E

n el salmo 136 se manifiesta tanto la grandeza de las obras del Creador, sus obras de misericordia, así como el recuerdo del pequeño don del pan cotidiano. De esta forma, también observamos como el amor del Señor se hace presente en la elección de un pequeño pueblo:  Israel.

En la narración del Deuteronomio, una síntesis y reflexión teológica respecto al origen de la alianza entre YWHW y su pueblo – una relación de alianza y misericordia – se nos presenta una de las reflexiones más interesantes en la que se proclama que Dios ha amado, ama y amará a Israel en su pequeñez, asociado al modo en que el Señor actúa en la historia, una elección divina por puro amor. El pueblo de Israel es un pueblo santo, un pueblo privilegiado, y como tal, está sometido a una doble exigencia: la de amar a Dios y la de amar al emigrante. El señor es misericordioso y cuida a los pequeños, dándoles vida y honor, amando con amor compasivo.

Pietro Bovati S.I. ha colaborado con la revista La Civiltà Cattolica Iberoamericana con otros artículos como la Experiencia del resucitado o Amoris laetitia, discernimiento y madurez cristiana.

Por Pietro Bovati S.I.

Siguiendo las indicaciones del salmo 136 se entra en la consideración de la misericordia del Señor tras las huellas de un cantor sagrado que, al evocar la gesta del Creador y Salvador, suscita la gozosa aclamación de alabanza a la bondad eterna de Dios. La oración, con su intrínseco componente de escucha de la voz de Dios, debe acompañar de todos modos cualquier itinerario de meditación, también cuando uno se dispone a considerar textos bíblicos que no se presentan como formularios preparados para el rezo litúrgico. En efecto, solo se respeta la Sagrada Escritura asumiendo una reverente apertura del corazón,[1] en plena obediencia a la palabra de Dios, de modo que esta, como semilla fecunda, penetre en el interior y transforme la conciencia tornándola misericordiosa. Este es el fruto de la escucha orante.

En el salmo 136 la contemplación del actuar benéfico de Dios parte del énfasis puesto en la grandeza de las obras del Creador, comenzando por la inmensidad del cielo (vers. 4-9); se evoca después la grandiosa epopeya del éxodo, en la cual la mano poderosa del Señor dio la victoria sobre los «famosos» reyes de la tierra (vers. 10-22). Sin embargo, el salmo concluye la letanía de acción de gracias con el recuerdo del pequeño don del pan cotidiano. Esta tensión entre el poder infinito del Señor, celebrado con superlativos ligados a su Nombre («Dios de los dioses», «Señor de los señores», vers. 2-3), y la humilde realidad del «siervo» (vers. 22), al que se entrega la divina grandeza, este paradójico modo de revelarse de nuestro Dios constituye uno de los núcleos más significativos de la fe bíblica. Y eso suscita nuestra atención reflexiva y nuestro acto de fe.

Para nosotros, los cristianos, el acontecimiento de la encarnación, el rebajamiento del Altísimo a la pobre carne humana, representa el vértice sublime de esta economía divina, impregnada toda ella de condescendencia, orientada íntegramente a salvar y, por tanto, plenamente expresiva de la misericordia. Pero justamente para acoger con más conciencia uno de los misterios centrales de nuestro credo es oportuno recorrer los caminos que prepararon proféticamente su advenimiento. En efecto, es necesario comprender que la humillación hasta la muerte de cruz de aquel que era «de condición divina» (Flp 2,6-8) es el cumplimiento de un designio del Señor escrito desde el origen de la historia.

Si se observa atentamente, el relato bíblico se presenta como una sucesión de «comienzos», es decir, de hechos que deben considerarse como ocurridos «al principio», pero no solo de un breve ciclo, sino de todo el proceso histórico, configurándolo así según un sentido propio. Los comienzos son múltiples, y, por eso, la historia narrada por el autor es compleja, con riqueza de significados complementarios. Tenemos el comienzo absoluto del mundo (Gén 1)
y otro comienzo después del diluvio (Gén 9); está el comienzo de la historia humana con el pecado de los primeros padres y la consiguiente maldición (Gén 3), pero también tenemos la historia de Abrahán, que inaugura la historia de la bendición fundada en la fe y la justicia (Gén 12-15). Y así puede seguirse hasta Cristo, que para nosotros es el comienzo de la salvación, aun siendo Pentecostés un punto de partida innovador: el de la Iglesia llena del Espíritu.

