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l pasado 7 de junio de 2017 en el corazón de Irán se produjo un doble atentado perpetrado por el Estado Islámico (EI). El ataque tenía como fin «llevar la guerra a casa del enemigo», es decir, reactivar los conflictos entre el mundo sunita y chiita, donde en los últimos tiempos diversas guerras subsidiarias se han ido reencendiendo como en los casos de  Iraq, Siria o Yemen.

EI considera a Irán y a los chiitas como enemigos, tanto desde un punto de vista religioso como desde el político. Así, manifiesta que la lucha no debe orientarse tanto a Occidente, el «enemigo lejano», sino hacia los odiados chiitas, el «enemigo cercano», los verdaderos adversarios de los sunitas.

El significado estratégico y político de estos ataques solo puede entenderse expandiendo la mirada hacia acontecimientos anteriores, y tomando en consideración los movimientos de la coalición liderada por Estados Unidos. Desde un punto de vista geopolítico, Trump expresó que «los Estados que apoyan el terrorismo corren el peligro de ser ellos mismos víctimas del mal que promueven». Por ello, se deben mantener unidos los países sunitas y chiitas con el fin de derrotar al Estado Islámico, autodenominado «califato de los sunitas».

Por Giovanni Sale S.I.

El doble atentado perpetrado por el denominado «Estado Islámico» (EI) el 7 de junio de 2017 en Teherán, que provocó la muerte de 13 personas y dejó heridas a otras 46, tenía como objetivo principal herir el corazón del Estado chiita de Irán y llevar la guerra «a la casa de su mayor enemigo».[1] Dos «comandos» de yihadistas armados con fusiles Kaláshnikov eludieron los sofisticados sistemas de vigilancia; mientras uno de ellos atacaba el Parlamento a la vez que se desarrollaba una sesión, el otro, de forma simultánea, lo hacía en el mausoleo donde se encuentra la tumba del ayatolá Jomeini, importante meta de peregrinaciones, y, además, todas las tumbas de los imanes chiitas más venerados. Según las autoridades iraníes, un tercer ataque fue evitado por la policía antes de que llegara a realizarse.

Dos kamikazes, entre ellos una mujer, se hicieron saltar por los aires en el mausoleo de Jomeini, mientras que en el atentado contra el Parlamento un terrorista hizo estallar su cinturón de explosivos en una sala donde había muchas personas.[2] El enfrentamiento armado entre los terroristas y la policía duró cerca de cinco horas. Mientras aún estaba en curso, el sitio «Amaq», órgano de propaganda del EI, reivindicaba el ataque, subiendo a la red un vídeo de las operaciones aún no concluidas.

Es la primera vez que el EI ataca Irán, que es un Estado oficialmente chiita —y, por tanto, apóstata, según el credo religioso (salafista) de los seguidores de Al Bagdadi— y se encuentra en primera línea en Siria y en Iraq contra el EI. Con un ataque tan impactante, realizado con técnicas ya experimentadas, el EI quiso llevar la «discordia» al interior del mundo islámico para forzar al «gigante persa» a realizar acciones de venganza contra sus enemigos. Si esto sucediera —según el EI—, las masas sunitas se alinearían nuevamente con el califa, dando nuevas fuerzas a su proyecto político-religioso.

El significado estratégico y geopolítico de los atentados en Teherán

El significado estratégico de este doble atentado se comprende mejor si se lo lee a la luz de los acontecimientos ocurridos poco antes en Oriente Próximo y en los países del Golfo Pérsico. Mientras tanto, el 6 de junio, la víspera de los atentados, la coalición liderada por Estados Unidos había anunciado la ofensiva sobre Al Raqa, de hecho la única ciudad que está todavía (parcialmente) en manos del pretendido califa: su caída habría constituido un golpe mortal para la suerte del sedicente Estado Islámico.[3]

No hay que olvidar que la excapital Mosul —como una nueva Stalingrado— está bajo asedio desde hace varios meses, aunque todavía no ha sido definitivamente conquistada por la coalición liderada por Estados Unidos.[4] Esto indica qué larga e insidiosa puede ser la lucha contra el Estado Islámico, el cual, considerando la enorme alineación de fuerzas que se le opone, parece destinado a desaparecer como entidad territorial en un lapso corto de tiempo: por lo menos, así lo consideran los servicios internacionales de inteligencia y los observadores político-militares.

