Tenemos el honor de ofreceros La gestión política de la inmigración, artículo escrito por el jesuita Francesco Occhetta, escritor de La Civiltà Cattolica italiana. Un artículo sobre inmigración y de carácter político que aún no se ha publicado en ningún número anterior de La Civiltà Cattolica Iberoamericana. En él, Occhetta pretende sumergirnos en el fenómeno inmigratorio protagonista en estos últimos años, cuya acogida está, sobre todo, en manos de la gestión política.

por Francesco Occhetta S.I.

Introducción

Profundizar en el fenómeno de la inmigración significa llevar el análisis más allá de la crónica, porque frente a los éxodos de los pueblos cambian no solamente las costumbres cotidianas, sino también la historia y las culturas. Y en estos últimos años los pueblos se están moviendo. En efecto, entre este año y el próximo podría llegar a Europa un millón y medio de migrantes sobre las olas del Mediterráneo o por los senderos de los Balcanes. Así, mientras los medios tematizan el asunto de forma bipolar, contraponiendo a los que apoyan la acogida y a los que se oponen a ella, los estudiosos de geopolítica nos sitúan frente a dos datos ya indiscutibles: por un lado, la huida de quienes buscan salvarse de guerras y miseria; por el otro, la crisis demográfica de una Europa estéril en hijos y rodeada por poblaciones jóvenes y países en agitación.

Es por esto que el tema de la acogida no involucra solamente una dimensión humanitaria y caritativa. Sin duda, en el trasfondo siguen vigentes una pregunta moral —¿quién es el otro para mí?— y la enseñanza evangélica —«fui forastero y me hospedasteis» (Mt 25,35)—, pero la dimensión política del fenómeno inmigratorio nos impulsa a preguntarnos cómo gestionar estos flujos para una convivencia pacífica.[1]

La inmigración en Italia: datos y principales cambios

Los datos y las reflexiones que tienen que ver con el territorio italiano deben inscribirse en un contexto de interdependencia mundial en el cual crece el número de migrantes. Casi 250 millones de personas —más del 3 % de la población mundial— han dejado su propio país para vivir en otra nación. A menudo nos inclinamos a pensar que las migraciones se dirigen del sur al norte del mundo. Pero China e India tienen flujos migratorios internos semejantes, en su entidad, a las migraciones internacionales. Europa y Asia —con más de 70 millones de migrantes cada una— son continentes que hospedan a casi dos tercios de los migrantes del mundo.[2]

En Asia están creciendo las migraciones: los asiáticos que han entrado en Europa son cerca de 19 millones; en EE.UU.,16 millones y en Oceanía, 3. Estados Unidos, con sus 45 millones de inmigrantes, sigue siendo el país soñado para vivir; destinos apetecidos son también Canadá, Australia, Arabia Saudita y Emiratos Árabes.

Por tanto, son los números los que deben restituirnos las debidas proporciones del fenómeno migratorio: los 173 millones de migrantes del año 2000 se han transformado en 243,7 millones en 2015, es decir, el 3,3 % de la población mundial en su conjunto, en contraste con el 2,9 % de 1990. Italia, con sus 8 000 km de costa, se ha convertido en la orilla de la «tierra prometida» para entrar en Europa: en 2014 llegaron 170 000 migrantes y 153 842 en 2015, que, sumados a los desembarcados en Grecia o a los llegados a Europa a través de Turquía, Hungría y los Balcanes, superan la cifra de 1 400 000 personas. Actualmente, el 76,2 % de los residentes extranjeros se encuentra en Alemania (21,5 %), Reino Unido (15,4 %), Italia (14,3 %) y Francia (12,4 %).[3]

El movimiento de prófugos que está en curso es el más importante de la posguerra. Italia, que ha sido desde siempre un país de emigración, se ha convertido de pronto, a partir de finales de los años ochenta, en una meta de inmigración. Algunos acontecimientos simbólicos lo habían preanunciado: el desembarco de los albaneses en 1987, seguido por el éxodo polaco y ucraniano, y después —por efecto del decreto que regula el flujo de trabajadores no comunitarios para el trabajo estacional en Italia— por la llegada de muchos inmigrantes legales que servían a empresas y a familias italianas.

