiosa. Sin embargo hoy, pese a sufrir un proceso de marginación, siguen conservando sus tradiciones, gracias a una alta resiliencia.

En la actualidad existe un factor demográfico natural que junto con las migraciones religiosas hacia países no discriminatorios, hacen que la disminución de población cristiana en estos países sea patente. Otros factores como la arabización – llamada el “despertar del islam”-, los matrimonios mixtos, o la ambición de los jóvenes para conseguir puestos en la administración, sin menospreciar los conversos por convicción, hacen que la discriminación religiosa cristiana aumente y la religión musulmana en esos países sea mayoritaria.

El autor del ensayo, Marc Rastoin, es biblista y profesor en el Pontificio Instituto Bíblico de Roma.

Por Marc Rastoin S.I.

La situación de los cristianos en los países de mayoría musulmana es a menudo difícil. Tampoco es sencilla su situación en aquellos Estados que no se adhieren a una ideología integrista, que instrumentaliza la religión musulmana con fines políticos. Algunos observadores ponen de relieve el peligro —cuando no se trata ya del estado real de cosas— de que sean ciudadanos de segunda categoría.

No obstante, aun teniendo un estatus socialmente inferior, los cristianos siguen viviendo —y también en el pasado han vivido
durante mucho tiempo— en reinos o Estados oficialmente musulmanes. En el curso de la historia las condiciones a menudo han cambiado y, sin duda, en determinadas épocas y contextos específicos, ha habido una cierta tolerancia, como, por ejemplo, la que se atribuye, en parte de forma legendaria, a los gobernantes musulmanes de los reinos de Andalucía. Tampoco en el Imperio otomano careció de equidad el estatuto concedido a las minorías cristianas, permitiendo así que estas poblaciones sobrevivieran por siglos. En cualquier caso, se perciben grandes diferencias entre unas regiones y otras.

Lo que nos preguntamos es cómo es posible que los cristianos estén todavía presentes en Egipto, mientras que, por ejemplo, han desaparecido del resto de África del Norte. Para intentar responder a esta pregunta podemos tomar en consideración cinco situaciones diferentes.

Las minorías históricas resilientes

El primer caso a analizar es el de los países conquistados por el islam en su primera fase de expansión. Se trata, en lo esencial, de territorios originalmente bizantinos[1] y en los cuales los cristianos, después de haber sido durante mucho tiempo una mayoría y, después, una minoría relevante, se encuentran hoy sometidos a un proceso de marginación. Nos referimos a Egipto, Siria, Líbano, Jordania-Palestina e Iraq, bajo el dominio persa antes de la conquista.

En estos países, los cristianos han vivido ininterrumpidamente desde hace 2 000 años. Su número fue durante bastante tiempo mucho mayor que el actual y la evolución no fue siempre negativa. Su presencia social fue eficaz tanto en el plano económico como en el cultural. En el caso de Egipto, una Iglesia nacional representó durante siglos a la inmensa mayoría de la población.

¿Cómo se produjo con el tiempo ese cambio de la «mayoría religiosa»?[2] A tal cambio contribuyeron diversos factores: la inmigración regular, durante muchos siglos, de nómadas islamizados provenientes de la península arábiga, favorecida por las administraciones locales; las tasas particulares —jizya— impuestas a los dhimmi;[3] la fuerte presión ejercida por musulmanes ricos sobre los esclavos —locales, africanos o caucásicos— y sobre los dependientes cristianos a fin de que se convirtieran; los matrimonios mixtos, que, aun siendo poco significativos desde el punto de vista estadístico, se dieron sobre todo en las élites y que, durante siglos, fueron contratos de sentido único; y las persecuciones violentas, raras pero, aun así, claro motivo de preocupación —y también de éxodo— para los cristianos.

