Por Luigi Territo S.I.

Una investigación sobre la comisión de obras de arte para el culto.

Reconstruir el diálogo entre arte y fe es un recorrido que requiere un renovado encuentro entre artistas, comisión eclesiástica y cultura contemporánea. Un conocimiento que va más allá de las barreras ideológicas tradicionales para explorar itinerarios innovadores y basados en el gran lenguaje de la historia del arte. «Debemos seguir aquel movimiento centrífugo que nos lleva desde el gran arte a la multiplicidad de la experiencia artística contemporánea»: este, en extrema síntesis, es el pensamiento expresado por el Card. Gianfranco Ravasi en ocasión de la presentación del proyecto Educarsi alla belleza. Indagine sulla formazione del clero e degli artisti in vista della committenza di opere d’arte per il culto cristiano.

En la conferencia de presentación, celebrada el 19 de enero pasado en la sede del Pontificio Consiglio della Cultura, intervinieron, además del Card. Ravasi, Mons. Nunzio Galantino, secretario general de la Conferencia Episcopal Italiana (CEI); el arzobispo Carlos Alberto de Pinho Morerira Azevedi, delegado del Dicasterio; Mons. Pasquale Iacobone y don Valerio Pennaso, responsables respectivamente del Dipartimento Arte e Fede e dell’Ufficcio nazionale per l’edilizia di culto de la CEI.

El Dipartimento Arte e Fede en colaboración con el Ufficio nazionale per i beni culturali ecclesiastici della CEI, ha iniciado una investigación con el objetivo de construir un «mapa» de la oferta formativa destinada a quien trabaja en el ámbito de la comisión eclesiástica y de la creación artística al servicio de los lugares de culto. El proyecto quiere identificar «el nivel de formación estética e histórico-artística del clero secular y religioso, de los operadores de pastoral y culturales de las diócesis […] y de los artistas llamados a trabajar en ámbito eclesiástico (arquitectos, pintores, escultores, músicos, orfebres, fotógrafos, etc.)».

La investigación, según las indicaciones del Ministerio, se desarrollará en primer lugar en el ámbito del territorio italiano; después se pasará también a una implicación de otras Conferencias episcopales.

Arte sagrado contemporáneo, gramática y sensibilidad

En su relación, el Card. Ravasi ha tomado en consideración dos importantes temas que marcan el inicio de esta iniciativa: la tutela y el deleite del inestimable patrimonio artístico conservado en las iglesias, y una nueva comprensión gramática del lenguaje artístico contemporáneo en diálogo con la tradición. Según Ravasi, «el arte sagrado tiene una nueva gramática respecto del pasado y existe el riesgo que los artistas sean demasiado autorreferenciales o bien remitan a modelos del pasado, como ha sucedido con el estilo románico». Fotografía, videoarte y otras formas de investigación artística y musical han entrado ya desde hace tiempo en el lenguaje común eclesiástico. Al lado de colaboraciones exitosas, como la iglesia del Padre Misericordioso de Tor Tre Teste, de Richard Meyer, y la parroquia de Merate, proyectada por Botta, hay además también pésimos ejemplos de insensibilidad artística y arquitectónica, que el padre Turoldo no hubiera dudado en definir como «garajes sacros donde los fieles han aparcado delante de Dios».

No son pocas las dudas surgidas en las observaciones finales. ¿Hay quizás una resistencia por parte de las Comisiones de arte sagrado respecto a las formas y a los lenguajes del arte contemporáneo? Durante la conferencia se han puesto en evidencia tres dificultades. La primera es de tipo financiero: apostar por obras y artistas importantes requiere una inversión económica no indiferente. La segunda es la falta, por parte del clero y de los operadores pastorales, de una adecuada formación artística, capaz de interactuar con el lenguaje de nuestro tiempo. La tercera se refiere al encuentro entre la sensibilidad estética y espiritual de nuestras comunidades cristianas y las experimentaciones artísticas y musicales de los artistas contemporáneos.

