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aetano Piccolo nos acerca en esta ocasión a una reflexión de actualidad en los tiempos que corren. ¿Estamos ante un nuevo realismo en lo relativo al pensamiento contemporáneo?

Diferentes escenarios nos hacen reflexionar sobre la realidad, desde el papa Francisco en uno de los principios postulados en el Evangeli gaudium – “la realidad es más importante que la idea”, hasta una nueva cavilación sobre la tradición aristotélico-tomista – ¿está la razón encerrada en una artificial telerrealidad?

Éste debate filosófico tradicional es situado en el escenario actual para advertirnos de los peligros que conlleva separar la realidad de la idea, ya que es fácilmente manipulable. El nuevo realismo tiene connotaciones éticas ya que está relacionado con la existencia, y no solo con la evidencia de que algo exista por sí mismo.

Gaetano Piccolo S.I., autor de este ensayo, es profesor de Filosofía en la Pontificia Universidad Gregoriana.

Por Gaetano Piccolo S.I.

El papa Francisco y el primado de la realidad

Al hablar en la exhortación apostólica Evangeli gaudium (EG) acerca de la dimensión de la evangelización, el papa Francisco abordó el tema del bien común y de la paz social (EG 217-237). En ese contexto, el Papa postula cuatro principios: el tiempo es superior al espacio (EG 222-225); la unidad prevalece sobre el conflicto (EG 226-230); la realidad es más importante que la idea (EG 231-233), y el todo es superior a la parte (EG 234-237).[1] El tercer principio fue retomado más tarde en la encíclica Laudato si’ (LS), en el pasaje en el que se nos invita a enfrentar la crisis ecológica pensando en el bien común y avanzando por el camino del diálogo (LS 201).

Esta insistencia en la eficacia de la realidad a fin de no perderse en las posibles distorsiones de la idea es extremadamente actual y está fuertemente presente en el debate filosófico contemporáneo. En efecto, en diversos contextos culturales —no solo europeos, sino también en Estados Unidos y en Australia— se habla de «nuevo realismo» y, a veces, hasta de un regreso a la metafísica.[2] Por tanto, es posible imaginar una convergencia entre el debate impulsado por las palabras de Francisco y la discusión filosófica que está en curso. Y eso no debería sorprendernos, puesto que justamente la tradición filosófica católica, que ha hallado sus exponentes más recientes en la neoescolástica de comienzos del siglo XX, había sostenido el primado de la realidad —sin gran éxito, a juzgar por el giro emprendido por el pensamiento filosófico del siglo pasado en sentido más bien antimetafísico.

Así pues, el papa Francisco parece recuperar de forma extraordinariamente oportuna el núcleo de un debate caro a la tradición, insertándolo en la discusión cultural actual e indicando también sus posibles implicaciones éticas.

La exhortación Evangelii gaudium advierte ante todo del riesgo de separar la realidad de la idea, refugiándose en el reino de la sola palabra, de la imagen, del sofisma. La afirmación del papa Francisco, según la cual la realidad solo es, mientras que la idea se elabora, parece acertar en el corazón del debate contemporáneo, donde el regreso al realismo, sobre todo en el contexto europeo, se presenta como un acto de acusación frente a una filosofía que absolutizaba el primado de una elaboración conceptual: el mundo no existe en absoluto, decía Richard Rorty, ni podemos pensar que nuestro lenguaje y nuestro pensamiento reflejen la realidad.[3]

Por tanto, si la realidad es superior a la idea, entonces nuestros proyectos no pueden ser meramente formales, ni desencantados, ni ideológicos, ni antihistóricos. La idea separada de la realidad corre el peligro de ser manipulativa, es decir, de ocultar la realidad solo para los propios objetivos, como ya recordaba Platón en el Gorgias:[4] la idea, cuando está separada de la realidad, opera como la cosmética, cubre el rostro verdadero de la persona. El cuerpo real, advertía Platón, se mantiene en forma mediante el ejercicio físico. De otro modo solo puede aspirar a una belleza ficticia a través del uso de productos cosméticos. En otras palabras, a veces la idea pretende manipular la realidad, ostentar descripciones fascinantes, razonamientos persuasivos, pero que resultan artificiales y desencarnados. Nuestros razonamientos pueden ser también lógicos y claros, pero eso no implica que lleguen a implicar o a mover la realidad. En lo concreto, la política está continuamente expuesta a este peligro.

