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os efectos positivos y negativos de la globalización cuestionan su viabilidad a largo plazo. La globalización se encuentra en el centro de la actualidad debido a grandes acontecimientos: el Brexit, la cumbre del G20, los acuerdos comerciales de la UE, el triunfo electoral y la filosofía comercial de Donald Trump, entre otros. Es necesaria una globalización inteligente, solidaria y sostenible, que multiplique sus ventajas y disminuya los graves inconvenientes distributivos y medioambientales.

La campaña política de Trump defiende el nacionalismo económico y el proteccionismo comercial, con una estrategia comercial basada en cuatro principios fundamentales: modificar el sistema comercial de la OMC; eliminar los déficits comerciales; que EUA negocie acuerdos comerciales más favorables; y, por último, que únicamente actuando de este modo se reindustrializará Estados Unidos.

Como consecuencia, el reparto de los beneficios y de los costes es desigual, generando beneficiados y perjudicados y provocando una creciente desigualdad. La liberación comercial tiene, además, importantes efectos medioambientales negativos: fracciona, alarga y deslocaliza la cadena de producción. Por ello, es de suma importancia que las políticas se impulsen bajo la equidad y la inclusión social y no bajo impulsos nacionalistas y racistas.

Es evidente la necesidad de una globalización gestionada políticamente y de modo inteligente, con políticas redistributivas que permitan que todos ganen y que nadie pierda, evitando la concentración de los costes en determinados grupos y regiones.

Puedes encontrar más artículos para la reflexión en la revista La Civiltà Cattolica Iberoamericana.

Por Fernando de la Iglesia Viguiristi S.I.

Introducción

Este artículo pretende exponer el estado de la cuestión del actual proceso de globalización, sus efectos y su viabilidad a largo plazo. Tras enumerar e interpretar recientes acontecimientos como el Brexit y el triunfo de Donald Trump, se exponen los efectos positivos y negativos de la globalización desde perspectivas teóricas y em píricas. Se concluye con una consideración de su viabilidad política.

La globalización en el centro de la actualidad

Acontecimientos recientes como el Brexit, la Cumbre del G20 en Hangzhou (China), la firma del acuerdo comercial CETA entre la Unión Europea y Canadá, o el triunfo en la carrera a la presidencia de Estados Unidos de Donald Trump, con su replanteamiento de la política comercial americana, sitúan en el centro de la atención mediática, política y académica la globalización.

El «Brexit»

El 23 de junio de 2016, los británicos votaron el referéndum convocado por el gobierno conservador de David Cameron acerca de la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea. Por un margen de casi cuatro puntos porcentuales (51,9%–48,1%) ganó la opción de abandono de la Unión Europea (Brexit). El análisis del resultado del referéndum por regiones y grupos sociales concluye que el grueso de los votantes favorables al leave corresponde a grupos sociales residentes en áreas rurales e industriales desfavorecidas que perciben la inmigración como una amenaza. En las zonas en las que la desigualdad de ingresos es mayor ha habido más votos favorables al abandono de la Unión Europea; en las regiones donde el impacto de las importaciones industriales procedentes de China ha sido mayor, más alto ha sido el porcentaje de población con voto favorable al Brexit.

Dado el peso político y económico del Reino Unido dentro de la Unión Europea, el Brexit constituye el mayor contratiempo institucional ocurrido en las seis décadas del proceso de integración de la Unión Europea.

La cumbre del G20 en Hangzhou (China): el deseo de una globalización inclusiva

En la cumbre del G20 celebrada en septiembre de 2016, en Hangzhou (China), los líderes de los principales países del mundo, incluyendo al entonces presidente de Estados Unidos (Barack Obama) y al de China (Xi Jinping) suscribieron una declaración conjunta según la cual la economía mundial necesita un crecimiento más inclusivo y sostenible, en el que la producción y la renta global crezcan y al mismo tiempo se repartan de forma más equitativa: «We are determined to foster an innovative, invigorated, interconnected and inclusive world economy to usher in a new era of global growth and sustainable development» (G20, 2016). En el trasfondo de esta declaración subyace el reconocimiento de los líderes mundiales de que es necesaria otra globalización: avanzar en la interconexión de las economías y los mercados y, al mismo tiempo, afrontar los problemas a que da lugar el reparto de los beneficios y los costes que genera la globalización, así como su sostenibilidad medioambiental.

