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resentamos el artículo sobre la maternidad subrogada, publicado por Francesco Occhetta en la revista La Civiltà Cattolica iberoamericana. La gestación subrogada tiene abierto un debate político-religioso donde las categorías del humanismo han pasado a ser las del poshumanismo y donde la Iglesia sitúa en el centro del debate el significado de la vida humana y la dignidad.

No se puede entender el embarazo subrogado como un intercambio comercial, no obstante, la maternidad “voluntaria” sí está permitida en muchos países . El principio jurídico de “mater semper certa est” tutela la dignidad de la mujer, prohibiendo la contratación de un vientre subrogado para engendrar una vida.

Se está considerando la maternidad subrogada, además, como una práctica lesiva de los derechos humanos y de la libertad de la mujer, seccionando así la experiencia de ser madre.  Separando del embarazo la parte emocional, relacional y simbólica, este proceso se convierte simplemente en algo mecánico-natural.

La valoración ética que surge de ello se sitúa en el ámbito más radical de lo humano: en el del sentido de la vida. La libertad es siempre “para alguien” y nunca “de algo”.

Francesco Occhetta ha colaborado con la revista La Civiltà Cattolica Iberoamericana con otros artículos como la gestión política de la inmigración y el trabajo 4.0.

Francesco Occhetta S.I.

La maternidad subrogada es una práctica de procreación en la que la mujer se compromete a llevar adelante un embarazo para después entregar el neonato que dará a luz a una pareja comitente. Este es uno de los temas más delicados y candentes del debate público en razón de las diversas maneras en que se lo define: se la llama «gestación por sustitución», «gestación de apoyo» o bien «vientre de alquiler».

Las preguntas antropológicas y éticas que esta práctica plantea tocan la raíz del significado de la vida, del cuerpo, de la relación madre-hijo, de la dignidad, de la memoria, pero también de la donación y la reciprocidad. Parece que en el debate político las categorías del humanismo han cedido su lugar a las del poshumanismo, donde la reflexión pública se limita a incorporar (de forma pasiva) los horizontes de la técnica. El magisterio de la Iglesia nos invita, por el contrario, a integrar los nuevos descubrimientos biológicos y las nuevas técnicas a fin de colocarlos en un horizonte antropológico que sitúe en el centro el significado de la vida humana y de la dignidad. A partir de aquí pondremos de relieve algunos criterios de discernimiento para comprender la práctica de la maternidad subrogada.

Maternidad subrogada: definición y comparación

Existen diversos tipos de maternidad subrogada: la subrogada en sentido estricto, en la que el embrión se obtiene a partir de gametos masculinos de un miembro de la pareja y de gametos femeninos de la gestante; en este caso, la mujer que presta el útero es la misma que da los óvulos. Está después la maternidad subrogada total, en la que los espermatozoides son de un donante tercero, mientras que la madre que da a luz al niño pone a disposición el útero, pero no los óvulos; en este caso, por ejemplo, el embarazo se lleva adelante gracias a un óvulo ya fecundado formado por la unión de células reproductivas de la pareja comitente.

En los países en los que la maternidad subrogada está permitida, la madre biológica, que da los óvulos, no es la que dará o alquilará el útero para llevar adelante la gestación. Es esta separación técnica la que permite a las posiciones culturales favorables a la procreación subrogada justificar una figura jurídica que, en lugar de constituir una madre genética, es una suerte de incubadora. Para la técnica médica, distinguir las funciones y las tareas de procreación torna de alguna manera «neutra» la gestación, que podría no tener nexo biológico alguno con la pareja.

En 2013 la Unión Europea (UE) publicó un estudio que confronta la legislación de los estados miembros sobre el tema de la maternidad subrogada.[1] De dicho estudio surge un cuadro complejo: Italia, Francia, Alemania, España e Italia la prohíben; en Austria y Noruega se la tolera si el oocito pertenece a la mujer que pone a disposición su propio útero; en Grecia la subrogación es consentida solo a través de reembolsos y no con compensaciones; Bélgica, Países Bajos y Dinamarca la limitan a la adopción, que establece una posterior filiación; Suecia está pasando de una posición garantista a una prohibicionista a causa del debate social introducido por la práctica, mientras que en Inglaterra el subsecretario de salud, Nicola Blackwood, ha anunciado la formación de una comisión para extender el permiso también a personas solas y a parejas homosexuales.[2]