De 2014 a 2015 las llegadas han aumentado un 250 %, y resulta un dato significativo que los inmigrantes presentes en el territorio italiano provengan de 198 países distintos. El flujo es imparable: en 2016 desembarcaron 181 000 personas, mientras que cerca de 10 000 llegaron por vía terrestre. Solo el día 6 de octubre de 2016 desembarcaron 5 591 personas.[4]

Un dato dramático tiene que ver con los menores no acompañados: en los primeros ocho meses de 2016 llegaron a Italia más de 16 800, mientras que en 2015 habían desembarcado 12 360, representando el 15 % de todos los arribos por vía marítima, en tanto que en 2015 constituían el 8 %, y el 7,7 % en 2014, año récord de los desembarcos. La mayor parte proviene de África: son gambianos (1902, cerca del 13,9 %), eritreos, egipcios y nigerianos.[5] Solo en los primeros seis meses de 2016, 5 315 menores resultaron ilocalizables en las estructuras de acogida censadas por el Ministerio de Trabajo, porque habían huido en busca de mejores metas.

Los ciudadanos extranjeros en Italia representan 8 de cada 100 habitantes; a comienzos de 2015 los permisos de residencia ascendían a casi 4 millones.[6] El 60 % de los inmigrantes vive en el norte, mientras que el 25,4 % lo hace en el centro y solamente el 15,2 % reside en el sur.

A muchos años de la entrada en vigor de la controvertida ley Bossi-Fini en materia de inmigración y asilo (n.º 189/2002), resulta todavía difícil delinear la calidad de la integración social que el país ha alcanzado. Además, los efectos de la crisis económica han minado la cohesión social y en la cultura italiana están creciendo sentimientos de inseguridad y de prejuicio contra los inmigrantes.

Cómo cambian el trabajo y la escuela

El precio de la crisis que están pagando los inmigrantes es muy alto, no solamente porque sus ingresos medios se sitúan en alrededor de la mitad de los de una familia italiana, sino sobre todo porque se está reduciendo la demanda para la contratación de personal en las fábricas y en el campo. La ocupación crece sobre todo en el norte, en el sector edilicio y en el de la asistencia a los ancianos.[7] Dicho brevemente, según el Rapporto Caritas-Migrantes 2015, los inmigrantes ocupan los sectores de las «tres C»: caring, cleaning y catering (atención, limpieza y restauración).

Los sociólogos los definen como los nuevos «resilientes», a menudo dispuestos a hacer de todo. El sentimiento de comunidad es el antídoto a su soledad: se reúnen por grupos en las esquinas de las plazas o en los bares; en algunas ciudades, como Roma, Milán o Turín, ocupan barrios enteros.

A tiempo completo trabajan 2 360 307 inmigrantes, mientras que 455 578 carecen de toda ocupación.

Los editores del Rapporto afirman que los «contratos a tiempo parcial involuntarios de los inmigrantes esconden transformaciones de trabajo en negro en “trabajo en gris”, caracterizadas por declaraciones de contratos a tiempo parcial falsos». Sin embargo, hay un «pero»: mientras la remuneración mensual media de un italiano es de 1 356 euros, la de un extranjero alcanza los 965, esto es, un 30 % menos.

El trabajo de los inmigrantes ayuda también a los países de proveniencia. El Banco Mundial estima que las remesas monetarias hacia los países en vías de desarrollo ascendieron en 2015 a 432 000 millones de dólares, un 0,4 % más que en el año anterior. El país que más se beneficia es India (69 000 millones de dólares en 2015), seguida por China (64 000 millones) y por Filipinas (28 000 millones).

Los inmigrantes más afectados son los que trabajan en el sector agrícola del sur. Miles de «esclavos modernos, explotados en los campos de media Italia, ganan tres euros y menos por recoger un cajón de tomates de 300 kg bajo el sol incluso a 40 grados».[8] Muchas son las zonas en las que no se respetan los derechos de los inmigrantes: desde las empresas de la ciudad de Prato hasta los campos de la llanura padana; desde la llanura del Sele hasta Lucania, sin olvidar el trabajo doméstico.