Fijaremos ahora la atención en el comienzo de la historia del pueblo de Israel, en la convicción de que en este momento «originario» se nos indica el modo en que el Señor actúa de manera constante en el tiempo, es decir, en todo tiempo, revelando así su misericordia.[2] Con este fin, en lugar de elegir la narración del Génesis, recurriremos al Deuteronomio, porque este libro constituye una síntesis teológica respecto del origen de la alianza entre YWHW y su pueblo y, por eso, nos permite un enfoque más orgánico del tema que queremos profundizar. Como veremos, alianza y misericordia son conceptos correlativos. Justamente en el pacto eterno, sellado por el Señor con nuestros padres, se revela límpidamente la misericordia de nuestro Dios. A partir del Deuteronomio trazaremos después una línea que mostrará cómo lo que está inscrito en
el acontecimiento inicial es confirmado y profundizado a lo largo del trayecto de la historia, en particular cuando aparecen los puntos de
inflexión que dan a esta misma historia una nueva configuración o, en otros términos, cuando la historia humana experimenta, de algún modo, un nuevo comienzo.

En el libro del Deuteronomio

Consideraremos dos textos de gran relevancia, ambos tomados de la sección de los capítulos 5-11, en la que se nos entrega la reflexión teológica más importante de todo el libro. Son dos textos que se asemejan, en los que se subrayan afirmaciones que resultan neurálgicas para la comprensión del Señor. Son dos textos que proclaman que Dios ha amado y ama a Israel en su pequeñez, dos textos que nos ayudan, por eso, a entrar mejor en el reconocimiento de la misericordia del Señor.

«No porque seas un pueblo grande» (cf. Dt 7,6-11)

El capítulo 7 del Deuteronomio desarrolla una temática difícil. En efecto, se prescribe el «exterminio» de las poblaciones cananeas y la destrucción total de los signos de sus tradiciones religiosas (Dt 7,1-5.25-26). Como justificación de semejante mandato —que debe interpretarse como la exigencia de evitar, como una trampa mortal, cualquier compromiso con la idolatría—[3] se adjunta un pasaje admirable en el que la cualidad única del pueblo de Israel —su «santidad»— es asociada al modo en que el Señor actúa en la historia —su amor por el pequeño.

«[Israel, tendrás un solo Dios, el Señor, y, por tanto, eliminarás todo aquello que sea un obstáculo para esta relación, porque] tú eres un pueblo santo», «para el Señor, tu Dios» (vers. 6). Las palabras de Moisés dirigidas a la asamblea convocada en la llanura de Moab —a punto de pasar el Jordán y tomar posesión de la tierra prometida— calcan aquellas que Dios mismo, en el monte Sinaí, había pedido a Moisés para que dirigiese al pueblo: «“Ahora, pues, si de veras me obedecéis y guardáis mi alianza, seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra. Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa”. Estas son las palabras que has de decir a los hijos de Israel» (Éx 19,5-6).

Israel recibe su identidad del Señor. Escuchando las palabras de su Dios y asintiendo a ellas se convierte en un pueblo especial. En efecto, Israel es una nación entre las otras, sin cualidades o méritos particulares. Lo que la ennoblece es el hecho de estar en relación de alianza con el Señor; lo que la hace especial es el hecho de pertenecer a YHWH. Ser un pueblo «santo» no significa aquí tener una conducta de intachable moralidad o de excelsa religiosidad, como una suerte de carácter espiritual excepcional o, por lo menos, superior al de otras etnias de la tierra. Ser «santo» equivale a estar consagrado al Señor, y esto está determinado exclusivamente por la elección: «el Señor, tu Dios, te eligió para que seas, entre todos los pueblos de la tierra, el pueblo de su propiedad» (vers. 6). Dios no elige lo que es santo, sino que santifica a quien elige. La elección que hace Dios consiste en separar del resto y en vincular a sí a un sujeto que, por esta unión (llamada «alianza»), es transformado a imagen del Señor, el Santo que hace santos.

La elección

El hecho de ser elegidos como propiedad particular del Señor puede compararse con ser su tesoro personal. Dios no santifica enriqueciendo con bienes terrenos. Es verdad que de la alianza con él derivan grandes ventajas, que son el signo de la benevolencia del Señor y asumen la forma de múltiples y permanentes regalos, como la tierra, la fecundidad, la victoria sobre los enemigos —un texto ejemplar al respecto es el de Ez 16,8-14; cf. también Os 2,10—. Pero no son estos generosos dones los que hacen de Israel el pueblo privilegiado. Tanto en la historia antigua como en la reciente, otras naciones han demostrado ser más ricas, más sabias y más famosas que el pueblo de Dios. Lo que hace a Israel especial y único es el hecho de ser «del Señor», de haber sido considerado heredad personal del Dios de toda la tierra —Dt 4,28; 9,26.29; 32,9; Sal 33,12; etc.—. Y esto en razón de la elección.