Los acuerdos comerciales de la Unión Europea

El 30 de octubre de 2016 la Unión Europea y Canadá firmaron el CETA (Comprehensive Economic and Trade Agreement), el acuerdo que regulará sus relaciones económicas y comerciales en los próximos años. El gran objetivo de la política comercial comunitaria es lograr un tratado que regule las relaciones económicas de la Unión Europea con Estados Unidos, el Transatlantic Trade and Investment Partnership (TTIP). En las últimas décadas, la Unión Europea ha impulsado la globalización mediante la firma de múltiples acuerdos comerciales, que por otra parte dan lugar a reacciones de protesta. En particular, el TTIP está generando múltiples reacciones en contra a ambos lados del Atlántico, impulsadas por sectores contrarios a la globalización.

El triunfo electoral de Donald Trump

El pasado 9 de noviembre Donald Trump, en contra de pronósticos y encuestas, incluso de los dirigentes del partido republicano, ganó las elecciones a la presidencia de Estados Unidos. Su lema «Make America Great Again» atribuye la supuesta decadencia de la economía americana al proceso de globalización [a los acuerdos comerciales y de inversiones suscritos por Estados Unidos con el resto del mundo, en particular los acuerdos de libre comercio suscritos con Canadá y México (North American Free Trade Agreement, NAFTA) y con países de Asia (Trans-Pacific Trade Partnership, TPP)]. Los analistas políticos y la opinión pública mundial se interrogan acerca de los motivos que explican el espectacular e increíble ascenso político de Trump,[1] un republicano heterodoxo, aleja do de las élites de su propio partido, con un discurso nacionalista y proteccionista.

Es evidente que hay factores profundos que explican el ascenso político de Trump. Aunque el PIB de Estados Unidos se ha multiplicado por seis en las últimas seis décadas, la distribución de dicho incremento no ha beneficiado a todos los ciudadanos. No es despreciable el número de estadounidenses que no han prosperado económicamente en los últimos 25 años. El poder adquisitivo del ingreso mediano de los varones estadounidenses con empleo a tiempo completo es menor que el de hace 42 años y, dadas sus carencias de formación, les resulta cada vez más difícil conseguir un empleo a tiempo completo con salarios mayores. Los salarios reales en el nivel bajo de la distribución de la renta son aproximadamente los de hace 60 años. Trump atribuye los problemas económicos de Estados Unidos al comercio internacional y a la inmigración. Su discurso encuentra acogida en grupos sociales descontentos con cómo les van las cosas. Muchos estadounidenses se sienten dañados por las fuerzas de la globalización que, operando fuera de control, dan lugar a resultados claramente injustos. El apoyo a Trump se basa en la amplia indignación generada por la pérdida de confianza en el establishment y en las simplistas teorías neoliberales y en su fundamentalismo del mercado de las cuatro últimas décadas.

Tras el triunfo electoral, en su paquete de medidas para los primeros cien días de gobierno, Trump anuncia que nada más llegar al Gobierno adoptará importantes medidas restrictivas a la inmigración junto con un notable giro proteccionista en la política co mercial: retirará a Estados Unidos del TTP, el área de libre comercio creada en 2015 por 12 países del Pacífico, con el liderazgo de Estados Unidos y Japón, negociando a cambio acuerdos comerciales bilaterales con los países. Asimismo, anuncia que renegociará el NAFTA. La justificación del giro proteccionista la argumenta Trump partiendo de que tales acuerdos comerciales son perjudiciales para el empleo de Estados Unidos.

La filosofía comercial de Donald Trump

Cumplidos los primeros cien días de su administración y otros cien más, la filosofía comercial «trumpista» es fácilmente reconocible.

Tanto el nuevo presidente como sus principales asesores en materia comercial, Peter Navarro, Wilbur Ross y Robert Lighthizer, comparten cuatro principios sobre los que están diseñando la nueva estrategia comercial norteamericana. El primero es que el sistema comercial multilateral actual de la OMC ha servido para que el resto del mundo abuse de Estados Unidos: urge modificarlo. El segundo es que los déficits comerciales son perjudiciales y que, por tanto, hay que eliminarlos. El tercero es que Estados Unidos debe utilizar su fuerza para negociar acuerdos comerciales bilaterales más favorables (especialmente con los países con los que tiene déficits comerciales abultados, como México, Alemania o China), y que saldrá airoso de este empeño tanto porque Trump es un decidido negociador como porque, en caso de guerra comercial, los demás países tienen más que perder que Estados Unidos, y no les quedará otra opción que someterse. El cuarto y último principio es que solo actuando así se reindustrializará Estados Unidos.