Los países que la permiten sin reservas son Rusia, Tailandia, Uganda, Ucrania, Nepal y algunos de los estados que conforman Estados Unidos. En 2013 India restringió su normativa pero, como se sabe, las mujeres en India aceptan esta práctica a causa de su situación de indigencia, y en muchos casos se ven sometidas a una verdadera explotación. Según los cálculos, se desarrolla allí un negocio de más de 3 000 millones de euros que gira en torno a 3 000 clínicas indias. Se estima aquí una cifra de 1 500 nacimientos al año a través de la maternidad subrogada, un tercio de ellos por cuenta de extranjeros.

Ucrania es la meta más ambicionada para este asunto en Europa: en efecto, la ley de este país prevé que en el certificado de nacimiento aparezca exclusivamente el nombre de los padres comitentes.

En Estados Unidos la materia se reguló hace unos treinta años, pero la norma jurídica difiere mucho de un estado a otro.[3] En California y en Canadá la maternidad subrogada está regulada con contratos minuciosos gestionados por agencias privadas que fijan cifras «de mercado» para la madre subrogada a partir de unos 20 000 dólares, mientras que el coste total del servicio ronda los 150 000 dólares. En los contratos hay cláusulas que regulan los más mínimos detalles: desde el catálogo a partir del cual se pueden elegir los rasgos somáticos y genéticos del futuro niño hasta la prohibición, para la madre subrogada, de cambiar de idea y optar por conservar el niño. Se regulan las condiciones de salud de la madre y del neonato, la posibilidad de rechazar al niño que nace con malformaciones, el tipo de alimentación de la madre durante el período de gravidez, el estilo de vida a mantener en los nueve meses de la gestación e incluso las formas de separación, que prohíben el amamantamiento del niño por la madre pero obligan a esta a proveer la leche.

En estos países, se exige que la gestante haya tenido otros hijos y se encuentre en buenas condiciones económicas, para garantizarle al niño por nacer un buen equilibrio psicofísico y económico. En el certificado de nacimiento es posible escribir el nombre de ambos padres receptores sin iniciar un procedimiento de adopción posnatal.

Por el contrario, es más difícil averiguar el número de nacimientos de este tipo porque muchos países no lo hacen público.

En Italia la práctica está prohibida por la ley n.o 40/2004 sobre la procreación médicamente asistida, que prevé una pena de reclusión que va de tres meses a dos años y una multa de entre 600 000 y 1 000 000 de euros a «quien, de cualquier forma, realice, organice o publicite […] la subrogación de maternidad» (art. 12, inciso 6).

Como fundamento de la norma nos parece encontrar algunos principios de cultura jurídica, como el de mater semper certa est, y la inspiración personalista de la Constitución, que tutela la dignidad de la persona, de donde debería provenir la prohibición de contratar la disponibilidad del cuerpo para engendrar una vida.

Por otra parte, es muy fácil eludir las prohibiciones: basta con ir a los países en los que se permite. En efecto, es suficiente un lazo genético con un miembro de la pareja para que el niño pueda ser llevado después a Italia como hijo natural.

La jurisprudencia da marcha atrás

En el caso de la maternidad subrogada, la jurisprudencia internacional ha operado un cambio de marcha cuya importancia difícilmente puede sobreestimarse. La sentencia piloto sigue siendo la del caso Paradiso y Campanelli, del 27 de enero de 2015. La madre comitente había usado esta práctica afirmando haber utilizado los gametos de su marido y el óvulo de una gestante rusa. En el acta del nacimiento, redactada en Moscú, cuya transcripción la pareja comitente había pedido en Italia, el niño resultaba ser hijo de la pareja. Pero, después del traslado del fascículo del consulado italiano en Moscú a la Procuración General de Campobasso y al Tribunal de Menores, una sentencia declaró el estado de abandono y abrió la posibilidad de que el niño fuese dado en adopción. En efecto, el Tribunal consideró que el certificado de nacimiento ruso contenía informaciones falsas sobre la verdadera identidad de los padres del pequeño, porque la prueba de ADN había demostrado que no había lazo biológico alguno entre padre e hijo. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos, en cambio, denunció una interferencia ilícita de los jueces italianos por haber negado de manera arbitraria la transcripción.[4]