La elección del punto de partida revela ser fundamental: es la realidad la que pide ser iluminada con la inteligencia; por el contrario, no siempre nuestras ideas pueden encontrar una correspondencia y aplicación en la realidad. La realidad se deja encontrar y conocer, la idea no siempre acepta ser verificada y modificada por la realidad.

La palabra que ilumina la vida de la Iglesia es siempre una palabra encarnada. Jesucristo ha tomado un cuerpo. Este Jesús es el criterio de nuestro actuar.[5]

El realismo del pensamiento contemporáneo

¿De qué modo la visión expresada por la Evangelii gaudium entra en diálogo con la filosofía contemporánea? El renovado interés por una perspectiva realista puede verse como reacción a un tiempo de deconstrucción generalizada. Como ponía de relieve en los años sesenta Jean-François Lyotard en La condición posmoderna, las grandes construcciones ideales, las narraciones que intentaban explicar el mundo ya no funcionan. El hombre posmoderno era sustancialmente desencarnado: antes de los muros cayeron las ideologías. Hoy la filosofía parece partir nuevamente de esas ruinas, buscando el estrato rocoso más allá del cual no se pueda ya resbalar.[6]

La realidad es lo inenmendable,[7] el hecho con el que me choco, que puedo intentar comprender, pero que no está a disposición de mi tentativa de manipulación. La realidad la encontramos en el momento en que nos hallamos frente a este dato. De ese modo, la realidad se torna en límite, y, al mismo tiempo, en un límite que ofrece seguridad y tranquilidad. Las crisis económicas que han caracterizado las últimas décadas son en parte responsables de este nuevo modo de pensar, que vuelve a buscar fundamentos estables sobre los cuales construir el edificio de las creencias.

Sin este primado de la realidad no quedaría otra cosa más que una telerrealidad —un reality—,[8] la ficción narrativa en la que se nos relata que se podía vivir en un mundo artificial en el cual dar vida a nuestras ilusiones narcisistas tal ha sido, de hecho, nuestra experiencia—. También la ficción más extrema, la de pensarnos como cerebros en una cubeta estimulados por un ordenador capaz de producir una realidad ficticia,[9] se hace insostenible en el momento en que la pensamos: pensarnos como cerebros dentro de una cubeta exige necesariamente estar, al menos por un momento, fuera de la cubeta, es decir, implica la existencia de un mundo exterior que nos precede y supera.[10]

Gran parte de la reflexión contemporánea acerca del realismo intenta recuperar el valor cognoscitivo de la percepción, no ya como un momento activador del conocimiento, sino como conocimiento sin más. Separar la percepción del conocimiento propiamente dicho significaría regresar a un fraccionamiento idealista y teórico del individuo humano. Por tanto, se trata de superar la distinción dogmática e idealista entre exterioridad —percepción— e interioridad —conciencia—: estamos siempre dentro de la existencia, y su percepción es constante.

Tal vez por este motivo la existencia no se da a la reflexión sino como concepto de existencia. En cambio, la existencia misma no es pensable, sino solo experimentable. Por tanto, lo que encontramos en la realidad, lo experimentable y, en tal sentido, existente, es lo particular. Todo lo demás —los pensamientos, los sentimientos, las ideas, las opiniones— solo es experimentado en la medida en que está en alguno o pertenece a alguno: me encuentro con Mario, pero puedo encontrar su sinceridad solo como sinceridad de Mario, o como mi idea de sinceridad.