Por el contrario, la ideología yihadista profesada por el EI está destinada a sobrevivir a la caída del EI y a transformarse, sobre el modelo de Al Qaeda, en un movimiento terrorista transnacional. Ello explica la proliferación, en estos meses, de mortales ataques terroristas llevados a cabo por foreing fighters o por simpatizantes del EI (radicalizados a través de la red) en Europa.[5]

El 5 de junio, Arabia Saudita, los Emiratos Árabes y otros países sunitas —entre ellos Egipto y la Libia del general Haftar— interrumpieron sus relaciones diplomáticas y las comunicaciones terrestres, marítimas y aéreas con Catar, pequeño país del Golfo Pérsico, acusándolo de prestar apoyo a organizaciones terroristas como los Hermanos Musulmanes y Hamás, de tener buenas relaciones con el odiado Irán de los ayatolás y, en todo caso, de seguir, en muchas cuestiones delicadas, un curso político no perfectamente alineado con el seguido por la casa real saudita.[6]

Catar es un emirato muy rico: la renta per cápita de sus habitantes (aproximadamente unos 2 500 000) es estadísticamente la más alta del mundo. Exporta gas condensado a muchos otros países, pero depende enteramente de las importaciones del exterior, sobre todo de alimentos. Esto sirve para explicar la gravedad de las medidas adoptadas contra él por los países limítrofes.

Catar es uno de los mayores apoyos financieros del islam radical sunita a nivel global, en particular de las obras de los Hermanos Musulmanes. El emir de Catar, Tamim bin Hamad al Zani, es el propietario de la emisora televisiva satelital Al Yazira, creada por su padre, medio que se ha convertido en un formidable instrumento de propaganda y también de acción política para el pequeño país y para el mundo árabe. Desde hace tiempo la emisora ofrece espacio de forma regular a Yusuf al Qaradaui, líder espiritual de la Hermandad, cuyos sermones son seguidos por más de 80 millones de musulmanes en todo el mundo.

El mayor crimen de Catar es, a los ojos de Arabia Saudita, la insubordinación y la negativa a acallar toda voz crítica con armas y dinero. Según escribe el periodista libanés Rami Khouri, los saudíes «no pueden aceptar que comentaristas, periodistas y analistas independientes expresen en público (a través, por ejemplo, de Al Yazira) pensamientos contrarios a las políticas determinadas por Arabia Saudita y dirigidas al mantenimiento del statu quo autoritario que ha definido (y devastado) el mundo árabe en el último medio siglo».[7]

Hay que recordar, sin embargo, que en el pasado también los Saúd apoyaron a los Hermanos Musulmanes y financiaron sus numerosas asociaciones. Pero, a partir de los años noventa, con posterioridad a las primaveras árabes y con el cambio de régimen político en Túnez y en Egipto, comenzaron a distanciarse de esa organización islamista por temor a que los movimientos revolucionarios se difundieran también en su país, poniendo en riesgo el trono. Así, en 2014 el rey Abdalá bin Abdulaziz introdujo a la Hermandad en la lista negra de las organizaciones terroristas.

Aparte del apoyo que Catar sigue dando a los Hermanos Musulmanes, otra importante cuestión que contrapone desde hace tiempo a este pequeño emirato al gigante saudita es su relación amigable
(o al menos no conflictiva) con Irán. Los dos países se encuentran en las orillas opuestas del Golfo Pérsico, separados por unos 300 kilómetros de mar y gestionan, de común acuerdo, la explotación de la mayor cuenca (submarina) de gas condensado en el mundo.

A pesar de las diferencias de credo religioso entre los dos Estados (uno rígidamente chiita, el otro sunita-wahabita), estas relaciones amigables no resultan gratas a Riad, que está decidida a contrarrestarlas «con todos los medios a su disposición»[8] y a imponer al pequeño emirato su supremacía. Esta decisión se ha reforzado en el momento en que, con la firma del acuerdo nuclear de junio de 2015, Irán rompió su aislamiento internacional.

