Este post es uno de esos artículos religiosos que presentan detalles sobre los principales momentos en los que el papa Francisco ha demostrado su liderazgo en la comunidad humana, ya sea mediante palabras o mediante gestos. Se pregunta qué es lo que, a través de estas palabras y gestos, más ha impactado y llamado la atención sobre la figura de Francisco. Por último, examina el modo en que el Papa Francisco comunica los mensajes, modo por el cual, en su caso, puede decirse que «el mensajero es el mensaje». El mensaje del amor misericordioso expresado con libertad por Francisco y presentado en todas las direcciones revela ser una fuente nueva y eficaz de reflexión, de orientación y de esperanza en el mundo de hoy, más allá incluso de los límites de la Iglesia católica.

por Federico Lombardi S.I.

El Papa Francisco en el umbral del quinto año de papado

A finales del año pasado el papa Francisco cumplió 80 años. A pesar de la gran carga de su compromiso, sigue demostrando una gran energía en el desenvolvimiento del ministerio petrino al que fue llamado en marzo de 2013. Este aniversario, poco antes de entrar en el quinto año de su papado, puede ser una buena ocasión para reflexionar sobre la autoridad moral del pontífice.

Es un hecho que el papa Francisco sea hoy considerado por muchos —no solo católicos o cristianos, y ni siquiera creyentes, sino por muchísimos no creyentes, más allá de los límites de las comunidades religiosas— como una personalidad, un líder de estatura mundial. Como un hombre dotado de una autoridad moral y de una credibilidad tales como para atraer la atención de los pueblos de los diversos continentes y ofrecer respuestas a preguntas e inquietudes muy extendidas hoy por la superficie del planeta respecto del presente y, aún más, de nuestro futuro común. Por tanto, un hombre al que se mira con confianza y al que se escucha con atención y con esperanza —insistimos en esta última palabra: «esperanza»— para sentirse ayudados a ver (o, al menos, a entrever) en qué dirección ir, y alentados a ponerse en camino.

Este liderazgo del papa Francisco surge con tanta y mayor claridad cuando se dirige la mirada hacia el panorama actual. En efecto, es verdad que la situación en la que vivimos, tanto en muchas naciones como también a nivel internacional, está caracterizada por numerosos factores de incertidumbre y desorientación. Bastará evocar las prolongadas crisis económicas, los conflictos arrastrados desde hace tiempo y cuya solución está aún lejana, la difusión del radicalismo y del terrorismo, la persistencia de graves injusticias y desequilibrios económicos y sociales, las crecientes complejidades y dificultades de gobernanza que ponen a prueba a las instituciones políticas nacionales y las organizaciones internacionales, la extensión de la corrupción, que mina la confianza en las autoridades políticas y en la misma democracia, y, tal vez todavía más profundamente, los rápidos cambios culturales y antropológicos del mundo globalizado y de la nueva comunicación que debilitan las referencias tradicionales.

No son muchas —si acaso las hay— las figuras de líderes que se destaquen sobre este trasfondo con autoridad proponiéndose como rostros y voces capaces de generar consenso y motivaciones compartidas para el compromiso y la acción. Y sin embargo, hay una gran necesidad de tales figuras, sobre todo en los momentos históricos que presentan desafíos u oportunidades excepcionales. A sesenta años de distancia, los europeos seguimos considerándonos afortunados por haber tenido grandes líderes que guiaron la reconstrucción moral, política y económica de Europa después del desastre de la Segunda Guerra Mundial. Hoy nos resulta difícil identificar a nuestro alrededor figuras de ese calibre y no podemos no estar preocupados cuando asistimos a campañas electorales de tonos muy decepcionantes, también en países de gran tradición democrática.

Entonces, en este mundo globalizado pero fragmentado, en este momento histórico del tercer milenio iniciado hace poco, ¿por qué la figura del papa Francisco cataliza tantas expectativas?

