tenemos el placer de revelaros un artículo inédito que aún no se ha publicado en La Civiltà Cattolica Iberoamericana. En él, el sacerdote y jesuita francés Pierre de Charentenay nos presenta un análisis sobre el concepto político, en torno a la destitución de la ex presidenta de la República Federativa de Brasil Dilma Rousseff. Juzgada por delito fiscal y por una mala gestión económica del país, Pierre de Charentenay no solo hace hincapié en esta última etapa en lo político sino que además nos habla de las inquietudes de la iglesia y en su preocupación por reforzar las instituciones políticas y participar en la confrontación sobre la situación de Brasil.

Y relacionado con la historia de la política os invitamos también a leer sobre la medida “Muslim Ban”, la orden ejecutiva más controvertida emitida hasta ahora por el presidente de Estados Unidos Donald Trump.

Pierre de Charentenay S.I.

Dilma Rousseff fue destituida de la presidencia de la República en Brasil el 31 de agosto de 2016 mediante una deliberación del Senado. El 12 de mayo del mismo año había sido alejada del poder y reemplazada por su vicepresidente, Michel Temer. El acontecimiento es digno de consideración en una nación que poco tiempo atrás hospedó exitosamente los Juegos Olímpicos y que se presenta como uno de los países más dinámicos en la escena mundial. Pero la salida de la crisis no es simple, puesto que el nuevo presidente es a su vez objeto de contestaciones: el 4 de septiembre, 100 000 personas salieron a las calles de San Pablo para pedir la renuncia de Michel Temer, cuyo nombramiento presidencial sin elecciones juzgaban ilegítimo.

Más allá de las cuestiones económicas y de las acusaciones de corrupción, la destitución pareció ser el resultado de una lucha de poder entre grupos políticos que chocaban muy violentamente. La oligarquía tradicional y las corrientes más liberales han prevalecido sobre las fuerzas del Gobierno en concomitancia con una operación de gran alcance contra la corrupción, llamada Lava Jato.[1] Para ver con más claridad dentro de estos acontecimientos hay que remontarse algunas décadas atrás y recordar la atmósfera de corrupción así como el ascenso al poder y la posterior caída del Partido de los Trabajadores, con Lula da Silva como presidente, desde 2003 hasta 2010. Pero ante todo hay que tomar consciencia de la variedad de este inmenso país, cuya historia está marcada por varios episodios autoritarios.

Complejidad de la geografía y de la política

Brasil, país casi tan vasto como Estados Unidos o como China, tiene una población de 204 millones de personas, sobre todo en las costas del sudeste y del nordeste, con megápolis de más de 10 millones de habitantes, como San Pablo y Río de Janeiro. La población es muy variada en razón de las múltiples migraciones de personas llegadas de todos los países europeos, pero también de Asia, a trabajar en estos inmensos territorios, originalmente ocupados por amerindios, que hoy no llegan a 300 000. Además, hay cerca de 15 millones de afrobrasileños, descendientes lejanos de los esclavos traídos de África en el período colonial.

Dominado por Portugal durante tres siglos a causa de la repartición de América Latina que siguió al tratado de Tordesillas de 1494, Brasil no obtuvo su independencia hasta 1822. Este largo período colonial se vio agitado por reiteradas revueltas protagonizadas por los numerosísimos esclavos traídos de África. Posteriormente, el país pasó a ser un imperio; después una monarquía, hasta 1889. La llegada de la república coincide con el ascenso de los grandes terratenientes y con la prosecución de la inmigración europea. Tras las dictaduras se sucedieron regímenes populistas, hasta el golpe de Estado de 1964 y la instauración de un régimen militar durante más de veinte años.