Pero la marginación del Catar subversivo debía darse con el aval de Estados Unidos, tanto más puesto que el nuevo presidente estadounidense declaró en diversas circunstancias que quería «romper» el acuerdo nuclear con Irán. Como sostiene la mayor parte de los comentaristas, eso mismo es lo que sucedió después de la reciente visita de Donald Trump a Riad y, en particular, tras el discurso que este pronunciara el 21 de mayo frente a los líderes del mundo árabe, en el que acusó a Irán de apoyar el terrorismo yihadista y pidió a la comunidad internacional, y sobre todo a los países árabes, que aíslen a Teherán, una invitación que el rey saudí Salman y otros países «satélites» acogieron con inusual inmediatez.[9]

La ofensiva terrorista contra Teherán se insertó a su modo en el delicado punto de ruptura que se había abierto en el seno del mundo árabe-musulmán también a consecuencia de los acontecimientos que acabamos de referir. Su objetivo era llevar al interior de ese mundo la violencia sectaria y el caos.[10] En suma, al atacar el corazón del Estado iraní, el proyecto de los terroristas consistía en reactivar el antiguo choque entre el mundo sunita y el chiita, que en los últimos tiempos está siendo peligrosamente reencendido a través de los llamados «conflictos subsidiarios», como sucede en Iraq, en Siria y en Yemen.

En realidad, el doble atentado fue interpretado según estas mismas categorías también en Teherán. Los Pasdaran, Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica, acusaron de inmediato a los sauditas de ser los verdaderos responsables de la masacre y de la profanación de los símbolos de la república islámica chiita, y muchos parlamentarios conservadores, mientras estaban encerrados en el aula durante el ataque, gritaron eslóganes como: «Muerte a Estados Unidos y a sus siervos sauditas». Y todo ello tanto más por cuanto, apenas dos semanas antes, el ministro de defensa de Arabia Saudita, Mohammed bin Salman —actual príncipe heredero—, había declarado que estaba dispuesto a llevar «la guerra al interior de Irán antes de que Irán la traiga a nuestro suelo».[11]

Pero una cosa son las declaraciones circunstanciales, por belicosas e inoportunas que sean, y otra son los hechos que, si no se ponderan atentamente, podrían tener consecuencias graves e imprevisibles para toda la región del Golfo Pérsico y para todo Oriente Próximo. Parece cierto que detrás de los atentados de Teherán no está directamente Riad, sino el descabellado proyecto, teñido de
sugerencias apocalípticas, de un supuesto califa ya derrotado y de un
califato que en todas partes se encuentra ya en lenta e inexorable retirada.

Sin duda, una reacción inconveniente de Teherán habría podido hacer que la situación precipitara y se abriera un nuevo centro de crisis en Oriente Próximo, junto al siro-iraquí. Pero, por lo menos hasta el momento, no ha sucedido tal cosa. Y es deseable que no suceda.

Hay que recordar que en los últimos meses se habían visto en los medios controlados por el EI algunas publicaciones traducidas al farsi (la lengua iraní) contra los chiitas. En la revista Rumiyah había aparecido un extenso artículo sobre la herejía duodecimana, es decir, la corriente del chiismo practicado en Irán, con imágenes relativas a la fiesta de la Ashura, considerada por los sunitas como blasfema. Además, una foto reproducía también el mausoleo donde está sepultado el ayatolá Jomeini, que, como se ha dicho, fue puesto
en la mira por los terroristas. Por otra parte, en un video publicado en
marzo se afirmaba que se «quería conquistar Irán y hacer que vuelva a ser una nación sunita».[12]

Por último, aún queda por comprender cómo los terroristas que actuaron en Teherán (militantes sunitas provenientes de las regiones periféricas del país, ligados desde hacía tiempo al EI) pudieron penetrar en el corazón del poder político y religioso de Irán, eludiendo el control de los servicios secretos y de la omnipresente Policía del Estado. Esto muestra las grandes fallas del sistema de seguridad iraní. En realidad, lo mismo podría decirse de Europa: a pesar de los sofisticados sistemas de seguridad existentes en las ciudades europeas, no ha sido ciertamente difícil para los terroristas llegar al corazón de ciudades como París, Berlín, Manchester o Londres.