El verdadero arte se nutre obviamente de libertad y de innovación, pero un arte destinado a lugares de culto no puede arraigarse en el prolífico diálogo entre tradición, liturgia y experiencia de fe de las comunidades locales. Los artistas a menudo pecan de autorreferencialidad: ocupados en «búsquedas esotéricas», no tienen en cuenta la sensibilidad cristiana y la utilidad de los espacios litúrgicos. Por esto el proyecto Educarse en la belleza está dirigido también a ellos.

Educar quiere decir «educarse en la reciprocidad», en un intercambio de voces, en el cual la escucha y la colaboración son elementos necesarios e imprescindibles. No se trata de elaborar algunas líneas guía para ofrecer a la creatividad de arquitectos, artistas y músicos, sino de mantener una correspondencia dialógica entre arte, teología y mundo contemporáneo: una relación que pueda dar lugar a expresiones inexploradas en aquella línea fronteriza que separa y une lo visible y lo invisible, lo finito y lo infinito.

Todas estas atenciones no deben impedir pensar en vías originales e innovadoras. Como ha señalado el Card. Ravasi, las grandes novedades en el campo artístico y musical nacen del coraje de hombres y mujeres que, movidos por profunda maestría e indiscutible genialidad, han sabido transformar el lenguaje artístico del tiempo en formas hasta ahora desconocidas. Basta pensar en el desarrollo polifónico de Palestina respecto a la monodia gregoriana, y en la intuición del Card. Francesco Maria del Monte, que permitió a Caravaggio llegar a ser aquel maestro indiscutible que todos conocemos.

Durante la conferencia se ha recordado la exhortación apostólica Evangelii gaudium (EG), en la cual el papa Francisco llama de nuevo a la Iglesia a una formación en el camino de la belleza (via pulchritudinis), poniendo en relieve la relación entre la obra evangelizadora de las Iglesias particulares y el uso de las artes contemporáneas. La exhortación augura «continuidad con la riqueza del pasado» pero también apertura a las «múltiples expresiones actuales, con el fin de transmitir la fe en un nuevo lenguaje parabólico» (EG 167).

La belleza como instrumento de transformación social

La belleza al servicio de la fe, asume también a una función social y educativa, como ha recordado Mons. Galantino. La belleza puede interrogar a nuestro tiempo, con la condición de que «nuestras comunidades sean acogedoras y dialogantes […]. Una comunidad educada en el diálogo se transforma en un puente para una belleza que educa». Y es entonces que la alianza entre ética y estética crea lugares y comunidades que podemos definir como «oasis de paz y de belleza». Tenemos necesidad de edificios sagrados que eduquen en la armonía y en la belleza; «los ambientes feos crean hombres vulgares».

La presentación del proyecto, ha sido también una ocasión para evocar de nuevo la estrecha relación, puesta de relieve por el papa Francisco, entre educación estética y atención al ambiente. «En este contexto —escribe el Papa en la encíclica Laudato si’ (LS)— «no se debe pasar por alto […] la relación que hay entra una adecuada educación estética y el mantenimiento de un ambiente sano» (LS 215). El ambiente humano —urbanístico y natural— en el cual el hombre vive condiciona por bien o por mal su vida. La belleza de lo creado nos habla del cuidado que Dios tiene de la humanidad, pero un paisaje desfigurado por intereses económicos y embrutecido por abusos deja un horizonte mudo y opresivo. También la belleza puede entonces llegar a ser instrumento de transformación social.

Para el Papa Francisco, la belleza puede traer «destellos de esperanza y de confianza también en los contextos más difíciles y degradados».

