en el post de esta semana os presentamos un resumen de prensa escrito por Giandomenico Mucci S.I llamado “Música y filosofía en Ernst Bloch”. En el artículo, el autor nos habla de la filosofía de la música blochiana, cuyo mensaje hace referencia a que la música y filosofía son dos formas de pensamiento expresadas de formas diferentes pero con un mismo fin: expresar una verdad.

Y relacionado con la filosofía del arte de Ernst Bloch os invitamos a leer también el artículo publicado en el nº 7 de La Civiltà Cattolica Iberoamericana “Yo, Daniel Blake”, un escrito que nos habla de la película Ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 2016.

Giandomenico Mucci S.I.

«La filosofía es la más excelsa música», dijo el Sócrates platónico.[1]Música y filosofía son «formas de pensamiento» que comparten la misma búsqueda de completitud expositiva y ambas aspiran a expresar una verdad: una mediante las palabras y el razonamiento lógico; la otra mediante la secuencia «razonada» de los sonidos. Por eso afirmaba el viejo Hanslick que la música, a la par que la filosofía, es un «pensar en sonidos» que se expresa en «pensamientos musicales».[2] La importancia de la música y de la filosofía en la experiencia humana está en el hecho de que ambas intentan dar respuesta a algunas preguntas fundamentales, como la búsqueda de sentido, más allá de los puros fenómenos o de interpretar situaciones y sentimientos.

Son dos actividades distintas. La filosofía tiende a investigar y a establecer la verdad con argumentaciones racionales. La música abre un horizonte asemántico, pero no por eso menos significativo, en el plano de la expresión, del desarrollo y de la organización del material sonoro. Pareyson decía que la verdad puede ser alcanzada directamente dentro de una de las actividades humanas, ya sea en la filosofía o en el arte, cada una de las cuales tiene una verdad originaria y propia, pudiendo ser reveladoras todas ellas a igual título, con tal de que resida y opere en sí lo esencial, que es el pensamiento, o sea, el vínculo primero entre persona y verdad.[3]

Desde luego, al hablar de la música no se está haciendo referencia a la existencia inerte y muda de la partitura, sino a la ejecución de la obra musical, que, por su carácter necesariamente personal, comporta una interpretación siempre nueva y distinta.[4] De esta interacción suya con el ejecutante y con el oyente depende la «verdad» de la obra musical, y la música se torna en una forma de conocimiento que restituye al sujeto la dignidad de su autonomía. En este sentido habló Adorno de la verdad de las grandes obras musicales, que realizan una reconquista individual interior de la libertad, impulsan el progreso de las conciencias hacia formas nuevas de consciencia de sí mismas y del mundo y permiten la superación de los engaños ideológicos.[5] En este sentido decía Nietzsche que la música expresaba la afectividad de su pensamiento.[6]

Un desafío cultural

Si se excluyen las posiciones más extremas del cientificismo, hoy parece un dato pacíficamente adquirido que la verdad no es posesión de un saber particular, y no faltan corrientes filosóficas que advierten la necesidad de redefinir algunas categorías del pensamiento, el estatuto epistemológico de varios lenguajes de la experiencia humana. Esto determina el fin del ostracismo de principio respecto de ciertas formas de conocimiento.[7] Y se mira hacia la música en la perspectiva de María Zambrano, para quien esta es el lenguaje privilegiado de la interioridad, de la unidad inviolada del ser del hombre, y, siendo en sí misma razón y sentimiento, inteligencia y alma, llama de nuevo a la filosofía a su más vasta tarea de reflexionar y salvar esta compleja unidad.[8]

Desde siempre la reflexión filosófica sobre la música ha planteado una serie de problemas aún hoy vivos. ¿Hay una esencia de la música? ¿En qué sentido es ella un lenguaje? ¿Cómo se concilian el tiempo matemático exterior a la música y el tiempo interior del cual es expresión? ¿Qué significa el ritmo? ¿Cómo se estructuran la percepción sonora y el sentimiento de la tonalidad, consonancia y disonancia? ¿Son el silencio, la escucha, la espera los fundamentos antropológicos para una filosofía de la escucha?

Se ha dicho que, en el arte el alma de una época aparece sin máscara alguna. Los fenómenos artísticos, con su fuerza simbólica, iluminan las conmociones que se producen en el fondo del mundo espiritual; contienen sus confesiones más sinceras y espontáneas y aluden a veces incluso a realidades todavía desconocidas, que ellas anuncian. Al observar en la historia pasada estas valencias existenciales del arte hay quien ha dicho que, un día, podría asombrarnos nuestra incapacidad para comprender lo que las obras de arte intentaban revelarnos.[9]

La misma idea manifestaba Benedicto XVI en un discurso pronunciado el 24 de abril de 2008 al final del concierto que le había ofrecido el presidente Giorgio Napolitano para celebrar su tercer año de pontificado. El alma humana, que en nuestro tiempo experimenta la cultura de la incerteza y del malestar, puede encontrar en la música una misteriosa fuente de esperanza, como si este arte contuviese en sí el resquicio que permite fiarse de alguna esperanza mientras se está herido en el naufragio de las certezas. Bien lo sabía Agustín.