Estos principios ya se están volviendo operativos. En un docu mento de la Administración Trump de principios de marzo, se plantea que Estados Unidos no debe someterse a las decisiones de la OMC (ya que solo debe obedecer las leyes estadounidenses), así como que su política comercial debe utilizar todos los instrumentos disponibles para abrir los mercados de otros países y para defenderse de prácticas comerciales por parte de terceros que considere injustas. Parece ser que dentro de la Casa Blanca hay cierta división de opiniones acerca de la conveniencia de llevar al límite estos princi pios e iniciar, por ejemplo, una guerra comercial con China o acusar de manipular sus monedas a prácticamente todos los países con los que Estados Unidos tenga un déficit comercial bilateral.

Está fuera de toda duda que el Trump presidente y el Trump candidato coinciden. Su campaña se basó en defender el nacionalismo económico[2] y el proteccionismo comercial. Ahora vemos que es muy probable que el sistema global de comercio, tal y como lo conocemos hoy, cambie durante su mandato.

Interpretaciones recientes

El tema de la globalización, sus efectos y las reacciones políticas que está generando no deja insensibles a los economistas, sino todo lo contrario. Libros, artículos, posts en blogs conceden este año a la globalización una atención especial al recoger puntos de vista relevantes. He aquí una pequeña muestra en tres apartados:

  1. A) Los perdedores de la globalización están mostrando de manera creciente su hostilidad al comercio internacional y a las migra ciones. La teoría del comercio internacional convencional enseña que el comercio incrementa la renta global. Pero no todos se benefician de ello, pues el comercio beneficia a unos grupos sociales y perjudica a otros. Puesto que la renta global aumenta con el comer cio internacional, los perdedores podrían ser compensados por los ganadores, haciendo posible que todos ganen. Demasiada globalización, sin redes de seguridad social y otras políticas que protejan adecuadamente a los perdedores, dará lugar a fuertes reacciones. Los defensores de la globalización deberían reconocer que la globalización y la integración europea han producido perdedores. Los trabajadores industriales pagan las consecuencias, no los abogados, médicos y otros profesionales bien pagados.
  2. B) Las fuerzas políticas populistas están ganando fuerza electoral. El Estado-Nación parece afirmarse. Hace años era inimaginable el Brexit o un candidato como Trump. Cierta reversión de la hiperglobalización no tiene por qué ser algo malo, siempre que se mantenga una economía mundial relativamente abierta. Se trata de lograr un mayor equilibrio entre autonomía nacional y globalización, situando las exigencias de la democracia liberal por delante de las del comercio y la inversión internacional. No se debe pedir a los partidos de centro (derecha o izquierda) que salven la hiperglobalización a toda costa. En todo caso, es importante que las políticas estén impulsadas por la equidad e inclusión social, y no por impulsos nacionalistas y racistas.
  3. C) El libre comercio y la reducción de tarifas arancelarias han generado una enorme prosperidad material en la Europa de la pos guerra, y también que cientos de millones de personas, especialmente en Asia, hayan salido de la extrema pobreza. Pero actualmente, la globalización está alcanzando sus límites. Conduce a una gran especialización que fragmenta y alarga la cadena productiva, incrementando los transportes en todo el mundo y generando altos costes medioambientales que no se incluyen en el precio de los productos. Además, el reparto de sus beneficios y costes es desigual ya que genera beneficiados y perjudicados. Muchos trabajadores industriales han perdido sus empleos o han sufrido recortes salariales. Por ello, en los países industrializados se ha roto el consenso que existía acerca de las bondades del libre comercio y la globalización.
  4. D) Tras las convulsiones políticas que están sufriendo las sociedades desarrolladas está la ira social provocada por la creciente desigualdad. Una desigualdad que es el fruto amargo de dos décadas de una globalización financiera y comercial sin matices ni control que vino acompañada de una ideología cosmopolita que vendió como un dogma que los frutos de la globalización acabarían llegando a todos.