Palabras y gestos de un líder en acción

En un primer paso procuraremos recordar sintéticamente, sin pretensión de exhaustividad, las principales ocasiones en las que se ha manifestado y ejercido el liderazgo del papa Francisco para la comunidad humana.

Ante todo podemos recordar sus encuentros en el Vaticano con jefes de Estado y de Gobierno y con otras personalidades que vienen a visitarlo, y su particular carisma para establecer relaciones personales en tales ocasiones. El Papa habla a menudo de la «cultura del encuentro» entre las personas concretas, que va más allá del intercambio intelectual y que genera relaciones de conocimiento y de confianza a partir de las cuales puede desarrollarse un diálogo más profundo y un compromiso común en torno a valores compartidos. Las cartas personales, a veces las llamadas telefónicas, son modalidades particulares en las que se manifiesta de forma expresa cómo el papa Francisco encarna la «cultura del encuentro» no solamente con las personas comunes, sino también con las que ocupan posiciones de altísima responsabilidad.

Después están los innumerables discursos, mensajes, llamamientos, en los que el Papa encara temas de actualidad muy concretos. En este contexto son característicos los discursos anuales dirigidos al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, pero también los dirigidos a las autoridades y cuerpos diplomáticos de la mayor parte de los países visitados en los viajes internacionales, como también los mensajes anuales para la Jornada Mundial de la Paz. Los temas de la paz, de la justicia, de la deso-cupación, de la solidaridad, de los pobres, de los migrantes, de las víctimas de la violencia y de la trata, así como otros, reaparecen en ellos continuamente. El Papa no tiene temor de «repetirse»: sabe muy bien cuánta insistencia y constancia se requieren para hacer entrar en la atención común los temas dolorosos y desagradables, de los cuales se prefiere apartar la mirada.

Como es obvio, algunos discursos se destacan como de grandísimo compromiso y resonancia internacional por el lugar y las circunstancias excepcionales en las cuales se pronuncian. Por ejemplo, los discursos ante la Organización de las Naciones Unidas en Nueva York o en Nairobi, o en la FAO, en Roma. O bien el pronunciado ante el Congreso de Estados Unidos. Los dirigidos al Parlamento Europeo y al Consejo de Europa en Estrasburgo, o con ocasión de la entrega del premio Carlomagno, en el Vaticano. También nos permitimos agregar, por su originalidad, los dirigidos a los movimientos populares (en Bolivia y en el Vaticano), signo claro de que el papa Francisco está convencido de su responsabilidad de dirigirse no solamente a los «grandes y poderosos de la tierra», sino, al mismo tiempo, «a los pequeños y a los marginados del poder», para hacer que también ellos se conviertan en protagonistas del camino de la humanidad.

La intervención hasta ahora más amplia y articulada del papa Francisco sobre las grandes preguntas de la humanidad es ciertamente la encíclica Laudato si’, «sobre el cuidado de la casa común», es decir, de nuestro planeta Tierra visto como la casa de la comunidad humana, a la que todos pertenecemos. Se trata de un gran documento que ha sido recibido favorablemente por su capacidad de presentar una visión sintética e interconectada y una lectura profunda de las causas de la crisis ecológica y de las crisis sociales y económicas a nivel planetario, dando también orientaciones positivas para responder a ellas con una «conversión» de mentalidad y de vida. No es casual que muchos de los demás discursos de gran aliento del Papa, que acabamos de mencionar, enlacen con esta encíclica. Tras poco más de dos años de pontificado, el papa Francisco se ha calificado efectivamente a través de este documento como líder capaz de ser un interlocutor de la comunidad humana en su conjunto para interpretar, articular y orientar las cuestiones cruciales sobre el sentido y la dirección de su camino.

Pero las palabras van acompañadas de los actos, los gestos, que son complementarios de las primeras y les confieren credibilidad. Recordemos algunos de los más significativos.