«El Señor, tu Dios, te eligió» (vers. 6 y 7). En el libro del Deuteronomio está particularmente desarrollado el tema de la elección divina referida al pueblo se Israel (Dt 4,37; 7,6-7; 10,15; 14,2), pero también al rey (Dt 17,15), al sacerdote (Dt 18,5; 21,5) y, especialmente, al lugar del santuario (Dt 12,5.11.14.18.21.26; etc.). De todos modos, la elección originaria, de la que dependen todas las demás, es la tomada respecto de los «padres». Y eso implica intrínsecamente la elección de su descendencia, descendencia perpetua, que recibirá manifestaciones reiteradas y diversificadas de la preferencia del Señor. Cada elección implica una selección entre muchas, y esta distinción y separación confiere al elegido un estatuto especial: en primer lugar, el de estar totalmente vinculado a aquel que ha hecho la elección.

Entre todos los pueblos de la tierra, el Señor eligió a Israel. Esta afirmación resulta dura, difícil de aceptar, no solamente por la natural envidia de todos aquellos que se sienten excluidos, sino también porque no parece «justa», no parece digna de aquel que debería ser imparcial y tratar a todos, individuos o grupos, con idéntica benevolencia. Pero la Escritura presenta a Dios, que realiza elecciones, que se complace en privilegiar ciertas relaciones personales (cf. Is 42,1; Mt 3,17; 12,18; 17,5), y esto porque tales elecciones, y solo ellas, pueden manifestar el amor gratuito. Tratemos de profundizar en este punto.

La elección, en Dios, es siempre un acto de amor; es una revelación de la fuente íntima, de benévola libertad, de la cual brota el actuar divino. Dice, efectivamente, el Deuteronomio: la elección se realizó porque el Señor «se prendó» (vers. 7) de Israel, por «puro amor» (vers. 8). Por eso se realizó el acontecimiento benéfico de la liberación de Egipto, fundado en la alianza con los padres y, al mismo tiempo, fundante de la alianza sinaítica con los hijos de Israel (Éx 19,3-4; Dt 5,6; Jer 31,32). El amor —cualidad que define a Dios, más aún: cualidad con la que Dios se identifica (1 Jn 4,7)— es el origen de todo: el amor explica —y justifica— la elección.

Pero ¿por qué amó y prefirió Dios a Israel entre todas las naciones de la tierra? Aquí tocamos un punto delicado. El amor verdadero, el amor auténtico, el amor divino no está motivado por ninguna realidad externa, no está condicionado por un bien existente ni guarda proporción con un tal bien, como si fuese una respuesta debida y previsible de parte de Dios. La elección de Israel se comprende solo como un acto libre, gratuito y sorprendente del amor del Señor, manifestado a las naciones de modo que todos puedan reconocer que él ama porque es amor.

En este misterio insondable del origen amoroso de toda realidad, que hay que recibir con reverente adoración cada vez que se manifiesta, se ilumina otro concepto de gran relevancia espiritual, porque nos indica el modo en que el Señor revela en la historia el manantial de su benevolencia. Podríamos hablar, tal vez, de los criterios que intervienen en las elecciones divinas o del estilo o del modo de proceder de Dios cuando actúa en la historia. Dice el Deuteronomio, dirigiéndose a Israel, el elegido: Dios no os eligió por vuestra grandeza, dado que sois el más pequeño de entre los pueblos, sino que os eligió por amor.

Cabe señalar la sutileza con la que se expresa el Deuteronomio. No se dice que el Señor haya elegido a Israel porque era pequeño; ofrecer una motivación semejante sería condicionar a Dios en sus elecciones. De hecho, en la historia bíblica vemos que también algunos «grandes» a los ojos del mundo —como Saúl, la reina Ester, Nabucodonosor o Ciro— pueden ser el instrumento elegido de la misericordia divina. Por tanto, no es una consideración de tipo exclusivamente sociológico la determinante. Antes bien, lo decisivo es aquello que una particular condición social es capaz de «revelar» acerca de la naturaleza del Señor y de su actuar histórico. La elección de lo pequeño muestra que el verdadero Dios no tiene preferencias —este es el aspecto paradójico—, es decir, no se deja condicionar por las apariencias exteriores (1 Sam 16,7), por lo que para todo el mundo resultaría amable y apreciable, y, por tanto, útil para el fin deseado. Por el contrario, Dios se inclina hacia el que no tiene apariencia ni belleza con el fin de glorificarlo (cf. Is 52,13-15), hacia la niña muda que se debate en su sangre para hacer de ella una reina (cf. Ez 16,6-8), hacia el mísero e indigente para hacer que se sienta entre príncipes (cf. Sal 113,7-8).

Haciendo alto, noble y sublime lo que es ínfimo y despreciado, vinculando a sí por puro amor a aquel que está abandonado o es rechazado, Dios manifiesta a todos su misericordia. En efecto, Dios afirma: «Yo me compadezco de quien quiero y concedo mi favor a quien quiero» (Éx 33,19), y esto se lo dice a Moisés, que pedía «ver la gloria» del Señor (cf. Éx 33,18). Por tanto, solo se puede contemplar el misterio glorioso de Dios si se está abierto para recibir esta manifestación gratuita y generosa de la bondad del Señor, que se complace en ensalzar a los humildes y en hacer grande al que es pequeño (1 Sam 2,4-8; Lc 1,51-54).