Así pues, decir que la realidad es superior a la idea significa que lo universal solo puede encontrarse en lo particular, debe someterse a lo particular para que se llegue a su conocimiento.[11] Lo universal llega a conocerse porque está contenido en lo particular, no solo porque es predicado de lo particular: no son nuestras palabras las que hacen bella una obra de arte —a lo sumo pueden hacerla aparecer como tal o desvelar su belleza—, sino a la inversa: gracias a que una obra de arte es bella puedo referir su belleza.[12]

El interrogante de la realidad en la tradición tomista

En los años treinta un encendido debate enfrentó a Étienne Gilson[13] —y, de forma más discreta, a Jacques Maritain—[14] con el jesuita Joseph Maréchal y, más en general, con la escuela filosófica de Lovaina. El debate tenía que ver con la posibilidad de releer a Tomás utilizando la aportación de Descartes y, sobre todo, de Kant. Vista en la distancia, esta polémica puede considerarse como una tentativa, de parte de Maritain y de Gilson, de encauzar el poder del que comenzaba a hacer alarde el conocimiento, también como consecuencia de los continuos éxitos científicos respecto del límite impuesto por la realidad. Aparentemente se trataba solo de custodiar el primado de la metafísica sobre la epistemología, pero, mirándolo bien, lo que estaba en juego era el posible delirio de la razón, el encierro dentro de una artificial telerrealidad.

La pregunta de fondo puede parecer muy teórica y lejana, pero en ella se juega propiamente nuestra relación con la realidad. Se nos preguntaba, en efecto, si nuestro conocimiento depende del objeto real conocido o si, por el contrario, son las capacidades cognoscitivas de nuestra consciencia las que determinan el modo en que conocemos la realidad.

Conscientes de lo que estaba en juego, Maritain y Gilson —a diferencia de lo que había hecho otro jesuita, Francisco Suárez, a finales del siglo XVI— subrayan la diferencia real entre la esencia y la existencia, entre lo que una cosa es y el simple hecho de existir. En efecto, podemos dar una definición de un objeto también sin implicar su existencia, como cuando hablamos del ave fénix o del unicornio.

La esencia, el concepto de una cosa o, como decían los medievales, la quidditas, aquello que responde a la pregunta «¿qué es?» —quid—, es una elaboración de la inteligencia, sobre la cual la inteligencia misma formulará un juicio. En cambio, la existencia precede a toda elaboración mental de nuestra parte. Por tanto, ya en la tradición tomista la existencia se encuentra, se experimenta en lo particular, en lo no pensado. La existencia nos precede y es la condición misma de la posibilidad de pensar. Es el presupuesto innegable. En tal sentido, la realidad de la existencia es superior a la idea, o bien a la formulación de todo concepto.

Se comprende así por qué en la tradición aristotélico-tomista el conocimiento no puede darse sino por abstracción: el concepto se obtiene siempre a partir de una existencia real que nos precede. Conocer no es construir, sino abstraer. También en este sentido la abstracción solo es posible si la realidad es superior a la idea.

La cuestión antropológica que se encuentra detrás del realismo

Si solo podemos encontrar lo particular, es decir, lo sensible, pero nos formamos un concepto mediante la inteligencia que conoce lo universal, parecería, entonces, que el conocimiento no es inaccesible. Esta paradoja estaba ya presente en santo Tomás, quien afirmaba que, «propiamente hablando, el que conoce no es el sentido o el intelecto, sino el hombre a través de ambos».[15] Para Tomás es impensable un conocimiento directo de sí mismo por parte del sujeto cognoscente, no solo porque el que nos plantea la pregunta de quiénes somos es el mundo exterior, sino también porque no existe un sujeto aséptico, desvinculado del mundo. Aquí también podríamos utilizar la expresión de Francisco: «Todo está relacionado», «todo está conectado» (LS 16; 117; 138).