El caso de persecución más conocido fue el del califa fatimí de Egipto Al Hakim (985-1021), en un momento en que los cristianos constituían todavía casi la mitad de la población. También durante la época de las cruzadas (1096-1270), el modo en que los cruzados procuraron explotar la presencia local de sus correligionarios tuvo repercusiones negativas: suscitó fuertes reacciones entre los musulmanes y el nacimiento de una sospecha permanente sobre la lealtad de los cristianos.[4]

A estos factores históricos se agregó —a partir de 1820 y, en particular, durante todo el siglo XX— un fenómeno determinante: la reducción de la tasa de nacimientos de la población cristiana, debida sobre todo al progreso de la instrucción, favorecida por los contactos con los cristianos de Europa que fundaron escuelas y universidades.

En algunos países, un factor relevante de reducción de la presencia cristiana está dado también por la emigración. Por ejemplo, Líbano conoce este fenómeno desde 1850. También los musulmanes emigran, pero en proporción mucho menor. Si Líbano, Siria y Palestina fueron desde siempre tierras sometidas a una fuerte emigración —hasta tal punto que todas las Iglesias de estos países, sean católicas u ortodoxas, cuentan con más fieles en el exterior que en la propia patria—, lo mismo no se verificó, por lo menos hasta 1990, en el caso de dos Iglesias fuertemente nacionales: la Iglesia copta ortodoxa de Egipto y la Iglesia caldea ortodoxa de Iraq.

En síntesis, los cristianos constituyeron en estos países durante mucho tiempo un elemento muy importante de la población y de la sociedad. Raras veces se emplearon contra ellos la violencia bruta o la coacción. Aun habiéndose arabizado e integrado lentamente en la cultura dominante, ellos han conservado sus tradiciones lingüísticas y culturales, su identidad específica y su orgullo. Su resiliencia es admirable.

Los «trasladados» y los expulsados

Después hay regiones en las cuales la presencia cristiana, antes floreciente, se ha reducido por diversos motivos hasta desaparecer del todo. Tal es el caso de África del Norte entre 750 y 1050, de Anatolia central entre 1150 y 1350, de Asia Menor a partir de 1922 después del tratado de Sèvres (1920) y del fin de la guerra greco-turca.

En África del Norte, la retirada de los cristianos —de cultura latina y esencialmente urbanizados— comenzó después de la caída del Imperio romano y de la interrupción del comercio intramediterráneo, en particular después de la conquista de Cartago (698) por los ejércitos árabes. Mientras que las poblaciones nativas y rurales terminaron adoptando de forma predominante el islam —a pesar de fuertes resistencias, como la de la bereber Kahina—, las comunidades cristianas urbanizadas rechazaron la arabización y sobrevivieron durante algún tiempo, por lo menos hasta 1030-1050,[5] formando guetos urbanos. Al final, por su aislamiento y la gran pobreza económica y cultural, aceptaron beneficiarse de los intercambios de población con la vecina Sicilia, de donde los normandos pretendían expulsar a los musulmanes. Tanto de un lado como del otro, los que no quisieron o no pudieron partir se convirtieron.

En Anatolia central, el crecimiento del pequeño Estado de los turcos otomanos y su política de conquista causaron, entre 1150 y 1350, un lento éxodo de los cristianos hacia las tierras controladas por el ejército imperial de Bizancio. No obstante, la caída del Imperio (1453) fue brusca y sorprendió a muchos cristianos. Los turcos, que controlaban ya numerosas tierras europeas, instauraron entonces una política garantista para tranquilizar a sus súbditos cristianos. Algunos de estos, de lengua griega, siguieron siendo mayoría en Jonia, en el Ponto y en las costas hasta 1922.

En este período, los únicos factores que explican la disminución del número de cristianos son los ya mencionados: matrimonios mixtos, aportación de esclavos islamizados y caída de la natalidad. Solo cuando, con el tratado de Sèvres, se organizaron intercambios masivos de población, más de un millón de griegos de Jonia fueron de hecho obligados a dejar una tierra que les pertenecía desde hacía 3000 años para refugiarse en la Grecia actual, mientras un número más reducido de turcos tuvo que dejar Tracia y Tesalia.