Otro sector en el que se está transformando el rostro de la sociedad italiana es el de la escuela. En Italia los menores «extranjeros» tienen el mismo derecho a la educación escolar que los hijos de ciudadanos italianos y pueden inscribirse en la escuela, aunque con reservas en el caso de que no se presente la documentación del registro civil o de que la documentación sea irregular o se halle incompleta. En el curso escolar 2014/15 los alumnos extranjeros en las escuelas italianas ascendían a 814 187 (el 9,2 % del total de los alumnos), 11 243 estudiantes más que en el curso anterior. La escuela italiana será cada vez más multiétnica: baste pensar que en 2015 nacieron 445 534 bebés de parejas de inmigrantes, en particular en Emilia-Romaña (15,5 %), Lombardía (14,3 %) y Umbría (14,2 %).

El tema de la inmigración es sobre todo una historia de rostros, como el de Abdul Kamara, que, durante una conferencia en la sede de nuestra revista,[9] hizo una breve descripción de su vida de la siguiente manera: «Vengo de Guinea Conakry. Tengo 28 años. Soy ingeniero en telecomunicaciones. Me he graduado en Rusia. Hoy soy un refugiado en Italia. […] Partí en jeans y con una cazadora apta para superar la estación de las lluvias en Guinea. Llegué a Moscú, donde la temperatura era de 32 grados. Aprendí rápidamente el ruso y, en cinco años, me gradué con las más altas calificaciones». Después habló del regreso a su país de origen: «En Guinea la red de telecomunicaciones era prácticamente inexistente. Pensé y sabía que había realmente mucho por hacer y que mi lugar estaba allí. Pero la realidad fue muy distinta de como me la imaginaba. […] Era de la etnia equivocada. Todas las vías estaban cerradas para mí. En esos años comencé a dedicarme activamente a la política. Formaba parte de un partido de oposición al gobierno. […] Fui arrestado y encarcelado. Doce días de prisión, de torturas, de privación de la dignidad. Logré escapar, de noche. […] Ahora vivo en Roma, y, lamentablemente, los problemas no han terminado. El reconocimiento de mi título de estudios es una cosa muy larga y compleja. Encontrar un trabajo como ingeniero es aún más difícil».

Inmigrantes entre rejas

Desde un punto de vista antropológico, las cárceles italianas se han convertido en lugares transnacionales en los que culturas diversas, en lugar de encontrarse, chocan. Esta es la desesperada imagen manzoniana de los cuatro capones que Renzo quiere regalarle al doctor Azzeccagarbugli, y que, ignorando que los unía un destino común, agotados y atados por los pies cabeza abajo, encuentran todavía la fuerza para pelearse y hacerse daño. Los números nos dicen que, a finales de 2016, los detenidos extranjeros ascendían a 17 526; de cada 100 detenidos, casi 34 eran extranjeros; el porcentaje era 11 veces superior a la media europea. En cambio, las mujeres representaban el 4,3 % de la población detenida (la media europea alcanzaba el 4,7 %).

El detenido inmigrado es un hombre que tiene de veinte a cuarenta años. Es pobre, poco instruido y, en el momento del arresto, carece en la mayoría de los casos de documentos. Los lugares en los que los inmigrantes cometen más delitos son las grandes ciudades y las zonas en que es más difícil la inserción laboral. Algunos inmigrantes son obligados a delinquir por aquellos que se ocuparon de la inmigración clandestina con el fin de recuperar el precio del viaje. En el sur de Italia las articulaciones específicas de la criminalidad organizada tienden a coordinar, absorber y «asumir» a los inmigrantes. En cambio, en el norte de Italia hay áreas en las que los inmigrantes encuentran espacio para gestionar por sí mismos algunos sectores de la criminalidad; por ejemplo, el tráfico de drogas.

Muchos problemas objetivos —no en último término la escasez de estructuras de mediación cultural— frenan fuertemente o impiden la integración de los extranjeros: la dificultad o la falta de relaciones con los otros detenidos por motivos lingüísticos, los continuos traslados por sobrepoblación, la imposibilidad de mantener relaciones —tanto telefónicas como a través de conversaciones— con los familiares, las pocas posibilidades de acceso al trabajo dentro de los establecimientos penitenciarios, la dificultad de ser admitidos en medidas penales alternativas a la detención, en comunidades terapéuticas, de acceder a inserciones laborales poscarcelarias por falta de permisos de residencia, de certificaciones de identidad, de domicilio fijo.