El 24 de enero, el fallo en instancia de apelación pronunciado por la Gran Sala del mismo Tribunal tumbó el anterior pronunciamiento al considerar infundado el derecho de una pareja casada al reconocimiento de un hijo como propio en ausencia de un vínculo biológico con los dos aspirantes a padres.[5] Por tanto, los jueces europeos reconocieron fundadas las argumentaciones de la Fiscalía italiana ante el Tribunal de Estrasburgo y negaron la posibilidad de reconocer como hijo propio a un niño nacido en Rusia de madre subrogada.

En la sentencia se establece que el derecho a la familia no prevé el «mero deseo de fundar una familia», porque la noción de «familia» presupone la existencia de lazos afectivos estrechos y no es un medio para crear de modo artificial otros (par. 141 de la sentencia). Al reseñar todos los tipos de unión posibles, el Tribunal certificó que la convivencia de solo seis meses entre el niño y los recurrentes no daba lugar al surgimiento de una familia (par. 158). Este es el modelo en el cual se basó el Tribunal para dudar de la identidad del segundo aspirante a progenitor (el que no tiene lazo alguno, ni siquiera genético, con el niño), afirmando que: «No había vida familiar entre los recurrentes y el niño».

Los jueces de Estrasburgo recordaron también en la sentencia algunos fundamentos personalistas presentes en la Constitución italiana, como «sociedad de hecho», preexistente al derecho, negando la tesis individualista de la familia entendida como derecho subjetivo que satisface una necesidad propia.[6]

La maternidad subrogada en el debate público

Así pues, nos preguntamos: ¿en un ordenamiento democrático pueden la libertad del sujeto y la legitimación de un deseo convertirse en un derecho si lesionan la dignidad de otros? El debate ha generado división sobre todo dentro del frente femenino-feminista entre quienes se oponen en cualquier caso a tal derecho y posiciones que distinguen entre fines comerciales que se han de condenar y la expresión de una libertad femenina que hay que favorecer porque se la vive como un don. Se trata de una posición cultural latente que podría sintetizarse de la siguiente manera: «Yo como mujer no lo haría nunca, ni querría tampoco que lo hiciese mi hija, pero no tengo ningún derecho a prohibirle a una mujer adulta ayudar a otra mujer que no tiene útero o a una pareja estéril».

Tal objeción fue considerada en un encuentro internacional celebrado en Montecitorio el 23 de marzo pasado bajo el título de «Maternità al bivio: dalla libera scelta alla surrogata, una sfida mondiale» (Maternidad en la encrucijada: de la libre opción a la maternidad subrogada, un desafío mundial). En el encuentro —que lamentablemente no contó con el patrocinio de la Cámara de Diputados de Italia—, exponentes de todas las fuerzas políticas, diversas ministras y representantes del movimiento internacional contra la maternidad subrogada firmaron una moción para ser presentada ante la ONU, en la cual se considera la maternidad subrogada como una «práctica lesiva de los derechos humanos de las mujeres y de los niños».[7]

Ante todo se hizo patente cómo en la conciencia de las mujeres se va insinuando una nueva corriente cultural: «La “madre subrogada” —afirmó la jurista Silvia Niccolai— es la manera de proponer a las mujeres un nuevo “ideal” femenino de una mujer separada de su experiencia, que sabe desapegarse del niño después del parto, que sabe ser racional, que es generosísima, que sabe desde el comienzo que su hijo no es suyo y que tampoco es suyo el embarazo. Se cultiva una suerte de pedagogía que enseña a las mujeres que la experiencia vivida de su cuerpo no es de ellas, de modo que no se vinculen afectivamente al niño, no se toquen la panza».[8] ¿Estamos frente a una pedagogía de la responsabilidad del ser por el otro o frente a un nuevo sometimiento? En efecto, la maternidad, en su origen, es fruto de un don que pierde su valor si se convierte en trueque.