Las comunidades diezmadas por la violencia

En algunas regiones, los cristianos fueron oprimidos por completo o, en cualquier caso, sus élites fueron masacradas o sometidas a una conversión forzada bajo pena de muerte. Su presencia fue eliminada con campañas largas y premeditadas. Se trata de situaciones en las que la dimensión social o étnico-política del conflicto asumió una importancia mayor que el elemento propiamente religioso. Tal es el caso de la Nubia cristiana, en el actual Sudán, donde desde mediados del primer milenio había tres reinos cristianos. Entre 1200 y 1570 fueron conquistados militarmente y destruidos porque representaban un obstáculo para la trata de esclavos, importante fuente de beneficios para Egipto. Además, se trataba de poblaciones negras, despreciadas por los musulmanes árabes. En el plano religioso, estos cristianos se vieron separados de los demás creyentes en Cristo —sobre todo a causa del conflicto con el reino cristiano de Etiopía— y su Iglesia envejeció lentamente sin experimentar un recambio.

Por lo demás, también Etiopía estuvo en peligro de sufrir la misma suerte en los años 1530-1540. Asentados en las costas eritreas desde hacía siglos, los musulmanes habían llegado a conquistar el 80 por ciento del territorio de los amhara. Bajo la conducción del legendario «Grāñ» (Ibrahim al Ghazi, 1506-1543), un emir fanático y gran estratega, y gracias a una innegable superioridad técnica obtenida por la utilización de las armas de fuego europeas, los musulmanes estuvieron a punto de prevalecer. En ese momento, gracias a un minúsculo contingente portugués bien equipado en el plano militar y cohesionados por su pertenencia a la misma fe, los cristianos lograron rechazar la invasión. Así, el imperio cristiano etíope se fue agrandando gradualmente, sobre todo durante el siglo XIX, y llegó a emprender incluso una política de evangelización de las poblaciones solo levemente islamizadas o todavía paganas, que eran aún numerosas.

En esta misma perspectiva cabe mencionar, por último, los vastos territorios de la actual Turquía, donde la población armenia fue diezmada por campañas de deportación violenta y por masacres perpetradas a gran escala entre 1884 y 1918 por el Imperio otomano y, después, por los Jóvenes Turcos de Kemal Atatürk. Los turcos sentían la presencia armenia como una potencial quinta columna del peligro ruso. Si bien el elemento predominante de la persecución fue el político-étnico, también resultó fuerte la dimensión religiosa, como lo demuestran las conversiones forzadas y el hecho de que los kurdos musulmanes, reclutados a menudo para el «trabajo sucio» de las masacres, fueran preservados aun no siendo de habla turca.[6]

Las comunidades «de frontera»

Hay dos regiones en las que los cristianos, habiendo permanecido en contacto con reinos afines a ellos por su cultura y religión, reconquistaron tras largos conflictos su independencia política. Nos referimos a la Reconquista de la península ibérica del dominio del califato de Córdoba —entre 796 y 1492, fecha de la caída de Granada— y a la de la península balcánica, que afrontó el conflicto y la ocupación entre 1250 y 1913, fecha de la segunda guerra de los Balcanes. Aquí el avance de los turcos se dio lentamente, a lo largo de cuatro siglos, y terminó con el fallido asedio de Viena, en 1683. A pesar de esta cercanía de las fechas, las diferencias entre las situaciones de las dos regiones son notables.

En España —y en Portugal— la caída de los visigodos fue total y muy rápida, y los cristianos, como también los judíos, no estaban descontentos con el nuevo régimen. Este último, apoyándose en un exiguo número de árabes, que permanecerá siempre en las posiciones jerárquicas del ejército, encontró un amplio apoyo en los comerciantes y pequeños funcionarios cristianos en todos los niveles. Estos les permitieron también contrarrestar la influencia de los bereberes islamizados, numerosos en el ejército.