Los extranjeros que tienen las menores posibilidades de asegurarse una defensa válida son más vulnerables que los italianos. A igualdad de penas que expiar, los detenidos extranjeros están obligados a pagar un surplus de «sufrimiento legal»: aunque la ley italiana permite a todos los detenidos asistir a la escuela, trabajar, frecuentar cursos de formación u obtener medidas alternativas a la detención, se trata, de hecho, de sectores de difícil o imposible practicabilidad para ellos.[10]

Además, hacia ellos apuntan los focos de los medios, condicionados a menudo por lecturas ideológicas y parciales: en la descripción de las generalidades aparece siempre la inexorable referencia a la nacionalidad —«Un albanés robó…», «El traficante era un colombiano…», etc.—, induciendo a la opinión pública a realizar la peligrosa ecuación: «inmigrante = individuo que atenta contra la seguridad pública».

No se tienen en cuenta, en cambio, los numerosos y a menudo gravísimos delitos cometidos contra los inmigrantes, ya sean mujeres u hombres: el miedo o la irregularidad de la propia posición lleva a los que sufren violencia a no interponer denuncia.

La compleja gestión de la política europea

El dramático naufragio del 3 de octubre de 2013 en Lampedusa, en el que murieron 366 personas, marcó un momento importante en la política inmigratoria. La UE redefinió la propia política migratoria instituyendo un grupo de trabajo denominado Task Force Mediterranean.

También el presidente de la República, Sergio Mattarella, que se ha preguntado a menudo por el destino de los inmigrantes, recordó este trágico acontecimiento: «Sin duda, el alcance inédito y, en ciertos aspectos, histórico de las migraciones en el Mediterráneo no puede ser tratado con ceguera por las clases dirigentes y con indiferencia por la opinión pública».[11] El jefe del Estado pidió a la sociedad civil y al Gobierno «desplegar toda la inteligencia, la humanidad, la capacidad organizativa y de coordinación de los esfuerzos en el ámbito europeo».

No obstante, en la gestión de los flujos migratorios el Gobierno italiano se ha quedado solo. En los últimos tres años se ha producido un paso atrás de muchos estados miembros, a pesar de que el 24 de octubre y el 20 de noviembre de 2013 la Comisión Europea les pidió que desarrollaran una sinergia para afrontar «todos juntos» la gestión de los flujos migratorios.[12]

La propuesta italiana de reforzar el programa de control y de intervenciones en las fronteras exteriores de la Unión, denominado «Frontex»,[13]no ha contado con apoyo político. Frente al incremento de los desembarcos y de las acciones de salvamento de las barcazas en dificultades, el Gobierno italiano ha intervenido con la operación Mare nostrum. A través de ella se ha salvado a 110 000 personas, pero ha durado solo un año a causa de los obstáculos planteados por los países europeos, que la consideraban «una acción de atracción» de la inmigración.

Durante la presidencia europea de Italia, que comenzó el 1 de junio de 2014, el objetivo consistió en reglamentar los flujos migratorios dentro de la Unión, con la consigna «el Mediterráneo, frontera de Europa / Lampedusa, frontera europea». Frente a esta tentativa de aceleración llegó la brusca frenada de Europa: Italia fue censurada por países como Alemania, Suecia, Dinamarca y Holanda, así como por otros países del norte de Europa, por haber favorecido la inmigración clandestina y haber violado la regulación de Dublín, que prevé tomar las huellas digitales y fotografiar a cada persona que llegue. En efecto, las fuerzas del orden están obligadas a respetar a quienes se nieguen a aceptar esas medidas, porque los centros de acogida no son de detención. La mayor parte de los migrantes procura huir de dichos centros que, por ley, son abiertos.