El pequeño

El texto que estamos comentando habla de Israel como de un pequeño pueblo. El adjetivo que se utiliza significa propiamente «poco» —opuesto a «mucho»— y, en el contexto, se especifica como «poco numeroso», exiguo en cuanto a la cantidad. Una calificación semejante, tendencialmente despreciativa si se aplica a una nación, quería expresar el hecho de que Israel, en el momento de su elección, constituía una entidad social de escasa fuerza militar, y por tanto vulnerable. Además, Israel tenía potencialidades económicas reducidas, puesto que la riqueza proviene en gran parte de la mano de obra. Normalmente, un pueblo poco numeroso también carece de una estructura política y administrativa organizada y, sobre todo, está amenazado en su misma supervivencia, porque, en caso de carestías, pestes o por escasa fertilidad, queda fácilmente expuesto a la extinción.

Ahora bien, justamente esta realidad humana débil y precaria es la que el Señor elige, y la razón de esta elección es «divina». En efecto, cuando un pequeño grupo de personas que sufre frecuente esterilidad, que está situado en territorios sometidos a reiteradas carestías, privado por imperios prepotentes de los recursos necesarios para desarrollarse, se multiplica, sin embargo, haciéndose numeroso como las estrellas del cielo, habrá que reconocer que en su prodigiosa vitalidad estaba actuando la bendición de su Dios. O bien, cuando una fuerza militar débil y casi insignificante refiere una victoria inexplicable contra ejércitos formidables —como sucedió en el éxodo—, será evidente, a los ojos de todos, que ese éxito no podrá adscribirse al hombre, sino solo a la intervención de un poder sobrehumano, el poder del Dios de ese pueblo, que se hizo presente con su eficaz acción misericordiosa. Es una acción eficaz, que muestra cómo ni los arcos ni los caballos pueden resistir el brazo poderoso del Señor; y es, al mismo tiempo, una acción misericordiosa, porque la victoria es el triunfo del débil oprimido, la salvación para las víctimas de la injusticia, aquellas que, solas, no habrían podido escapar.

Como veremos, el escaso número de los componentes del pueblo que Dios ha elegido es una «figura», es decir, una modalidad particular, una especie de símbolo del modo en que el Señor actúa en la historia. En otros términos, es una de las expresiones de la pequeñez, amada por el Dios de toda la tierra para revelarse a sí mismo y, en esta revelación, indicar a todos el camino de la salvación. Lo que es débil, pobre, inerme, esto será siempre el lugar de la complacencia de nuestro Dios, será siempre el objeto de su misericordia.

«Se prendó de vosotros»

Se podría considerar que la elección que Dios hace de Israel es solo instrumental: así, el Señor se serviría de ese pequeño pueblo para sus propios fines, fines ciertamente nobles, pero útiles para exaltar solo a Dios, sin transformar el mundo. De hecho, hay textos bíblicos que corren el peligro de ser interpretados de esta manera: son textos que tienen como objetivo frenar la jactancia del que ha sido elegido, como si el extraordinario resultado del acontecimiento dependiese de él, y no de Dios (cf. Is 10,15; 29,16; 45,9; Rom 9,20-21).

Pero el Deuteronomio nos ayuda a comprender que Dios no se sirve de Israel —es decir, de la realidad humana— como de un mero instrumento material del cual se dispone al propio gusto, más allá de su conciencia y de su consenso. Por el contrario, Dios entra en una relación personal con su pueblo: más aún, según dice el Deuteronomio, Dios se vincula con un lazo de afecto a un sujeto capaz de comprender y de adherirse libremente a él. De todos modos, la iniciativa parte siempre del Señor: es él quien elige (Jn 15,16) y es él quien se une para siempre al sujeto humano con el que establece relación.

Para hablar de esta unión, el autor del Deuteronomio utiliza un verbo bastante raro (šq), que significa «unir, ligar» alguna cosa a otra. Aparte del sentido material, la raíz verbal sugiere un aspecto de deseo (cf. 1 Re 9,1.19; Is 21,4), en particular el lazo sentimental por el cual una persona «se apega» a otra por estar enamorada (Gén 34,8; Dt 21,11). Justamente esta dimensión afectiva, que remite al matrimonio, es la que hay que acentuar en los únicos dos textos en los que el sujeto de la acción verbal es Dios, a saber, justamente Dt 7,7 y Dt 10,15 —que comentaremos dentro de poco—, donde el Señor expresa la relación jurídica de alianza con la terminología explícita del amor.