La globalización y sus efectos

La globalización puede definirse como el proceso de creciente interconexión entre mercados y economías a nivel mundial. Implica la reducción o eliminación de las barreras que dificultan los flujos económicos y financieros (de bienes, servicios, capitales y mano de obra). Muchas son las barreras que pueden frenar, limitar o impedir las relaciones económicas y financieras entre países. Algunas son de carácter físico-geográfico (como la distancia o la orografía accidentada, pues ambas dificultan la accesibilidad entre territorios), otras son de tipo cultural (diferencias de idioma, de valores sociales y costumbres, o la simple falta de información y el desconocimiento mutuo), y otras son de carácter administrativo (normas, aranceles e impuestos, contingentes o cupos, prohibiciones, tipos de cambio, restricciones a los movimientos de capital, etc.).

La globalización ha sido impulsada por los avances tecnológicos y por los acuerdos de integración económica y financiera entre países. Las innovaciones tecnológicas han impulsado oleadas de globalización, destacando al respecto las innovaciones en los transportes y en las telecomunicaciones, que han disminuido los obstáculos físico-geográficos y culturales. Los acuerdos de integración económica y financiera (de libre comercio e inversiones, uniones aduaneras, uniones monetarias, etc.) han reducido o eliminado los obstáculos administrativos.

La teoría convencional del comercio internacional: las ventajas de la liberalización comercial

La teoría convencional del comercio internacional sostiene que la liberalización comercial provoca efectos tales como el aumento de las importaciones (sustitutivas de producción interna) de los bienes que se produzcan en el país de manera menos eficiente y el aumento de las exportaciones de los bienes producidos en el país de manera más eficaz. Por su parte, la liberalización de las inversiones entre países permite una mejor asignación del capital entre territorios.

Se da una especialización productiva y exportadora de cada país en aquellos productos en los que tiene ventaja comparativa. Ello, en suma, aumenta la producción y la renta a nivel global, genera beneficios para el conjunto de los países, pues mejora la eficiencia productiva (productos mejores, más variados y baratos) y asigna el capital a las inversiones más productivas, aumentando el bienestar económico general. Se incentiva la innovación y con ella el crecimiento económico.

Posibles inconvenientes de la liberalización comercial

Otras aportaciones teóricas contemplan otros efectos sobre la eficiencia y el bienestar debidos a la libertad de comercio e inversiones.

Se señala que, dadas las imperfecciones de los mercados, la globalización de los mercados de productos y factores genera notables y duraderos costes de ajuste, concentrados en grupos sociales y territorios, tanto por desfases de competitividad como por diferencias en especialización productiva. De modo que se da un reparto desigual (asimétrico) de los beneficios y los costes de la liberalización entre países, regiones y grupos sociales.

Las diferencias de competitividad entre las empresas de los diferentes territorios (por motivos tecnológicos, de dimensión empre sarial, de capitalización, etc.) provocan concentración territorial del producto, polarizándose la actividad productiva y la renta en los países y regiones con empresas más competitivas.

Cabe esperar que la liberalización provoque que la demanda de productos de países de menor nivel de renta, dada la eliminación de las barreras comerciales, se desplace hacia los productos de más calidad, en detrimento de la actividad productiva, la renta y el em pleo de las empresas del propio país.

En consecuencia, la participación de un país en la globalización constituye una oportunidad de crecimiento y prosperidad, pero también un riesgo de declive y decadencia, en función de cómo evolucione la posición competitiva de las empresas del país en el contexto global.

La teoría de la convergencia: la movilidad del capital y el trabajo

Respecto de si la libre circulación de productos y factores aumenta o reduce la desigualdad de la renta por habitante entre países y regiones, han sido muchas las respuestas que han dado los economistas a lo largo de la historia. Entre ellas, destaca la teoría de la convergencia elaborada dentro de la corriente neoclásica. Según ella, a largo plazo el funcionamiento libre de los mercados de productos y factores, sin barreras ni obstáculos que impidan la competencia, al facilitar la circulación de productos, trabajo y capital, tiende a reducir las diferencias interterritoriales de renta por habitante.

Si hay información suficiente que ponga en evidencia las dife rentes retribuciones, y no hay barreras que impidan su movimiento entre territorios, el trabajo y el capital se desplazan geográficamente buscando la mayor remuneración posible: el trabajo, el mayor salario, y el capital la mayor rentabilidad. Por tanto, habrá migraciones de mano de obra hacia países o regiones donde en términos comparativos sea más escasa, más productiva y mejor pagada. El capital hará lo propio: se desplaza en sentido contrario hacia naciones o regiones con empresas poco capitalizadas (en las que las nuevas inversiones, dada la escasez de capital, son más rentables).