A favor de los migrantes y de los refugiados no pueden olvidarse los viajes a Lampedusa (el primero de los viajes del Papa al corazón del Mediterráneo) y a Lesbos (junto a las más altas autoridades ortodoxas: el patriarca ecuménico y el arzobispo de Atenas), como también la celebración de la misa en la frontera entre México y Estados Unidos. Los cientos y cientos de refugiados —niños, mujeres, hombres— con los que el Papa se encontró personalmente y a quienes acarició y abrazó en los centros de acogida nos han hecho comprender que él no habla en abstracto del «fenómeno de las migraciones», sino de las personas concretas, «de los migrantes y de los refugiados», con sus historias y sus sufrimientos personales.

A favor de la paz recordamos la oración interreligiosa en el Vaticano con los presidentes de Israel y de Palestina, o la Jornada de Oración por la Paz y los innumerables llamamientos por Siria. Pero las aportaciones coronadas de resultados más relevantes hasta ahora han sido el aliento a la distensión entre Estados Unidos y Cuba y la valiente visita a Bangui, la capital centroafricana, desgarrada por los conflictos entre grupos antagónicos, que ha tenido un efecto profundamente beneficioso para la pacificación del país.

En el campo del diálogo ecuménico entre cristianos y del diálogo interreligioso el papa Francisco no solamente ha continuado el compromiso de sus predecesores, sino que también le ha dado un nuevo impulso: pensemos en los ya frecuentes encuentros fraternos con el patriarca ecuménico ortodoxo Bartolomé y en el reciente viaje a Suecia para encontrarse con el mundo luterano, pero sobre todo en el primer encuentro de un Papa con el patriarca Cirilo de Moscú, en Cuba, y en el mantenido con el gran imán de al-Azhar, que ha reabierto el diálogo de Roma con el principal centro cultural del islam sunita. El reciente encuentro interreligioso en Asís continuó y renovó la tradición inaugurada por Juan Pablo II para convocar a todas las religiones, pero también a las personas de buena voluntad, a comprometerse explícitamente por la paz y para desterrar toda violencia cometida en el nombre de Dios.

¿Por qué «impacta» el papa Francisco?

Después de haber hecho un rápido recorrido por las palabras y los gestos del papa Francisco, demos ahora un segundo paso y procuremos preguntarnos qué cosa ha impactado más en estas palabras y en estos gestos, atrayendo sobre Francisco la atención y el respeto propios de un gran líder de estatura mundial. Indicamos cuatro puntos, en parte ya surgidos a partir de lo dicho hasta ahora.

Ante todo impactan la fuerza, la claridad, la insistencia, la participación apasionada para recordar las cuestiones críticas de la humanidad: la pobreza todavía muy extendida y persistente; los sufrimientos de los migrantes y, en particular, de los refugiados; las diversas formas de marginación, calificadas de manera sumamente eficaz como expresiones de la «cultura del descarte»; la desocupación, en particular de los jóvenes; la condición de los ancianos, de los enfermos, de los presos…; las diversas formas de discriminación —de las mujeres, de las minorías étnicas, culturales, religiosas— y de explotación —como la trata de personas y el tráfico de órganos—; la violencia del terrorismo y de los conflictos, con las consecuencias que tiene especialmente en los niños, en las personas inocentes y en las poblaciones civiles. El llamamiento continuo al respeto de la dignidad de la persona humana y la capacidad de demostrar continuamente con gestos concretos —testimoniados por imágenes inolvidables— la proximidad a las personas individuales concretas, sobre todo a los que sufren, atraen hacia el Papa una corriente grande e intensa de admiración, gratitud y afecto.