En todo caso, el arresto de numerosos simpatizantes del islamismo radical, como también las informaciones acerca de que, según se afirma, Teherán impidió en estos años a miles de jóvenes (sunitas) iraníes unirse al califa, demuestran que tampoco Irán es del todo inmune al contagio yihadista, a pesar de la represión aplicada por el Gobierno sobre la minoría sunita que vive en las regiones fronterizas.[13]

La lucha entre el EI y los chiitas

El EI considera a Irán y a los chiitas como enemigos, tanto desde el punto de vista político como desde el religioso. Por lo que respecta a la primera cuestión, hay que recordar que Irán es el mayor aliado político (y también militar) de Iraq, cuyo Gobierno, desde la invasión estadounidense de 2003, está controlado por los chiitas. Ese acontecimiento hizo que, en esta región tradicionalmente ligada al mundo sunita, tras la caída de Saddam Hussein y del consiguiente vacío político-institucional que se había creado, surgiese el movimiento islamista de Al Zarqaui, en aquel tiempo ligado a Al Qaeda, a partir del cual nacería después el EI.

Además, Irán, junto a la organización libanesa Hezbolá, apoyó de inmediato a Assad contra los movimientos de oposición, constituidos en su mayoría por militantes sunitas. También en el caso de Yemen se alineó Irán a favor de los rebeldes hutíes, adiestrándolos en campos establecidos ad hoc y, por lo que parece, pertrechándolos con armas. Los hutíes son de confesión chiita y luchan directamente contra el ejército y la aviación sauditas.[14]

Todo esto indica que en Oriente Próximo los países sunitas (que son la mayoría) y los chiitas (que tanto unos como otros quieren tener el liderazgo político y religioso del mundo islámico) están alineados en frentes opuestos, donde, por los menos hasta ahora, libran las ya mencionadas «guerras subsidiarias». El objetivo principal de los países sunitas, dominados por Arabia Saudita, es impedir que en Oriente Próximo los países rivales se compacten territorialmente formando una suerte de «media luna chiita» que uniría cuatro grandes capitales árabes en el eje Beirut-Teherán-Bagdad-Damasco.

El Estado Islámico, por su parte, aunque se encuentra en una posición aislada, comparte plenamente esta estrategia antichiita, tal como queda tristemente demostrado por los continuos atentados terroristas cometidos por estos contra objetivos chiitas en la región siro-iraquí. Sin embargo, el doble atentado en Teherán, sobre todo por su valor simbólico y político, marca un salto cualitativo en la estrategia de terror perseguida por el EI.[15]

Desde el punto de vista religioso, la distancia entre los chiitas y el EI no puede ser mayor. El Estado Islámico, como la mayor parte de los movimientos de la galaxia del islamismo radical, profesa un sunismo de orientación salafista, generalmente revisado con elementos wahabitas. Sostiene la absoluta unicidad de Alá y considera como herejía la práctica chiita del culto de los imanes. De hecho, muchos de sus atentados terroristas se realizan junto a las tumbas de los santos chiitas, considerados como lugares blasfemos.

Por lo demás, ya desde los tiempos de Al Zarqaui (asesinado en 2006 por el ejército estadounidense), el grupo que más tarde se convertiría en el EI, identificaba en los chiitas el principal enemigo a combatir en el territorio. No hay que olvidar que el terrorista jordano teorizó en aquellos años (2004) una estrategia de terror diferente, incluso opuesta a la practicada en ese momento por Al Qaeda, de la que él mismo (por encargo de Bin Laden) era responsable para la región iraquí. Para Al Zarqaui la lucha debía orientarse no tanto contra el «enemigo lejano» (es decir, Occidente) con el fin de desestabilizar el orden político internacional, como contra el «enemigo cercano», en particular contra los odiados chiitas, considerados como los verdaderos adversarios del Estado Islámico sunita.[16]

La nueva estrategia alcanzó su culminación en junio de 2006, con el ataque a la célebre mezquita iraquí de Samarra, lugar sagrado para todos los chiitas. La destrucción del santuario por obra de los seguidores de Al Zarqaui desencadenó una oleada de ira que ni siquiera el gran ayatolá Ali al Sistani fue capaz de contener. Las milicias chiitas, encabezadas por el ejército del Mahdi, enfrentaron a los rebeldes sunitas, que en ese tiempo dependían de Al Qaeda, y la ciudad de Bagdad se convirtió en el epicentro de una espiral de terror que poco a poco se propagó al resto del país. En esa ocasión los chiitas tomaron el control de la capital y llevaron a cabo «una limpieza sectaria que terminó por modificar para siempre los equilibrios demográficos de una ciudad mixta por excelencia».[17] Años más tarde, el sanguinario Al Zarqaui fue sucedido por Al Bagdadi, con su loco proyecto de constituir en la región siro-iraquí, sacudida por conflictos sectarios, un Estado auténticamente islámico, o, mejor dicho, un califato, depurado de los herejes chiitas.