El libre funcionamiento de los mercados de productos y factores, por tanto, tendería a corregir las diferencias de renta por habitante entre territorios. Los mercados actuarían pues como una mano invisible (Adam Smith), no institucional, reductora de las diferencias económicas entre territorios.

Las migraciones, además, irían acompañadas de transferencias de renta (remesas de emigrantes), que también cumplirían una función reductora de diferencias. Los movimientos de capital, particularmente las inversiones directas de las empresas multinacionales (que en su estrategia de rentabilidad localizan sus empresas teniendo en cuenta que los costes laborales son inferiores en determinados países o regiones), darán lugar a deslocalizaciones de la producción industrial, desde países con altos costes laborales a países con bajos costes laborales. Generarán en ellos aumento de producción, renta y empleo, elevarán su capital humano y tecnológico, y contribuirán al sostenimiento de los bienes y servicios públicos en el país anfitrión.

En el razonamiento de la teoría de la convergencia, la persisten cia a lo largo del tiempo de las desigualdades económicas entre las diferentes naciones o regiones sería consecuencia de las barreras al comercio y a la movilidad de factores productivos (mano de obra y capital). Por tanto, la tarea de gobiernos e instituciones públicas será abrir sus economías.

La evidencia empírica: no siempre funcionan los mecanismos de convergencia

La observación de los hechos económicos corrobora algunas predicciones de la teoría de la convergencia, otras no. Ciertamente, por un lado, se dan migraciones desde países o regiones con bajos salarios hacia países o regiones donde son altos. Estas, además, generan importantes remesas de divisas.

Sin embargo, el mecanismo de convergencia de las migraciones no siempre funciona, no solo como consecuencia de restricciones políticas e institucionales, sino también debido a ciertos factores de inercia que limitan las migraciones, tales como el arraigo al país natal, las diferencias culturales y lingüísticas y la distancia geográfica, entre otros. La emigración implica costes económicos y personales no despreciables que la frenan e incluso la impiden. Además, frecuentemente tienen lugar migraciones selectivas (de mano de obra cualificada) desde países y regiones pobres hacia países y regiones ricas, con la consiguiente merma de capital humano en aquellas, descapitalización que limita su dinámica económica futura.

También, por otra parte, es evidente que tienen lugar movimientos de capital desde países o regiones de alto nivel de vida (con abundancia de capital) hacia naciones o regiones de bajo nivel de vida (con escasez de capital), siendo especialmente importantes los protagonizados por empresas multinacionales, desplazando sus inversiones y su tecnología hacia países con bajos costes laborales, creando empleo en ellos y elevando su renta por habitante.

Pero también se dan importantes movimientos de capital en un sentido completamente diferente, desde naciones o regiones pobres, con escasez de capital y abundante mano de obra, hacia naciones o regiones muy capitalizadas: por ejemplo, las cuantiosas inversiones chinas en activos financieros norteamericanos.

Muchas zonas de África, Asia y Latinoamérica no reciben inversiones acordes con su escasez de capital. En la realidad económica no ocurre que allí donde haya menos capital este sea más rentable.

Las inversiones (los movimientos de capital) responden a un conjunto complejo de factores entre los que destacan dos: la rentabilidad esperada de las inversiones y el riesgo e incertidumbre percibida por los inversores. La rentabilidad de las inversiones depende, a su vez, de variables muy diversas, tales como la dotación de recursos naturales, la proximidad geográfica (la lejanía las frena), el poder adquisitivo de los mercados, el capital humano (la cualificación profesional y el nivel cultural de la población), el capital tecnológico, la densidad de empresas, las infraestructuras de transportes y comunicaciones, el funcionamiento de las administraciones públicas, las leyes, la fiscalidad y la seguridad jurídica, entre otros.

En estos casos falla el mercado; solo intervenciones públicas e institucionales inteligentes pueden modificar el panorama de atraso y pobreza de muchos territorios.