De ese modo comprendemos mejor por qué el primado de lo real, sin el cual el sujeto no podría siquiera pensarse, tiene inevitablemente implicaciones éticas, porque coincide con la consciencia de estar inevitablemente en relación con todo aquello de lo que se forma parte. También por esa razón, «es nuestra humilde convicción que lo divino y lo humano se encuentran en el más pequeño detalle contenido en los vestidos sin costuras de la creación de Dios, hasta en el último grano de polvo de nuestro planeta» (LS 9).

Como es obvio, en el mundo encontramos cosas diversas, de las cuales podemos hacernos ideas diversas, pero todo esto solo es posible por el primado de la existencia. Puede haber incerteza acerca del grado de conocimiento de los objetos, pero no de la existencia de algo que se ofrece al conocimiento, sobre el simple hecho de que algo exista. La incerteza tiene que ver con la esencia de las cosas, no con su existencia, del mismo modo que el primado de la realidad no tiene que ver con la evidencia de los objetos, sino con su existencia, una existencia de la cual no podemos no tomar consciencia, a fin de evitar transformar el mundo en una playstation.

[1] Diego Fares ha mostrado cómo estos principios pueden ayudar a comprender la reflexión del papa Francisco acerca de la familia en Amoris laetitia: cf. D. Fares, «“Amoris laetitia” e il rinnovamento del linguaggio eclesiale», en La Civiltà Cattolica, 2016, II, p. 216.

[2] Por lo que respecta al «nuevo realismo», nos referimos a Maurizio Ferraris en Italia (cf. M. Ferraris, Manifesto del nuovo realismo, Roma – Bari, Laterza, 2012) y a Markus Gabriel en Alemania (cf. M. Gabriel, Fields of Sense. A New Realist Ontology, Edimburgo, Edinburgh University Press, 2015). En cambio, la expresión «regreso a la metafísica» aparece en el título de la edición italiana de las obras de un autor de la escuela australiana, D.-M. Armstrong, Ritorno alla metafisica. Universali – Legge – Stati di fatto – Verità, Milán, Bompiani, 2012).

[3] Cf. R. Rorty, «The World Well Lost», en The Journal of Philosophy 69, n. 19, Sixty-Ninth Annual Meeting of the American Philosophical Association Eastern Division (26 de octubre de 1972), pp. 649-665.

[4] Véase Platón, Gorgias, p. 265, citado en EG 232.

[5] Véase Benedicto XVI, Encíclica Deus caritas est: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (n. 1).

[6] Véase L. Wittgenstein, Investigaciones filosóficas, Barcelona, Crítica, 1988, n. 217: «Si he agotado los fundamentos, he llegado a roca dura y mi pala se retuerce. Estoy entonces inclinado a decir: “Así simplemente es como actúo”».

[7] Véase M. Ferraris, Manifesto del nuovo realismo, op. cit., pp. 45-50.

[8] Cf. ibíd., p. 3.

[9] Variaciones sobre este tema pueden encontrarse en películas como Matrix o The Truman Show.

[10] Véase H. Putnam, Razón, verdad e historia, Madrid, Tecnos, 1988, pp. 15-33.

[11] Esta es una de las tesis fundamentales del filósofo australiano D.-M. Armstrong (1926-2014). Cf. el ensayo «Universali e realismo scientifico», en D.-M. Armstrong, Ritorno alla metafísica…, op. cit., en particular pp.195-281.

[12] Aristóteles expresó esta convicción en Metafísica IX, 1051b, 1-5: «No porque creamos que eres blanco tú eres blanco, sino porque tú eres blanco, al decirlo nosotros, nos ajustamos a la verdad».

[13] Para tener una idea exacta del debate, véase É. Gilson, Réalisme Thomiste et Critique de la Connaissance (1939), París, Vrin, 2012.

[14] Véase J. Maritain, Distinguir para unir o los grados del saber, Buenos Aires, Club de Lectores, 1983, en especial el capítulo III, «El realismo crítico».

[15] Tomás de Aquino, santo, De veritate II, q.6, ad.3: «Non enim propie loquendo sensus aut intellectus cognoscit, sed homo per utrumque».

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