La nueva democracia, que se instaura en 1985, debe afrontar graves dificultades: endeudamiento externo, inflación y corrupción. La inestabilidad económica se hace evidente por el número de ministros —una docena— que se alternan en el Ministerio de Hacienda a lo largo de los casi diez años que median entre 1985 y 1994. Un conocido economista de orientación liberal, Fernando Henrique Cardoso, llevará el país a reformas que lograrán detener una inflación de cuatro dígitos y relanzarán el crecimiento, pero al precio de desigualdades cada vez mayores. Luiz Inácio Lula da Silva, candidato a la presidencia derrotado tres veces, sindicalista y uno de los fundadores del Partido de los Trabajadores, no será elegido presidente hasta 2003.

La vastedad de este país y una estructura social determinada por grandes propietarios hacen difícil una vida democrática serena: la violencia es un elemento siempre presente entre las fuerzas antagónicas.

Una tradición de corrupción

La vida política brasileña ha estado animada durante largo tiempo por una negociación entre los intereses de los terratenientes y los de los militares, mientras que el respeto de la ley democrática y de los derechos humanos quedaba relegado a un segundo plano. Esta tradición de concertación política —que tiene sus costes financieros— se mantuvo en las elecciones a todos los niveles. De allí proviene una corrupción generalizada.

Transparency International estima que el 58 % de los diputados brasileños ha sido procesado por corrupción. Esta organización sitúa a Brasil en el puesto número 76 de la clasificación de países menos corruptos en el mundo. En 1992, Fernando Collor de Mello fue destituido de la presidencia de la República por ese motivo, aunque posteriormente fue exculpado. En la actualidad, Eduardo Cunha, presidente del Congreso, está acusado de corrupción en el escándalo «Petrobras». Renan Calheiros, presidente del Senado, está siendo investigado en el mismo procedimiento.

Petrobras, la compañía nacional de petróleo, distribuye fondos para financiar a los partidos políticos de todas las tendencias. Nacida en 1953 para convertirse en una de las mayores empresas económicas de América Latina, Petrobras fue parcialmente privatizada en los años noventa, para volver a estar posteriormente bajo la tutela del Estado con el presidente Lula. El Partido de los Trabajadores y sus aliados nombraron a los principales dirigentes de la empresa. Algunos de ellos comenzaron a administrar de forma fraudulenta los fondos de la compañía. Otros fondos han servido para financiar campañas electorales: de ahí las distribuciones a discreción.

La operación anticorrupción Lava Jato prendió fuego a la pólvora. Lanzada por el juez Sérgio Moro en marzo de 2014 ante todo para contrarrestar el lavado de dinero, la investigación sacó muy pronto a la luz un sistema de corrupción organizado en torno a Petrobras y a algunas grandes empresas de construcción y de obra pública. Se condenó a parlamentarios del Partido de los Trabajadores así como también de los partidos aliados; se procesó a 179 personas y 93 fueron condenadas. Marcelo Odebrecht, presidente de un grupo multinacional de obra pública, fue condenado a 19 años de prisión. Las apropiaciones indebidas podrían ascender a varios miles de millones de euros.

En marzo de 2016 el Supremo Tribunal Federal de Brasil autorizó investigaciones sobre 48 miembros del Congreso, entre ellos Lula. Las instituciones judiciales parecen sólidas y con suficiente independencia porque su acción prosigue incluso después de un cambio de Gobierno, dado que la prensa y la opinión pública apoyan estos esfuerzos.

Las transformaciones de Lula

En un clima de corrupción política y de dominio de las clases pudientes, desde los barrios pobres del nordeste del país se eleva una voz nueva, la de un obrero metalúrgico: Lula da Silva. Habiendo ascendido en la jerarquía social mediante los sindicatos hasta las elecciones nacionales de 2003, fue elegido a la presidencia de la República derrotando a los partidos tradicionales. De inmediato se lanzó a una política social que apuntaba a transformar Brasil, a hacerlo surgir como uno de los grandes actores de la economía mundial.

Lula procura reducir la pobreza, que es grande en el país. Abre las universidades a los jóvenes de los barrios desfavorecidos, facilita el acceso de millones de brasileños a la clase media, que se convertirá en el motor de la recuperación de Brasil. Hay que haber recorrido las gigantescas barriadas de viviendas precarias que se despliegan hasta donde alcanza la vista en las megápolis brasileñas para imaginar el alcance de la operación realizada.