La globalización y sus efectos asimétricos en países avanzados

Pero la libre circulación de productos y factores genera efectos asimétricos no solo entre países avanzados y atrasados, sino también dentro de los países avanzados, cuya estructura productiva es compleja al estar integrada por una variedad de actividades productivas heterogéneas con muy diferente intensidad en la uti lización del capital, la tecnología y la mano de obra más o menos cualificada. Coexisten, por un lado, sectores y ramas de actividad (intensivos en capital, tecnología y mano de obra cualificada) cuya competitividad internacional les posibilita una orientación exportadora y, por otro, sectores y ramas de actividad (con baja intensidad en capital, tecnología y mano de obra cualificada) poco competitivos internacionalmente y más orientados a la producción local, que tienen que competir con importaciones procedentes de otros países.

Ciertamente, la liberalización comercial refuerza las pautas de especialización de los distintos países en consonancia con su ventaja comparativa. Los países avanzados registran crecientes exportaciones en sectores intensivos en trabajo cualificado, capital y tecnolo gía, y creciente importación en bienes producidos en sectores intensivos en trabajo poco cualificado. En consecuencia, se dan efectos asimétricos en la actividad productiva, la renta y el empleo: incre mentos de producción, renta y empleo en unos sectores y caídas de producción, renta y empleo en otros sectores. Con ello se originan flujos de mano de obra entre sectores: desde industrias en declive que compiten con importaciones hacia industrias en expansión orientadas a la exportación.

La globalización provoca ajustes de mano de obra y movilidad laboral entre industrias y regiones, pero ninguna mano invisible asegura que las pérdidas de empleo de los sectores y las empresas en declive vayan a ser compensadas por las ganancias de empleo de los sectores y las empresas en expansión. Los reajustes intersectoriales no son automáticos; suelen ser lentos y dolorosos (frecuentemente demasiado lentos y demasiado dolorosos) y, además, concentrados en determinadas regiones y colectivos. La globalización genera, pues, ganadores y perdedores no solo entre países, sino dentro de los países.

La globalización y su efecto medioambiental

La globalización da lugar a importantes efectos medioambientales negativos. Modifica la cadena de oferta global: conduce a una gran especialización dentro de las diferentes fases de los procesos productivos, lo cual a su vez fracciona, alarga y deslocaliza la cadena de la producción. Ello, a su vez, implica un aumento considerable del transporte de mercancías en todo el mundo, con la consiguiente generación de costes medioambientales (emisiones de CO2) que perjudican de modo notable la calidad de vida presente y futura del conjunto de los habitantes. Sin duda, tras las presiones medioambientales que impulsan el cambio climático y la calidad de vida se encuentra la globalización.

La globalización y su influencia en la fiscalidad

Esta tampoco es neutral fiscalmente, ya que ha generado un notable impacto sobre las estructuras fiscales de los países avanzados, lo que ha afectado negativamente a la equidad en el reparto de la carga tributaria entre los factores productivos de capital y trabajo, lo que ha dificultado, finalmente, la financiación del suministro de bienes y servicios públicos y las prestaciones del Estado de bienestar. Desde mediados de 1990, la creciente globalización ha erosionado las bases fiscales de muchas economías, debido a la gran movilidad del capital entre países, movilidad que también se da en la mano de obra más cualificada. Tal movilidad facilita eludir la imposición. Al igual que el capital, individuos de altos ingresos han incrementado su movilidad internacional por motivos fiscales, induciendo a los gobiernos a atraer/retener capital y mano de obra de alta cualifi cación reduciendo su carga fiscal. Por ello, para evitar su fuga, en un entorno de falta de cooperación fiscal a nivel internacional, los gobiernos de países de la OCDE han recurrido de manera creciente a modificar la estructura de la fiscalidad, gravando proporcionalmente más los ingresos procedentes del trabajo con menor movilidad internacional. En consecuencia, las clases medias han soportado gran parte de la carga fiscal necesaria para afrontar la creciente demanda de bienes públicos. Tal cambio en la estructura de la fiscalidad no contribuye a la cohesión social.

La globalización y su viabilidad

La liberalización del comercio y de las inversiones entre países y los movimientos migratorios internacionales ha generado indudables beneficios globales en términos de producción, renta y empleo a nivel mundial. De ello se han beneficiado muchas regiones y paí ses del mundo. En los últimos 40 años, más de mil millones de personas de todo el mundo han salido de la pobreza extrema gracias al crecimiento sustancial de la renta de países en desarrollo, principalmente China. Aunque a nivel mundial ha aumentado la diferencia absoluta de la renta per cápita entre los países más ricos y los más pobres, la desigualdad relativa de la renta per cápita, medida por el índice de Gini, ha descendido de forma continua en las últimas dé cadas (en 1975, 0,739; en 2010, 0,631) gracias al intenso crecimiento económico que se ha dado en algunos países muy poblados, como China e India.