La senadora Emma Fattorini, docente de Historia Contemporánea en la Universidad de Roma La Sapienza, puso el acento en la creación del lazo —definido por el lenguaje técnico como bonding— que se inicia en el período prenatal, se consolida en el nacimiento y llega a su equilibrio en los primeros años de edad: «Se niega la relación mente-cuerpo, que está en la base de la relación madre-hijo. El “desmembramiento” de la maternidad en muchos segmentos, elementos diversos —el óvulo, el oocito, el útero— reduce la maternidad a un proceso meramente biológico. Como si el embarazo pudiese reducirse a un hecho meramente biológico, según aquel biologismo decimonónico que todavía no había captado la relacionalidad de la vida intrauterina. Como si se pudiese romper la unidad entre mente y cuerpo, que ha sido uno de los mayores descubrimientos de la subjetividad del siglo XX. […] El estrés que se comunica, o los efectos de la música que se escucha, o las infinitas correlaciones madre-hijo —de las cuales es consciente la experiencia femenina— dejan rastros de tipo epigenético, como lo demuestran recientes estudios de las neurociencias».[9] En otras palabras, la experiencia «de reconocerse y de reencontrarse fuera del útero y de construir un sentimiento de mutua pertenencia».[10]

La escritora Susanna Tamaro se ha preguntado sobre el significado del amor y sobre las motivaciones que impulsan a una pareja a querer un hijo subrogando la maternidad: «¿Qué tipo de amor es este que reclama derechos de raza? El concepto de amor y el de derecho son absolutamente incompatibles. No existe el derecho al amor, del mismo modo como no existe el deber de amar. Hasta el Decálogo —que me atrevería a llamar el código etológico de la humanidad— nos impone honrar al padre y a la madre, no amarlos. El amor, para ser verdaderamente tal, no requiere una ley a la que uniformarse, sino más bien una idea del bien, y la idea del bien subyace siempre a la de reciprocidad. ¿Qué forma de reciprocidad puede haber en una relación en que se comisiona la vida? No hacer a los demás lo que no quieres que hagan contigo es el principio en el que se erige la sociedad humana hasta el presente. Así pues, para ejercer un derecho propio obligamos lúcidamente a una persona a venir al mundo privándola de lo que hace de un hombre un hombre, es decir, la genealogía, poniendo sobre su vida una gran hipoteca de infelicidad».[11]

El punto central es enfatizado por Francesca Izzo, que define la maternidad como un proceso relacional y niega que pueda descomponerse en etapas técnicas: «Si se acepta, como en la maternidad subrogada —también en la denominada solidaria—, romper la unidad del proceso, segmentarlo en oocitos, embarazo y neonato, quitando al embarazo toda “gravidez” física, emotiva, relacional y simbólica, haciendo de ella un proceso mecánico-natural, se resquebrajan las bases mismas de la autodeterminación. Paradójicamente, en nombre de la libertad se expropia a las mujeres de lo que las determina y funda. Por tanto, la subrogación es inaceptable propiamente en nombre de la libertad femenina».[12]

La segmentación biologista —apoyada, por ejemplo, por la escuela de Veronesi— conduce a la eliminación de la madre, negada por los contratos de subrogación. Además, subordinar la maternidad a un «contrato» humilla la dignidad femenina y la libertad del niño por nacer, significa regresar al contrato de crianza mercenario o a las esclavas que daban a luz por cuenta de sus amos.

El argumento vale también cuando una mujer fecunda trae al mundo a un hijo para una mujer estéril gracias al lazo afectivo que las vincula (ser hermanas, amigas o madres de la aspirante a madre). También en este tipo de subrogación, definida como «solidaria», existe una fractura entre la generación y la sexualidad: no se da intervención al padre en el proceso de engendramiento. «Que la procreación ocurra fuera de la sexualidad hace que la intersubjetividad que se da entre un hombre y una mujer no sea más la forma originaria. Esta pierde su fuerza simbólica, que es la más poderosa de todas las fuerzas […]. El hijo no es hijo del lazo o de la palabra de amor entre un hombre y una mujer que recibe la gracia de hacerse carne».[13]

Del mismo modo, también la experiencia de ser madre resulta «seccionada»: la madre comitente es la de los afectos, la gestacional es la que pone a disposición su cuerpo. Es a esta última a la que la cultura favorable a la maternidad subrogada le prohíbe de manera solapada amar.