Sabemos que será sobre todo la tradición profética, iniciada por Oseas y tematizada después por Jeremías, Ezequiel y por el Deuteroisaías —con influencias claras también en el Nuevo Testamento—, la que desarrollará el motivo de la alianza entre YHWH e
Israel en términos nupciales. No obstante, este significado está inscrito en la Tora: en los textos que acabamos de evocar (Dt 7,7 y 10,15), así como en otros en los que aparece el verbo «unirse a» (dbq be), que, en el texto fundante de la creación (Gén 2,24), define el vínculo matrimonial indisoluble —«el varón… se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne»—, mientras que en el Deuteronomio se utiliza para cualificar el lazo que Israel debe mantener con su Dios (Dt 4,4; 10,20; 11,22; 13,5; 30,20; etc.).

Este sutil pero importante matiz nupcial no sirve solo para explicitar el valor amoroso, y, en consecuencia, no instrumental de la elección que Dios ha hecho de Israel, sino que es también muy significativo para revelar la fidelidad del Señor a esta relación de carácter indisoluble. Un instrumento, cuando no sirve más, se abandona; en cambio, Israel nunca es abandonado por su Señor-esposo, justamente porque la elección de amor es un vínculo eterno, una relación a la que el Señor se ha comprometido con un juramento (Dt 7,8) que él nunca podrá desmentir. En efecto, la alianza con lo pequeño (Israel) es identificada —en Dt 7,9 y 7,12— justamente con la esed (celebrada como eterna en el Sal 136), que tiene un doble carácter: el de la misericordia, porque se dirige al necesitado, y el de la perennidad, porque está fundada en el amor originario del Señor.

Como se dice en nuestro pasaje, Dios «mantiene» su alianza (vers. 9 y 12), es decir, su juramento (vers. 8): lo que está inscrito en el acto originario es para siempre, porque Dios no se arrepiente del bien que hizo, no traiciona, no falla. Leemos en Isaías: «La mujer de la juventud ¿es repudiada? —dice tu Dios—. Por un breve instante te abandoné, pero con gran compasión te recogeré» (Is 54,6-7). Y san Pablo se hace eco de ello cuando escribe: «¿Acaso habrá de-
sechado Dios a su pueblo? De ningún modo» (Rom 11,1). Y, para el pequeño (Israel), esta certeza es fuente de esperanza y de alegría: Dios se ha unido a nosotros, y este vínculo nadie podrá romperlo. ¿Quién nos separará del amor de Dios? (cf. Rom 8,35).

La respuesta del elegido

¿Cómo reacciona el que escucha esta consoladora declaración de amor? El oyente de la página del Deuteronomio es el israelita que, a diferencia de un instrumento material, está llamado a responder, a dar su libre asentimiento al ofrecimiento de amor y a corresponder a dicho ofrecimiento con una conducta de alguna manera simétrica. Leemos en Dt 26,17-18, al concluir el Código Deuteronómico (Dt 12–26): «Hoy has elegido al Señor para que él sea tu Dios y tú vayas por sus caminos, observes sus mandatos, preceptos y decretos, y escuches su voz. Y el Señor te ha elegido para que seas su propio pueblo, como te prometió, y observes todos sus preceptos. Él te elevará en gloria, nombre y esplendor, por encima de todas las naciones que ha hecho, y serás el pueblo santo del Señor, tu Dios, como prometió».

De este texto obtenemos la idea de que la elección divina —que hace de Israel un pueblo particular— establece una relación recíproca por la que dos sujetos se definen en relación al otro: el Señor es el Dios de Israel, e Israel es el pueblo del Señor. Pero esta alianza en palabras se realiza solo si ambos contrayentes «mantienen» la palabra, es decir, si observan la esencia intrínseca del vínculo, que es el amor. Por tanto, el Señor invita a reconocer que él es el Dios «fiel», «que mantiene su alianza y su favor […] por mil generaciones» (Dt 7,9), pero esta benevolencia se despliega «con los que lo aman y observan sus preceptos» (ibíd.).

También sobre estas afirmaciones es preciso hacer algunas precisiones. A partir de ciertas expresiones bíblicas podría deducirse, de manera errónea, que el amor misericordioso del Señor se dirige hacia alguien a condición de que este corresponda con una actitud análoga (cf. Dt 5,10; Sal 103,17-18). En realidad, la palabra de Dios tiene la intención de decir, más bien, que la misericordia del Señor se mantiene históricamente solo si el pueblo o el individuo israelita se mantiene, a su vez, en el amor, o sea, si permanece en condición de recibir la misericordia. Ahora bien, esta recepción —la misericordia— se manifiesta si y cuando el elegido se vuelve, a su vez, misericordioso. Esta dinámica se expresa claramente en Dt 10,14-22.

El amor al emigrante (Dt 10,14-22)

Podemos resumir este pasaje diciendo que Israel está sometido a una doble exigencia: la de amar a Dios (Dt 10,12-13: comienzo del pasaje) y la de amar al emigrante (Dt 10,19: al final del pasaje). Esta doble exigencia hunde sus raíces en la acción originaria de misericordia por parte del Señor hacia el mismo Israel (Dt 10,14s: en el centro del pasaje). En otras palabras, la alianza se realiza cuando el amor de Dios hace amoroso al hombre.