Además, como ya hemos insinuado al hablar de la encíclica Laudato si’, impacta la capacidad del papa Francisco de conectar continuamente entre sí estas preguntas críticas, los temas que interesan a todos en las diversas partes del mundo —la pobreza, la crisis ecológica, la guerra—, mostrando su interdependencia y haciendo que se intercomuniquen de modo que se conviertan en aspectos de un único discurso de conjunto sobre la responsabilidad de todos por la «casa común». El Papa no habla solo de los diferentes conflictos que están en curso, sino que también tiene la valentía de hablar de una «tercera guerra mundial por partes». En este sentido, logra ascender del nivel de la enumeración de los problemas específicos y de la proximidad a las personas individuales al nivel más amplio de la visión de los procesos en curso en una dimensión nacional, regional o incluso mundial, y de la implicación de los diversos componentes sociales que integran la comunidad humana. De ese modo se convierte poco a poco en interlocutor eficaz de toda la humanidad en camino.

Impactan también la libertad y la fuerza con la que el papa Francisco se lanza repetidamente contra las formas opresivas del poder y contra sus causas, comenzando por la «idolatría del dinero», a la que atribuye directamente gran parte de los fenómenos de explotación y de marginación provocados por los intereses económicos, o el comercio de armas, que alimenta los conflictos. En la encíclica Laudato si’, en continuidad con la Doctrina Social de la Iglesia, se compromete también con una crítica más articulada del «paradigma tecnocrático» dominante, es decir, de que el hombre, considerándose plenamente autónomo y exento de todo límite, se está convirtiendo, por el contrario, en esclavo del desarrollo de la tecnología y de su inmenso poder, perdiendo su control con consecuencias dramáticas en la economía, la sociedad, la política y las relaciones con la naturaleza.

El Papa extrae su libertad crítica frente al actual «modelo de desarrollo» del hecho de asumir el punto de vista de las «periferias» más que el de «centro»: no el punto de vista de quien detenta el poder, sino el de quien sufre las consecuencias negativas de lo que no funciona en el sistema. Cuando se asume este punto de vista —y se asume no solamente de forma «teórica», sino también «existencial», con todas sus dimensiones de sufrimiento y de marginación—, las disfunciones del sistema se hacen evidentes en su gravedad y hacen necesaria una crítica fuerte y que exige un cambio. Precisamente, aquella crítica a la que da voz el papa Francisco.

Esta libertad crítica va a la par de una efectiva y evidente independencia respecto de los poderes económicos y políticos. El papa Francisco no aparece subordinado o ligado ni a Occidente ni a Oriente, ni al Norte ni al Sur, del que proviene. Tal vez en sus predecesores se podía respirar todavía una cierta perspectiva «eurocéntrica». La pasión y la profundidad con la que Benedicto XVI razonaba sobre la historia y sobre el desarrollo de la cultura eu-ropea eran fascinantes, pero, ciertamente, testimoniaban al mismo tiempo su identidad precisamente europea, su hablar a Europa desde su mismo interior. Por lo que respecta a Juan Pablo II (y, antes de él, a Pío XII), el compromiso y la valentía con la que se opuso de modo eficaz al totalitarismo y al imperialismo soviético lo asociaron, de hecho objetivamente, desde el punto de vista geopolítico, al mundo occidental —por lo menos por ese aspecto y por un cierto período de tiempo—. En cambio, con Francisco el eurocentrismo aparece totalmente superado. Y sin embargo —tal vez, paradójicamente también por eso—, Europa, en grave crisis de identidad y de perspectiva, mira hacia él con respeto y con expectativa, y sus líderes políticos escuchan con gran atención sus discursos con la esperanza de encontrar inspiración, ideas y aliento para relanzar una dinámica positiva del movimiento de construcción europea. Francisco no pertenece a ningún país europeo, no ha visitado todavía los «grandes» países europeos: está por encima de las partes y es un líder global, que mira a Europa y le habla con amplitud de horizontes y plena libertad.

Un líder universal que implica a todos en pro de la «casa común»

Demos ahora un tercer paso. En el caso del papa Francisco se puede decir de manera particularmente acertada que «el mensajero es el mensaje», en el sentido de que su modo de comunicar los mensajes los caracteriza de forma tan profunda que hace prácticamente imposible separar por completo el contenido de la forma de la comunicación. Procuremos identificar ahora las modalidades más características con las que el Papa propone su mensaje.