Resultan impactantes los casos en los que, por «un defecto de fábrica», el niño es rechazado por los comitentes. Hace algunos años se diagnosticó en la República Checa una malformación del feto durante la semana veintitrés. La gestante se negó a abortar y los comitentes renunciaron al niño. Pocos meses después del parto también la gestante rechazó al bebé, entregándolo a un orfanato.

Recordemos también la historia de Baby Manji, nacida en 2008 en India por encargo de una pareja japonesa. A un mes del parto la pareja se divorció. Ninguna de las tres madres «potenciales» —la subrogada, la exmujer y la donante del óvulo— reconoció a la niña.[14] Solo el padre obtuvo para ella un certificado de identidad japonés después de una larga batalla legal.

Elementos morales para discernir

Significativo resulta también el silencio sobre este tema por parte de la prensa europea. Lejos de los ecos mediáticos, la Carta de París, firmada el 2 de febrero de 2016, fue discutida de forma reciente en los parlamentos de los estados miembros para proponer la abolición de la maternidad subrogada. Promovida por exponentes como la escritora socialista Sylviane Agacinski y por representantes de los derechos humanos, de las familias, del mundo político y cultural europeo, en uno de sus pasajes más significativos se lee: «Lejos de ser un gesto individual, esta práctica social es ejecutada por empresas de reproducción humana dentro de un sistema organizado de producción que incluye laboratorios, médicos, abogados, agencias etc… Este sistema necesita mujeres como medios de producción de manera que el embarazo y el parto se convierten en procesos funcionales dotados de un valor de uso y de un valor de mercancía y se inscriben en el marco de la globalización de los mercados del cuerpo humano».[15]

En virtud de los elementos que han salido a la luz, la valoración ética de la maternidad subrogada no puede limitarse a establecer una suerte de «dique de contención» al límite de las técnicas de procreación artificiales.[16] No se trata tampoco de fijar parámetros —cuánto sería justo o dónde sería demasiado— para comprender hasta dónde es posible llegar con un instrumento técnico que, de por sí, debería ser neutro. En efecto, estando implicada la persona y su dignidad como objeto de la acción técnica, hay que recordar el imperativo que Immanuel Kant identificaba como punto clave del comportamiento
humano: «Obra de tal modo que uses a la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como fin y nunca simplemente como medio».[17]

La valoración ética de tal praxis se sitúa en el nivel más radical de lo humano: en el del sentido de la vida. Hablar de un enfoque ético de la maternidad subrogada significa llevar la pregunta moral al corazón de la técnica para buscar cómo tal técnica puede servir al hombre sin servirse de él. Transformar la procreación en una producción revela una decadencia de la percepción de lo humano hacia las derivas de lo poshumano: el hombre vaciado de significado antropológico unitario, que queda en condición maleable y plasmable según el deseo de los más fuertes y de los más ricos.[18]

Si la mirada que dirigimos hacia la maternidad subrogada no se hiciese cargo de esa pregunta sobre el significado humano de esta praxis negaríamos la dignidad humana, que, por el contrario, nos permite encontrar respuestas a las preguntas aquí planteadas.[19] Justamente la historia del siglo XX, con sus sangrientas páginas, muestra cómo los crímenes que ha sufrido la humanidad han expresado de hecho su rostro más cruento al eliminar de la coexistencia humana el fundamento de la dignidad.

* * *

La Iglesia, a través del magisterio, no se cansa de afirmarlo: «A cada ser humano, desde la concepción hasta la muerte natural, se le debe reconocer la dignidad de persona. Este principio fundamental, que expresa un gran “sí” a la vida humana, debe ocupar un lugar central en la reflexión ética sobre la investigación biomédica, que reviste una importancia cada vez mayor en el mundo de hoy».[20] Así lo ha subrayado también de forma reciente el papa Francisco en Amoris laetitia, n.o 54.