En este texto se repite el punto central del capítulo 7: se afirma, en efecto, que Dios «se ha prendado de vuestros padres» y los «escogió» junto a su descendencia, por «amor» (vers. 15). El elemento nuevo está dado por la insistencia en la grandeza del Señor
(cf. también Dt 4,32.34.37-38), el Dios de quien «son los cielos, hasta el último cielo, la tierra y todo cuanto la habita» (vers. 14). En lugar de la evocación del acto creador, que permanece implícito, el autor deuteronómico subraya aquí el dominio del Señor sobre toda la creación (cf. Sal 46,11; 47,3.8-9; 99,1-3), en línea con lo que Dios había afirmado en el Sinaí: «Seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra» (Éx 19,5).

Este poder soberano es el que hace que la elección sea extremadamente significativa: en efecto, en el vers. 17 se subraya la naturaleza sublime de YHWH mediante títulos que recuerdan el elogio divino del Sal 136,2-3: «El Señor, vuestro Dios, es Dios de dioses y Señor de señores, el Dios grande, fuerte y terrible». Por tanto, el Dios que eligió Israel no es una modesta divinidad local con poderes circuns-
critos a un territorio ni tampoco el patrono de una pequeña etnia por la cual tiene una preferencia exclusiva porque recibe a cambio los debidos homenajes. El Señor, en efecto, «no hace acepción de personas», es decir, no elige condicionado por elemento alguno que esté fuera de su libre decisión, y «no acepta sobornos», no es, pues, corruptible, no actúa a cambio de un pago. Y por eso —este es el punto importante—, el Señor-YHWH no es Dios de Israel con exclusión de los otros pueblos: eligió «solo» a los padres no porque no se preocupara del resto de la humanidad, de la cual es el único rey, sino porque él «hace justicia al huérfano y a la viuda, y […] ama al emigrante, dándole pan y vestido» (vers. 18). El que es huérfano o emigrante será objeto de la elección y experimentará siempre la misericordia del Señor.

Así, pues, se nos presenta otra variante u otro destino del amor misericordioso del Señor que, de todos modos, está siempre dirigido al pequeño: este puede asumir la modalidad del pueblo poco numeroso (cf. vers. 22), pero puede sobre todo identificarse con
la forma social del desfavorecido, de aquel que no tiene ayuda en la
familia —como el huérfano o la viuda— o no puede recurrir a una protección política —como el extranjero—. Por tanto, el Deuteronomio ve la pequeñez en la figura del débil, del desprovisto e indefenso: en síntesis, la ve en el que carece de tutela. Y el Señor es el Dios que cuida justamente de estos pequeños, dándoles vida y honor, porque ama con amor compasivo.

Esta revelación del Dios grande que hace justicia a los miserables porque reconoce el derecho de los que no tienen derechos es recibida por Israel como su constitución originaria. El inmigrado es la figura privilegiada en la que se manifiesta la misericordia divina. Ahora bien, en la medida en que el pueblo se reconoce hoy en el emigrante, es decir, cuando se identifica con el sin tierra vejado y explotado, expulsado cuando no sirve más, eliminado si se lo considera peligroso, solo cuando Israel vive espiritualmente esta condición reconocerá en verdad al Dios de la gracia que lo eligió, al Dios de su liberación originaria.

Solo así vivirá en alianza con el Señor. El reconocimiento de YHWH se produce ciertamente con la acción de gracias y con el himno de alabanza, porque, como dice Dt 10,21, «él es tu alabanza y él es tu Dios». Pero esta declaración verbal resulta mendaz o hasta blasfema si no está acompañada de una praxis de conducta en la que Israel actúe como Dios, haciéndose santo como él es Santo, misericordioso como lo es el Padre de los cielos (Lc 6,36), obedeciendo, pues, al imperativo de «amar al emigrante». Esto es mantener la alianza.

Es interesante reflexionar sobre la motivación del mandamiento que acabamos de recordar. Dice Dt 10,19: «Amaréis al emigrante, porque emigrantes fuisteis en Egipto». En un primer nivel se introduciría aquí, como causa del precepto, la memoria de la propia experiencia de sufrimiento en el tiempo de la esclavitud egipcia, según la indicación de Éx 23,9: «No vejes al emigrante; conocéis la suerte del emigrante, porque emigrantes fuisteis vosotros en la tierra de Egipto». Por tanto, este recuerdo del propio origen debería servir como estímulo para expresar sentimientos y realizar actos inspirados en la compasión. Así, también en nuestros días, frente a la oleada de refugiados que desembarcan en nuestro país, no raras veces se recuerda al pueblo italiano su larga historia de migrante, para así favorecer una apertura cordial hacia quienes están necesitados de acogida.