El Gobierno de Lula elabora en particular a partir de 2004 un programa llamado Bolsa Família («Bolsa Familia»), cuyo objetivo principal es derrotar la pobreza. Se trataba de una transferencia directa de ingresos a 12 millones de familias que redujo notablemente la pobreza. El beneficio está condicionado al envío de los hijos a la escuela, a su asistencia a las citas médicas y a la vacunación. El incentivo se aplica a los menores hasta los 17 años. A las mujeres se les pide, además, que sigan programas sobre la salud, en particular para la preparación al parto.

Aunque complicado en su realización —no todo se desarrolló a la perfección y cerca de cuatro millones de familias no pudieron beneficiarse de este programa— Bolsa Família produjo un impacto efectivo en aquellas más pobres y permitió hacerlas salir de su situación de aislamiento, asegurando la instrucción de los hijos. Numerosos estudios[2] confirman que lo realizado fue considerable y ha contribuido al mejoramiento de la vida de millones de personas y, al mismo tiempo, al desarrollo económico nacional.

Otro programa social, Fome Zero («Hambre cero») apuntaba a eliminar el hambre en el país. El programa preveía una mezcla de ayudas directas a las familias más pobres y otras iniciativas, como la posibilidad de acceder a reservar hídricas, a restaurantes a buen precio, a la educación para una correcta alimentación, a la distribución de vitaminas, etc.

El balance general de la gestión de Lula es tan contradictorio como su política: sostuvo una política social muy fuerte que favoreció a los estratos más pobres de la población, pero desarrolló también una política económica liberal en la línea de su predecesor, Fernando Henrique Cardoso. En una coyuntura inmediatamente anterior a la crisis económica, los resultados han sido sorprendentes.[3] Brasil resultó profundamente transformado: pasó del 13.º al 8.º puesto en la economía mundial. La deuda se redujo y Brasilia pasó a ser acreedora; 28 millones de personas han salido de la miseria y 39 millones han accedido a la clase media.

No obstante, sigue siendo un balance ambiguo, porque la tan prometida reforma agraria no ha tenido lugar y el Movimiento Sin Tierra quedó olvidado. Lula lanzó una política agroindustrial que desarrolló el cultivo intensivo de OGM (organismos genéticamente modificados). En una perspectiva liberal, favoreció los intereses financieros y la estabilidad de los grandes indicadores económicos, pero esto fue en perjuicio de las grandes reformas sociales. La ecología quedó olvidada hasta tal punto que, en 2008, Marina Silva, titular del Ministerio de Medio Ambiente, presentó su dimisión. Así pues, el balance de la gestión de Lula es incierto y paradójico, pero los progresos en la lucha contra la pobreza fueron reales y concretos.

Tras dos mandatos de cuatro años, como en Estados Unidos, el presidente Lula ya no podía presentarse de nuevo. Eligió, pues, a Dilma Rousseff para que se presentase a las elecciones de 2010. Rousseff, primera mujer candidata a la presidencia de Brasil, opositora de la dictadura militar que gobernó el país de 1964 a 1985, estuvo en prisión durante casi tres años y fue torturada por haber participado en movimientos de guerrilla. Se hizo de inmediato muy popular porque se comprometió a continuar la misma política de Lula. Intentó hacerlo, pero, muy pronto, el débil crecimiento económico y alianzas políticas dudosas para asegurarse la mayoría con partidos conservadores y grupos religiosos fundamentalistas desestabilizaron su presidencia. Evidentemente, una coalición de partidos tan diversos no podía durar. Además, poco a poco el Partido de los Trabajadores incurrió en las mismas culpas que los demás partidos: favoritismos, corrupción, compraventa de votos de parlamentarios (como en 2005).