No obstante, el problema político sigue en pie: en la reunión consultiva de los ministros del Interior de la Unión Europea del 8 de julio de 2014 se subrayó la responsabilidad del país «de primera entrada», que debe gestionar por sí mismo la acogida. Además de actuar en la gestión de los flujos migratorios, las fuerzas del orden están hoy dedicadas a contrarrestar la criminalidad organizada —implicada en el aumento de la trata y el tráfico de seres humanos— y el terrorismo internacional.[14]

En este escenario de tensión política, el 19 de abril de 2015 la conciencia europea se vio sacudida por un nuevo naufragio en el que murieron 750 personas, entre ellas 50 niños hacinados en la bodega. El 13 de mayo de 2015 la Comisión Europea adoptó la Agenda Europea de Migración (20 000 «reubicaciones»); el 27 de mayo aprobó el primer paquete de medidas de ejecución de la Agenda, con 40  «reubicaciones» en Italia y en Grecia y un esquema de «reasentamiento» para 20 000 personas de fuera de la UE. Sin embargo, durante el verano de 2015 entretanto, «estalló» la ruta balcánica: los flujos migratorios se trasladaron de las aguas del mar a tierra firme.

Los estados miembros vuelven a discutir y endurecen así la libertad de circulación de los acuerdos de Schengen. El 9 de febrero de 2014 se aprueba en Suiza un referéndum que limita la inmigración; también Francia limita mientras las entradas, después de los atentados de París y Niza; la salida de Inglaterra de la UE, con el referéndum sobre el brexit, está determinada por el miedo a la inmigración; el referéndum de Hungría, motivado por la voluntad de cerrar las fronteras a los inmigrantes, no alcanza por poco el quorum.

Fracasa también el programa de redistribución. El 22 de septiembre de 2015 el presidente Juncker decide repartir otros 120 000 migrantes, pero, a pesar de las buenas intenciones, solo 952 solicitantes de asilo rsultan efectivamente distribuidos entre los estados miembros el 10 de agosto de 2016.

Para gestionar los flujos Italia reorganiza su propio esquema de acogida y crea los hotspots, en los que se identifica a quienes llegan a Lampedusa —500 lugares— y a Milo (Trapani) —400 lugares—. Estos se agregan a los de Pozzallo (Ragusa) —300 lugares— y Tarento —400 lugares—. En los últimos meses se han unido a las fuerzas del orden de Italia expertos enviados por los demás estados miembros que, aparte de ayudar, se han dado cuenta de la dificultad que implica gestionar los salvamentos, proporcionar tratamiento médico inicial o calmar la sed de las personas, que llegan deshidratadas y con frecuencia quemadas por el sol. La colaboración hace posible que los representantes de los otros estados europeos comprendan la imposibilidad de registrar censalmente a los inmigrantes en el caso de que ellos se nieguen.

El 2 de marzo de 2016 los Gobiernos de Italia y Alemania pidieron a la UE que se superara el concepto de «país de primera entrada», previsto en el reglamento de Dublín. El documento Save Schengen /  Beyond Dublin, del 4 de marzo, pretendía regresar a los acuerdos de Schengen para reanudar la libre circulación y eliminar los controles a finales de 2016.

El 18 de marzo de 2016 la UE celebró un acuerdo con Turquía para contener el tránsito de migrantes por vía terrestre hacia la ruta balcánica. El acuerdo prevé un gasto de 3 600 millones de euros para equipar campos de refugiados. Se trata de una «opción tapón» a nivel político, que se agrega a la falta de un plan europeo de repatriación financiado con fondos europeos.[15]

Uno se pregunta: ¿puede ser este el único camino político? Según la analista Marta Foresti, caben otras soluciones posibles. Ante todo, hay que «aumentar las vías de acceso legales a Europa. Parar a los migrantes es simplemente imposible. Además, se requiere dar mayor atención a la intercomunicación de datos, al establecimiento de alianzas entre países de distintos continentes y a un aumento de la transparencia. No obstante, tras el resultado de la cumbre de Bratislava, parece que también dentro de la Unión prevalecen todavía las divisiones.[16]

Frente a estas tensiones resuena el eco de las preguntas planteadas por el papa Francisco en su intervención del 6 de mayo de 2016, después de haber recibido el Premio Internacional Carlomagno: «¿Qué te ha sucedido, Europa humanista, defensora de los derechos humanos, de la democracia y de la libertad? ¿Qué te ha pasado, Europa, tierra de poetas, filósofos, artistas, músicos, escritores? ¿Qué te ha ocurrido, Europa, madre de pueblos y naciones, madre de grandes hombres y mujeres que fueron capaces de defender y dar la vida por la dignidad de sus hermanos?».

¿Hacia qué futuro?