Este énfasis es significativo. No obstante, la mención de la esclavitud en Egipto debe enriquecerse con la memoria de la liberación —explícitamente mencionada en el vers. 21—, reconocida como signo de amor y sello de la alianza entre YHWH e Israel. En efecto, la alianza, de la que el Deuteronomio habla de manera constante, tiene su origen —y su sentido permanente— en la elección divina del inmigrante en tierra extranjera, ya sea Abrahán que deja Ur de los caldeos, Jacob, definido como «el arameo errante» (Dt 26,5), o Israel, emigrado a Egipto. Ahora bien, ser amados por el Señor —y vivir de esta benéfica elección— es reconocer en el estatuto del emigrante el lugar donde se despliega la acción del Señor en la historia. Y esto porque él «ama al emigrante». En síntesis, solo reconociendo y amando al extranjero como lo hizo y lo hace el Señor reconocerá y amará Israel a su Dios, y solo de ese modo se conservará la alianza.

La alianza se mantiene porque es observada —en hebreo los dos conceptos se expresan con el mismo verbo šmr—. El amor del Señor hacia los padres no fue un acto de gracia aislado. Por el contrario, hay que decir que el vínculo de alianza comenzó con la elección de los padres, pero se ha «mantenido» en sus descendientes (vers. 15), en una historia tendencialmente sin fin, porque la fidelidad de Dios (Dt 7,9) es indefectible. Los hijos de Israel están llamados a permanecer «adheridos» al Señor (vers. 20), porque la alianza es como un vínculo matrimonial que hace de los dos uno solo. Por tanto, si el Señor ama al emigrante, quien está en comunión con él no podrá tener sentimientos y acciones divergentes sin violar la misma alianza. Por el contrario, si Israel ama al extranjero, la alianza no solo se «conserva», sino que alcanza su pleno sentido, porque revela en la historia que YHWH es amor, que YHWH es aquel Dios que, amando a Israel, lo hace amoroso, de modo que, a través de la misericordiosa actividad humana, el Dios de toda la tierra acuda en socorro de quienes esperan compasión. Israel, amando al emigrante, se torna en cierto sentido, para todas las naciones, en la encarnación del Dios de amor.

* * *

A modo de conclusión ofrecemos a continuación unas breves referencias acerca del modo en que el motivo de la elección del «pequeño» es retomado en algunos momentos clave de la historia de Israel: en los momentos en que se celebran nuevas alianzas.

David

Desde hace tiempo, los exégetas han puesto de relieve una semejanza estructural entre el pacto hecho por el Señor con Abrahán y el que hizo con David, en virtud, se afirma, de una promesa absolutamente gratuita y, por tanto, de naturaleza perenne —porque no está condicionada por el comportamiento humano— extendida del «padre» a su descendencia. David representa un nuevo comienzo marcado por la garantía de un reino eterno. Este paralelismo confirma que todo lo que se dice en el relato originario tiene valor para la totalidad de la historia siguiente. Pero aquí queremos subrayar, más bien, el hecho de que en la figura del rey fundador de la dinastía davídica se manifiesta puntualmente la elección del pequeño por parte del Señor. En efecto, David no solo es el último de los hijos de Jesé (1 Sam 16,11), que, como tal, parece menos digno de consideración, sino que es sobre todo inadecuado para asumir la tarea de liberar a Israel de la opresión filistea.

Si en aquel tiempo había un hombre apto para hacer de rey guerrero, ese era Saúl, «fornido y apuesto. No había entre los hijos de Israel nadie mejor que él. De hombros para arriba, sobrepasaba a todo el pueblo» (1 Sam 9,2). En cambio, un muchachito enviado a hacer de pastorcillo (1 Sam 16,11), más inclinado a manejar la cítara (1 Sam 16,23) que la espada, ¿cómo iba a poder hacer frente al enorme poder del enemigo representado por el gigante Goliat? (1 Sam 17,33). Y sin embargo, el Señor eligió justamente a este «pequeño», porque en Dios no cuenta lo que parece conveniente a los ojos humanos. Dios elige porque ve el corazón (1 Sam 16,7), porque valora positivamente la disponibilidad interior de aquel que no se fía de las propias fuerzas, sino que confía solo en el Nombre del Señor de los ejércitos. Gracias a la victoria del inerme, «toda la tierra sabrá que hay un Dios en Israel» (1 Sam 17,46).

Vinculada con la figura de David tenemos la elección de Sion, la modesta colina donde se situará el santuario en que el Señor pondrá su morada para siempre (2 Re 21,7). Como perpetuo es el trono del pequeño David, perpetua es la morada de YHWH sobre la pequeña altura de Judá: «Montañas escarpadas, ¿por qué tenéis envidia del monte escogido por Dios para habitar, morada perpetua del Señor?» (Sal 68,17; cf. también Sal 78,68; 132,13). Aquello que Dios ama se torna en objeto de elección y, también para la morada del Señor, la pequeñez aparece como el criterio de la revelación de Dios en la historia. Cuando las olas amenazantes del enemigo se rompan contra la humilde roca de Sion (Sal 46,2-8; 76,2-10), el Señor será conocido y adorado en toda la tierra.