Cuando en el hombre conviven el racionalismo más rígido y el intimismo más morboso, el orgullo por la tecnología y la decadencia de la humanidad, el funcionalismo y el esteticismo más desesperado —a veces en una misma persona—,[10] el arte revela su parentesco con la esperanza en la consternación de las mutaciones culturales y de un futuro ignorado. Porque, como decía Mario Luzi, la música tiene el poder de «significar».[11]

Ernst Bloch

Para Bloch la música representaba la apertura a los territorios desconocidos para la racionalidad lógica y matemático-combinatoria. Viene a recordárnoslo un precioso ensayo reciente de Claudia Caneva, autora no novel en la investigación filosófico-musicológica.[12]

La originalidad de la filosofía blochiana de la música consiste en haber vinculado la esperanza a la música elaborando esta relación en términos filosóficos. Bloch propuso ante todo una fenomenología del sonido que constituye una verdadera filosofía del mismo en la cual los dos sentidos, el musical y el filosófico, se basan en dos intuiciones originarias: el sonido considerado como fenómeno, o sea, símbolo del camino elegido por el compositor, y también como fundamento, es decir, como vínculo que realiza al sujeto. En otras palabras: el sonido emergente de la vida, no como mero evento acústico, sino como expresión de interioridad cargada de significado existencial. El lazo así existente entre música y subjetividad capta la relación entre el tiempo exterior de la música y el tiempo subjetivo, entendido como tensión hacia el propio deseo de realización. Por tanto, la esperanza, anticipación de esta autorrealización, debe ir unida a la música.

Por este camino, un filósofo del materialismo teórico, aunque de un marxismo anómalo y de un ateísmo no radical, confió a la música un papel revelador de un Affekt que insta al hombre a ir más allá de la materialidad, hacia un futuro nuevo. La vida, animada por esta esperanza, se unifica en torno al deseo de sentido y de felicidad, y la relación música-esperanza expresa la confianza de poder acceder a un futuro mejor.

Bloch construye este pensamiento suyo sirviéndose de dos conceptos principales: «consciencia anticipadora» del futuro, educada por la relación música-esperanza, e «inmanencia elevadora», fórmula que indica un partir de la realidad concreta para elevarse con la esperanza más allá de lo precario.

Muchas veces se ha observado que la experiencia estético-musical, aun no pudiendo definirse en sí como una experiencia religiosa, permite, sin embargo, desarrollar y favorecer tensiones teóricas, afectivas y operativas que interesan al centro profundo del yo. Esto significa que, allí donde se busca un sentido a la vida y se reconoce una medida de absoluto al espíritu y al pensamiento, uno se coloca implícitamente en la tensión del ser hacia lo trascendente, por oscura que siga siendo toda tentativa de penetrar el misterio. Bloch puede leerse como testigo de esta interioridad humana que, en la experiencia musical, experimenta un «todavía no» oscuro e indistinto, un anhelo de verticalidad hecha de esperanza que lo aproxima al streben de Goethe.

El ensayo de Caneva viene a demostrar, a través de Bloch, en qué medida la música puede ponernos en discusión. Es un viaje hacia el centro de nosotros mismos sin suponer un repliegue asfixiante. Es una experiencia susceptible de ser compartida con el sentimiento religioso y con la búsqueda de un más allá que habita en todo hombre. Puede ser la ocasión para una reflexión sobre la posibilidad de un diálogo histórico-cultural con la filosofía.

Si bien la concepción blochiana de la música no permite una confrontación con lo religioso carente de problemas y ambigüedades, es significativo que en la obra del pensador alemán no se encuentre solamente un esquema de interpretación de la música, sino también la comprensión filosófica de esa afectividad secreta que explora el devenir del hombre. Esto sirve para aclarar la idea de la racionalidad según Bloch. Si la música es el pathos a partir del cual también nos mira la verdad, la atención de la filosofía al valor cognoscitivo de la dimensión artístico-afectiva podría conducir a una concepción antropológicamente unitaria y arrojar nueva luz sobre la cuestión acerca del ser del hombre.

[1] Platón, Fedón, 61 A.

[2] Eduard Hanslick, Il bello musicale, Palermo, Aesthetica, 2001, p. 61.

[3] Cf. Luigi Pareyson, Verità e interpretazione, Milán, Mursia, 1971, p. 105 [ed. cast.: Verdad e interpretación, Madrid, Encuentro, 2014].

[4] Cf. ibíd., p. 69.

[5] Cf. Theodor Adorno, Filosofia della musica moderna, Turín, Einaudi, 2002, xiv[trad. cast.: Filosofía de la música moderna, Buenos Aires, sur, 1966].

[6] Cf. Curt Paul Janz, Friedrich Nietzsche. Der musikalische Nachlass, Basilea, Bärenreiter, 1976, p. 342.

[7] Cf. Massimo Baldini, Il linguaggio delle utopie, Roma, Studium, 1974

[8] Cf. María Zambrano, Nuevo liberalismo, Madrid, Morata, 1930.

[9] Cf. Hans Sedlmayr, La perdita del centro, Roma, Borla, 1981 [tradd. cast.: El arte descentrado, Barcelona, Labor, 1959].

[10] Así lo afirma Giovanni Casoli, en Nuova Umanità 14 (1992) p. 94.

[11] Cf. Il Tempo, 22 de febrero de 1991, p. 5.

[12] Cf. Claudia Caneva, Musica e filosofía. Il suono traccia dell’invisibile in Ernst Bloch, Ciudad del Vaticano, Lateran University Press, 2016.

 

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