Pero, en definitiva, fue el balance económico de sus primeros cuatro años lo que le trajo problemas. En 2014 se inicia para Brasil un período de recesión. El PIB del país desciende por debajo del 0,6 %, mientras que en 2010 el crecimiento había sido del 7,5 %. El trauma es violento. La agencia internacional Standard and Poor’s baja la calificación del país. La inflación comienza a aumentar de nuevo y esto afecta directamente a la nueva clase media. Brasil no es el único responsable: la coyuntura internacional y, en particular, las dificultades de Argentina, como también la caída económica china, reforzaron esta ralentización y forman parte los motivos de tal recesión.

Al mismo tiempo, Lula es acusado de haber participado en actividades de corrupción con el grupo petrolífero Petrobras y con algunas grandes empresas de la construcción y de obra pública. La imputación de Lula y las acusaciones al expresidente a causa de regalos recibidos por parte de empresas de la construcción bajo la forma de apartamentos y fincas vacacionales, si se demostraran, lo sacarían para siempre de la escena política.

El consiguiente divorcio con el Partido del Movimiento Democrático Brasileño puso a Dilma Rousseff en minoría y llevó al vicepresidente, miembro de dicho partido, a la conducción del país.

Una destitución dolorosa

El segundo mandato había comenzado en una atmósfera de fin de reinado: Dilma Rousseff es implicada directamente en acusaciones de corrupción en su partido. El Partido de los Trabajadores no es el único afectado, pero sí el primero en ser puesto en el punto de mira junto con sus aliados del Partido del Movimiento Democrático Brasileño. Una gran agitación comienza a manifestarse en el país. Nadie en el Partido de los Trabajadores reconoce la gravedad del problema. La izquierda más radical denuncia el descenso del partido al nivel de los comportamientos habituales de la política brasileña.

Habiendo perdido credibilidad el expresidente Lula, los candidatos a los que él prestó apoyo para las elecciones municipales de octubre de 2016 reciben un verdadero «beso de muerte»:[4] el 73 % de los electores declara que no votará a favor de los candidatos apoyados por el expresidente.[5] Sin Lula, el Partido de los Trabajadores deja de existir.

A comienzos de diciembre de 2015 estalla el procedimiento de destitución de Dilma Rousseff sobre la base de acusaciones de presuntas manipulaciones del déficit antes de su reelección. La opinión pública en general apoya estas investigaciones. La popularidad de la presidenta cae al 10 % del consenso.

El 12 de mayo de 2016 pierde, de hecho, el poder para permitir las investigaciones sobre su gestión y sobre las acusaciones de corrupción, aunque permanece en el palacio presidencial. El 29 de agosto interviene ante el Congreso para justificarse denunciando un golpe de Estado, una conspiración contra ella, una injusticia, y se declara inocente. Atribuye sus fracasos económicos a la crisis mundial. Solo le haría falta un tercio de los votos para regresar a su puesto. No los obtendrá.

El 31 de agosto, 61 senadores contra 20 votan por la destitución de Dilma Rousseff, entre ellos Fernando Collor de Mello, quien había sido cesado en su momento. El voto se halla en la misma línea que las tendencias de los sondeos, que sitúan a la mayoría de los brasileños a favor de la destitución.

Los debates que precedieron al voto de cese fueron transmitidos por televisión. Mostraban un rostro de la política brasileña desconocido para todos. La opinión pública quedó impresionada. La oposición a la presidenta se basaba en la crítica de toda la gestión política, incluida la incapacidad del Gobierno de retomar la iniciativa después de meses de recesión. Más allá de la voluntad de esconder el déficit financiero del país, toda una gestión política resulta castigada de hecho: errores, incompetencias, la ineptitud de conducir una oposición firme en el Congreso… Después de que la oposición misma resultara implicada en un gran número de escándalos, era difícil que insistiese demasiado en la corrupción de la presidenta. Ello explica el proceso a toda la política del Partido de los Trabajadores.