El tema de la inmigración pone en el centro de la reflexión política numerosos factores: la concepción de «Estado moderno», una nueva idea de sociedad, la interdependencia entre el norte y el sur del mundo y, sobre todo, el significado del fenómeno de la migración, dimensión esta que la cultura italiana custodia en su memoria.

El fundamento de las políticas sobre la inmigración en Europa, más que de naturaleza económica o jurídica, debería ser de naturaleza antropológica. ¿Qué significa limitar el derecho de circu-lación de las personas? ¿Sobre qué principios es posible construir la Europa de los pueblos?

Sigue activa una trampa cultural fomentada por algunas fuerzas políticas y por muchos medios: asociar al migrante con un posible terrorista. Por otra parte, no obstante, es necesario vigilar la infiltración del Estado Islámico. A tal fin el Ministerio del Interior ha fundado una escuela de formación de los imanes, ha abierto una mesa de diálogo con los musulmanes moderados y está monitorizando las cárceles para prevenir las radicalizaciones, mientras el Gobierno italiano adopta las líneas de prevención de Estados Unidos sobre las medidas para contrarrestar la radicalización, lo cual implica activamente a los operadores del mundo de lo social, de las escuelas y de la sanidad.

«Seguridad» significa asimismo cuidado y gestión, y estos deben estar acompañados por la prevención y la consciencia de un modelo seguro de integración.[17] También la puesta en marcha de los centros de internamiento en cada región, impuestos por la UE, que deben ser gestionados como opciones de seguridad humanas y temporales.

La propuesta de soluciones políticas no puede ser competencia exclusiva de las instituciones, todavía bastante lentas para integrar a los inmigrantes en la escuela, en el mundo del trabajo, en los servicios, etc., sino que debe implicar a la sociedad, incluida la Iglesia italiana, con sus asociaciones y el voluntariado. Perder esta oportunidad significaría debilitar la democracia y los principios que la inspiran.

Indudablemente, los problemas son arduos, pero un país como Italia, con el precioso bagaje de recursos civiles, culturales y espirituales expresado en su Carta Constitucional, tiene todas las posibilidades de superar el desafío de la tutela de los derechos, del respeto de los deberes y de la protección de la dignidad de los inmigrantes. La política está llamada a construir puentes y no a levantar muros o a instrumentalizar el tema de la inmigración, sobre todo con vistas a las elecciones internas de los estados miembros y a las europeas. La utilización de la vida de los inmigrantes con fines propagandísticos perjudica a todo el continente.

Serán la fuerza del diálogo y la creación de comunidades las que construyan la sociedad civil del mañana, aquella que —retomando las palabras del papa Francisco— esté en condiciones de «integrar, dialogar y generar». La promoción de la acogida es, sin duda, una cuestión geográfica, pero sobre todo una cuestión cultural.

[1] Cf. G. Sale, «L’immigrazione in Europa e i diversi modelli di integrazione», La Civiltà CattolicaIV (2016), pp. 253-268.

[2] En 2015 Europa acogía el 31,2 % del total internacional de los migrantes, Asia el 30,8 % y Norteamérica el 22,4 %. El 53,8 % de los inmigrantes está repartido en 11 países: EE.UU. y Rusia acogen a un cuarto del total de los migrantes internacionales; los siguen Canadá, Australia, Arabia Saudita, Emiratos Árabes, Alemania, Reino Unido, Francia y, en los dos últimos puestos, España e Italia.

[3] Los datos utilizados en este artículo provienen de las fuentes del Ministerio del Interior de la República Italiana y del XXV Rapporto Immigrazione Caritas-Migrantes 2015. La cultura dell’incontro, Todi, Tau, 2016.

[4] Según la agencia Frontex, en 2016 los migrantes que entraron en la Unión Europea fueron 503 700, de los cuales 364 000 llegaron por vía marítima. Según las estimaciones, las llegadas a Grecia bajaron a 182 500 (-79 %) gracias al acuerdo con Turquía que está en vigor desde marzo. También han descendido las entradas por la ruta balcánica, donde se pasó de 764 000 llegadas en 2015 a 123 000 por el endurecimiento de los controles fronterizos.

[5] Cf. Sbarchi 2016: in Italia arrivati 16 800 minori non accompagnati, 21 de septiembre de 2016, en www.vita.it.