En el mensaje, dirigido al Card. Ravasi en ocasión de la XXI Solemne Sesión Pública de las Academias Pontificas sobre el tema Destellos de belleza para un rostro humano de las ciudades, llevada a cabo en el Vaticano el 6 de diciembre de 2016, el Papa escribe: «Emerge, así, el deber importante y necesario de los artistas, particularmente de los que son creyentes y se dejan iluminar por la belleza del Evangelio de Cristo: crear obras de arte que lleven, precisamente a través del lenguaje de la belleza, una señal, un destello de esperanza y de confianza allí donde las personas parecen rendirse a la indiferencia y a la mezquindad. Arquitectos y pintores, escultores y músicos, cineastas y literatos, fotógrafos y poetas, artistas de cada disciplina, son llamados a hacer brillar la belleza sobretodo donde la oscuridad o lo gris domina la cotidianidad […]. Los invito, por tanto, a tener cuidado de la belleza, y la belleza curará muchas heridas que marcan el corazón y el ánimo de los hombres y de las mujeres de nuestros días».

En las palabras del Papa parece reflejarse el pensamiento de uno de los grandes teólogos del siglo XX, Hans Urs von Balthasar. Las peligrosas consecuencias debidas a la fragmentación del vínculo entre belleza y verdad han puesto en discusión el sentido del bien y la «evidencia de su deber ser cumplido». «En un mundo sin belleza […] también el bien ha perdido su fuerza de atracción». El teólogo suizo constata amargamente que «la belleza desinteresada […] se ha despedido discretamente del moderno mundo de los intereses, abandonándolo a su codicia y a su tristeza».[1]

¿La belleza es verdad?

Aún hoy artistas y comisionados son llamados a recorrer aquellas vías en las cuales la belleza habla del lenguaje del bien y de la verdad. La liquidación de la belleza, que en el siglo XIX a menudo ha sido interpretada como expresión falsa y engañosa, ha producido aquel fenómeno que el filósofo Remo Bodei ha llamado «la apoteosis de lo feo». Con esta expresión se quiere indicar una práctica estética que, relegada a la casualidad, considera auténtico y verdadero solo lo que representa mezquindad y crueldad. Guerras, masacres y sufrimientos no son, desgraciadamente, realidades ligadas solo a nuestro tiempo. Es ciertamente verdad que una cultura que ignora lo trascendente deberá a la fuerza dirigir su mirada al horizonte limitado de la fragilidad humana, pero es precisamente aquí dónde el diálogo entre arte y fe puede encontrar su relanzamiento.

Las ideas y las creaciones de un artista están inevitablemente ligadas a aquella visión de la experiencia del mundo en el cual este vive y realiza su obra. A partir de instrumentos y técnicas heredadas de la historia, este crea y se interroga dentro del horizonte cultural en el cual está inmerso. El gran desafío será entonces intentar hablar de «Dios» en un mundo y una cultura que ha perdido el sentido de Dios.

No es el arte que no sabe expresar ya el fundamento metafísico de la belleza y su valor verdadero, sino el mundo en el cual vivimos que lo ha negado. Sin embargo el arte existe aún, y se ocupa del hombre y de su búsqueda de sentido. A partir de aquí es necesario partir de nuevo.

La historia y el diálogo fructífero entre arte y teología nos han mostrado vías diferentes y complementarias. La luz «tabórica» del arte bizantino y la sufrida meditación sub contraria specie del crucifijo de la pintura medieval se ofrecen hoy a nosotros, buscando nuevas formas gramaticales, con el fin de encontrar «una nueva carne para la transición de la palabra» (EG 167) nuevos signos y símbolos que sepan encarnar en el tiempo los grandes misterios de la fe cristiana.

El arte desde siempre, desea atravesar la superficie de la existencia, no se contenta con lo visible. Es en este espacio que se puede crear un puente entre las elaboradas experimentaciones artísticas de nuestros días y el arte destinado a los lugares de culto. Marc Chagall decía que «los pintores durante siglos han mojado sus pinceles en aquel alfabeto coloreado que es la Biblia»; hoy a menudo los artistas mojan sus pinceles en las encrucijadas de la existencia humana, donde desesperación y esperanza se encuentran y se enfrentan. Es allí donde es preciso mirar.

[1] H.U. VON BALTHASAR, Gloria: una estetica teologica. 1: La percezione della forma, Milano Jaca Book, 1975, 10.

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