No hubo una persecución sistemática, aunque muchos cristianos, cansados de pagar las tasas o fastidiados por las incesantes luchas entre los bereberes islamizados —convertidos de origen español o árabes que operaban en el aparato estatal, entre el siglo IX y el siglo X—, se trasladaron hacia el norte de la península, donde se estaba organizando la resistencia. Poco a poco la situación se hizo más tensa. A diferencia de los Balcanes, donde la lucha era conducida desde el exterior por reinos extranjeros, como el austríaco y el ruso, la Reconquista fue llevada adelante por reinos locales que reivindicaban la herencia de la antigua Hispania romana.

Afortunadamente, estamos bien informados acerca de un conflicto que sacudió a la Iglesia católica del Sur, sobre todo en Córdoba y en Toledo, en los años 849-859. En efecto, algunos de los líderes tenían la intención de aceptar el statu quo y de permanecer fieles a la autoridad con tal de que respetaran los derechos de los cristianos. Otros, bajo la guía de un sacerdote de Córdoba, espoleaban abiertamente a los cristianos, tanto a la revuelta, en relación con una ofensiva que llegaba desde el norte, como a la fuga. Las provocaciones se multiplicaron, y esto hizo saltar las alarmas en las autoridades del califato, causando, en torno a 850, una persecución contra los seguidores del grupo rebelde y un endurecimiento general de las autoridades. Numerosos clérigos y fieles de posición acomodada se trasladaron en ese entonces hacia el norte,[7] y así, la élite cultural y religiosa cristiana se vio muy debilitada.

Abandonados por sus jefes, numerosos cristianos —pobres, esclavos o criados de amos musulmanes o servidores del Estado—, viendo que la esperanza de una victoria se esfumaba, se convirtieron. Las grandes victorias musulmanas en torno al año 1000 dieron nuevo vigor a este fenómeno. Por otra parte, aunque en España el poder terminaba regresando siempre a los árabes, una vez cesado
el viento de la yihad, los cristianos permanecían vivos, inquietos y dispuestos a apoyar los esfuerzos del norte con la resistencia pasiva o la emigración. Y esto los llevó después a la Reconquista. Con la caída del sultanato de Granada, último reino islámico en la península ibérica, quedaron en España cientos de miles de musulmanes. Esta minoría morisca, asimilada por la fuerza, fue reducida drásticamente tras la última revuelta de 1609.

Distinta era la situación en los Balcanes. En esa región había varios grupos étnicos cristianizados desde hacía un tiempo más o menos prolongado y algunos desde época más reciente (siglos X-XI), como el grupo de los húngaros. Entre el sistema otomano y el del califato de Córdoba había una gran diferencia. Muy bien organizados en el plano administrativo, los otomanos se aseguraban la fidelidad de la población cooperando con las autoridades religiosas que la representaban.

Es cierto que no faltaron masacres, como la que se perpetró durante las guerras de los Balcanes de 1903-1913, pero en tiempo de paz las poblaciones eran respetadas. Los otomanos buscaban adaptar en Europa el sistema del millet, gracias al cual las minorías étnicas eran parcialmente tuteladas y podían gozar de una cierta autonomía administrativa.[8] Los aportes de población turca fueron efectivos —como en Grecia y Bulgaria—, aunque limitados. En las zonas de frontera a menudo se instalaron regimientos turcos.

En esta situación, una población local sólidamente unida en torno a sus sacerdotes —que no se trasladaban o lo hacían en número muy reducido hacia los reinos cristianos— favoreció la supervivencia de la fe. Pero se sentía fuertemente la condición de inferioridad. La obligación de ceder hijos varones para el famoso cuerpo de élite de los jenízaros estaba entre los tributos más impopulares, y las revueltas eran frecuentes, en particular hasta la caída del Imperio bizantino. Estos pueblos, sometidos por los turcos en algunos casos varias veces, se doblegaron, pero conservaron la unidad.

La cultura entró en una suerte de «hibernación», con una identificación cada vez más fuerte entre el pueblo y la Iglesia nacional, que era su expresión. Cuando, sobre todo en el ejército y en la administración, se verificaban conversiones al islam —numerosas en las regiones aisladas, dentro de grupos que no estaban insertos en una Iglesia nacional fuerte o que estaban divididos entre ellos en el plano religioso—, se asistía también ipso facto al abandono de la nación.

