Joseph Joblin S.I.

Muchos se preguntan hoy por la actitud a asumir frente a la Iglesia. Para unos, la Iglesia pertenece al pasado y no puede sino obstaculizar los desarrollos de la civilización. Para otros, en cambio, su influencia guía las fuerzas morales que aseguran la orientación del progreso. Otros, a su vez, consideran que la Iglesia tiene la llave de la justicia y de la paz en un mundo dominado por la globalización.

Una toma de posición semejante tiene que ver, en realidad, con todas las fuerzas y tradiciones culturales, porque cada una de ellas ha tejido lazos con las concepciones que se encuentran en el origen de la civilización. Las instituciones internacionales, además, fueron creadas para superar las diferencias y oposiciones. El fin que se les ha asignado es permitir que los pueblos que provienen de horizontes diferentes y que siguen creencias o teorías filosóficas opuestas construyan de manera progresiva las bases de su unidad haciéndoles descubrir aquello que tienen en común.

La ética de la futura sociedad universal exige que se dé un sentido común a estos valores, sentido que no puede ser el de una sola de las civilizaciones o religiones que la integran. La conciliación que se ha de realizar entre la fidelidad a las tradiciones y la universalización de los valores representa un desafío planteado hoy en día a todas las sociedades: un desafío particularmente fuerte para la Iglesia, que se proclama universal, aunque se presenta ligada a la cultura occidental.

¿En qué sentido puede hablarse, entonces, de conservar la identidad cristiana tal como ha sido transmitida por las generaciones pasadas? Nos preguntamos, además: ¿está la Iglesia todavía en condiciones de contribuir a la universalización de los valores salvaguardando su propia identidad? ¿Cómo puede contribuir a hacer posible una unidad entre universos culturales que deben fundar su vida en común en valores que tengan el mismo sentido para todos?

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