Termina así una época. La destitución marca el fin de una tentativa de reformas y de cambio social que se hundió en las arenas de la politique politicienne[6]y del poder. El Partido de los Trabajadores ha abandonado su dinamismo y su política hace muchos meses. La izquierda de Lula tiene que modernizarse, reformarse profundamente para ser fiel a sí misma. La derecha está dispuesta a retomar el poder con Temer, que ha anunciado que pondrá fin a muchos programas sociales para retornar a una política liberal.

Pero el inicio de la nueva administración está ya lleno de insidias, puesto que dos ministros han tenido que dimitir por haber participado en tentativas de manipulación de la investigación.

Las inquietudes de la Iglesia

En 2013, Río había recibido de forma favorable y entusiasta la Jornada Mundial de la Juventud, una première del papa Francisco. También Dilma Rousseff la había recibido muy bien. Pero hoy la atmósfera es distinta. En un documento del 15 de abril de 2016 la Conferencia Nacional de los Obispos del Brasil se ha pronunciado públicamente en un extenso texto de 24 páginas. Dicho texto contiene un severo diagnóstico de la situación económica, pero va más allá, poniendo en discusión los principios del mercado y del consumo, que ignoran las necesidades y las mismas potencialidades de la política. Se cita a Thomas Piketty y sus análisis sobre el desarrollo de las desigualdades. Recuerda que no hay progreso para todos sin una idea de bien común. Hay que regresar a estos fundamentos éticos para poder desarrollar políticas públicas para el bien de todos. En la conclusión, se insiste en la necesidad de reforzar las instituciones políticas y retoma la idea de Benedicto XVI de basarse en una autoridad política mundial. El texto, valiente y comprometido, se basa en toda la tradición de la enseñanza social de la Iglesia y, en particular, en la de Benedicto XVI y del papa Francisco.

Antes de las olimpíadas de Río, en agosto de 2016, la Iglesia del Brasil había manifestado el deseo de que el gran acontecimiento deportivo fuese la ocasión para una renovación de la evangelización. No ocultó su preocupación frente a la situación económica y social. Desde la fecha de asignación de los Juegos, en la euforia de los años de coyuntura favorable antes de la crisis, muchas cosas se han ido degradando: la corrupción y las oposiciones han llevado a una descomposición del proceso político democrático. Por su parte, el cardenal Orani João Tempesta, arzobispo de Río, denunció «una catástrofe social».

La fiesta de la Independencia, el 7 de septiembre de 2016, fue para los obispos brasileños la ocasión para subrayar que «la ausencia de valores éticos y morales provoca una profunda crisis política, económica y social». Por su parte, la Conferencia, extremadamente contraria a la destitución de la presidenta, difundió un comunicado en el que denuncia, en el procedimiento iniciado contra Dilma Rousseff, un «golpe de Estado».

La Iglesia se sitúa así en primera fila en el debate social y político para defender los derechos del hombre y de las personas sin tierra. En la tradición de la Iglesia universal, ha reiterado que forma parte de su misión participar en la confrontación sobre la situación del país.

[1] La Operação Lava Jato (literalmente, «operación lavado a presión», conocida en español como «Operación Autolavado») apuntaba a arrojar luz sobre varios casos de corrupción, sobre el lavado de dinero y sobre la financiación oculta de los partidos políticos.

[2] Cf. en particular L. Mourão y A. Macedo de Jesus, «Bolsa Família (Family Grant) Programme: an analysis of Brazilian income transfer programme», Field Actions Science Reports, Special Issue 4 (2012) (https://factsreports.revues.org/1560) https://blogs.mediapart.fr/brasilpassion/blog/250313/bilan-economique-et-social-des-annees-lula-da-silva.

[3] Cf. «Bilan économique et social des années Lula da Silva», Mediapart (online), 25 de marzo de 2013 (https://blogs.mediapart.fr/brasilpassion/blog/250313/bilan-economique-et-social-des-annees-lula-da-silva).

[4] Cf. C. Gatinois, «Au Brésil, la descente aux enfers du PT», Le Monde, 2 de septiembre de 2016, p. 2.

[5] Cf. ibíd.

[6] La política de los políticos de profesión.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here