[6] Los continentes de proveniencia son: Europa centro-oriental (30 %), África septentrional (20,7 %), Asia centro-meridional (13,9 %) y Asia oriental (13,4 %), mientras que las principales nacionalidades son Marruecos (13,2 %), Albania (12,7 %), China (8,5 %) y Ucrania (6,0 %).

[7] En particular, el 77 % de los inmigrantes está ocupado en el sector de servicios (29,8 %), en la industria (18,4 %), en la hostelería (10,9 %), en la construcción (9,6 %) y en el comercio (8,3 %). Cf. F. Occhetta, «Lavoro domestico e famiglie. Il nuovo contratto collettivo», La Civiltà CattolicaII (2013), pp. 552-560.

[8] Así lo afirmó Oliviero Forti en su intervención durante la presentación del Rapporto Caritas-Migrantes el 30 de enero de 2014 en Roma. Cf. www.caritasitaliana.it.

[9] Cf. «Immigrazione e asilo: le sfide del Mediterraneo», 14 de noviembre de 2015, en http://livestream.com/laciviltacattolica/immigrazione.

[10] Cf. F. Occhetta, La giustizia capovolta. Dal dolore alla riconciliazione, Milán, Paoline, 2016, pp. 25-29.

[11] Messaggio del Presidente Mattarella nell’ anniversario del naufragio di Lampedusa del 2013 (3 de octubre de 2016), en www.quirinale.it.

[12] Cf. S. Sarti, «Immigrazione e asilo: le sfide del Mediterraneo», 14 de noviembre de 2015, en ocasión de la conferencia ya citada. Estamos en deuda con el informe de Sarti, que nos ha permitido reconstruir los principales pasajes de este apartado.

[13] En el año 2015 las repatriaciones coordinadas por el programa Frontexfueron 3 565. En los ocho primeros meses de 2016 se ha arrestado a 730 traficantes de inmigrantes ilegales.

[14] El 9-10 de octubre de 2014 el Gobierno italiano estableció tres líneas de acción fundamentales: 1) la gestión reforzada de las fronteras exteriores y la consolidación de la presencia de Frontexen el Mediterráneo mediante el lanzamiento de la operación «Tritón»en noviembre de 2014 y el cierre de «Mare nostrum»el 31 de octubre de 2014; 2) la puesta en marcha de la cooperación con terceros países con el inicio de un intenso diálogo con los Estados africanos y con los de Oriente Próximo colindantes con Siria (Jordania, Líbano, Turquía, Iraq); 3) el desarrollo de las acciones dirigidas a la acogida y a la toma de huellas digitales. En noviembre de 2014, en Roma, la UE consolidó las relaciones diplomáticas con los países del Cuerno de África, con la Conferencia de Jartum y con los países de África del Sur, del Norte y central, con la Conferencia de Rabat.

[15] A través de una serie de acuerdos con algunos estados de África, con Siria y Turquía, «se han gastado 17 000 millones de euros, de los cuales 1700 millones fueron destinados al refuerzo de las barreras europeas […]; los 15 300 millones restantes terminaron en «medidas disuasorias» fuera de la UE (como los trust funds y las ayudas a los países de origen) y en «externalización» de las fronteras (construcción de barreras fuera de la UE, provisión de tecnología y formación a terceros países)»: L. Bagnoli, «Tutti i numeri del disastro della politica europea sui migranti», 19 de septiembre de 2016, en www.vita.it.

[16] Ibíd. Por este motivo, también el entonces presidente Renzi, después de la cumbre de Bratislava del 16 de septiembre, subrayó: «Sobre la inmigración el punto clave no está en que queramos acogerlos o no. Si es justo salvar a todos en el mar, no es justo recibir a todos solamente en Sicilia y Apulia […] No podemos dejar que un problema como la inmigración explote por la incapacidad de Europa». Sigue en pie, además, la intención de la ministra de Defensa, Roberta Pinotti, de frustrar las maniobras de los traficantes en aguas de Libia, intención que se está traduciendo en un plan ejecutivo.

[17] Se prevé que en 2050 la población mundial se halle en torno a los 9 700 millones de personas, con un crecimiento, en África, de 1 300 millones; se trata del continente más joven, donde el 40 % de la población tiene entre 15 y 29 años.

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