Así pues, antes incluso que desde el punto de vista moral, ya desde el punto de vista jurídico se hace arduo considerar la maternidad subrogada como una técnica reproductiva heteróloga en caso de esterilidad. Esto significaría envilecer el valor de la relación que madre e hijo viven en los nueve meses de gestación. La maternidad subrogada no puede reducirse tampoco, como consideran algunos bioéticos, a la simple donación de un órgano, porque el útero, a diferencia de un riñón o de un pulmón, existe para contener otra vida y no tiene otra función más que esa. Bastaría, además, una consulta pública en los diferentes países europeos para comprender que la mayoría de la población es contraria a esta práctica.

La parte más débil sigue siendo el niño por nacer, que «debe ser respetado y tratado como persona desde el instante de su concepción y, por eso, a partir de ese mismo momento se le deben reconocer los derechos de la persona, principalmente el derecho inviolable de todo ser humano inocente a la vida».[21] A este propósito, entre otras cosas, no puede no suscitar interrogantes el hecho de que en el mundo haya cerca de 170 millones de niños abandonados. Hacerse cargo de ellos a través de la adopción o del acogimiento, que hay que sostener como cultura política, llevaría el deseo de ser padres y de criar un hijo de regreso al interior de los límites de lo humano.

Por tanto, ¿hasta qué punto la idea de lazo líquido que sustenta la subrogación puede condicionar las exigencias y los llamamientos más profundos de la conciencia moral? ¿De veras queremos enseñar a los jóvenes que se puede disponer sobre todo, que todo está sometido al precio del mercado y es controlado por los intereses de las industrias biotecnológicas? Si se afirma a nivel cultural que ni siquiera el ser de los niños por nacer es indisponible, ¿dónde fundarán la propia libertad las generaciones jóvenes cuando crezcan? ¿Y qué tipo de rechazo tendrán hacia la generación que los ha hecho disponibles?[22] Estas son las preguntas a las que hay que responder como civilización humana. La libertad es siempre «para alguien», no es nunca «de algo»; no se realiza en el espacio infinito de la multiplicación de las necesidades-deseos, sino que se construye en la acogida del límite y de la relación con el otro.

[1] Cf. «El régimen de subrogación en los Estados miembros de la UE», en http://www.europarl.europa.eu/.

[2] En muchos países —como Argentina, Australia (en el norte), Bélgica, Canadá, República Checa, Irlanda, Japón, Países Bajos, Venezuela y algunos estados de Estados Unidos— la maternidad subrogada está prohibida si se la entiende como intercambio comercial, pero permitida si es «voluntaria» y si se limita al reembolso de los gastos en que incurre la mujer a causa del embarazo.

[3] En Estados Unidos el primer caso que se discutió se remonta al año 1986, cuando Mary Beth Whitehead decidió conservar el hijo que había dado a luz, violando el acuerdo contractual. «De esa causa en adelante, la maternidad subrogada en que la mujer es también la madre biológica fue gradualmente abandonada a favor de la maternidad gestacional, en que el embrión es producido en laboratorio, bien con óvulos y esperma de los comitentes o bien con los de donantes, e implantado en la madre subrogada, que, por tanto, no tendrá ningún lazo biológico con el niño. En 2014 nacieron en Estados Unidos cerca de 2 000 niños de madres subrogadas. En el curso de las últimas décadas, los casos en que los padres cambiaron de idea durante el embarazo fueron 81, y los casos en que las que cambiaron de idea fueron las madres subrogadas fueron 35. En 24 de estos, las madres subrogadas eran también madres biológicas» («Che cos’è la maternità surrogata», Il Post, 7 de diciembre de 2015 [http://www.ilpost.it/2015/12/07/che-cose-la-maternita-surrogata/]).

[4] Tribunal Europeo de Derechos Humanos, secc. II, 27 de enero de 2015, petición n.o 25358/12. La sentencia afirma que constituye una violación del art. 8 de la Convención (derecho al respeto de la vida privada y familiar) la decisión de las autoridades de un Estado miembro de alejar al menor nacido en el exterior mediante recurso a la maternidad subrogada de la pareja que se ha servido de dicha técnica para la concepción, también en el caso de que el menor no tenga ningún vínculo genético con el padre ni con la madre comitentes. Los jueces europeos valoraron también el equilibrio entre los intereses perseguidos por el Estado y los intereses del menor implicado (§§ 74-79), estableciendo que poner remedio a una situación ilegítima no es suficiente para justificar la adopción de cualquier medida, en cuanto el Estado debe tener en cuenta los intereses del menor.