Conclusión

Desde el punto de vista geopolítico, después del doble atentado en Teherán será más fácil para el Irán del nuevo presidente Rouhaní presentarse ante la opinión pública internacional como víctima más que como garante del terrorismo. Con pruebas en la mano podrá mostrar, asimismo, que el verdadero problema para la seguridad mundial (sobre todo después de los recientes atentados en Inglaterra) es el EI y que los patrocinadores y financiadores del grupo yihadista deben buscarse junto a la orilla opuesta del Golfo. Según escribe Renzo Guolo, esta situación pondrá en dificultades a la Casa Blanca, sobre todo después de los recientes y lucrativos acuerdos comerciales firmados por el presidente con la casa real saudita. «Resolver el conflicto sirio mientras las fracturas entre los miembros de las diversas coaliciones contrarias al EI se endurecen no será fácil».[18]

Las reacciones provenientes de Washington inmediatamente después de los atentados no tuvieron un signo del todo unívoco. En realidad, muestran las divergencias existentes sobre el modo de tratar la delicada cuestión de Irán entre la Casa Blanca y otros ambientes de la administración, como, por ejemplo, el Departamento de Estado.[19] En su comunicado, el presidente Trump expresó en breves líneas dolor por las víctimas del atentado y por el pueblo iraní, «obligado a atravesar tiempos muy difíciles», aunque agregó inmediatamente después que «los Estados que apoyan al terrorismo corren el peligro de ser ellos mismos víctimas del mal que promueven».[20]

A tal mensaje replicó de inmediato Javad Zarif, ministro de asuntos exteriores de Irán, definiendo las acusaciones de Trump de «repugnantes». «El pueblo iraní —declaró el ministro— no acepta tales declaraciones de amistad de Estados Unidos», entre otras cosas porque tras los ataques terroristas de Teherán se encuentran, según sus afirmaciones, «algunos de los países apoyados por los estadounidenses»,[21] entendiendo con ello los países sunitas del Golfo. El presidente Rouhaní, en cambio, mantuvo una actitud más equilibrada y sustancialmente dialogante, para no complicar aún más la difícil relación entre Irán y Estados Unidos.

A diferencia del presidente Trump, el Departamento de Estado expresó sus propias condolencias de forma «empática» y no haciendo referencia a presuntas responsabilidades iraníes en materia de terrorismo, sosteniendo que en un mundo pacífico y civilizado no hay lugar para el terrorismo. En el complicado lenguaje de la diplomacia esto indica que el secretario de Estado, Rex Tillerson, tiene la intención de mostrar a la república islámica chiita y a las cancillerías occidentales que el proceso de readmisión de Teherán en el número de los protagonistas de Oriente Próximo aceptables para Estados Unidos (proceso cuyo primer paso fue el acuerdo nuclear) prosigue, también después de la presidencia de Obama y a pesar de algunas intemperancias por parte de la Casa Blanca.[22]

En cualquier caso, no parece oportuno, por lo menos en este delicado momento, romper el amplio frente contrario al EI que mantiene unidos, entre otros, a países sunitas y chiitas: un frente que lucha en la región siro-iraquí para derrotar lo que queda del Estado Islámico, que se ha autodefinido como «califato de los sunitas».

[1] R. Guolo, «Così l’Isis apre un nuovo fronte in casa del peggior nemico», en La Repubblica, 8 de junio de 2017.

[2] Cf. V. Vannuccini, «Attacco a Teheran», ibíd.

[3] Cf. N. Locatelli, «Lo Stato Islamico e gli attentati di Teheran», en Limesonline.com (www.limesonline.com/teheran-attentati-7-giugno-stato-islamicojihad-sauditi-trump-contesto/99390), 7 de junio de 2017.