Sin embargo, esta tendencia ha venido acompañada de una creciente desigualdad dentro de los países. El libre comercio genera grupos ganadores y grupos perdedores: los ganadores son los millones de personas de países emergentes que salen de la extrema pobreza y también los trabajadores de países avanzados con empleo en empresas competitivas orientadas a la exportación, además de los perceptores de rentas del capital; los perdedores son millones de trabajadores industriales que han perdido empleos bien pagados o que han sufrido recortes salariales. Ello ha alimentado un descontento creciente en contra de la globalización.

Es un hecho que, tras rondas sucesivas de liberalización comercial, se ha ido reduciendo la base industrial de países avanzados a ambos lados del Atlántico, mermando la disponibilidad de empleos bien pagados para trabajadores sin una especial cualificación, los cuales en la actualidad se ven obligados a elegir entre empleos de baja cualificación en el sector servicios o el desempleo. La integración económica y financiera genera prosperidad material, pero esta no llega a todos, y algunos ven que su bienestar merma, pues pierden sus empleos o ven reducir sus ingresos. Una interpretación muy extendida del Brexit y del ascenso de Trump a la presidencia de Estados Unidos atribuye en gran medida estos hechos a la reacción electoral de una parte no despreciable de la población británica y estadounidenses (que se sienten perdedores de la globalización), que han votado contra el establishment, incapaz de establecer mecanismos que los protejan o compensen por los perjuicios sufridos por la globalización.

La necesidad de gestionar políticamente la globalización

Es evidente: la globalización no puede ser dejada a su propia inercia; necesita ser gestionada políticamente de modo inteligente para aprovechar sus ventajas para paliar, al mismo tiempo, sus in convenientes distributivos y medioambientales. Dado que genera beneficios globales (asimétricamente repartidos), los perdedores podrían ser compensados por los ganadores a través de políticas redistributivas que hagan posible que todos ganen (aunque algunos ganen menos) y que nadie pierda. Una rápida e intensa globalización sin políticas que faciliten los reajustes (industriales, laborales, sociales) y que evite la concentración de los costes en determinados grupos y regiones, provoca de forma inevitable lógicas reacciones por parte de estos que cuestionan su devenir.

Se requieren medidas que transfieran renta hacia los perjudicados. Ocurre, sin embargo, que desde la década de 1980, la mayoría de los países avanzados ha debilitado las políticas redistributivas (con el patrocinio de las instituciones internacionales, Unión Europea incluida), reduciendo tipos impositivos máximos aplicables al impuesto sobre la renta y debilitando los sistemas de seguridad social (las prestaciones de desempleo, las normas de seguridad del empleo y el salario mínimo). En suma, se han debilitado los mecanismos redistributivos protectores establecidos para ayudar a los dañados por las fuerzas ciegas del mercado.

Otra globalización inteligente, solidaria y sostenible

Dados sus efectos redistributivos y medioambientales, la globalización es un proceso que exige ser gobernado. Las reacciones políticas que la globalización provoca (proteccionismo, populismos de todo tipo, de derechas y de izquierdas) cuestionan su viabilidad a largo plazo. Solo una globalización inteligente, solidaria y sostenible podrá subsistir mientras hace posibles sus ventajas y evita sus graves inconvenientes distributivos y medioambientales. Esto requiere gestión política, y no solo a nivel nacional, sino sobre todo a nivel supranacional, como lo afirmaron hace ya unos cuantos años Juan Pablo II y Benedicto XVI. Este es, sin duda, el gran reto al que nos enfrentamos.[3] ¡Ojalá lo logremos!

 

[1] Cf. T. J. Reese, «L’elezione di Donald Trump», en La Civiltà Cattolica. 2017 I, pp. 54-66.

[2] En este sentido vale la pena mencionar también el reciente anuncio de Trump en el sentido de querer salir del Acuerdo de París sobre el Clima (Cop21). A propósito del acuerdo véase también P. De Charentenay, «Luci e ombre sulla Cop21», en La Civiltà Cattolica 2016 I, p. 363-372.

[3] Queremos expresar nuestro agradecimiento a José Román Espínola por su aportación a la redacción de este artículo.

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