[5] La sentencia define a los «aspirantes a padres» con el termino applicants.

[6] Para profundizar el marco normativo y las principales sentencias internacionales y nacionales véase C. Andreuccioli y E. Battisti (eds.), «Maternità surrogata tra giurisprudenza europea ed italiana: la recente sentenza sul caso Paradiso e Campanelli vs Italia», Nota breve n.o 147 del Senato della Repubblica, en www.senato.it/.

[7] La nota publicada por la presidenta, Laura Boldrini, dice: «La institución no pone su sello sobre iniciativas que apoyan a una parte», aunque «la parte» estaba reunida para defender una ley del ordenamiento jurídico. El encuentro fue promovido por el movimiento Se non ora quando – Libere.

[8] L. Bellaspiga, «Maternità surrogata, ora tocca all’Italia», Avvenire, 5 de abril de 2017, p. 15.

[9] De la intervención durante el encuentro «Maternità al bivio: dalla libera scelta alla surrogata, una sfida mondiale», Roma, Montecitorio, 23 de marzo de 2017.

[10] Lorenzo Giacchetti en E. Perucchietti, Utero in affitto. La fabbricazione di bambini, la nuova forma di schiavismo. I retroscena della maternità surrogata, dalle derive dell’eugenetica agli interessi delle lobby, Marene, Revoluzione Edizioni, 2016, p. 137.

[11] S. Tamaro, «Non in mio nome», Avvenire, 24 de marzo de 2017, p. 3.

[12] De la introducción al encuentro ya citado «Maternità al bivio…».

[13] S. Zanardo, «La maternità surrogata è una forma di ospitalità?», Aggiornamenti Sociali 68 (2017), p. 313.

[14] Cf. G. Mazza, «Utero in affitto, ecco quanto costa», Avvenire, 1 de marzo de 2016, en https://www.avvenire.it/famiglia-e-vita/pagine/utero-in-affitto-merrcato-globale-da-6-miliardi-di-dollari.

[15] Carta por la Abolición Universal de la Maternidad de Sustitución, en http://www.abolition-gpa.org/charte/. Para profundizar véase el informe «Utero in affitto» en www.libreriadelledonne.it/, 26 de marzo de 2016.

[16] Cfr L. Grion (ed.), Cose o persone? Sull’esser figli al tempo dell’eterologa, Trieste, Meudon, 2016.

[17] I. Kant, Fundamentación para una metafísica de las costumbres, Madrid, Alianza, 2006, p. 116.

[18] Cf. F. Occhetta y P. Benanti, «La politica di fronte alle sfide del postumano», La Civiltà Cattolica I (2015), pp. 572-584.

[19] En efecto, «la dignidad humana es el nivel respecto del cual no puede ya retroceder la convivencia de los hombres, y tampoco en una época posmoderna, porque dicha dignidad es el núcleo experiencial duro de naturaleza político-ética que está en la base, que funda y legitima moralmente las sociedades democráticas y actúa como discriminación respecto de las formas totalitarias de Estado» (P. Benanti, Ti estí? Prima lezione di bioetica, Asís, Cittadella, 2016, p. 93).

[20] Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción «Dignitas personae» sobre algunas cuestiones de bioética, 8 de septiembre de 2008, p. 1, en www.vatican.va.

[21] Ibíd., p. 4. Véase también el parecer del Comité Nacional para la Bioética del 18 de marzo de 2016, en el que se subraya lo dispuesto en el art. 21 del Convenio Europeo sobre los Derechos Humanos y la Biomedicina (Oviedo, 1997): «El cuerpo humano y sus partes, como tales, no deberán ser objeto de lucro». Disposición que, junto con el art. 3 de la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea (2000), constituye uno de los
principios éticos de la UE.

[22] Cf. S. Zanardo, «La maternità surrogata è una forma di ospitalità?», op. cit., p. 316ss. El principio había sido aclarado en el derecho romano. Cf. P. Catalano, «Osservazioni sulla “persona” dei nascituri alla luce del diritto romano», en Rassegna di diritto civile, 1/1988, Nápoles, ESI, pp. 45-65.

 

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