Ante todo, se trata de una modalidad simple y concreta, que toca la vida y, justamente por eso, es universal. El papa Francisco se ha distinguido desde su primera aparición en público por su lenguaje cercano a la vida cotidiana de cada uno y a las experiencias de la gente común. Eso, lejos de atraer sobre él ironía o desprecio, ha atraído en realidad la simpatía del pueblo y, en particular, de los jóvenes, pero también la admiración de las personas importantes y cultas, impresionadas por su rara capacidad de establecer una sintonía inmediata con sus oyentes a través de un lenguaje apto.

Esta capacidad es acentuada aún más por los gestos y la expresión física, en que se ve implicada la totalidad de la persona, que la hace extraordinariamente apta para comunicar con su misma presencia y a través de la imagen. Esto nos explica por qué el pontificado del papa Francisco es el paraíso de las redes sociales, basadas en compartir las imágenes, pero nos explica también —cosa extremadamente importante— cómo es posible que este Papa llegue a superar de manera casi natural las fronteras entre las diferentes culturas, como demuestra el vasto interés que ha despertado en los viajes a los distintos continentes, aun disponiendo de un conocimiento relativamente limitado de las lenguas, ciertamente más limitado que el de sus últimos predecesores.

Pero se trata también de una modalidad que podemos definir como «dialógica e implicadora». Como ya hemos recordado, el papa Francisco critica duramente las formas opresivas del poder, pero no permanece nunca prisionero de contraposiciones religiosas, ideológicas o políticas. En su conducción de la comunidad de la Iglesia él propone un estilo «sinodal», es decir, un «caminar juntos», implicando a las comunidades eclesiales de las diversas partes del mundo y a sus integrantes. Pero este estilo vale también —hechas las debidas analogías— para su propuesta más amplia, más allá de las fronteras de la Iglesia católica. La fórmula sintética y eficaz que él repite continuamente es: «construir puentes y no muros», y su aplicación coherente se extiende en muchas direcciones, desde la acogida a los migrantes y refugiados hasta el apoyo a las soluciones negociadas de los conflictos.

Entre las novedades en el campo de las relaciones ecuménicas se ha recordado ya el encuentro con el patriarca de Moscú, pero no se deben infravalorar tampoco los originales encuentros del papa Francisco con diversos representantes de la galaxia extremadamente dinámica y expansiva de las comunidades cristianas pentecostales, no vinculadas a las Iglesias cristianas más tradicionales.

En el campo de los procesos de pacificación es justo recordar el constante y activo aliento al diálogo y a la negociación en el proceso de paz de Colombia y para la solución de las tensiones en Venezuela, así como la presencia personal del Papa en la República Centroafricana. En el campo de las relaciones de la Santa Sede con los Estados hay que señalar el compromiso por la continuidad del desarrollo de las relaciones con Vietnam y sobre todo la reanudación de los contactos con la República Popular China. A este propósito el Papa ha tomado la iniciativa de manifestar varias veces de forma clara y pública su personal disponibilidad y su interés por el mejoramiento de las relaciones entre China y la Santa Sede: también este es un aspecto característico del estilo de su pontificado, en el cual la iniciativa personal no torna inútil ni sustituye el trabajo diplomático, sino que lo estimula y le ofrece nuevas aperturas.

También en el campo de las relaciones sociales y políticas el papa Francisco invita continuamente al diálogo y a la participación activa y responsable de todas las fuerzas y componentes de las comunidades humanas, sin fomentar contraposiciones o exclusiones. No se cansa de proponer reiteradamente a los responsables políticos el llamamiento a servir al bien común antes que buscar los intereses particulares. Habla de la política como «una forma elevada de caridad, de amor» e insiste en la necesidad de «rehabilitar la política» en toda su amplitud, recalificando su función en relación con la vida cotidiana de los ciudadanos.