Las comunidades «frágiles» convertidas en bloque al islam

Es sorprendente constatar que, en general, en todas las tierras cristianizadas de la región que va desde el Mediterráneo hasta Oriente Próximo, pasando por el África negra —Nubia y Etiopía—, ningún pueblo que en un tiempo hubiese sido en su mayoría cristiano pasó pacíficamente al islam en su totalidad. Solo el tiempo y, gradualmente, un conjunto de factores demográficos, económicos, políticos y culturales causaron la declinación numérica de los cristianos, sin que pueda fijarse en general la fecha en la que una determinada región pasó a ser mayoritariamente musulmana.

Hay, sin embargo, una excepción importante, sobre la cual las fuentes son todavía escasas: Albania. La resistencia de los albaneses a los invasores, liderada en el siglo XV (1443-1468) por el católico Jorge Castriota, apodado Skanderbeg, fue vigorosa y apasionada. Pero, una vez dominados, se convirtieron; al principio gradualmente, y después de forma masiva en vastas regiones, sobre todo en el centro y nordeste del país. ¿Por qué?

Ante todo puede formularse como hipótesis que la ausencia de una Iglesia nacional —los cristianos estaban divididos: católicos en el norte y en las costas, y ortodoxos sobre todo en el sur— favoreció, sin duda, la conversión al islam.

Otro elemento relevante parecería ser el hecho de que los albaneses no tenían una concepción muy clara de Estado y de nación; la unidad de base estaba dada por el clan y por sus reglamentos consuetudinarios —el kanun—. Parece que los turcos supieron servirse de los jefes de clan para asegurarse conversiones. Para los albaneses, la fuerza de la costumbre era más importante que la afiliación religiosa. Además, la pobreza del país los hacía también candidatos perfectos para la ocupación en la administración pública y en el ejército, cosa que se dio en ellos de forma creciente. En otras partes —en Grecia, Macedonia y en Kosovo—, muchos albaneses ortodoxos se asimilaron a los grupos eslavos ortodoxos, perdiendo así su identidad albanesa.

Diferente es la situación en Bosnia-Herzegovina y en los países de frontera entre los dos imperios, porque esta región montañosa entre Serbia y Croacia, entre Constantinopla y Roma, estaba esencialmente dividida entre católicos, ortodoxos y heterodoxos. Algunos historiadores consideran que fueron los bogomilos, precursores de los cátaros con su herencia gnóstica, los que sufrieron primero la seducción del islam. Según tales opiniones, los bogomilos formaron, junto con los eslavos convertidos, el núcleo de la futura población musulmana. Esta área fue también durante bastante tiempo una zona codiciada en la que se asentaron turcos, albaneses y mercenarios musulmanes, a veces de manera definitiva. De este modo, algunas aldeas quedaron finalmente habitadas solo por musulmanes.

Así como en el delta del Danubio hay una población cristiana ortodoxa de habla turca, en Bulgaria hay una relevante población musulmana —el 10 por ciento—. Pero, si bien a lo largo de los siglos los búlgaros tuvieron que integrarse, hay entre el cristianismo y la identidad búlgara una identificación tal que los musulmanes, por su conversión, se volvieron poco a poco turcos y son considerados como tales por los búlgaros que permanecieron cristianos.

Algunas consideraciones para una síntesis

¿Qué conclusiones podemos extraer de visión general? Notemos ante todo que hemos excluido con toda intención las poblaciones que se volvieron cristianas como consecuencia de la expansión colonial europea, iniciada en el siglo XVI, y que, una vez obtenida la independencia política, se encontraron bajo dominación musulmana. Su situación es diferente en la medida en que el Estado asume desde el comienzo una «forma» europea, aun cuando la Constitución prevea que el islam es la religión de Estado.

Es importante poner de relieve un hecho de alcance histórico para nuestro siglo. Los países que están en el centro del mundo musulmán (nos referimos a Yemen, Iraq, Marruecos, Siria, Argelia, Túnez, Egipto, Irán y Líbano), después de haber perdido casi por completo entre 1948 y 1962 la presencia milenaria de la población judía, están por «perder» también su población cristiana.