David es destinatario de una alianza eterna, del mismo modo como lo es el cuerpo sacerdotal que oficia en el templo de Jerusalén. Sin embargo, el compromiso de Dios con el rey y con los levitas, con estas «dos familias» que el Señor eligió (Jer 33,24), parece desmentido por la historia. Pero la verdad de la promesa divina no se realiza en la permanencia material de una «figura», sino en su cumplimiento espiritual, en la realización del sentido que estaba prefigurado en ella. El exilio, con el fin de la monarquía davídica (Jer 22,30) y la destrucción del santuario de Jerusalén, marcará la desaparición de lo que era «antiguo» para hacer que se dé un nuevo comienzo, una nueva alianza que cumple perfectamente las promesas del origen porque revela siempre que Dios elige por amor al pequeño.

El punto de inflexión del exilio y la nueva alianza

Nabucodonosor abate las murallas de Jerusalén, incendia el templo y deporta a la familia real a Babilonia. Con ello se realiza el anuncio profético del fin (Ez 7,1-9). La ciudad santa está despoblada, el pueblo agotado ha perdido la esperanza de sobrevivir (Is 40,27; Ez 37,11). Los orantes dicen, entonces, en su lamento: «En este momento no tenemos príncipes, ni profetas, ni jefes; ni holocausto, ni sacrificios, ni ofrendas, ni incienso; ni un sitio donde ofrecerte primicias, para alcanzar misericordia» (Dan 3,38; cf. también Os 3,4; Lam 2,9).

Justo en ese momento histórico, justamente a este pueblo reducido a un mísero resto, justamente a Israel, comparado por Isaías con un «gusanillo» y una «oruga» (Is 41,14), se dirige la palabra de Dios que habla de elección y de complacencia (Is 42,1): «Eres precioso ante mí, de gran precio, y yo te amo» (Is 43,4). La figura del «siervo del Señor», despreciado y llevado a la muerte como un malhechor, es el emblema más representativo de la elección divina del «pequeño»; él es el precursor de todos los «pobres de YHWH» (Sof 3,12; cf. Is 61,1), destinatarios de una alianza nueva y eterna.

Una vez más, y de manera definitiva, se realiza el misterio del infinito poder de Dios que se inclina hacia el mísero para tener misericordia. Al final del libro de Isaías leemos: «El cielo es mi trono, y la tierra, el estrado de mis pies. […] Todo esto lo hicieron mis manos, todo es mío —oráculo del Señor—. En ese pondré mis ojos: en el humilde y abatido que se estremece ante mis palabras» (Is 66,1-2; cf. también 61,1). La nueva alianza se sella con el mísero «resto de Israel», con un pueblo humillado (cf. Sal 136,23), con quien se ha vuelto nuevamente pequeño, emigrante, inerme como el Israel de los comienzos.

El Nuevo Testamento (la nueva alianza en Cristo)

El motivo del pequeño, del pobre, del manso, atraviesa todo el Nuevo Testamento como un hilo rojo de inestimable valor. En efecto, tenemos un nuevo inicio, y una vez más sale a relucir el amor del Señor por el pequeño. Se realiza en la figura de María, la humilde esclava del Señor (Lc 1,49); se cumple perfectamente en la encarnación del Verbo de Dios, humillado hasta la muerte de cruz (Flp 2,6-8); y se hace después historia de salvación en la comunidad cristiana, de la que san Pablo decía: «Y si no, fijaos en vuestra asamblea, hermanos: no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; sino que, lo necio del mundo
lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo
ha escogido Dios para humillar lo poderoso. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular
a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor» (1 Cor 1,26-29).

Recordemos que el designado por Jesús como el primero en el reino de los cielos es un niño (Mt 18,1-4). Pero ¿será capaz el pequeño de permanecer tal, y será capaz el hombre orgulloso de humillarse, volviéndose pequeño como un niño, de modo que el Señor pueda realizar su misericordia salvadora? Esta es la pregunta que Dios nos dirige para realizar también en nosotros su gracia.

[1] Cf. Pontificia Commissione Biblica, L’interpretazione della Bibbia nella Chiesa, Ciudad del Vaticano, Libr. Ed. Vaticana, 1993, p. 11.

[2] Este sistema expresivo domina en general la estructura del relato bíblico, que en el núcleo inicial contiene los comienzos (las promesas) de un desarrollo articulado que alcanzará su pleno cumplimiento en la escatología.

[3] Estas prescripciones guardan analogía con el mandamiento de Jesús de arrancarse un ojo o cortarse la mano para evitar el escándalo (Mt 5,29-30; 18,8-9).

 

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