El Papa se coloca así en la huella clásica de la Doctrina Social de la Iglesia, caracterizada desde el principio por la subsidiariedad. Pero no pueden omitirse tampoco los acentos nuevos y originales con los que se esfuerza por implicar con gran amplitud, más allá de toda frontera «confesional» y en formas creativas, a actores a menudo olvidados de la dinámica social. Queremos recordar su compromiso en la promoción de nuevas relaciones en el mundo educativo desde una perspectiva interreligiosa, internacional, intercultural, porque la educación es la premisa básica para todo desarrollo integral de la persona humana, pero también su aliento para la formación de una red internacional de «movimientos populares». Se trata de una realidad multiforme y fragmentaria, a menudo confusa y difícil de conectar u organizar, pero que el papa Francisco quiere impulsar a unirse para dar consistencia a un nuevo protagonismo de los pobres y de grupos en su mayoría marginales en los procesos sociales y políticos. El Papa quiere poner su indiscutible capacidad de liderazgo al servicio de la ampliación de la participación responsable en la comunidad humana en todos sus niveles.

El papa Francisco tiene grandes horizontes, pero no es un ingenuo: tiene un sentido realista de las dificultades, de la dureza de los conflictos, de la complejidad de las situaciones. Por eso hay una tercera característica de cada propuesta suya que definiríamos como «abierta y dinámica». Uno de los principios inspiradores de su pensamiento ha sido formulado por él mismo de la siguiente manera: «El tiempo es superior al espacio». Explica el Papa: «Darle prioridad al tiempo es ocuparse de iniciar procesos más que de poseer espacios […]. Se trata de privilegiar las acciones que generan dinamismos nuevos en la sociedad e involucran a otras personas y grupos que las desarrollarán, hasta que fructifiquen en importantes acontecimientos históricos. Nada de ansiedad, pero sí convicciones claras y tenacidad» (Evangelii gaudium, 223). En resumen, hace falta tiempo para recorrer un camino, para que el diálogo pueda dar sus frutos y hacer cambiar en profundidad las actitudes y las perspectivas de los interlocutores, de modo que sean capaces de encontrar juntos soluciones nuevas a los problemas gracias también a su creatividad. El que pretenda saber desde el comienzo a dónde y cómo se debe llegar encierra el proceso de cambio en una jaula muy estrecha que contradice, de hecho, la idea misma de diálogo y de corresponsabilidad en la construcción del futuro.

Un dinamismo abierto está en correlación intrínseca con la autenticidad del diálogo y con la confianza en que un futuro mejor es posible. Digamos también que va naturalmente unido al «no tener miedo», al coraje de tomar decisiones, característica que no puede faltar en un verdadero líder y que encontramos en el papa Francisco no por la soberbia seguridad de no equivocarse nunca, sino por la confianza cristiana en un Dios que acompaña el camino de su pueblo por medio de su Espíritu.

En este punto consideramos natural introducir una ulterior cualificación del mensaje del papa Francisco, que podemos definir como «profético». Como se ha dicho, Francisco está muy atento a no quedar ligado a ideología alguna. Se apoya en la base sólida de la Doctrina Social de la Iglesia, pero invita a mirar hacia delante afirmando valores positivos evidentes que ofrecen inspiración y en torno a los cuales se crea un amplio consenso. «Son muchas las personas, no solo en Italia, sino también en Europa y en todo Occidente, que juzgan a Francisco también como un espíritu profético que incide en la política, en la alta política que se funda en el espíritu cívico y en el bien de una comunidad.»

Hablar de «espíritu profético» puede llevar espontáneamente a pensar en la dimensión crítica, en la ya recordada denuncia del ídolo del dinero o de la injusticia hacia los pobres y en otras muchas denuncias que evocan las invectivas de los antiguos profetas de Israel. Pero aquí quisiéramos insistir más bien en la dimensión positiva, propositiva de la profecía de Francisco, que sale a relucir sobre todo cuando nos propone sus «sueños» y nos invita a soñar. De la memoria se obtiene el espíritu que permite mirar hacia el futuro y esperar.