[4] El gobierno de Iraq hizo pública la derrota definitiva del Estado Islámico en Mosul, y la posterior reconquista de la ciudad, el 9 de julio, días después de la publicación de este artículo en La Civiltà Cattolica. [N. del E.]

[5] Cf. también G. Sale, «Il cosiddetto “Stato Islamico” e i recenti attentati dell’Isis», en La Civiltà Cattolica, 2017, I, pp. 492-503.

[6] Cf. N. Locatelli, «Lo Stato Islamico e gli attentati di Teheran», op. cit.

[7] R. Khouri, «Perché l’Arabia Saudita vuole isolare il Qatar», en Internazionale.it (www.internazionale.it/opinione/rami-khouri/2017/06/08/arabia-saudita-isolare-qatar), 8 de junio de 2017.

[8] René Backmann, «Perché l’Arabia Saudita vuole isolare il Qatar», en Internazionale 24, 1208 (9-15 junio de 2017), p. 25.

[9] Muchos observadores políticos se preguntan si la decisión tomada por Arabia Saudita y por otros países sunitas de aislar política y económicamente a Catar es conveniente o no para la administración estadounidense. Trump (tal como resulta de algunos de sus tuits) ha asumido personalmente la responsabilidad de la decisión, que ha interpretado como una buena señal en la lucha contra el terrorismo. Pero la posición del presidente no ha encontrado el favor de buena parte de los ambientes militares (tanto en el Pentágono como en el Departamento de Estado), por el simple hecho de que en Catar se encuentra la mayor base aérea estadounidense situada fuera del territorio nacional, de la cual parten cada día los aviones y misiles que bombardean las posiciones del EI. Por tanto, la Casa Blanca tuvo que afinar el tiro inmediatamente después y subrayar que Estados Unidos trabajarán para recomponer la crisis. Hay que recordar, sin embargo, que tanto Turquía como Rusia se han alineado en esta cuestión con el emir de Catar, al que prometieron todo tipo de ayuda. Cf. A. Flores D’Arcais, «Trump contro il Qatar. “Finanzia il terrorismo” ma il Pentagono frena», en La Repubblica, 7 de junio de 2017; V. Nigro, «Qatar. I Paesi arabi pro-Trump sigillano l’emirato troppo amico dell’Iran», ibíd., 6 de junio de 2017.

[10] Cf. G. Stabile, «Così il califfo s’infiltra tra gli ayatollah per far precipitare la crisi con Riad», en La Stampa, 8 de junio de 2017.

[11] Ibíd.

[12] «Teheran sotto attacco», en Internazionale 24, 1208 (9-15 junio de 2017), p. 26.

[13] En el pasado ya hubo en Irán choques entre las milicias gubernamentales y algunos grupos rebeldes sunitas en las regiones de Sistán y Beluchistán, así como de Kurdistán; en particular, el grupo Jaish ul Adl, vinculado a Al Qaeda, realizó algunos ataques que, sin embargo, nunca superaron el ámbito regional. Cf. ibíd.

[14] Cf. G. Sale, «La guerra dimenticata dello Yemen», en La Civiltà Cattolica, 2016, IV, pp. 553-564.

[15] Cf. F. Venturini, «Il regolamento dei conti tra i sauditi e gli ayatollah può portare al disastro», en Corriere della Sera, 8 de junio de 2017.

[16] Cf. G. Sale, Isis, islam e cristiani d’Oriente, Milán, Jaca Book, 2016, p. 14.

[17] A. Plebani (ed.), Jihad e terrorismo. Da al Qaeda all’Isis. Storia di un nemico che cambia, Milán, Mondadori, 2016, p. 48.

[18] R. Guolo, «Così l’Isis apre un nuovo fronte…», op. cit.

[19] Cf. N. Locatelli, «Trump e il dipartimento di Stato Usa agli antipodi sugli attentati in Iran», en Limesonline.com (www.limesonline.com/trump-e-ildipartimento-di-stato-usa-agli-antipodi-sugli-attentati-in-iran/99460), 8 de junio de 2017.

[20] «Perché l’Isis ha fatto un attentato in Iran», en Il Post (www.ilpost.it/2017/06/08/attentato-isis-teheran-iran), 8 de junio de 2017.

[21] Ibíd.

[22] Cf. N. Locatelli, «Trump e il dipartimento di Stato Usa agli antipodi…», op. cit.

 

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