En efecto, hemos visto cómo gradualmente están desapareciendo o perdiendo toda significación desde un punto de vista estadístico comunidades con riqueza histórica que en el pasado ejercieron una función fundamental en la vida política, económica y cultural del mundo árabe. El contacto cotidiano de musulmanes de lengua no árabe con cristianos se está restringiendo cada vez más a la periferia de los países árabes, por ejemplo, Nigeria, Indonesia, Chad, Costa de Marfil y Tanzania. Esta homogeneización religiosa del mundo árabe es un acontecimiento histórico totalmente inédito que entraña el peligro de provocar el mismo empobrecimiento cultural y los mismos malentendidos que se registraron en la Edad Media en los cristianos europeos, que tenían un conocimiento del mundo musulmán a menudo basado en leyendas.

Hemos considerado también las causas principales de tal declinación numérica, en particular las más recientes. El factor demográfico «natural» es, sin duda, el más fuerte en el último siglo. Poblaciones cristianas que parecían haber logrado conservarse en un porcentaje relativamente alto —Egipto, Iraq, Palestina, Líbano— han registrado un descenso notable en el siglo XX.

El segundo factor, igualmente importante en época reciente
—como también en algunos períodos del pasado—, es la emigración hacia países que ofrecen mayores posibilidades y no discriminan en el plano religioso.

Por último, hay que tener en cuenta el crecimiento —desde finales del siglo XIX— de la afirmación identitaria musulmana, el llamado «despertar del islam», que también se vio apoyado por una formidable explosión demográfica: en efecto, entre 1900 y 2015 los musulmanes pasaron de 220 a cerca de 1 500 millones. Este fenómeno ha marginado cada vez más y dificultado de forma creciente la afirmación de una identidad árabe cristiana. Para los árabes cristianos se hace cada vez más difícil seguir existiendo como tales. El hecho de que el conflicto palestino-israelí haya ido perdiendo
de 1967 en adelante su connotación nacional para ser presentado de forma cada vez más abierta como un conflicto «judío-musulmán» ha agravado la situación.

Vale la pena profundizar brevemente en el efecto que las normas coránicas, que discriminan a los no musulmanes tolerados —llamados «pueblos del libro»: judíos, cristianos, zoroastras—, han tenido en el descenso de su presencia en los países en que se aplican. Algunas normas, que pueden haber tenido un papel limitado en el curso del tiempo, como la conversión al islam de la mujer cristiana de un musulmán,[9] ejercen hoy una influencia mayor en una sociedad en que se van atenuando las antiguas relaciones sociales de endogamia y de estricto control del grupo de referencia.[10] La natalidad y los matrimonios son elementos de por sí poco visibles, pero extremadamente eficaces a medio y largo plazo. En el conjunto de la historia de estas comunidades cristianas, los matrimonios han contribuido en muchas regiones más que las persecuciones violentas a la reducción del número de cristianos.

Otro elemento decisivo ligado a las normas coránicas es la necesidad de evitar los impuestos. Esto ha inducido a menudo a los más pobres de la comunidad a convertirse, no por convicción, sino por desesperación. Del mismo modo, la necesidad de ser musulmán para hacer carrera en el ejército y en los niveles altos de la administración ha contribuido a que muchos jóvenes se convirtieran; también en este caso, no por convicción, sino por ambición. Por otra parte, no hay que dejar de tener en cuenta las conversiones por convicción. Las ha habido en todas las épocas, aunque en los países islámicos la conversión del islam al cristianismo ha sido siempre mucho más difícil e infrecuente que la del cristianismo al islam.