Así, la conclusión del discurso con ocasión del otorgamiento del premio Carlomagno es explícitamente la formulación de un sueño: «Con la mente y el corazón, con esperanza y sin vana nostalgia, como un hijo que encuentra en la madre Europa sus raíces de vida y fe, sueño un nuevo humanismo europeo, “un proceso constante de humanización”, para el que hace falta “memoria, valor y una sana y humana utopía”». Y después de haber articulado este sueño en muchos de sus aspectos —sea el respeto a la vida o la acogida de los pobres, de los migrantes, de los enfermos y los ancianos, sea el aire limpio de la honestidad que deben respirar los jóvenes o la serenidad de las familias— el Papa termina retornando a la idea de la necesidad de la utopía: «Sueño una Europa que promueva y proteja los derechos de cada uno, sin olvidar los deberes para con todos. Sueño una Europa de la cual no se pueda decir que su compromiso por los derechos humanos ha sido su última utopía».

Podríamos continuar aún. El Papa gusta de citar el oráculo del profeta Joel, que habla de «los ancianos que tendrán sueños» y de «los jóvenes que tendrán visiones» (cf. Jl 3,1). Por eso, cuando el papa Francisco se dirige a los jóvenes los invita siempre a la esperanza, los invita a soñar el mundo nuevo que deben procurar construir. En suma, la «sana utopía», que podemos llamar asimismo «profecía», como capacidad de ver hacia delante el bien posible para orientar el dinamismo de la historia, es un carácter siempre subyacente tras el mensaje del Papa y explica su fascinación y su fuerza inspiradora.

Por último, el mensaje del papa Francisco se dirige a todos, sin límites religiosos o confesionales ni barreras de tipo alguno, y lanza un llamamiento eficaz a las mentes y a las conciencias en todas partes del mundo. No obstante, es justo y a la vez un deber reconocer que ese mensaje tiene un origen y una inspiración radicalmente evangélicos. La raíz de la «conversión ecológica» de mentalidad y de estilo de vida que se nos propone en la encíclica Laudato si’ para reconstituir la recta relación con el mundo y con los otros se localiza en el reencuentro del sentido del límite humano en la relación con Dios creador: no en vano el título mismo del documento son las famosas palabras de san Francisco. La raíz de la justicia y de la solidaridad se encuentra en la fraternidad y en la dignidad de todas las personas humanas, hijas de un Padre común. La clave de la construcción duradera de la paz se encuentra en la reconciliación y en la capacidad de perdón que se aprende acogiendo la misericordia del Padre.

Cuando el papa Francisco quiere darnos las referencias esenciales para orientar nuestra vida hacia la «sana utopía» y para conocer los criterios sobre la base de los cuales se la juzgará al final, nos vuelve a proponer las bienaventuranzas evangélicas y el capítulo 25 del Evangelio según san Mateo: «Tuve hambre y me disteis de comer… era forastero y me hospedasteis… caí enfermo y me visitasteis». El programa fundamental del papa Francisco —como nos lo dijera en su primer gran documento, titulado precisamente Evangelii gaudium— es anunciar la alegría del Evangelio a todos los hombres. Y el contenido del Evangelio, es decir, la Buena Noticia, es la misericordia de Dios Padre, el amor del Padre por todas las criaturas.

La experiencia maravillosa que estamos viviendo en nuestros días es que este mensaje del amor misericordioso expresado con libertad y sin complejos por un testigo autorizado y creíble como el papa Francisco, presentado en todas las direcciones en sus consecuencias y en sus aplicaciones concretas, está revelando ser una fuente nueva y eficaz de reflexión, de orientación y de esperanza en el mundo de hoy también mucho más allá de los límites de la Iglesia católica.

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