Para apoyar la presencia cristiana en tierras del islam

¿Qué elementos pueden favorecer la permanencia de estas comunidades cristianas hoy? Los factores históricos que contribuyen a su declinación se desarrollan en un largo período de tiempo. Por otra parte, hay algunas condiciones o iniciativas que pueden reducir ulteriormente la rapidez del fenómeno. Por ejemplo, el desarrollo de medios —diarios, televisión, libros— que ayuden a los cristianos a alimentar su inteligencia y su fe y a participar en la vida pública, contribuyendo así a reforzar la propia identidad sin tener que esconderse continuamente.

Muy importante puede ser también la existencia de programas escolares estatales que pongan de relieve la historia del país antes de la entrada del islam y la aportación de los cristianos a esa misma historia común —como, por ejemplo, en Egipto y en Túnez—; la inclinación de los gobiernos a favorecer la participación de los cristianos en la vida pública «nacional», a reconocer plenamente sus derechos y a garantizarles un acceso paritario al mundo del trabajo; la unidad de intenciones y de acción de las diversas confesiones cristianas y un fuerte espíritu ecuménico; el apoyo a las empresas fundadas en el país por jóvenes cristianos y, también, ayudas más consistentes a las familias y a los niños.

En definitiva, la permanencia de minorías cristianas activas dependerá de su capacidad de dar un sentido teológico a la propia presencia, reforzando al mismo tiempo su identidad intelectual y espiritual. Pero dependerá también de la capacidad de los demás cristianos de expresar una solidaridad concreta para con ellos y, sobre todo, del modo en que las mismas sociedades musulmanas emprendan un proceso de reconstrucción de su identidad, no ante todo religiosa, sino nacional.

[1] Véase el relato de W. Dalrymple, From the Holy Mountain. A Journey in the Shadow of Byzantium, Londres, Flamingo, 1998 [trad. cast., Desde el Monte Santo: viaje a la sombra de Bizancio, Barcelona, RBA, 2008].

 

[2] Para una descripción de la reacción de los obispos a este proceso en Egipto puede verse J. Van Lent, «Réactions coptes au défi de l’islam. L’homélie de Théophile d’Alexandrie en l’honneur de Saint Pierre et de Saint Paul», en A. Boud’hors y C. Louis (eds.), Études coptes XII. 14ème journée d’études (Roma, 11-13 de junio de 2009), París, de Boccard, 2013, pp. 133-148.

 

[3] Los dhimmi son los súbditos no musulmanes de un Estado islámico que cuentan con un pacto de protección.

 

[4] Véase A. Maalouf, Les croisades vues par les Arabes, París, Lattès, 1983 [trad. cast. Las cruzadas vistas por los árabes, Madrid, Alianza, 2003].

 

[5] Véase G. Jehel, Les étapes de la disparition du christianisme primitif en Afrique du Nord à partir de la conquête arabe (www.clio.fr/bibliotheque/pdf/pdf_les_etapes_de_la_disparition_du_christianisme_primitif_en_afrique_du_nord_a.pdf), Clio, 2009. Se trata de un análisis que aprovecha de la mejor manera los escasos datos disponibles. El mismo autor escribió también L’Italie et le Maghreb au Moyen-Âge, París, PUF, 2001.

 

[6] Véanse los datos de los archivos del Vaticano publicados por H.-G. Ruyssen, Y. Ternon y G. Chaliand, 1915. Le génocide des Arméniens, 7 vols., París, Complexe, 2006.

 

[7] Véase A. Ropero, Mártires y perseguidores. Historia general de las persecuciones (siglos I-X), Barcelona, Clie, 2010, capítulo «Los Mártires de Córdoba», pp. 503-525.

 

[8] Para un análisis histórico de la cuestión véase D. Stamatopoulos, «From Millets to Minorities in the 19th Century Ottoman Empire: an Ambiguous Modernization», en S. G. Ellis, G. Halfdanarson y A. K. Isaacs (eds.), Citizenship in Historical Perspective, Pisa, Plus, 2006, pp. 253-273.

 

[9] Lo contrario suele ser imposible.

 

[10] Sobre el tema del matrimonio entre una cristiana y un musulmán en el contexto árabe-israelí es interesante la visión de la película de Scandar Copti y Yaron Shani titulada Ajami (2009).